Resbalo a oscuras en el primer escalón y protagonizo un espectáculo involuntario de malabarismo cargando con dos botellines y tres litronas vacías. No se ve un carajo y voy en calcetines a rayas y quizá, solo quizá, estoy un poco mareado por el par de canutos y las diez mil cervezas y el ibuprofeno.

Mientras, arriba y a la luz, en la terraza, los demás hacen rimas adolescentes y ríen grotescamente en el descanso de un partido de fútbol.

Resbalo a oscuras en el primer escalón y la gravedad hace que caiga hacia adelante, y que por magia o milagro salte los doce escalones de tres en tres en una sincronía perfecta calcetín-peldaño hasta acabar de pie en el suelo con invisibles jueces eslavos enarbolando cada uno un invisible cartel de diez.

Pasa un latido arrítmico de corazón. Baja la adrenalina. Resoplo aliviado, muy erguido sobre la tarima. Y entonces pienso que si me hubiera ido de bruces las botellas habrían estallado, como un bebe mina, abrazadas contra mi pecho. Y yo hubiera acabado ensartado en sus cristales, una mejilla contra la madera, las bolas de polvo rodando contra mi cara.

Y todo estaría tan bien.

La escena sería cómica. Estos desgraciados riendo a carcajadas al escuchar el golpe y los cristales rotos, bajando después para encontrarme, insalvable, sobre el suelo. Y todavía reirían por unos segundos antes de que tanta sangre les asustase. Imaginadles, ebrios en casa ajena, con el viejo conocido al que solo ven dos veces al año muerto a sus pies

(Menos mal que el Modi ahora es madero, detective en un grupo especializado en asaltos violentos, y sabría a quién llamar.)

Sería una forma de que me recordasen. De que tuvieran algo que contar a sus nietos: “Aquella vez que un viejo colega de la facultad se destripó contra el suelo”.

Luego pienso en mi vida. Qué tranquilizador. No tener que planear vacaciones de verano. No preocuparme de si tendré trabajo en invierno. De, algún día, tener que irme de esta casa. De que mañana debería currar con Amaya y estoy bloqueado. De cumplir el propósito de comprar una bicicleta.

Luego pienso en ella, y eso también sería perfecto. Muerto ahora, trágicamente, para que pasase años de luto creyendo haber perdido al hombre de su vida (ahora que todavía no lo soy). Y hay una mezcla de tristeza y alivio porque todo acabase así, tan cerrado y perfecto, y no en dolor y traición y desamor y volver a ser desconocidos.

Morir joven, en mi mejor momento (diría alguien), por un motivo ridículo como la conjunción calcetines-litrona. Sin trascendencia, sin sentido, sin esperarlo.

Pero aquí estoy, y nadie me ha visto, y no me he matado. Dejo las botellas en la encimera. Saco otra cerveza de la nevera y vuelvo arriba. Quizá la próxima vez.

 

Podría llevar el coche directamente hacia un precipicio, caer por él, convertirnos en una bola de fuego, carne y metal retorcidos y ni siquiera enterarme. Tengo la mirada fija al frente pero no soy capaz de ver lo que hay delante.

Todos mis sentidos se han reducido (los ojos sobre el firme de la A5, los oídos que se quejan por el sonido feo de la radio, la lengua con el sabor del último cigarro: nada llega hasta el cerebro) al tacto. Y en concreto solo a las terminaciones nerviosas de la punta de mis dedos índice y corazón, que se apoyan en su muslo desnudo en lugar de descansar en la palanca de cambios.

Qué importan la distancia de seguridad, la señal de aviso de radar, el piloto del aceite encendido, ese irritante chirrido en la rueda delantera izquierda. Todo lo que cuenta es la cadencia de la caricia por su pierna, arriba y abajo. Ejercer la presión exacta. Conseguir la mínima fricción en el roce.

Estar atento solo a la suavidad de su piel, a los músculos que se dibujan por debajo, a la temperatura que sube un grado por centímetro mientras me alejo de su rodilla, hacia la ingle, por debajo del vestido. Estar TAN atento que casi puedo olerla con las yemas de los dedos, ver con las huellas dactilares los restos del moreno de este verano.

Y cuando llego a esos milímetros donde acaba la piel y empieza el elástico con encaje de la ropa interior no puedo imaginar otro sitio en el mundo en el que estaría mejor que ahí, ahora. En esa suavidad extrema. En el calor que desprende. En cierta humedad que se intuye en un nudillo que roza sin querer sobre las bragas.

Entonces solo queda sacudir la cabeza para salir del trance, suplicarle al animal que se calme, ordenar a la sangre que abandone los cuerpos cavernosos, respirar profundo y despacio, agarrarme a mi (proverbialmente escaso) autocontrol para evitar apartar el elástico a un lado y acariciarla por completo y acabar empotrados contra el camión (“veiculo longo” consigo leer, los sentidos ya recobrados) que va delante.

 

En la mesa hay un nuevo testamento en ingles y en alemán. Las mosquiteras están agujereadas. Hay manchas de sangre en la cama. Cada pieza de la habitación, menos la Biblia, está marcada con spray y stencil: “Melody Hotel Takoradi”.

Lo hemos elegido porque está frente a la plaza de la que salen los autobuses. Es la tercera vez que pasamos por esta ciudad sin pretenderlo por culpa de las absurdas conexiones de transporte en este país.

En el restaurante nos han intentando engañar. En la recepción, hostiles, vaguean dos chicas y sus novios. En la escalera hay un cartel que dice que el sexo es igual de divertido con condón, pero en la foto (dos pies de plantas sucias bocarriba, y entre ellas dos bocabajo) parecen cuerpos apilados sobre la mesa de una funeraria.

Por la tarde hemos caminado hasta Monkey Hill, en las afueras de la ciudad, porque tú quieres ver monos. Hemos subido por una vieja carretera en la selva hasta un gran hotel abandonado. Desde las ventanas rotas dos hombres nos vigilan. Otro, sentado en la escalinata, se ha acercado para ofrecerse como guía y le hemos rechazado.

Hay algo omnioso y feo en toda la colina. Ni siquiera los tres niños que juegan al fútbol parecen amistosos.

Empezamos a bajar de vuelta a la ciudad cuando escuchamos ruido entre los árboles. Distinguimos, recortadas contra el atardecer encapotado, las siluetas de pequeños primates que cruzan de rama en rama. Se detienen al sentirse observados y nos encaran.  Pasan dos negros con una vaca huesuda de camino al hotel. Me acerco para que te sientas segura porque en tus pesadillas siempre hay animales con cuernos.

El hombre al que hemos rechazado, y que nos sigue a distancia, empieza a tirar piedras para espantar a los monos. Empieza a llover. Todo es como en un sueño.

Al pie de la colina paramos un taxi. Intento explicarle al conductor que queremos ir a un circo que vimos el otro día en las afueras. No sé cómo puede ser un circo en África: no piso uno desde la infancia, y por entonces me parecían los sitios más tristes del mundo y siempre salía con ganas de llorar.

Cuando llegamos el circo se ha ido y solo queda barro. El taxi nos devuelve al hotel. Nos quiere cobrar más de lo negociado.

Nos dormimos.

Alguien llama con insistencia a la puerta. Saliendo confuso del sueño grito “not now!” desde la cama. Siguen llamando. Me levanto y veo que son las cinco de la mañana. Me acerco muy despacio hacia la puerta. Por la mirilla veo a un chaval encogido, escondido a un lado. Está empapado. Tose. Espero en silencio. Llama una vez más y después se aleja y baja las escaleras. Vuelvo a la cama.

Por la mañana nos despierta el cotorreo de mujeres en el pasillo. Faltan dos horas para que salga el autobús, así que nos quedamos en la cama y acabamos enredados. Cuando nos corremos las voces al otro lado del muro se callan.

Nos duchamos, pero en esta ciudad es imposible sentirse limpio. Recogemos y nos vamos con las mochilas a la plaza.

 

Las dos alemanas lentas y grandes como elefantes están ahora a trescientos kilómetros de aquí, con las costillas rotas en un hospital que debe ser muy parecido al infierno, porque su conductor se salió ayer de la pista en uno de esos jeeps que parecen cuchillas de afeitar rodantes y dieron mil vueltas de campana.

Así que le digo “take it slow, I dont need to die on this bumpy road” mientras subo colocando mi paquete contra su espalda y mi culo contra la mochila, cubierta de polvo rojo y atada con unas tiras de goma al trasportín.

La moto tiene por lo menos tantos años como yo. El chico en cambio no me llega a la mitad. Sabe inglés porque sonríe exageradamente y responde “I want to be back safe too”. Pero quiere impresionar al obruni cobarde que lleva de paquete, así que arranca a toda hostia. Ni el indicador de velocidad ni el del depósito marcan más allá del cero.

Vamos tan rápido que cuando giro la cabeza veo que hemos perdido a la otra moto. E imagino escenas terribles en que el conductor, que debía tener veintipocos, se deja llevar por sus bajos y poco evolucionados instintos y decide aprovecharse de la chica rubia y exótica que carga.

Así que grito en la oreja del mío “Stop at the gates” cuando llegamos a la barrera que marca el fin del parque nacional. “I want you to stay ALWAYS behind your friend”. Y esperamos en un silencio incómodo hasta que un minuto después nos adelantan.

Nos desviamos por un sendero estrecho. Atajamos por una mínima pista de aterrizaje comida por la maleza. Volvemos a salir a un camino amplio. Y entonces, detrás de ellos, empiezan los celos.

Porque van hablando. Se ríen. Él no mira al frente y a veces suelta el manillar para señalar algo en la selva, conduciendo despacio, con calma. Ella le agarra por la cintura. Y yo veo sus gemelos torneados  y pienso en todas las noches que cruzamos Madrid en su vespa roja para cenar una hamburguesa por Malasaña. Vuelvo a ser el chaval pálido y feo que se sienta a la puerta del instituto mientras la chica que le gusta se sube en la moto trucada del repetidor chungo y se marchan exultantes, ella empapando las bragas.

Y en esos pensamientos oscuros estoy cuando mi bebemi acelera y les adelanta. Le grito enfadado “I told you to stay behind them”. Y responde “But he don’t know the way”, y yo me callo avergonzado y no le corrijo el doesn’t.

Llegamos a la aldea. Bajamos de las motos y empezamos a soltar las mochilas. Un hombre sale corriendo desde un sembrado para recibirnos.

Entones veo que el conductor de ella no pasa de los dieciséis. Que es un crío de mirada limpia y no el negro enorme y vicioso que yo recordaba.

Ella me contará por la noche, en la casa de adobe, que el chico le dijo que un día sería un gran jugador de fútbol y viviría en Madrid, y que le haría muy feliz que fuera a verle a los entrenamientos. Que ella se inventó que yo era primo de un futbolista famoso. Y yo me sentiré ridículo e idiota y nos dormiremos en medio de la nada.

 

Me dieron el visado a pesar de los antecedentes penales y de que no estuviera vacunado contra la fiebre amarilla, imprescindible para entrar en el país.

La médico que me atendió en el centro de vacunaciones me cayó extrañamente bien: dijo que era “guay” que fuera creativo publicitario pero que yo no podía vacunarme.

Le pregunté qué hacer entonces. Dijo: “no viajes”. Respondí que iba a irme de todas maneras.

Entonces me recomendó que solo usase ropa clara, que evitase amaneceres y atardeceres, que durmiera con mosquitera, que llevase siempre manga larga. Que nunca me picase un mosquito y no dejase que me mordiera un mono.

Nada de monos. Eso esta hecho.

Que si sangraba y tenía fiebre volviera inmediatamente.

Salí del hospital. Estudié las estadísticas de fallecidos por la enfermedad. Calculé probabilidades. Memoricé la sintomatología. Me imaginé en una cabaña, sudado y enfermo, meando sangre, muriendo delirante como un Kurtz, Ah, el horror, el horror. Pensé que sería divertido.

Después leí sobre la permetrina: convertía la ropa en un chaleco antibalas para mosquitos. Pero en todas las droguerías y farmacias dijeron que no podían vendérmela. Acabé encontrándola en Internet, camuflada bajo otro nombre, en un negocio de Murcia.

Y entonces llegó el día antes del viaje:

Montamos una ducha portátil en la terraza. Robé del curro unos guantes de látex y mascarillas y ella trajo del suyo unas batas blancas. Ella se puso el bikini y yo el bañador. Y pasamos la tarde midiendo permetrina con una jeringa, mezclando la cantidad exacta con agua, llenando barreños con la disolución ilegal, empapando toda nuestra ropa en ella hasta cargar el tendedero dos veces, saliendo a ducharnos bajo el sol para quitarnos el calor y el olor químico de la piel.

Dos científicos locos reanimando cadáveres o cocineros de cristal en una autocaravana en mitad del desierto. Y ella estaba TAN sexy con su bikini y su mascarilla y su bata blanca.
(Yo no tanto, claro, con este cuerpo huesudo y grotesco.)

Cuando acabamos tiré mi mascarilla a la papelera: estaba manchada de sangre. Después nos duchamos desnudos una vez más en la terraza. Follamos. Fue una tarde perfecta.

Porque la magia de la química iba a protegerme de la fiebre amarilla, de la escena de la cabaña. Ella cogería el avión más tranquila por los dos, confiada.

Pero yo no creo en la química o en los dioses, y sé que todo es cuestión de suerte.

 

 

 

“¡Pero qué has hecho!”,

dice con un acento mezcla de mil sangres y la voz como si le hubieran criado con un biberón de cristales triturados.

Hasta este momento el tío ha sido un palo, pero ahora levanta las cejas exageradamente y saca los ojos de sus cuencas como si fuera Satchmo y gira teatral hacia mí la copia compulsada de mis antecedentes penales.

Respondo con el discurso esperado: era joven y salvaje, necesitaba el dinero, cumplí mi condena, pagué mi deuda con la sociedad. Soy un hombre limpio, renovado. (Mentalmente añado: “But that was in another country. And besides, the wench is dead”, porque no creo que haya leído a Eliot o a Marlow.)

Mantiene la expresión cómica en la cara pero no dice nada, así que le alcanzo el otro pasaporte con los folios dentro, doblados: “Estos son los de ella.”

“¿Y quién es ella?”

“La chica con la que viajo.”
(Aunque yo también podría haber levantado mucho las cejas, mirarle fijamente y responder dramático: “La chica de la que estoy idiotamente enamorado”.)

Se baja las gafas. Revisa los papeles sin leerlos. Solo se detiene por unos segundos ante su fotografía, grapada a la solicitud del visado. Después sigue buscando hasta extender hacía mí, triunfal, el certificado de antecedentes:

“¡Ah! ¡Pero ella es buena!”,
con la extraña pero precisa sintaxis de quien habla una lengua que no es la suya.

“Lo sé. Yo soy el malo.”

“Nosotros siempre somos malos”. Subraya el siempre con su voz arañada y la falsa gravedad de quien lee un epitafio.

Y vuelve a ser un funcionario de embajada, seco y negro como el carbón. Lanza nuestros pasaportes sobre una pila donde reposan otros treinta. Yo deduzco que debo irme porque ya no me mira o dice nada, y salgo del despacho.

 

 

Como en esas comedias en las que al protagonista le dicen que su corazón no aguantará un susto más y luego todo son ciento veinte minutos de situaciones absurdas, tensas e inesperadas. Como ese último cañonazo a la barriga de un Homer que por fin ha encontrado su lugar.
(- Soy Billy Corgan, de los Smashing Pumpkins,
– Homer Simpson, Machacapunkis.)

Una mujer con bata blanca y ojeras y muchos años de carrera me dice, tras mirar unos folios llenos de números, que no debo estresarme. Que haga una vida absolutamente normal, pero que evite las tensiones.
(Y las saunas. Y los desiertos. Y un año después lo recordaré, a cincuenta grados, rigurosamente de negro, mientras trepo una duna en Mojave.)

Gruño un “cojonudo” y le explico, bailando las manos nerviosamente, que soy el tío más tranquilo al este del Manzanares. Más frío que el puto hielo, nena. Más cool que Vanilla Ice.
(No creo que pillara la referencia.)

Porque fumo nervioso. Y bebo nervioso. Y camino nervioso. Pero por dentro suena siempre el recopilatorio de “La Mejor Música Clásica Chill Out” y hay cuadros tejidos a ganchillo de ciervos bebiendo en arroyos de Orfidal.

Así que hoy son las ocho y media de la mañana y estoy terriblemente guapo aunque lleve despierto veinte minutos. Y mi jefe me grita (veo la cicatriz rosa de su operación de tiroides asomando por el cuello de su camisa, también rosa) a treinta centímetros de mi cara, todo aliento a café, pero no sé preocuparme por la gravedad de la situación.

Le miro con pena porque lo esté pasando mal. Le miro con condescendencia porque me utilice para descargar la angustia de que su empresa se vaya a la mierda. Le miro con compasión pensando que lleva razón, que soy un hijo de puta y me lo merezco.

Firmo la carta de amonestación que extiende ante mí como quien firma al pagar una cena sin mirar la cuenta y salgo de la sala de reuniones con mi futuro pendiendo de un hilo.

Pero asquerosamente tranquilo por prescripción médica.

 

 

Fuimos a un concierto en El Matadero. Ella tenía un nudo en el estómago que yo no le podía quitar. Después tomamos unas cervezas en una terraza, y todos estuvimos de acuerdo en que parecía viernes aunque fuera miércoles. Yo seguía pensando en ese nudo contra el que no podía hacer nada.

Dormimos en su casa. Nos despertamos a oscuras, porque ella baja del todo las persianas, y las campanas nos chivaron que era la una del mediodía. Sin salir de la cama le conté que había soñado con un hotel en Dublín y con pájaros redondos como extraños kiwis sobre grandes mesas de madera. Ella dijo que había leído sobre un estudio que demuestra que el mejor día de la semana para el sexo son los jueves, y decidimos comprobarlo.

Después cambiamos los papeles: fue ella la que preparó un desayuno para campeones mientras yo me duchaba. Lo comimos en su balcón, dándole envidia a los trabajadores del estudio de arquitectura de enfrente. Tomamos cada uno dos cafés, aunque ya eran las tres, y nos fuimos.

A media tarde me escribió: he visto lo que has escrito en el espejo.
(de su baño, sobre el vapor, escondido hasta la próxima la ducha).

Eso no desharía el nudo, pero quizá lo olvidase por un rato.

(¿Que no les mola el rollo, amables lectores? Pues dos tazas.)

 

 

Me despierto en el sofá, jodido de frío y con la espalda convertida en una partida de Tetris donde la pieza recta no llegó a tiempo. Son las cuatro de la mañana y debí quedarme dormido mientras trabajaba, porque el salvapantallas tentaculea psicotrópico para mí desde el Macbook, sobre la mesa baja.

Guardo los documentos, recojo el portátil, me lavo los dientes y para cuando subo a la habitación el sueño ha desaparecido. Pero estoy tan infinitamente cansado como si hubiera vivido mil vidas, así que alcanzo el mando sobre la mesilla con la esperanza de que en ese canal de dibujos sigan reponiendo Cow & Chicken a lo largo de la madrugada.

La televisión no se enciende. Ya era hora de que ese trasto se muriese, como todo lo que hay en esta casa y que acaba por pudrirse, romperse, estallar o batirse en retirada.

Entonces recuerdo el amanecer pasado, a veinte horas de distancia. Despertar porque ella busca entre las sabanas esa camiseta de tirantes de tacto casi tan delicado como su cuerpo. Y sentir que se levanta y no saber si es para cerrar la ventana o bajar al baño o a beber agua.

Y también que, en la oscuridad, antes de rendirnos al sueño tras el sexo, me preguntó si el piloto rojo de la televisión se quedaba siempre encendido. Dije que sí, pero ahora no lo está.

Podría levantarme a comprobar si es eso lo que falla. Si fue ella la que lo apagó en su pequeña fuga. Y prefiero esa explicación. Pensar que, en cierta manera, ha dejado un rastro en mi casa que no son solo largos pelos rubios brillando en la tarima por la mañana. Que ha modificado impunemente mis rutinas de tío-que-vive-solo-al-borde-del-trastorno-obsesivo-compulsivo, tan acostumbrado a su espacio invariable, a que nadie toque nada.

Y sin darme cuenta me duermo, supongo que con una estúpida sonrisa en la cara.

 

No hay un pensamiento concreto mientras echo la silla hacia atrás y me levanto. Solo una sensación de pereza y de hastío aplastantes, de no querer hacer lo que voy a hacer porque será inútil.

El primer pensamiento, cuando doy la primera zancada que va a convertirse en carrera, es: “Gilipollas. ¿Has comprobado que no está en los bolsillos de la americana?”. Pero si es así sentiré los ciento cincuenta gramos de peso chocando contra mí mientras corro y podré pararme y jadear y mirar al suelo avergonzado.

El segundo pensamiento, intentando no perder de vista el brillo de plástico de la chupa negra que se aleja entre la gente cien metros más allá, es un repaso los que se han acercado a la mesa: “Un vendedor de cosméticos. Un acordeonista. El tío de las flores que desde hace años usa la broma de ¿y para él? en los bares de Huertas. Una adolescente gitana. Estos dos del final.”

El tercero es que SÍ, soy gilipollas, porque cuando han llegado a la mesa, uno preguntando algo por la derecha y el otro extendiendo un plano por la izquierda, les he despachado con la sonrisa de suficiencia de “mi cartera está en mi culo agarrada por una cadena, el bolso de ella está entre sus piernas y sólo podríais robarnos el tabaco.”

En el cuarto pensamiento se solapan dos voces. Una es la voz fría del fondo de mi cabeza, el hijoputa, que dice que todos los turistas de la terraza del Ginger están mirando cómo corro ridículo entre sus mesas. La otra, con repelente tono educativo, reflexiona sobre como el cerebro va a toda hostia y el tiempo se ralentiza en momentos así.

Las dos se callan cuando alcanzo al tío a punto de salir de la plaza por Espoz y Mina. Le agarro todo lo fuerte que puedo cerca del cuello, apretando el trapecio con una mano, y le grito “¿dónde está tu colega?”.

Quinto pensamiento: “¿Y ahora qué vas a hacer, desgraciado? ¿Vas a atreverte a zumbarle? ¿Vas a rebuscar en sus bolsillos? ¿Cómo crees que puede acabar esto?”

Sexto: siempre hay maderos en la esquina con Benavente, donde las putas viejas. Si grito alto y consigo mantenerle agarrado alguno se acercará. Y no servirá de nada porque el Iphone me lo picó el otro, el del plano, y no sé hacia dónde ha ido.

Pero quienes llegan son otros dos marroquies a los que no había visto. El más grande dice “Tranquilo. Toma.” Y me pone el teléfono, que está vibrando en silencio, en la mano.

Le miro incrédulo. Suelto al otro. Me doy la vuelta. Levanto el brazo con el móvil y lo agito hacia la mesa donde está ella, que entonces deja de llamar.

La edad me ha traído esto (y nada más):

Tres canas, inquietantemente simétricas. Una a cada lado de la sien y otra en la barbilla, justo en el centro del mentón, haciendo de vértice en una trigonometría perfecta.

La forma de hablar de quien está (aun más, falsamente) de vuelta. Un tono que me haría, de escucharlo en otro, odiarle con toda mi alma.

Dos marcas de expresión a cada lado de la boca. Desde la comisura del labio hasta la aleta de la nariz, claramente visibles hasta con el gesto relajado.

No sé con qué os vestís vosotros. Yo me cubro con un cigarro, con la ebriedad de tres copas, con un libro en la mano. Y con la sonrisa de quien sabe un secreto que le sobrepasa.
(También patentada).

La sonrisa de que sé de que va todo este tinglado. De que nada  puede sorprenderme y nada se me escapa. Que conozco el final de cada chiste y que hasta el más mínimo daño no me cogerá desarmado.

La sonrisa del que he entendido algo que al resto se os escapa. Aunque no sea cierto.

Y funciona. Pero pago la deuda por usar esta sonrisa en la forma de esas dos arrugas, cada vez mas evidentes y traicioneras, en la cara.

 

 

Ahora que los viernes mis amigos están cansados o casados y tienen másteres y trabajo acumulado e hipotecas que no les permiten salir. Ahora que ha dejado de importar quedarse en casa una noche así, aunque hasta la ventana lleguen las voces del bar de lesbianas de abajo.

Anochece y me afeito meticulosamente y me ducho lavándome las pelotas como si fueran a besármelas, y me pongo hecho un brazo de mar, perfumado y con ropa recién planchada, incluso más guapo que si quisiera conquistar a alguien.

Y cuando estoy impecable ante el espejo pongo una selección de música PERFECTA, porque es elegante pero no decadente y es melancólica pero no triste, y me sirvo la primera copa (siempre me digo que para abrir el apetito) y enciendo un cigarro y empiezo chasqueando los dedos en el primer tema hasta acabar aventurando un par de pasos de baile como si interpretara en solitario la escena de A Bande Apart. Y en el reflejo que me devuelve la ventana lo hago increíblemente bien.

La copa dura poco porque tengo una sed que no se acaba. Abro una Sapporo y ceno de pie el sushi que he traído, y cada bocado sabe a puñetera gloria en mi cabeza aunque mis quemadas papilas gustativas no sean capaces de apreciarlo.

(Me siento grabado por mil cámaras, vigilado por mil ojos que no pierden detalle de mi estilo y mi elegancia, y sé que cualquier mujer que me viera se enamoraría de mí y cualquier hombre me envidiaría hasta querer matarme.)

Y llegan la segunda y la tercera copas y la cuarta y la quinta mientras avanza el tracklist. Y cantan Stuart y Tom y Joe y Bill, todos con sus voces graves y cada línea escrita solo para mí. Y digo en voz alta  “qué carajo” y empiezo a servirme el whisky a palo seco esperando a que la música acabe. Y no necesito a nadie.

Después, en algún momento, tiene más sentido tirarse en el sofá mientras acabo una copa que marcará el cristal de la mesa con su huella circular por días, y a veces pasa que me duermo allí (y entonces todo será subir a la habitación a la cinco de la mañana, desorientado y muerto de frío ) y otras veces os maldigo a todos y me voy a la cama, donde pongo una televisión que no veré y seguirá encendida por la mañana.

El sábado despertaré temprano. No tendré resaca. Tomaré café frío. Bajaré al gimnasio a las diez en punto y el monitor -que es mc en un grupo de rap guarro- me dirá que qué madrugador soy y a mí me dará igual la sonrisa malévola con que acompaña el comentario.

La primera vez que suena la canción estamos apoyados junto al fregadero, donde se acumulan los cacharros de un desayuno tardío de domingo. Pan de centeno con aguacate y salmón ahumado, huevos revueltos con queso y cebolla, fresas y kiwi y zumo y café que hemos DEVORADO en la terraza mientras cinco calles más allá, bajo el mismo sol de febrero, medio millón de personas se manifiestan sin echarnos en falta.

Yo tarareo con la boca cerrada, zumbando la melodía en el esternón. Ella debe sentirla más que escucharla, la cabeza apoyada contra mi pecho. Cuando la canción acaba dice que puede permitirse despegarse de mí unos minutos y dejar que me duche.

La segunda vez que suena la canción me doy cuenta de han pasado cuarenta minutos y que el disco se ha quedado en loop en la planta de abajo. Estamos tirados sobre la cama, en una digestión lenta y satisfecha donde la somnolencia todavía le gana la batalla a la voluptuosidad en la mirada.

Ella dice “esta canción me pone triste”. Podría preguntarle por qué, pero debe existir el acuerdo tácito de no saber de tristezas y pasados.

Y el disco seguirá sonando hasta que los Go-Betweens se queden roncos. Todo el tracklist se repetirá ad infinitum porque ninguno de los dos va a bajar para pararlo. Y antes o después llegará la canción, por tercera vez, y es posible que para entonces estemos desnudos y enredados.

Me da miedo que la tristeza le vuelva por sorpresa en ese momento.
(en que quizá esté sobre mí, mirándose a escondidas en el espejo junto a la cama).

Debería levantarme y evitarlo.

La chica me mira desde el fondo del bar. Reacciono como cada vez que sé que he llamado la atención de alguien, girando la cabeza y rehuyendo los ojos. Cuando pasa a mi lado siento que titubea. Se para, se inclina hacia mí y pregunta: “¿tú no eres el que tocó la semana pasada?”

Yo explico, sin restablecer el contacto visual, que es difícil dejarse crecer esta barba de naufrago en siete días y que me confunde con mi hermano.

“Sois muy parecidos. Tengo buen ojo”. Sabe perfectamente que yo no era él. Tontea. Pero, como siempre, soy fríamente cortes, elegantemente tímido, nerviosamente correcto, encantador. Y se marcha.

Porque estos días tengo dos dopplegänger.

Uno es mi hermano. Tras dos décadas y media de ser opuestos nos hemos vuelto casi idénticos, tan parecidos que todos los que nos ven juntos se sorprenden. Yo, para aumentar la similitud, visto con ropa que le he robado y hasta he encogido un par de centímetros.

El otro es intangible. Es el que llama por teléfono cuando ella está conmigo. En la pantalla del Iphone, involuntariamente, siempre leo “Pablo”. Nunca lo coge.

(No sé cómo figuro yo en su agenda. Quizá como “El Otro Pablo”. Poco importa.)

Apenas conozco un par de datos de mi gemelo telefónico. Pero sé que me imita burlonamente, llamando tantas veces como yo no me atrevo a hacerlo, solo cuando estoy con ella. Demostrando que existe. Haciéndome pensar que a lo mejor no es mi reflejo y que soy yo la imitación, el falso doble que ocupa un lugar que no le corresponde.

La acompañé hasta su casa muerto de frío, los dientes castañeando de una manera que nunca sé si es real o impostada. En mi recuerdo falso tengo que ayudarla a subir las escaleras aunque los dos vamos igual de borrachos.

La casa era muy pequeña, muy estrecha, muy oscura. Estaba todo desordenado y sucio. Había libros apilados por todas partes, mil más que en la mía.
(Pero cuando vivimos juntos ella no había leído ni un tercio de los libros que trajo. )

Dije que fumaba un cigarro y me iba. El frío todavía en los huesos hizo que por un momento quisiera que me ofreciera dormir en su sofá. Era el único motivo por el que me hubiera quedado.

Quiso regalarme un viejo juguete de madera alemán que había comprado en internet. “Por tu cumpleaños”, dijo. Y supe que se quedaría cogiendo polvo en algún rincón invisible para acabar en la basura en la próxima limpieza de temporada, y no lo acepté.

Acabé el cigarro. Quise irme y no pude. Me clavaba al suelo la angustia de dejarla allí, sola, rota, jodida, en esa casa triste y fría y sin luz, en una cama deshecha con sábanas sin cambiar en semanas.

Pero me obligué a recordar que ella nunca sintió compasión. Solo asco y rechazo y ganas de no ver ni saber y quitarse de en medio cuanto antes.

Y volví a mi casa. Se me hizo extraño descubrir que no había más de diez minutos andando de la una a la otra después de tanta distancia.

Al entrar vi las grandes ventanas al fondo. Todo tan despejado, tan tranquilizador, tan mío. Y me permití ser revanchista y pensar un exhultante “Púdrete en tu agujero, sin NADA a lo que agarrarte”. Fue solo por un momento. Después apareció la pena.

No tanto por ella, que nunca la mereció, como por mi viejo yo, ese que la quiso.

 

Desde la tercera planta de la Joy Eslava la calva de Bonnie Prince Billy parece falsa, casi de látex, con su enorme cabeza de cráneo imposible. Cuando entramos está cantado:

¿Qué hiciste cuando viste que me había ido?
¿Te quedaste paralizada y lloraste?

Ella le responde:

¿Eso es lo que quieres imaginar, cariño?
¿A mí hundida, ahogada por las lágrimas?
Es verdad que lloré
Pero después salí fuera
y miré al cielo, muy quieta en la noche,
y supe que algún día iba a morir
y que entonces todo estaría bien.

Me irrita la gente hablando en la barra. Me molesta la mujer a la izquierda que con su perfume demasiado fuerte no me deja oler el de ella, a mi lado. Pero Oldham sigue diciendo cosas puñeteramente bonitas:

Sabes que amo todo lo que me rodea
y que siento la necesidad de vivir, y de no desaprovecharlo.
Pero a veces notarás que lo contrario me invade,
que esa detestable oposición nubla mi mente
y todo lo que puedo ver es oscuridad.

Todo eso no hace que olvide que abajo, en la pista, anda el chico con el que ella vivió tantos años. Que vamos a encontrarle al salir.

(El bueno de Bonnie sigue:

Oh, fóllame, fóllame,
fóllame bien.
Hazlo, hazlo,
arrodíllame, compláceme.
Chico, demuestra cuánto me deseas
y hazlo tan bien que todos lo puedan ver.)

Sé que todos los ex son siempre mejores que yo. Más guapos. Más listos. Más interesantes. Que la tienen más gorda y conseguían que gritasen como yo nunca podré hacerlo.

Bonnie Prince Billy se despide sin un bis. Se encienden las luces de sala. Descubro entre la multitud, mirándome con insistencia y ridículo desafío, a una chica que debe odiarme. Y da absolutamente igual.

Porque sé que fuera nos espera él, y son sus ojos los que me dan miedo.
(¿Y si leo en su mirada que piensa que soy yo quién la tiene mas gorda y consigo que ella grite como él nunca pudo hacerlo?)

También el pánico de que ella nos verá, lado a lado, y comparará y recordará y entonces todo lo que soy o lo que pueda hacer no servirá de nada.

 

Me despierto como si hubiera sonado un disparo: tenso, alerta y desorientado. Nos hemos dormido y vamos a perder el autobús, el tren, el avión, el desayuno, la hora del check out.

Quiero avisarla pero no está. Solo encuentro el otro lado de la cama extraña completamente helado. No sé dónde puede haber ido. Cuarenta elefantes con la palabra peligro escrita en el lomo dejan caer su culo, a la vez, sobre mi pecho.

Me incorporo sobre los codos y afilo la vista, intentando distinguir algo. Todo está demasiado oscuro. No localizo el bulto de su maleta, abierta y en el suelo, siempre cerca de la cama.

Aprieto los dientes intentando concentrarme, ignorar la angustia, apartar la telaraña. No reconozco la habitación del hotel. No consigo recordar, ni siquiera, en qué ciudad estoy. Cuál es la urgencia que me ahoga.

Segundos que se hacen siglos, solo en medio algún punto entre la incertidumbre y la nada.

Pero el sueño resbala por fin de mis ojos y mi cabeza. Y las sombras alrededor empiezan a adoptar formas familiares. Estoy en mi cama, en mi casa. Llevo en Madrid más de una semana.

Mi yo onírico nunca coge el vuelo de vuelta y se queda en el otro país, atrapado. Y paso días soñando que sigo fuera. Tardé más de treinta noches en escapar de Beijin hace un par de años.

Y vuelvo a dormirme, envidiando al yo que sigue en otro lado.

Recuérdate esto cuando ya nada importe.

Con crampones y fingida rabia pateas los bordes de una poza en el glaciar, de agua tan azul como liquido anticongelante. Hundes los dedos en las esquirlas de hielo hasta atrapar el trozo más grande, tan transparente que parece soñado. Te acercas y lo guardas en su bolsillo, forrado con una bolsa de plástico y alevosía. Antes o después no cabrán más. Entonces extenderás el brazo y ocultarás el sol y dejarás que caliente tu mano.

En la mochila habéis escondido dos vasos del café para llevar que tomasteis ayer y una botella de ron (Martinique Superior, Light Dry Rhum, 250 cc. 40% vol, Hnos CCisa, Industria Argentina). Y aunque hubieras preferido whisky cómo no va a saberte el ron puñeteramente bien si lo acompañas con hielo cincuenta mil años más viejo que la sangre que corre por tu cuerpo.

En el último sorbo queda un poso fino y oscuro, como polvo de carbón. Piedra molida por medio kilometro de hielo encima y milenios. El mismo polvo que satura el agua del lago Viedma  y la convierte en leche entre verde y blanquecina, irreal.

Recuérdate esto cuando ya nada importe:
El sabor del ron en la lengua. La cubierta del barco vacía. El sol castigando tu cuello. La ligera somnolencia, el cansancio tranquilizador. Ella recostada contra ti, la piel desnuda de su hombro oliendo a puto cielo. El ruido del motor que se mezcla con el (hoy tolerable) reggae que sale de la cabina. El balanceo del agua, acunándoos.

Y cuando ya nada importe (viejo, solo o enfermo), recuérdate esto.

Llego a las seis de la mañana. Paseo sin sentido, confiado, por el centro de la ciudad. Llevo treinta pesos encima que le sobraron a alguien en una visita anterior. Gasto quince en desayunar (pocito de café y tostado). Leo en el parque de Lezama hasta que tres tíos me rodean. Huyo andando, la camiseta convertida en lija por el sudor seco. A mediodía me siento en una terraza y aprendo que si no pides un porrón consigues un litro entero de cerveza. Ebrio, cansado, tambaleante, busco el hotel.

En la habitación hay un hombre que arregla algo en el baño. Todo huele a silicona. Le doy los últimos tres pesos al chico que sube mi maleta, avergonzado porque no tengo más y porque pese tanto. Me tumbo en el suelo, sobre la moqueta, y me quedo dormido escuchando a Coltrane. Me despierta el chapuzas cuando que se va. La cama es gigante, tres veces más ancha que larga. Todavía no sé si ella va a llegar.
….

Aeropuerto de Ezeiza, última hora de la noche. Me enfado con tres críos que juegan porque con sus carreras me ocultan intermitentemente la salida de los vuelos internacionales. Aparece a mi lado mientras les miro con odio. Sus rizos rubios se han convertido en pelo liso y castaño. Bromeo, digo que que no es la misma, que ha enviado a una sustituta. Pero está rabiosamente guapa y la cama sigue siendo enorme aunque ahora la ocupemos dos.

Nos arreglamos a toda hostia para ir a la cena de Nochevieja de la Casa de Cataluña, en Chacabuco, con dos chicas a las que no conocemos (descubriré, después, que una es amiga de una pelirroja que fue mi novia hace una década). Empiezan a llegar fotos al teléfono. Igor desde Nueva York con una chistera. Javier con un falso bigote rubio a lo Hulk Hogan. Borja, María, Ana, Fernando, todos con árboles de navidad detrás.

Ella se está duchando, así que aprovecho para responder con mi fotografía en manga corta y la boca llena de todas las uvas (seis o siete) que consigo meter.

Son las seis de la mañana, uno de enero. Amanece. Lanzan fuegos artificiales desde el centro de una plaza en Palermo, a espaldas de la azotea donde tomamos la última copa, los dos ebrios, yo eufórico. El taxista que nos devuelve a San Telmo me pregunta, orgulloso, si he visto al patrullero apostado junto al semáforo que acaba de saltarse en el cruce de Corrientes con Callao. Después explica que cada cuadra abarca una cantidad de números que no son sucesivos de manzana a manzana, y de golpe comprendo la ciudad.

Siete de enero. En cada ciudad que piso elijo un sitio en que me siento como en casa, al que vuelvo por pocos días que pase allí. En Buenos Aires es el la Poesía, en Chile con Bolívar. Anochece mientras bebemos una botella de malbec y ella fotografía los colectivos que pasan. Le cuento lo que es un piantado y tarareo como ejemplo la Balada para un Loco de Piazzolla. Me siento ridículo.
….

Bajo el sol de plomo del mediodía peleo por teléfono con Aerolíneas Argentinas. Tras veinte minutos de tensión, acentos incomprensibles y música de librería consigo cambiar mi billete para pasar dos días más en la ciudad, con ella, condenada a quedarse por la huega de pilotos. Vuelvo al bar donde espera y se lo digo. Brindamos.

Los dos nos hemos puesto la hostia de guapos aunque sea una noche de martes. Por Piedras vamos tan elegantes que deberíamos ser el blanco de cualquier atracador. De madrugada volvemos al hostal y subimos a la azotea. Nos tumbamos juntos en la misma hamaca, acabamos el vino que sobró de la cena en copas que robamos del bar cerrado. Nos tocamos hasta que al amanecer aparece un chico y se tumba a leer en otra hamaca a nuestro lado.

Vigilo su sueño en un césped, fumando, junto al cementerio de la Recoleta. Pienso que hace seis meses espié como dormía la siesta en otro parque, en San Francisco, sin saber apenas quién era o imaginar que algo así iba a ocurrir.

El comandante del avión sale para decirle que quizá pueda hacerle un hueco en los transportines, con las azafatas. Parece decepcionado por verme acompañándola porque debía creerla sola y desamparada.

Vuelvo a estar solo en Buenos Aires. Me voy esta noche. No siento la ciudad como ajena.

Son días de calor asfixiante en Buenos Aires. Días de sol húmedo y cansancio pegajoso en que libramos una guerra secreta consistente solo en dos juegos de miradas.

En uno de ellos me dedico a atrapar, avezado y atento, a los que la miran. En cada esquina, cada café y cada acera busco el deseo en los ojos de los que nos cruzamos. Y les atravieso con un alfiler y clasifico. Viejos que la observan sin pasión, con sabiduría melancólica de connoisseur. Niños que lo hacen sorprendidos, con la intuición de algo que no aciertan a nombrar. La mayor parte: hombres que la ansían con ojos turbios y toda la sangre de su cuerpo.

Ella no parece darse cuenta. Yo, que no sé ser celoso, me recito mentalmente Lafayette Street, de Fonollosa, porque eso apacigua al monstruo de ojos verdes:

“Esta es la mujer mía. Pueden verla,
no tengan pena, de perfil, de frente.
Pueden acariciarla con los ojos.
Está desnuda bajo su vestido.

Es hermosa, ¿verdad? Todos lo dicen.
Ella también lo sabe. Es muy hermosa.
Mírenla de perfil, de frente. Desde
la uña del pie al cabello es muy hermosa.

Hasta los automóviles más caros
frenan para admirarla cuando pasa.

(…)
Es una lástima
que no encuentren ustedes otra igual.
Pueden acariciarla con los ojos.”

En el otro juego ella es la cazadora.

Porque yo, con mi trastorno de déficit de atención y mis ojos nerviosos, siempre bailo las pupilas sobre cualquier cosa que se mueva y tenga colores aunque realmente no la esté viendo y solo sea un estorbo entre el infinito y yo. Pero en estos días a veces un breve silencio me dice que ella ha seguido la dirección que marca mi mirada. Y, si por casualidad se ha posado en una cara o unas piernas o un escote, descubro (al principio divertido, más tarde con miedo) que frunce ligeramente el ceño, analíticamente, y observa y memoriza y compara.

(Ella, a las pocas horas de llegar a la ciudad: “las porteñas son muy guapas”.)

Son las ocho de la tarde del día treinta y uno. En el subte, de Plaza Italia a Catedral, comemos uvas porque en España ya es medianoche. Me atrapo a mí mismo mirándola en el reflejo del cristal. Y espero a que me sonría, como en ese cuento de Cortázar.

No me cree cuando le digo que cualquier país de la lista que envió es el destino perfecto. Piensa, seguro, que es esa estúpida y poco atractiva complacencia del “lo que tú quieras, cariño”.

Porque aunque por un momento me he enamorado de las playas de Zanzibar, en el fondo “Da lo mismo hacia dónde, / por qué motivos. / La dirección es la correcta / si me aleja de aquí” (J. Masip de nuevo).

Solo quiero quemar tiempo y dinero ahora que todavía los tengo.

Así que dentro de seis horas cojo a solas un avión al otro lado del charco. Y por culpa de la huelga de pilotos de mañana me pasearé, solo también, por un Buenos Aires del que no sé nada que no sea lo aprendido en relatos escritos hace cincuenta años y leídos hace quince. Una ciudad que ya no existe.

Y si las piezas aeroportuarias no encajan y los desencuentros continúan es posible que pase la Nochevieja en manga corta mirando el agua girar en sentido inverso en la taza del water del hotel en San Telmo.

Un par de días después pondré o pondremos los pies en la ciudad más austral el mundo. Después en la Patagonia, donde los calzaré o calzaremos con crampones para caminar sobre glaciares y subir el Fitz Roy.

Espero que todos los verbos se conjuguen en la primera persona del plural.

Así que no esperen nada por aquí hasta mediados de enero.

El pasado vino a sentarse a mi lado.

No hay ficción en esto. No hay (apenas) exageración. Era tan coincidente y real que, por un breve momento en que mi cabeza fue tomada por los ejércitos de la paranoia, pensé que era una pantomima orquestada por un archienemigo y que la pareja que acababa de ocupar la mesa a mi derecha eran solo actores caracterizados. Busqué cámaras ocultas.

Ella el mismo corte pelo. Misma altura, mismo peso, igual repartido. Unos vaqueros conocidos, una camiseta blanca de cuello dado de sí y una cámara completando la similitud. Él misma barba, mismo sobrepeso, misma falta de percha. Igual postura tímido-encorvada al guardar un libro en el satchel.

Pero eran sobre todo los movimientos del sistema que formaban, su forma de caminar hasta la mesa, la proxémica al sentarse en las sillas, lo que lo hacía incómodamente familiar.

Había pequeñas diferencias que lo hacían verosímil: yo nunca hubiera llevado una camiseta con una referencia pop. Ella tenía acento del sur. Consultaban una guía de Madrid que los convertía en turistas provincianos.

Y también pequeños reflejos invertidos por esa manía caleidoscópica de la realidad. Ella quien fumaba de liar mientras él abría un paquete de rubio. Ella un par de años mayor. Al servirles la copa el whisky era para ella y para él el ron.

Mi yo de hoy, bebiendo ginebra, vigilaba al del pasado como si hubiera visto a un fantasma. A pesar de que se dio cuenta de las miradas furtivas no pareció sospechar que era su yo del futuro observándole con dureza.

Y esto no va a ser como ese cuento de Borges en que se encuentra consigo mismo, treinta años antes, en un parque en Ginebra, y no se cae bien.

Pensé en advertirle. Levantarme, acercarme y decirle: “Vas jodido, tío”.

Nada de consejos útiles. Nada de “no mandes a producción esa memoria de urgencia, porque palmarás toda la pasta” o “no cojas el coche de tu hermano volviendo de Cantabria, porque vas a estrellarlo” o “compra tabaco el día que decidas ir a urgencias por ese extraño hormigueo”.

Solo un “vas jodido, pero no a peor. Solo a distinto.”
(A ella no le hubiera dicho nada. Para qué.)

Valoré pedir otra copa, seguir espiando. Pero me recité mentalmente las diferencias y me fui a casa.

Lo sabes. Estás siendo un suicida. Jugando con fuego. Bebiendo dos copas más de las que te sientan bien. Pasando a cientochenta ante la señal de radar.

Lo sabes desde el primer momento, desde ese correo con la foto de Carmel en que escribió “por lo que podría haber sido y no fue” y al que respondiste “tu mail duele como una puñalada”.

Lo sabes y lo sientes en cada llamada, en cada mensaje que envías, cada noche que se queda dormir, cada mañana que la despides. Todas son la última. Aplazamientos temporales de una ejecución.

Van a darte por culo, y te lo mereces. Porque tú solo te has metido en el atolladero. Le has dado todas las ventajas y llegas a cada encuentro desarmado. Tú, siempre tan orgulloso de jugar solo a lo que ganas.

Pero no puedes culparla. Estás advertido. Entiendes las circunstancias. Sabes lo que hay y a lo que puedes aspirar. Y no te quedará ni el consuelo indignado del que se siente estafado, del “qué zorra”.

No tienes qué ofrecerle. De ti solo saca que hueles bien y eres grande y alto y cuando la abrazas la abarcas completamente.

Hasta entonces, hasta el palo, te dejarás llevar. Vas a entregarte entero, acudir a cada cita con las manos vacías, dispuesto. Con la cabeza prematuramente cortada, Holofernes.

¿El consuelo? Un que-me-quiten-lo-bailado. El recuerdo del orgullo cuando la ves llegar por la acera y sabes que camina hacia ti. Cierta satisfacción por ser capaz, todavía, de arriesgarte. Y piensa la de textos amargos que podrás escribir después.

Pero hubiera estado bien poder contar algo como:
“Conocí a vuestra madre, a una de la madrugada, en un motel de Los Ángeles. Ella abrió la puerta de la habitación recién levantada, tibia, sonriente, y en ese mismo momento supe que me iba a gustar.”

 

Me enseña un libro que compró en Portland el verano pasado. Listography, de Chronicle Books. En cada página, rayada como un cuaderno, hay un título de lista para que el lector la complete. Nombres de las mascotas que has tenido. Actores favoritos. Cosas que quieres hacer antes de morir. Así hasta cien.

Dice que se ha dado un plazo para completarlo. Que quiere que sea un registro de su vida en este periodo. Y después pasa las páginas para mí, abriéndolo apenas, dejándolas resbalar contra el pulgar. Algunas destacan en el rápido aleteo por la tinta azul casi fluorescente que ha utilizado para rellenarlas.

Pregunto cuáles. No quiero saber el contenido, solo las que ha empezado.

Mis fantasías sexuales. Lugares raros donde he follado. Gente a la que hubiera querido tirarme (y aclara que algunos son solo apodos: “ese tío que me cruzaba cada mañana en el metro camino de la facultad”). Personas a las que más quiero.

“El libro es peligroso. No puedes tenerlo ahí, al alcance de cualquiera. Es más íntimo que un diario.”

Y después: “Pero podrías dejárselo a tus hijos en herencia. Que descubran cosas que nunca sospecharon de ti. O a la persona con la que compartas tu vida.”

Ella rápida, casi como una defensa: “A él no le hará falta porque ya lo sabrá todo.”

La culpa no es de quien esconde algo. Es de quien busca y lo encuentra. Para qué descubrir cosas que quizá no puedas soportar. No abras los cajones del baño en casa de tus amigos. No mires el móvil de tu pareja. No leas los efectos secundarios del tratamiento que sigues.

A pesar de eso, mientras pasaba las hojas, he leído involuntariamente: “Nombra tus mayores miedos.
1. Los toros.
2. La soledad.”

(Y recuerdo: los cinco en el coche, hablando del vértigo que no deja dormir algunas noches cuando se piensa en la idea de morir. Y yo diciendo que no me asustan la soledad o la muerte. Y ella preguntando que cómo era posible.)

Dos: La soledad. Pienso en cómo de grande será ese miedo, cómo de fuerte esa angustia. Si eso explica que yo este aquí ahora, en su casa, esta noche. Y si es consciente.

Por la mañana el libro sigue sobre la mesa. Ella se lava los dientes. Yo recojo mis cosas-de-dormir-fuera. Podría abrirlo un breve momento. Leer.

Elijo no hacerlo.

Otra de lo mismo. Ya saben: mañana, ducha, mujer, luz, blablá. Qué coñazo.

He descubierto que tengo la sonrisa de un chimpancé. Esa sonrisa amplia de MIEDO de los monos pequeños cuando están frente a una amenaza, algo más grande que les sobrepasa.

Tensa. Una sonrisa de poner el culo si me lo pidieran. Un gesto de cordialidad todo dientes que dice “no malgastes energías prestándome atención”. Tan diferente de mis otras muecas patentadas, como la “Media Sonrisa Amarga de Dos Copas de Más” o la estupefaciente “Sonrisa Afilada con Dientes como Cuchillas”.

Así que aquí estoy, por la mañana, recién duchado, vestido, impecable. En la encimera hay dos tazas, dos sobres de azúcar para ella, la cafetera italiana, un brick de zumo en teoría recién exprimido, la sandía cortada en gajos y emplatada con estilo. Radio 3 de fondo. La casa oliendo a esa mezcla perfecta de café recién hecho, Lactovit tibio que sale del baño y CK One que emano yo.

De pie, una mano en el bolsillo, la otra en el cigarro, apoyado contra la cocina, mirando la luz que entra por la ventana, espero a que baje las escaleras hacia la ducha.

Lleva unas bragas brasileñas de cadera baja que hacen su culo aun más espectacular. Da un encantador-pequeño-salto al ver el desayuno y dos pasos de semipuntillas herencia clara de unas clases de ballet en la infancia. Se gira hacia mí.

Y yo
(Yo que debería resultar gigante, inaccesible. Que sintiera que me debe la noche, la perfección de mi puesta en escena. Una figura insultantemente segura de la que enamorarse)
sonrío como un chimpancé.

Como a mi jefe el borracho. Como al monitor del gimnasio. Como a los camareros de los bares que más frecuento. Sonrío como diciendo “soy inofensivo” y “no me hagas daño”.

Y se va a la ducha y yo bajo la cabeza y mudo la Sonrisa de Chimpancé en la del Perdedor con Encanto. También patentada.

Nos tiró un cigarro encendido al grito de “¡Lárgate con esa a la que te vas a follar!” cuando salíamos. Una centella giratoria de fuerza y trayectoria perfectas que cruzó la oscuridad del bar de Toni de una punta a la otra pero no dio en el blanco.

Nadie la había invitado a la mesa. Se sentó con nosotros después de que el tío que la acompañaba desapareciese y todos supimos, al momento, que iba borracha, que estaba loca y que era peligrosa, alternando sin motivo ataques rabiosos y tristes intentos de seducirnos.

Una semana más tarde me la crucé en la plaza del Reina Sofía. Mi pésima memoria para las caras hizo que solo la reconociera cuando escupió a mis pies al pasar a su lado.

Después se convirtió en una presencia constante en el barrio, como un fantasma cotidiano que lo hubiera encantado y del que no se podía escapar. Mirándome con desprecio tras el cristal del bar de pinchos dos calles más arriba. Con los cascos puestos, en la terraza del Jazz, la boca fruncida en un gesto tan duro que sus labios apenas eran una cicatriz rosa. En el Gato Verde, comprando tabaco y levantando la voz mucho más de lo necesario para pedir que activasen la máquina.

Y me acostumbré. Cada vez que salía de casa y notaba un odio tangible clavándose en mi cuerpo levantaba la vista y allí estaba, pálida, pequeña, loca, por suerte ya no más armada con un cigarro casi acabado.

Hoy es falso domingo y salgo temprano y leo en una terraza y paseo por el mercado y compro en la frutería. Recorro cada calle en un kilómetro a la redonda y marco cada esquina. Todo está como siempre, pero algo falla. Entonces la recuerdo y pienso que hace meses que no me la tropiezo y la echo de menos. Ni siquiera llegué a saber cómo se llamaba.

Se habrá mudado o habrá muerto o habrá elegido a otros a quien atormentar, apareciéndoseles en todas partes.
(También me faltan el mendigo marica que robaba contenedores y el camarero rumano que nos maltrataba a Darío y a mí en A Cañada.)

Incluso yo debo ser una constante de estas calles, tras tres años de habitarlas. Formo parte de la decoración en la vida de otros, un personaje de aspecto extraño y fantasmagórico presente allá donde miren, comprando en cada chino, acodado en todas las barras. Y quizá me echen de menos el día que desaparezca.

Envuelta en la toalla, recién salida de la ducha, se sienta en la butaca junto a los ventanales. Al otro lado espera un domingo demasiado brillante para tan pocas horas de sueño. Una pierna sobre la rodilla de la otra, el pelo mojado recogido de una manera que ya he memorizado, mira con atención la planta de su pie. Yo no puedo evitar pensar en las mujeres de Hopper, solas y en sí mismas en habitaciones llenas de luz, y tampoco la necesidad de cargar con ella escaleras arriba, tirar la toalla y no dejar centímetro de piel sin explorar.

Me reclino a su lado, rodilla en tierra, como si fuera a pedirle matrimonio. En lugar de anillo, unas pequeñas pinzas plateadas.

Señala una línea oscura en la piel, de unos dos milímetros, justo bajo el meñique. Dice que sintió el dolor antes de entrar en la ducha, que lo aguantó, que luego vio una pequeña gota de sangre en su huella húmeda al salir.

Sapporo (Tenía que ocurrir. La semana pasada, después de pintar una pared de la cocina, una estantería se venció. Treinta botellas vacías de Sapporo fueron, una a una y por orden, como soldados que caminan hacia la batalla, resbalando por la pendiente y cayendo hasta reventar contra el fregadero, la encimera, el suelo.

Yo, en medio de esa extraña lluvia, no recibí ni un rasguño. Tampoco hice un gesto por evitarlo. Me quedé viendo como estallaban, metralla de cristal en todas direcciones, como a quien le ha tocado el premio gordo en una tragaperras y observa incrédulo las monedas llenando el cajetín.

Después maldije. Barrí. Pasé el aspirador concienzudamente. Calculé cuánta cerveza japonesa tendría que volver a beber.)

Paso la yema del dedo por el corte, apenas perceptible. Acaricio. Tanteo con la pinza. Aprieto. Por dos veces se duele.

En la punta de las pinzas brilla una pequeña esquirla de cristal. Tan fina que de canto apenas se aprecia. Pero perfecta y afilada, malévola, convertida por el azar de la fractura en un puñal. Tan insignificante y tan dispuesta a hacer daño que da miedo, reluciendo verde hielo botella bajo el sol.

Y miro mis manos, llenas de cicatrices. Y pienso en las heridas. En si habrá otras cosas por ahí dentro, clavadas en ella, que yo no pueda sacar.

Mientras acabamos de vestirnos es Buckley quien, de fondo, canta que el tiempo se encarga de la herida, o que eso querría creer.

Ignoro al hombre que muere de cáncer de colon en la cama de al lado. Ignoro a la enfermera andaluza que me come con la mirada mientras cambia el gotero. Ignoro el horrible pijama de mangas ridículas, la evidente quemadura de cigarro en la manta bordada con el nombre del hospital.

Al pie de su cama me concentro, solo, en buscar todas las similitudes para encontrar todas las diferencias. En repasar mentalmente, para no olvidar nunca, la lista de lo que nos separa.

Sus brazos son tan delgados como los míos, pero el pelo que los cubre es distinto. Sus dientes son casi perfectos (no importa que sean falsos, lo que cuenta es que no son los mismos). Sus labios son más finos. Sus ojos más pequeños. Llevamos, estos días, el pelo castaño igual de corto. Pero atiendo a la forma en que le clarea y pienso en que la genética dicta que me pasará lo mismo. Y en que debe teñirse, porque no tiene una sola cana mientras que yo ya cargo con tres.

Parece borracho. Sonríe como un niño. Tiene la lengua de trapo. Será el efecto de la anestesia general, abandonándole, o el chute de Nolotil intravenoso. O solo sentirse libre de la angustia de los días pasados.

Le digo: “Te veo bien. De ésta no vas a cascarla”
(otra diferencia: nunca hemos compartido sentido del humor).
Y quizá de ésta no, pero a lo mejor sí de la siguiente. Justifico no darle un beso por no contagiar mi constipado, aprieto su hombro y me voy.

De camino al ascensor me cruzo con los enfermos que pasean arriba y abajo y me ASFIXIA la poca dignidad que veo en ellos. Solo un par parecen no haberse rendido. Y el pasillo se prolonga eternamente.

Hasta hace no tanto los hospitales me eran neutros, feos pero no agresivos, como un supermercado chino o una estación de autobuses. Pero ahora no quiero tener que frecuentarlos, en previsión de todo lo que me tocará hacerlo antes o después, por otros o por mí.

Tampoco quiero llegar a viejo y descubrir que me parezco a él.

Obsérvala minuciosamente, hasta que duela.

Vela dormir sobre una tumbona en la piscina de un motel de Las Vegas. Desea la piel dorada de sus hombros, la curva de su espalda, la suavidad de su culo, la firmeza de sus piernas. Atiende, sobre todo, a cómo sonríe y piensa en qué estará soñando y que no eres tú.

Contempla cómo se gira en su sueño y recréate en la dureza del vientre perfecto, en la tensión del cuello, en el espacio de sombra que proyectan los huesos de sus caderas.

(Espía cómo duerme sonriendo de nuevo en el césped de un parque en San Francisco y vuelve a desear esa boca de labios plenos.)

Mírala tanto (que anheles tanto, que queme tanto, que duela tanto) que la sensación se haga tan insoportable y tan intensa que acabe por desaparecer. Y sólo quede la neutralidad de quien mira la estática en una televisión. La calma despegada del esteta.

Acaba con lo que quede de deseo diciéndote que no está a tu alcance, que nunca tendrás algo así en la punta de los dedos, de la lengua, contra tu piel. Que mejor aprender a no ansiar que dolerse.

Y de golpe, sin saber cómo, tenla en tu cama. Lame la distancia infinita bajo su ombligo. Hunde la nariz en el hueco de las caderas. Acaricia esa suavidad, atrapa cada curva, moldea su cuerpo. Besa esa boca. Todo como en un sueño, apenas excitado porque no crees que sea cierto.

Despiértate por la mañana. Dúchate y vuelve a la habitación. Mírala dormir, como la mirabas hace dos semanas a nueve mil kilómetros de aquí. Piensa que la luz que enciende su piel es TU luz, porque entra por tu ventana y se filtra en tus cristales sucios y esquiva tus sábanas para acariciar sus hombros. Que la sonrisa en su boca quizá siga sin ser por ti, pero que solo tú la contemplas.

Después acompáñala hasta su moto. Mira cómo asoman sus muslos cuando sube. Deséala entonces con todo el dolor que quieras, con rabia, con urgencia, y siente que ahora es tuya (AHORA, en este momento, qué más da si ya no lo es mañana) aunque sigas sin merecerlo.