Fuimos a un concierto en El Matadero. Ella tenía un nudo en el estómago que yo no le podía quitar. Después tomamos unas cervezas en una terraza, y todos estuvimos de acuerdo en que parecía viernes aunque fuera miércoles. Yo seguía pensando en ese nudo contra el que no podía hacer nada.

Dormimos en su casa. Nos despertamos a oscuras, porque ella baja del todo las persianas, y las campanas nos chivaron que era la una del mediodía. Sin salir de la cama le conté que había soñado con un hotel en Dublín y con pájaros redondos como extraños kiwis sobre grandes mesas de madera. Ella dijo que había leído sobre un estudio que demuestra que el mejor día de la semana para el sexo son los jueves, y decidimos comprobarlo.

Después cambiamos los papeles: fue ella la que preparó un desayuno para campeones mientras yo me duchaba. Lo comimos en su balcón, dándole envidia a los trabajadores del estudio de arquitectura de enfrente. Tomamos cada uno dos cafés, aunque ya eran las tres, y nos fuimos.

A media tarde me escribió: he visto lo que has escrito en el espejo.
(de su baño, sobre el vapor, escondido hasta la próxima la ducha).

Eso no desharía el nudo, pero quizá lo olvidase por un rato.

(¿Que no les mola el rollo, amables lectores? Pues dos tazas.)

 

 

Me despierto en el sofá, jodido de frío y con la espalda convertida en una partida de Tetris donde la pieza recta no llegó a tiempo. Son las cuatro de la mañana y debí quedarme dormido mientras trabajaba, porque el salvapantallas tentaculea psicotrópico para mí desde el Macbook, sobre la mesa baja.

Guardo los documentos, recojo el portátil, me lavo los dientes y para cuando subo a la habitación el sueño ha desaparecido. Pero estoy tan infinitamente cansado como si hubiera vivido mil vidas, así que alcanzo el mando sobre la mesilla con la esperanza de que en ese canal de dibujos sigan reponiendo Cow & Chicken a lo largo de la madrugada.

La televisión no se enciende. Ya era hora de que ese trasto se muriese, como todo lo que hay en esta casa y que acaba por pudrirse, romperse, estallar o batirse en retirada.

Entonces recuerdo el amanecer pasado, a veinte horas de distancia. Despertar porque ella busca entre las sabanas esa camiseta de tirantes de tacto casi tan delicado como su cuerpo. Y sentir que se levanta y no saber si es para cerrar la ventana o bajar al baño o a beber agua.

Y también que, en la oscuridad, antes de rendirnos al sueño tras el sexo, me preguntó si el piloto rojo de la televisión se quedaba siempre encendido. Dije que sí, pero ahora no lo está.

Podría levantarme a comprobar si es eso lo que falla. Si fue ella la que lo apagó en su pequeña fuga. Y prefiero esa explicación. Pensar que, en cierta manera, ha dejado un rastro en mi casa que no son solo largos pelos rubios brillando en la tarima por la mañana. Que ha modificado impunemente mis rutinas de tío-que-vive-solo-al-borde-del-trastorno-obsesivo-compulsivo, tan acostumbrado a su espacio invariable, a que nadie toque nada.

Y sin darme cuenta me duermo, supongo que con una estúpida sonrisa en la cara.

 

No hay un pensamiento concreto mientras echo la silla hacia atrás y me levanto. Solo una sensación de pereza y de hastío aplastantes, de no querer hacer lo que voy a hacer porque será inútil.

El primer pensamiento, cuando doy la primera zancada que va a convertirse en carrera, es: “Gilipollas. ¿Has comprobado que no está en los bolsillos de la americana?”. Pero si es así sentiré los ciento cincuenta gramos de peso chocando contra mí mientras corro y podré pararme y jadear y mirar al suelo avergonzado.

El segundo pensamiento, intentando no perder de vista el brillo de plástico de la chupa negra que se aleja entre la gente cien metros más allá, es un repaso los que se han acercado a la mesa: “Un vendedor de cosméticos. Un acordeonista. El tío de las flores que desde hace años usa la broma de ¿y para él? en los bares de Huertas. Una adolescente gitana. Estos dos del final.”

El tercero es que SÍ, soy gilipollas, porque cuando han llegado a la mesa, uno preguntando algo por la derecha y el otro extendiendo un plano por la izquierda, les he despachado con la sonrisa de suficiencia de “mi cartera está en mi culo agarrada por una cadena, el bolso de ella está entre sus piernas y sólo podríais robarnos el tabaco.”

En el cuarto pensamiento se solapan dos voces. Una es la voz fría del fondo de mi cabeza, el hijoputa, que dice que todos los turistas de la terraza del Ginger están mirando cómo corro ridículo entre sus mesas. La otra, con repelente tono educativo, reflexiona sobre como el cerebro va a toda hostia y el tiempo se ralentiza en momentos así.

Las dos se callan cuando alcanzo al tío a punto de salir de la plaza por Espoz y Mina. Le agarro todo lo fuerte que puedo cerca del cuello, apretando el trapecio con una mano, y le grito “¿dónde está tu colega?”.

Quinto pensamiento: “¿Y ahora qué vas a hacer, desgraciado? ¿Vas a atreverte a zumbarle? ¿Vas a rebuscar en sus bolsillos? ¿Cómo crees que puede acabar esto?”

Sexto: siempre hay maderos en la esquina con Benavente, donde las putas viejas. Si grito alto y consigo mantenerle agarrado alguno se acercará. Y no servirá de nada porque el Iphone me lo picó el otro, el del plano, y no sé hacia dónde ha ido.

Pero quienes llegan son otros dos marroquies a los que no había visto. El más grande dice “Tranquilo. Toma.” Y me pone el teléfono, que está vibrando en silencio, en la mano.

Le miro incrédulo. Suelto al otro. Me doy la vuelta. Levanto el brazo con el móvil y lo agito hacia la mesa donde está ella, que entonces deja de llamar.

La edad me ha traído esto (y nada más):

Tres canas, inquietantemente simétricas. Una a cada lado de la sien y otra en la barbilla, justo en el centro del mentón, haciendo de vértice en una trigonometría perfecta.

La forma de hablar de quien está (aun más, falsamente) de vuelta. Un tono que me haría, de escucharlo en otro, odiarle con toda mi alma.

Dos marcas de expresión a cada lado de la boca. Desde la comisura del labio hasta la aleta de la nariz, claramente visibles hasta con el gesto relajado.

No sé con qué os vestís vosotros. Yo me cubro con un cigarro, con la ebriedad de tres copas, con un libro en la mano. Y con la sonrisa de quien sabe un secreto que le sobrepasa.
(También patentada).

La sonrisa de que sé de que va todo este tinglado. De que nada  puede sorprenderme y nada se me escapa. Que conozco el final de cada chiste y que hasta el más mínimo daño no me cogerá desarmado.

La sonrisa del que he entendido algo que al resto se os escapa. Aunque no sea cierto.

Y funciona. Pero pago la deuda por usar esta sonrisa en la forma de esas dos arrugas, cada vez mas evidentes y traicioneras, en la cara.

 

 

Ahora que los viernes mis amigos están cansados o casados y tienen másteres y trabajo acumulado e hipotecas que no les permiten salir. Ahora que ha dejado de importar quedarse en casa una noche así, aunque hasta la ventana lleguen las voces del bar de lesbianas de abajo.

Anochece y me afeito meticulosamente y me ducho lavándome las pelotas como si fueran a besármelas, y me pongo hecho un brazo de mar, perfumado y con ropa recién planchada, incluso más guapo que si quisiera conquistar a alguien.

Y cuando estoy impecable ante el espejo pongo una selección de música PERFECTA, porque es elegante pero no decadente y es melancólica pero no triste, y me sirvo la primera copa (siempre me digo que para abrir el apetito) y enciendo un cigarro y empiezo chasqueando los dedos en el primer tema hasta acabar aventurando un par de pasos de baile como si interpretara en solitario la escena de A Bande Apart. Y en el reflejo que me devuelve la ventana lo hago increíblemente bien.

La copa dura poco porque tengo una sed que no se acaba. Abro una Sapporo y ceno de pie el sushi que he traído, y cada bocado sabe a puñetera gloria en mi cabeza aunque mis quemadas papilas gustativas no sean capaces de apreciarlo.

(Me siento grabado por mil cámaras, vigilado por mil ojos que no pierden detalle de mi estilo y mi elegancia, y sé que cualquier mujer que me viera se enamoraría de mí y cualquier hombre me envidiaría hasta querer matarme.)

Y llegan la segunda y la tercera copas y la cuarta y la quinta mientras avanza el tracklist. Y cantan Stuart y Tom y Joe y Bill, todos con sus voces graves y cada línea escrita solo para mí. Y digo en voz alta  “qué carajo” y empiezo a servirme el whisky a palo seco esperando a que la música acabe. Y no necesito a nadie.

Después, en algún momento, tiene más sentido tirarse en el sofá mientras acabo una copa que marcará el cristal de la mesa con su huella circular por días, y a veces pasa que me duermo allí (y entonces todo será subir a la habitación a la cinco de la mañana, desorientado y muerto de frío ) y otras veces os maldigo a todos y me voy a la cama, donde pongo una televisión que no veré y seguirá encendida por la mañana.

El sábado despertaré temprano. No tendré resaca. Tomaré café frío. Bajaré al gimnasio a las diez en punto y el monitor -que es mc en un grupo de rap guarro- me dirá que qué madrugador soy y a mí me dará igual la sonrisa malévola con que acompaña el comentario.

La primera vez que suena la canción estamos apoyados junto al fregadero, donde se acumulan los cacharros de un desayuno tardío de domingo. Pan de centeno con aguacate y salmón ahumado, huevos revueltos con queso y cebolla, fresas y kiwi y zumo y café que hemos DEVORADO en la terraza mientras cinco calles más allá, bajo el mismo sol de febrero, medio millón de personas se manifiestan sin echarnos en falta.

Yo tarareo con la boca cerrada, zumbando la melodía en el esternón. Ella debe sentirla más que escucharla, la cabeza apoyada contra mi pecho. Cuando la canción acaba dice que puede permitirse despegarse de mí unos minutos y dejar que me duche.

La segunda vez que suena la canción me doy cuenta de han pasado cuarenta minutos y que el disco se ha quedado en loop en la planta de abajo. Estamos tirados sobre la cama, en una digestión lenta y satisfecha donde la somnolencia todavía le gana la batalla a la voluptuosidad en la mirada.

Ella dice “esta canción me pone triste”. Podría preguntarle por qué, pero debe existir el acuerdo tácito de no saber de tristezas y pasados.

Y el disco seguirá sonando hasta que los Go-Betweens se queden roncos. Todo el tracklist se repetirá ad infinitum porque ninguno de los dos va a bajar para pararlo. Y antes o después llegará la canción, por tercera vez, y es posible que para entonces estemos desnudos y enredados.

Me da miedo que la tristeza le vuelva por sorpresa en ese momento.
(en que quizá esté sobre mí, mirándose a escondidas en el espejo junto a la cama).

Debería levantarme y evitarlo.

La chica me mira desde el fondo del bar. Reacciono como cada vez que sé que he llamado la atención de alguien, girando la cabeza y rehuyendo los ojos. Cuando pasa a mi lado siento que titubea. Se para, se inclina hacia mí y pregunta: “¿tú no eres el que tocó la semana pasada?”

Yo explico, sin restablecer el contacto visual, que es difícil dejarse crecer esta barba de naufrago en siete días y que me confunde con mi hermano.

“Sois muy parecidos. Tengo buen ojo”. Sabe perfectamente que yo no era él. Tontea. Pero, como siempre, soy fríamente cortes, elegantemente tímido, nerviosamente correcto, encantador. Y se marcha.

Porque estos días tengo dos dopplegänger.

Uno es mi hermano. Tras dos décadas y media de ser opuestos nos hemos vuelto casi idénticos, tan parecidos que todos los que nos ven juntos se sorprenden. Yo, para aumentar la similitud, visto con ropa que le he robado y hasta he encogido un par de centímetros.

El otro es intangible. Es el que llama por teléfono cuando ella está conmigo. En la pantalla del Iphone, involuntariamente, siempre leo “Pablo”. Nunca lo coge.

(No sé cómo figuro yo en su agenda. Quizá como “El Otro Pablo”. Poco importa.)

Apenas conozco un par de datos de mi gemelo telefónico. Pero sé que me imita burlonamente, llamando tantas veces como yo no me atrevo a hacerlo, solo cuando estoy con ella. Demostrando que existe. Haciéndome pensar que a lo mejor no es mi reflejo y que soy yo la imitación, el falso doble que ocupa un lugar que no le corresponde.

La acompañé hasta su casa muerto de frío, los dientes castañeando de una manera que nunca sé si es real o impostada. En mi recuerdo falso tengo que ayudarla a subir las escaleras aunque los dos vamos igual de borrachos.

La casa era muy pequeña, muy estrecha, muy oscura. Estaba todo desordenado y sucio. Había libros apilados por todas partes, mil más que en la mía.
(Pero cuando vivimos juntos ella no había leído ni un tercio de los libros que trajo. )

Dije que fumaba un cigarro y me iba. El frío todavía en los huesos hizo que por un momento quisiera que me ofreciera dormir en su sofá. Era el único motivo por el que me hubiera quedado.

Quiso regalarme un viejo juguete de madera alemán que había comprado en internet. “Por tu cumpleaños”, dijo. Y supe que se quedaría cogiendo polvo en algún rincón invisible para acabar en la basura en la próxima limpieza de temporada, y no lo acepté.

Acabé el cigarro. Quise irme y no pude. Me clavaba al suelo la angustia de dejarla allí, sola, rota, jodida, en esa casa triste y fría y sin luz, en una cama deshecha con sábanas sin cambiar en semanas.

Pero me obligué a recordar que ella nunca sintió compasión. Solo asco y rechazo y ganas de no ver ni saber y quitarse de en medio cuanto antes.

Y volví a mi casa. Se me hizo extraño descubrir que no había más de diez minutos andando de la una a la otra después de tanta distancia.

Al entrar vi las grandes ventanas al fondo. Todo tan despejado, tan tranquilizador, tan mío. Y me permití ser revanchista y pensar un exhultante “Púdrete en tu agujero, sin NADA a lo que agarrarte”. Fue solo por un momento. Después apareció la pena.

No tanto por ella, que nunca la mereció, como por mi viejo yo, ese que la quiso.

 

Desde la tercera planta de la Joy Eslava la calva de Bonnie Prince Billy parece falsa, casi de látex, con su enorme cabeza de cráneo imposible. Cuando entramos está cantado:

¿Qué hiciste cuando viste que me había ido?
¿Te quedaste paralizada y lloraste?

Ella le responde:

¿Eso es lo que quieres imaginar, cariño?
¿A mí hundida, ahogada por las lágrimas?
Es verdad que lloré
Pero después salí fuera
y miré al cielo, muy quieta en la noche,
y supe que algún día iba a morir
y que entonces todo estaría bien.

Me irrita la gente hablando en la barra. Me molesta la mujer a la izquierda que con su perfume demasiado fuerte no me deja oler el de ella, a mi lado. Pero Oldham sigue diciendo cosas puñeteramente bonitas:

Sabes que amo todo lo que me rodea
y que siento la necesidad de vivir, y de no desaprovecharlo.
Pero a veces notarás que lo contrario me invade,
que esa detestable oposición nubla mi mente
y todo lo que puedo ver es oscuridad.

Todo eso no hace que olvide que abajo, en la pista, anda el chico con el que ella vivió tantos años. Que vamos a encontrarle al salir.

(El bueno de Bonnie sigue:

Oh, fóllame, fóllame,
fóllame bien.
Hazlo, hazlo,
arrodíllame, compláceme.
Chico, demuestra cuánto me deseas
y hazlo tan bien que todos lo puedan ver.)

Sé que todos los ex son siempre mejores que yo. Más guapos. Más listos. Más interesantes. Que la tienen más gorda y conseguían que gritasen como yo nunca podré hacerlo.

Bonnie Prince Billy se despide sin un bis. Se encienden las luces de sala. Descubro entre la multitud, mirándome con insistencia y ridículo desafío, a una chica que debe odiarme. Y da absolutamente igual.

Porque sé que fuera nos espera él, y son sus ojos los que me dan miedo.
(¿Y si leo en su mirada que piensa que soy yo quién la tiene mas gorda y consigo que ella grite como él nunca pudo hacerlo?)

También el pánico de que ella nos verá, lado a lado, y comparará y recordará y entonces todo lo que soy o lo que pueda hacer no servirá de nada.

 

Me despierto como si hubiera sonado un disparo: tenso, alerta y desorientado. Nos hemos dormido y vamos a perder el autobús, el tren, el avión, el desayuno, la hora del check out.

Quiero avisarla pero no está. Solo encuentro el otro lado de la cama extraña completamente helado. No sé dónde puede haber ido. Cuarenta elefantes con la palabra peligro escrita en el lomo dejan caer su culo, a la vez, sobre mi pecho.

Me incorporo sobre los codos y afilo la vista, intentando distinguir algo. Todo está demasiado oscuro. No localizo el bulto de su maleta, abierta y en el suelo, siempre cerca de la cama.

Aprieto los dientes intentando concentrarme, ignorar la angustia, apartar la telaraña. No reconozco la habitación del hotel. No consigo recordar, ni siquiera, en qué ciudad estoy. Cuál es la urgencia que me ahoga.

Segundos que se hacen siglos, solo en medio algún punto entre la incertidumbre y la nada.

Pero el sueño resbala por fin de mis ojos y mi cabeza. Y las sombras alrededor empiezan a adoptar formas familiares. Estoy en mi cama, en mi casa. Llevo en Madrid más de una semana.

Mi yo onírico nunca coge el vuelo de vuelta y se queda en el otro país, atrapado. Y paso días soñando que sigo fuera. Tardé más de treinta noches en escapar de Beijin hace un par de años.

Y vuelvo a dormirme, envidiando al yo que sigue en otro lado.

Recuérdate esto cuando ya nada importe.

Con crampones y fingida rabia pateas los bordes de una poza en el glaciar, de agua tan azul como liquido anticongelante. Hundes los dedos en las esquirlas de hielo hasta atrapar el trozo más grande, tan transparente que parece soñado. Te acercas y lo guardas en su bolsillo, forrado con una bolsa de plástico y alevosía. Antes o después no cabrán más. Entonces extenderás el brazo y ocultarás el sol y dejarás que caliente tu mano.

En la mochila habéis escondido dos vasos del café para llevar que tomasteis ayer y una botella de ron (Martinique Superior, Light Dry Rhum, 250 cc. 40% vol, Hnos CCisa, Industria Argentina). Y aunque hubieras preferido whisky cómo no va a saberte el ron puñeteramente bien si lo acompañas con hielo cincuenta mil años más viejo que la sangre que corre por tu cuerpo.

En el último sorbo queda un poso fino y oscuro, como polvo de carbón. Piedra molida por medio kilometro de hielo encima y milenios. El mismo polvo que satura el agua del lago Viedma  y la convierte en leche entre verde y blanquecina, irreal.

Recuérdate esto cuando ya nada importe:
El sabor del ron en la lengua. La cubierta del barco vacía. El sol castigando tu cuello. La ligera somnolencia, el cansancio tranquilizador. Ella recostada contra ti, la piel desnuda de su hombro oliendo a puto cielo. El ruido del motor que se mezcla con el (hoy tolerable) reggae que sale de la cabina. El balanceo del agua, acunándoos.

Y cuando ya nada importe (viejo, solo o enfermo), recuérdate esto.

Llego a las seis de la mañana. Paseo sin sentido, confiado, por el centro de la ciudad. Llevo treinta pesos encima que le sobraron a alguien en una visita anterior. Gasto quince en desayunar (pocito de café y tostado). Leo en el parque de Lezama hasta que tres tíos me rodean. Huyo andando, la camiseta convertida en lija por el sudor seco. A mediodía me siento en una terraza y aprendo que si no pides un porrón consigues un litro entero de cerveza. Ebrio, cansado, tambaleante, busco el hotel.

En la habitación hay un hombre que arregla algo en el baño. Todo huele a silicona. Le doy los últimos tres pesos al chico que sube mi maleta, avergonzado porque no tengo más y porque pese tanto. Me tumbo en el suelo, sobre la moqueta, y me quedo dormido escuchando a Coltrane. Me despierta el chapuzas cuando que se va. La cama es gigante, tres veces más ancha que larga. Todavía no sé si ella va a llegar.
….

Aeropuerto de Ezeiza, última hora de la noche. Me enfado con tres críos que juegan porque con sus carreras me ocultan intermitentemente la salida de los vuelos internacionales. Aparece a mi lado mientras les miro con odio. Sus rizos rubios se han convertido en pelo liso y castaño. Bromeo, digo que que no es la misma, que ha enviado a una sustituta. Pero está rabiosamente guapa y la cama sigue siendo enorme aunque ahora la ocupemos dos.

Nos arreglamos a toda hostia para ir a la cena de Nochevieja de la Casa de Cataluña, en Chacabuco, con dos chicas a las que no conocemos (descubriré, después, que una es amiga de una pelirroja que fue mi novia hace una década). Empiezan a llegar fotos al teléfono. Igor desde Nueva York con una chistera. Javier con un falso bigote rubio a lo Hulk Hogan. Borja, María, Ana, Fernando, todos con árboles de navidad detrás.

Ella se está duchando, así que aprovecho para responder con mi fotografía en manga corta y la boca llena de todas las uvas (seis o siete) que consigo meter.

Son las seis de la mañana, uno de enero. Amanece. Lanzan fuegos artificiales desde el centro de una plaza en Palermo, a espaldas de la azotea donde tomamos la última copa, los dos ebrios, yo eufórico. El taxista que nos devuelve a San Telmo me pregunta, orgulloso, si he visto al patrullero apostado junto al semáforo que acaba de saltarse en el cruce de Corrientes con Callao. Después explica que cada cuadra abarca una cantidad de números que no son sucesivos de manzana a manzana, y de golpe comprendo la ciudad.

Siete de enero. En cada ciudad que piso elijo un sitio en que me siento como en casa, al que vuelvo por pocos días que pase allí. En Buenos Aires es el la Poesía, en Chile con Bolívar. Anochece mientras bebemos una botella de malbec y ella fotografía los colectivos que pasan. Le cuento lo que es un piantado y tarareo como ejemplo la Balada para un Loco de Piazzolla. Me siento ridículo.
….

Bajo el sol de plomo del mediodía peleo por teléfono con Aerolíneas Argentinas. Tras veinte minutos de tensión, acentos incomprensibles y música de librería consigo cambiar mi billete para pasar dos días más en la ciudad, con ella, condenada a quedarse por la huega de pilotos. Vuelvo al bar donde espera y se lo digo. Brindamos.

Los dos nos hemos puesto la hostia de guapos aunque sea una noche de martes. Por Piedras vamos tan elegantes que deberíamos ser el blanco de cualquier atracador. De madrugada volvemos al hostal y subimos a la azotea. Nos tumbamos juntos en la misma hamaca, acabamos el vino que sobró de la cena en copas que robamos del bar cerrado. Nos tocamos hasta que al amanecer aparece un chico y se tumba a leer en otra hamaca a nuestro lado.

Vigilo su sueño en un césped, fumando, junto al cementerio de la Recoleta. Pienso que hace seis meses espié como dormía la siesta en otro parque, en San Francisco, sin saber apenas quién era o imaginar que algo así iba a ocurrir.

El comandante del avión sale para decirle que quizá pueda hacerle un hueco en los transportines, con las azafatas. Parece decepcionado por verme acompañándola porque debía creerla sola y desamparada.

Vuelvo a estar solo en Buenos Aires. Me voy esta noche. No siento la ciudad como ajena.

Son días de calor asfixiante en Buenos Aires. Días de sol húmedo y cansancio pegajoso en que libramos una guerra secreta consistente solo en dos juegos de miradas.

En uno de ellos me dedico a atrapar, avezado y atento, a los que la miran. En cada esquina, cada café y cada acera busco el deseo en los ojos de los que nos cruzamos. Y les atravieso con un alfiler y clasifico. Viejos que la observan sin pasión, con sabiduría melancólica de connoisseur. Niños que lo hacen sorprendidos, con la intuición de algo que no aciertan a nombrar. La mayor parte: hombres que la ansían con ojos turbios y toda la sangre de su cuerpo.

Ella no parece darse cuenta. Yo, que no sé ser celoso, me recito mentalmente Lafayette Street, de Fonollosa, porque eso apacigua al monstruo de ojos verdes:

“Esta es la mujer mía. Pueden verla,
no tengan pena, de perfil, de frente.
Pueden acariciarla con los ojos.
Está desnuda bajo su vestido.

Es hermosa, ¿verdad? Todos lo dicen.
Ella también lo sabe. Es muy hermosa.
Mírenla de perfil, de frente. Desde
la uña del pie al cabello es muy hermosa.

Hasta los automóviles más caros
frenan para admirarla cuando pasa.

(…)
Es una lástima
que no encuentren ustedes otra igual.
Pueden acariciarla con los ojos.”

En el otro juego ella es la cazadora.

Porque yo, con mi trastorno de déficit de atención y mis ojos nerviosos, siempre bailo las pupilas sobre cualquier cosa que se mueva y tenga colores aunque realmente no la esté viendo y solo sea un estorbo entre el infinito y yo. Pero en estos días a veces un breve silencio me dice que ella ha seguido la dirección que marca mi mirada. Y, si por casualidad se ha posado en una cara o unas piernas o un escote, descubro (al principio divertido, más tarde con miedo) que frunce ligeramente el ceño, analíticamente, y observa y memoriza y compara.

(Ella, a las pocas horas de llegar a la ciudad: “las porteñas son muy guapas”.)

Son las ocho de la tarde del día treinta y uno. En el subte, de Plaza Italia a Catedral, comemos uvas porque en España ya es medianoche. Me atrapo a mí mismo mirándola en el reflejo del cristal. Y espero a que me sonría, como en ese cuento de Cortázar.

No me cree cuando le digo que cualquier país de la lista que envió es el destino perfecto. Piensa, seguro, que es esa estúpida y poco atractiva complacencia del “lo que tú quieras, cariño”.

Porque aunque por un momento me he enamorado de las playas de Zanzibar, en el fondo “Da lo mismo hacia dónde, / por qué motivos. / La dirección es la correcta / si me aleja de aquí” (J. Masip de nuevo).

Solo quiero quemar tiempo y dinero ahora que todavía los tengo.

Así que dentro de seis horas cojo a solas un avión al otro lado del charco. Y por culpa de la huelga de pilotos de mañana me pasearé, solo también, por un Buenos Aires del que no sé nada que no sea lo aprendido en relatos escritos hace cincuenta años y leídos hace quince. Una ciudad que ya no existe.

Y si las piezas aeroportuarias no encajan y los desencuentros continúan es posible que pase la Nochevieja en manga corta mirando el agua girar en sentido inverso en la taza del water del hotel en San Telmo.

Un par de días después pondré o pondremos los pies en la ciudad más austral el mundo. Después en la Patagonia, donde los calzaré o calzaremos con crampones para caminar sobre glaciares y subir el Fitz Roy.

Espero que todos los verbos se conjuguen en la primera persona del plural.

Así que no esperen nada por aquí hasta mediados de enero.

El pasado vino a sentarse a mi lado.

No hay ficción en esto. No hay (apenas) exageración. Era tan coincidente y real que, por un breve momento en que mi cabeza fue tomada por los ejércitos de la paranoia, pensé que era una pantomima orquestada por un archienemigo y que la pareja que acababa de ocupar la mesa a mi derecha eran solo actores caracterizados. Busqué cámaras ocultas.

Ella el mismo corte pelo. Misma altura, mismo peso, igual repartido. Unos vaqueros conocidos, una camiseta blanca de cuello dado de sí y una cámara completando la similitud. Él misma barba, mismo sobrepeso, misma falta de percha. Igual postura tímido-encorvada al guardar un libro en el satchel.

Pero eran sobre todo los movimientos del sistema que formaban, su forma de caminar hasta la mesa, la proxémica al sentarse en las sillas, lo que lo hacía incómodamente familiar.

Había pequeñas diferencias que lo hacían verosímil: yo nunca hubiera llevado una camiseta con una referencia pop. Ella tenía acento del sur. Consultaban una guía de Madrid que los convertía en turistas provincianos.

Y también pequeños reflejos invertidos por esa manía caleidoscópica de la realidad. Ella quien fumaba de liar mientras él abría un paquete de rubio. Ella un par de años mayor. Al servirles la copa el whisky era para ella y para él el ron.

Mi yo de hoy, bebiendo ginebra, vigilaba al del pasado como si hubiera visto a un fantasma. A pesar de que se dio cuenta de las miradas furtivas no pareció sospechar que era su yo del futuro observándole con dureza.

Y esto no va a ser como ese cuento de Borges en que se encuentra consigo mismo, treinta años antes, en un parque en Ginebra, y no se cae bien.

Pensé en advertirle. Levantarme, acercarme y decirle: “Vas jodido, tío”.

Nada de consejos útiles. Nada de “no mandes a producción esa memoria de urgencia, porque palmarás toda la pasta” o “no cojas el coche de tu hermano volviendo de Cantabria, porque vas a estrellarlo” o “compra tabaco el día que decidas ir a urgencias por ese extraño hormigueo”.

Solo un “vas jodido, pero no a peor. Solo a distinto.”
(A ella no le hubiera dicho nada. Para qué.)

Valoré pedir otra copa, seguir espiando. Pero me recité mentalmente las diferencias y me fui a casa.

Lo sabes. Estás siendo un suicida. Jugando con fuego. Bebiendo dos copas más de las que te sientan bien. Pasando a cientochenta ante la señal de radar.

Lo sabes desde el primer momento, desde ese correo con la foto de Carmel en que escribió “por lo que podría haber sido y no fue” y al que respondiste “tu mail duele como una puñalada”.

Lo sabes y lo sientes en cada llamada, en cada mensaje que envías, cada noche que se queda dormir, cada mañana que la despides. Todas son la última. Aplazamientos temporales de una ejecución.

Van a darte por culo, y te lo mereces. Porque tú solo te has metido en el atolladero. Le has dado todas las ventajas y llegas a cada encuentro desarmado. Tú, siempre tan orgulloso de jugar solo a lo que ganas.

Pero no puedes culparla. Estás advertido. Entiendes las circunstancias. Sabes lo que hay y a lo que puedes aspirar. Y no te quedará ni el consuelo indignado del que se siente estafado, del “qué zorra”.

No tienes qué ofrecerle. De ti solo saca que hueles bien y eres grande y alto y cuando la abrazas la abarcas completamente.

Hasta entonces, hasta el palo, te dejarás llevar. Vas a entregarte entero, acudir a cada cita con las manos vacías, dispuesto. Con la cabeza prematuramente cortada, Holofernes.

¿El consuelo? Un que-me-quiten-lo-bailado. El recuerdo del orgullo cuando la ves llegar por la acera y sabes que camina hacia ti. Cierta satisfacción por ser capaz, todavía, de arriesgarte. Y piensa la de textos amargos que podrás escribir después.

Pero hubiera estado bien poder contar algo como:
“Conocí a vuestra madre, a una de la madrugada, en un motel de Los Ángeles. Ella abrió la puerta de la habitación recién levantada, tibia, sonriente, y en ese mismo momento supe que me iba a gustar.”

 

Me enseña un libro que compró en Portland el verano pasado. Listography, de Chronicle Books. En cada página, rayada como un cuaderno, hay un título de lista para que el lector la complete. Nombres de las mascotas que has tenido. Actores favoritos. Cosas que quieres hacer antes de morir. Así hasta cien.

Dice que se ha dado un plazo para completarlo. Que quiere que sea un registro de su vida en este periodo. Y después pasa las páginas para mí, abriéndolo apenas, dejándolas resbalar contra el pulgar. Algunas destacan en el rápido aleteo por la tinta azul casi fluorescente que ha utilizado para rellenarlas.

Pregunto cuáles. No quiero saber el contenido, solo las que ha empezado.

Mis fantasías sexuales. Lugares raros donde he follado. Gente a la que hubiera querido tirarme (y aclara que algunos son solo apodos: “ese tío que me cruzaba cada mañana en el metro camino de la facultad”). Personas a las que más quiero.

“El libro es peligroso. No puedes tenerlo ahí, al alcance de cualquiera. Es más íntimo que un diario.”

Y después: “Pero podrías dejárselo a tus hijos en herencia. Que descubran cosas que nunca sospecharon de ti. O a la persona con la que compartas tu vida.”

Ella rápida, casi como una defensa: “A él no le hará falta porque ya lo sabrá todo.”

La culpa no es de quien esconde algo. Es de quien busca y lo encuentra. Para qué descubrir cosas que quizá no puedas soportar. No abras los cajones del baño en casa de tus amigos. No mires el móvil de tu pareja. No leas los efectos secundarios del tratamiento que sigues.

A pesar de eso, mientras pasaba las hojas, he leído involuntariamente: “Nombra tus mayores miedos.
1. Los toros.
2. La soledad.”

(Y recuerdo: los cinco en el coche, hablando del vértigo que no deja dormir algunas noches cuando se piensa en la idea de morir. Y yo diciendo que no me asustan la soledad o la muerte. Y ella preguntando que cómo era posible.)

Dos: La soledad. Pienso en cómo de grande será ese miedo, cómo de fuerte esa angustia. Si eso explica que yo este aquí ahora, en su casa, esta noche. Y si es consciente.

Por la mañana el libro sigue sobre la mesa. Ella se lava los dientes. Yo recojo mis cosas-de-dormir-fuera. Podría abrirlo un breve momento. Leer.

Elijo no hacerlo.

Otra de lo mismo. Ya saben: mañana, ducha, mujer, luz, blablá. Qué coñazo.

He descubierto que tengo la sonrisa de un chimpancé. Esa sonrisa amplia de MIEDO de los monos pequeños cuando están frente a una amenaza, algo más grande que les sobrepasa.

Tensa. Una sonrisa de poner el culo si me lo pidieran. Un gesto de cordialidad todo dientes que dice “no malgastes energías prestándome atención”. Tan diferente de mis otras muecas patentadas, como la “Media Sonrisa Amarga de Dos Copas de Más” o la estupefaciente “Sonrisa Afilada con Dientes como Cuchillas”.

Así que aquí estoy, por la mañana, recién duchado, vestido, impecable. En la encimera hay dos tazas, dos sobres de azúcar para ella, la cafetera italiana, un brick de zumo en teoría recién exprimido, la sandía cortada en gajos y emplatada con estilo. Radio 3 de fondo. La casa oliendo a esa mezcla perfecta de café recién hecho, Lactovit tibio que sale del baño y CK One que emano yo.

De pie, una mano en el bolsillo, la otra en el cigarro, apoyado contra la cocina, mirando la luz que entra por la ventana, espero a que baje las escaleras hacia la ducha.

Lleva unas bragas brasileñas de cadera baja que hacen su culo aun más espectacular. Da un encantador-pequeño-salto al ver el desayuno y dos pasos de semipuntillas herencia clara de unas clases de ballet en la infancia. Se gira hacia mí.

Y yo
(Yo que debería resultar gigante, inaccesible. Que sintiera que me debe la noche, la perfección de mi puesta en escena. Una figura insultantemente segura de la que enamorarse)
sonrío como un chimpancé.

Como a mi jefe el borracho. Como al monitor del gimnasio. Como a los camareros de los bares que más frecuento. Sonrío como diciendo “soy inofensivo” y “no me hagas daño”.

Y se va a la ducha y yo bajo la cabeza y mudo la Sonrisa de Chimpancé en la del Perdedor con Encanto. También patentada.

Nos tiró un cigarro encendido al grito de “¡Lárgate con esa a la que te vas a follar!” cuando salíamos. Una centella giratoria de fuerza y trayectoria perfectas que cruzó la oscuridad del bar de Toni de una punta a la otra pero no dio en el blanco.

Nadie la había invitado a la mesa. Se sentó con nosotros después de que el tío que la acompañaba desapareciese y todos supimos, al momento, que iba borracha, que estaba loca y que era peligrosa, alternando sin motivo ataques rabiosos y tristes intentos de seducirnos.

Una semana más tarde me la crucé en la plaza del Reina Sofía. Mi pésima memoria para las caras hizo que solo la reconociera cuando escupió a mis pies al pasar a su lado.

Después se convirtió en una presencia constante en el barrio, como un fantasma cotidiano que lo hubiera encantado y del que no se podía escapar. Mirándome con desprecio tras el cristal del bar de pinchos dos calles más arriba. Con los cascos puestos, en la terraza del Jazz, la boca fruncida en un gesto tan duro que sus labios apenas eran una cicatriz rosa. En el Gato Verde, comprando tabaco y levantando la voz mucho más de lo necesario para pedir que activasen la máquina.

Y me acostumbré. Cada vez que salía de casa y notaba un odio tangible clavándose en mi cuerpo levantaba la vista y allí estaba, pálida, pequeña, loca, por suerte ya no más armada con un cigarro casi acabado.

Hoy es falso domingo y salgo temprano y leo en una terraza y paseo por el mercado y compro en la frutería. Recorro cada calle en un kilómetro a la redonda y marco cada esquina. Todo está como siempre, pero algo falla. Entonces la recuerdo y pienso que hace meses que no me la tropiezo y la echo de menos. Ni siquiera llegué a saber cómo se llamaba.

Se habrá mudado o habrá muerto o habrá elegido a otros a quien atormentar, apareciéndoseles en todas partes.
(También me faltan el mendigo marica que robaba contenedores y el camarero rumano que nos maltrataba a Darío y a mí en A Cañada.)

Incluso yo debo ser una constante de estas calles, tras tres años de habitarlas. Formo parte de la decoración en la vida de otros, un personaje de aspecto extraño y fantasmagórico presente allá donde miren, comprando en cada chino, acodado en todas las barras. Y quizá me echen de menos el día que desaparezca.

Envuelta en la toalla, recién salida de la ducha, se sienta en la butaca junto a los ventanales. Al otro lado espera un domingo demasiado brillante para tan pocas horas de sueño. Una pierna sobre la rodilla de la otra, el pelo mojado recogido de una manera que ya he memorizado, mira con atención la planta de su pie. Yo no puedo evitar pensar en las mujeres de Hopper, solas y en sí mismas en habitaciones llenas de luz, y tampoco la necesidad de cargar con ella escaleras arriba, tirar la toalla y no dejar centímetro de piel sin explorar.

Me reclino a su lado, rodilla en tierra, como si fuera a pedirle matrimonio. En lugar de anillo, unas pequeñas pinzas plateadas.

Señala una línea oscura en la piel, de unos dos milímetros, justo bajo el meñique. Dice que sintió el dolor antes de entrar en la ducha, que lo aguantó, que luego vio una pequeña gota de sangre en su huella húmeda al salir.

Sapporo (Tenía que ocurrir. La semana pasada, después de pintar una pared de la cocina, una estantería se venció. Treinta botellas vacías de Sapporo fueron, una a una y por orden, como soldados que caminan hacia la batalla, resbalando por la pendiente y cayendo hasta reventar contra el fregadero, la encimera, el suelo.

Yo, en medio de esa extraña lluvia, no recibí ni un rasguño. Tampoco hice un gesto por evitarlo. Me quedé viendo como estallaban, metralla de cristal en todas direcciones, como a quien le ha tocado el premio gordo en una tragaperras y observa incrédulo las monedas llenando el cajetín.

Después maldije. Barrí. Pasé el aspirador concienzudamente. Calculé cuánta cerveza japonesa tendría que volver a beber.)

Paso la yema del dedo por el corte, apenas perceptible. Acaricio. Tanteo con la pinza. Aprieto. Por dos veces se duele.

En la punta de las pinzas brilla una pequeña esquirla de cristal. Tan fina que de canto apenas se aprecia. Pero perfecta y afilada, malévola, convertida por el azar de la fractura en un puñal. Tan insignificante y tan dispuesta a hacer daño que da miedo, reluciendo verde hielo botella bajo el sol.

Y miro mis manos, llenas de cicatrices. Y pienso en las heridas. En si habrá otras cosas por ahí dentro, clavadas en ella, que yo no pueda sacar.

Mientras acabamos de vestirnos es Buckley quien, de fondo, canta que el tiempo se encarga de la herida, o que eso querría creer.

Ignoro al hombre que muere de cáncer de colon en la cama de al lado. Ignoro a la enfermera andaluza que me come con la mirada mientras cambia el gotero. Ignoro el horrible pijama de mangas ridículas, la evidente quemadura de cigarro en la manta bordada con el nombre del hospital.

Al pie de su cama me concentro, solo, en buscar todas las similitudes para encontrar todas las diferencias. En repasar mentalmente, para no olvidar nunca, la lista de lo que nos separa.

Sus brazos son tan delgados como los míos, pero el pelo que los cubre es distinto. Sus dientes son casi perfectos (no importa que sean falsos, lo que cuenta es que no son los mismos). Sus labios son más finos. Sus ojos más pequeños. Llevamos, estos días, el pelo castaño igual de corto. Pero atiendo a la forma en que le clarea y pienso en que la genética dicta que me pasará lo mismo. Y en que debe teñirse, porque no tiene una sola cana mientras que yo ya cargo con tres.

Parece borracho. Sonríe como un niño. Tiene la lengua de trapo. Será el efecto de la anestesia general, abandonándole, o el chute de Nolotil intravenoso. O solo sentirse libre de la angustia de los días pasados.

Le digo: “Te veo bien. De ésta no vas a cascarla”
(otra diferencia: nunca hemos compartido sentido del humor).
Y quizá de ésta no, pero a lo mejor sí de la siguiente. Justifico no darle un beso por no contagiar mi constipado, aprieto su hombro y me voy.

De camino al ascensor me cruzo con los enfermos que pasean arriba y abajo y me ASFIXIA la poca dignidad que veo en ellos. Solo un par parecen no haberse rendido. Y el pasillo se prolonga eternamente.

Hasta hace no tanto los hospitales me eran neutros, feos pero no agresivos, como un supermercado chino o una estación de autobuses. Pero ahora no quiero tener que frecuentarlos, en previsión de todo lo que me tocará hacerlo antes o después, por otros o por mí.

Tampoco quiero llegar a viejo y descubrir que me parezco a él.

Obsérvala minuciosamente, hasta que duela.

Vela dormir sobre una tumbona en la piscina de un motel de Las Vegas. Desea la piel dorada de sus hombros, la curva de su espalda, la suavidad de su culo, la firmeza de sus piernas. Atiende, sobre todo, a cómo sonríe y piensa en qué estará soñando y que no eres tú.

Contempla cómo se gira en su sueño y recréate en la dureza del vientre perfecto, en la tensión del cuello, en el espacio de sombra que proyectan los huesos de sus caderas.

(Espía cómo duerme sonriendo de nuevo en el césped de un parque en San Francisco y vuelve a desear esa boca de labios plenos.)

Mírala tanto (que anheles tanto, que queme tanto, que duela tanto) que la sensación se haga tan insoportable y tan intensa que acabe por desaparecer. Y sólo quede la neutralidad de quien mira la estática en una televisión. La calma despegada del esteta.

Acaba con lo que quede de deseo diciéndote que no está a tu alcance, que nunca tendrás algo así en la punta de los dedos, de la lengua, contra tu piel. Que mejor aprender a no ansiar que dolerse.

Y de golpe, sin saber cómo, tenla en tu cama. Lame la distancia infinita bajo su ombligo. Hunde la nariz en el hueco de las caderas. Acaricia esa suavidad, atrapa cada curva, moldea su cuerpo. Besa esa boca. Todo como en un sueño, apenas excitado porque no crees que sea cierto.

Despiértate por la mañana. Dúchate y vuelve a la habitación. Mírala dormir, como la mirabas hace dos semanas a nueve mil kilómetros de aquí. Piensa que la luz que enciende su piel es TU luz, porque entra por tu ventana y se filtra en tus cristales sucios y esquiva tus sábanas para acariciar sus hombros. Que la sonrisa en su boca quizá siga sin ser por ti, pero que solo tú la contemplas.

Después acompáñala hasta su moto. Mira cómo asoman sus muslos cuando sube. Deséala entonces con todo el dolor que quieras, con rabia, con urgencia, y siente que ahora es tuya (AHORA, en este momento, qué más da si ya no lo es mañana) aunque sigas sin merecerlo.

Ella entra al baño a lavarse los dientes. Yo recojo las copas de vino (las nuestras y las que dejaron los otros, un par de hora antes) y las llevo a la cocina.

La conversación en el patio trasero de la cabaña, con el Pacífico ronroneando al fondo, se ha cortado sin un hora-de-irse-a domir, así que me acerco hasta la puerta entreabierta del baño y susurro un buenas noches. Está de espaldas al espejo, no me ve y no me escucha, y yo me siento ridículo e idiota así que no repito la frase y me voy con un “duerme conmigo” anudado a las tripas.

Por un gesto de determinación en la comisura de los labios cuando juega al billar. Porque sonríe mientras sueña. Porque en Sunset Boulevard estaba tan bonita que le hubiera partido la cara a cualquier productor que se hubiera acercado a ofrecerle un papel de estrella en su película.

Todo esto ocurre en una cabaña en Carmel, el último pueblo antes del Big Sur. Fur y yo hemos conducido una hora por una autopista de niebla hasta encontrar algo abierto donde comprar salmón ahumado y gorgonzola y crudités y tres botellas de pinot del Napa Valley para la cena.

Vuelvo a mi habitación. Me cambio. No quiero cerrar la puerta, apagar la luz o acostarme. Pasan cinco minutos en que merodeo en torno a la cama como un perro que da vueltas sobre el mismo sitio buscando la postura perfecta para descansar .

Aparece por un momento, apoyada en el quicio de la puerta. Dice “buenas noches” con una sonrisa y una promesa en la forma en que baja los ojos.

Yo solo respondo “descansa”.

Cuarenta y ocho horas más tarde estoy sentado en el aeropuerto de Los Ángeles. A mi lado, los demás duermen. Una locución desde la puerta de embarque chirría que ofrecen quinientos dólares y un vuelo cualquier otro día a quien rechace su plaza por overbooking. Me zumban los oídos: debería levantarme, aceptarlo en mi pésimo inglés, volver al hotel del downtown donde duerme para decir que quiero pasar un día más con ella.

Pero soy cobarde e idiota y cojo mi maleta y despierto a los otros y embarcamos.

Cualquiera que haya tenido la desgracia de tratarme más de tres veces lo ha oído. Soy un tío repetitivo: dadme sol que caliente mis párpados, una cerveza, un buen libro. Todo lo demás importará un carajo.

Si mi vida es un desastre. Si mi futuro es negro como los cojones de un grillo. Si parto un corazón o me lo parten. Si el mundo va a acabarse mañana, mi casa tiene goteras o la agencia se va a la mierda. Si mi enfermedad es incurable, me hago demasiado viejo o ayer se acabó el papel higiénico.

Violad a mi mujer, matad a mis hijos, sembrad mis campos con sal: me sentaré en cualquier terraza al mediodía y todo tendrá una importancia igual a cero.

A principios de verano compro un libro de alguien a quien nunca he leído. Otro suicida más (éste pertenece a la categoría de los que encuentran, comido por los gusanos, semanas después de haberse matado). Y durante los tres días que dura la lectura río a mandíbula batiente, a solas, sin vergüenza, en cualquier parte. El mundo está justificado y todo cobra sentido. La vida gira sobre ejes bien engrasados.

Washington Square Así que hoy hemos comido en Chinatown, cruzado Telegraph Hill, bajado por Columbus Ave hasta Washington Square, frente a la iglesia en que la Monroe y DiMaggio se casaron y que, según la Lonely Planet, debería parecer una tarta glaseada.

Irene duerme. Sara habla con un policía que la confunde con una italiana y le da permiso para fumar en el césped. Marta vigila recelosa a una china que corre en torno a nosotros.

Y yo arrastro a Fur hasta la estatua del centro. Porque en ese libro el muerto cuenta que, al pie de la estatua, en dirección a cada punto cardinal, está escrito “Bienvenidos”. Hace cincuenta años se emborrachaba con chianti en este mismo parque y miraba desafiante a las viejas beatas que salían de la iglesia.

Me acerco. Leo los “bienvenidos”. Y sonrío, de verdad, con franqueza, como nunca lo hago en el día a día.

Benjamin Franklin
Es mi forma de presentar respetos al suicida, de agradecerle que la vida sea más tolerable por leerle. A él, que está definitivamente muerto. Porque el sol queda demasiado lejos y los Hermanos Mahou son sólo una ficción publicitaria.

Hace cinco años abandoné, en la habitación de un motel de Massachusetts, un par de Adidas Gazelle blancas clásicas con las rayas en azul.

Estaban tan rotas y gastadas que mis dedos anunciaban orgullosos el color de mis calcetines asomando por la puntas.

Bridgeport
Hoy es domingo en Bridgeport, California, y todo brilla nuevo bajo el sol como si fuera la primera mañana del mundo. Las chicas compran fruta en la única tienda abierta en la calle principal. Mientras, Fur y yo entramos en el callejón lateral y nos paramos, solemnes, frente a un par de contenedores cromados.

Yo poso para una fotografía con mis Adidas Samba negras con las rayas en dorado apoyadas contra el corazón. El cuero tan deteriorado que parecen grises.

Nos llevamos las mano derecha extendida hacia la sien. Zumbo con los labios el toque de clarín de los funerales militares. Fingimos tres salvas al aire con nuestros rifles invisibles y después, balancéandolas un par de veces, encesto con una parábola las Adidas en uno de los contenedores.

Les di un buen último día. Ayer subí con ellas los cuatro mil pies del Mono Pass, al este de Yosemite. Mientras los demás dormían la siesta junto a un lago, caminé con ellas por un pedregal y sobre nieve y por una zona pantanosa esforzándome por rasparlas contra cada roca afilada, meterlas en cada charco.

Adidas
Fur toma otra fotografía en que finjo una melodramática cara de pérdida irremediable mirándolas en la basura. No sabe que bajo el histrionismo hay un pequeño poso de amargura por los cuatro años que me han acompañado y que se quedan, junto a ellas, en el contenedor.

Volvemos al coche, donde nos esperan con la fruta cargada en bolsas de papel.

 

La primera noche, en Los Ángeles, tras ver como dos negros destrozan la luna del coche delantero con un bate, duermo en una cama king size con Fur. En medio, el convenido metro de distancia entre dos amigos, esa tierra de nadie que seguirá sin una arruga la mañana siguiente.

La segunda noche, en las afueras de San Diego, comparto habitación con él y su chica en dos queen size gemelas. Me duermo antes de que termine la primera canción en el Ipod.

Hoy, después de comprar unas camisetas en el Urban Outfitters y jugar al billar en el Gasslamp District, volvemos a medianoche al YMCA donde tengo por fin una habitación solo para mí. Al llegar al hotel este mediodía las chicas han jurado que unas amish tímidas han mirado azoradas mi trasero mientras esperábamos el ascensor.

Entro en la habitación minúscula. Enciendo la televisión, puesta en un canal religioso y en silencio. Apago el ventilador del techo. Levanto los estores, abro la ventana, me apoyo mirando al patio interior.

En una ventana, al otro lado, alguien pelea o se revuelve sobre la cama. Hay mucha distancia y yo llevo con las lentillas demasiadas horas (no me las he quitado ni para hacer snorkel esta mañana en La Jolla, junto a las focas), así que tardo en ser consiente de que es una pareja follando, en la única violencia que se podría confundir con un combate. Solo me doy cuenta cuando cambian de postura: ella a cuatro patas sobre la cama, desnuda; él de pie, vistiendo solo una camiseta negra.

Están tan lejos que no podría decir cómo lleva ella el pelo del coño, o el tamaño de tus pechos, que son solo un borroso movimiento oscilatorio.

Acaban. Él se aparta violentamente. Ella se deja caer sobre la cama, de lado. Después estira una pierna y acaricia con su pie el estomago de él, que ha salido del plano que marca la ventana.

Entonces uno de los dos debe verme, una silueta negra recortada contra la luz naranja, porque bajan la persiana.

En ningún momento me ha excitado la escena. Solo me he puesto triste pensando cuándo fue la ultima vez que alguien ha podido verme follar sin que yo lo supiera. Y después, aun más triste intentando recordar inútilmente cuándo una chica estiró su pierna para acariciarme con los dedos de los pies.

Después, por un breve momento, pienso en una chica a la que acabo de conocer y que duerme tres pisos más abajo, inalcanzable.

Y apago la luz y apago la televisión y me meto en la cama y me duermo antes de que acabe la primera canción del Ipod.

La misma sensación al volver de un viaje largo, desde niño.

Después de noches enteras por la antigua Nacional IV, cruzando de madrugada mudos pueblos blancos que apestaban a alpechín, siempre esperaba encontrar una guerra nuclear declarada solo en esta parte del país, un enorme cráter humeante en lugar de mi edificio, a mis conocidos hablando otro idioma o una familia distinta ocupando nuestra casa, con un niño extraño usando mis pijamas y durmiendo en mi cama.

Y hoy, tras veinte horas de vuelo y cuarenta y tantas despierto, tras tres mil quinientos kilómetros de carretera y polvo por tres estados, con el sello del Viper Room de Sunset Boulevard fresco en la muñeca como un tatuaje, cruzo Atocha con el peso de la enorme mochila atándome al suelo y la premonición de que voy a encontrar mi casa desvalijada, mi calle inundada, todo vecinos nuevos en la escalera. La idea clara de que algo ha cambiado inevitablemente y para siempre.

Pero solo me reciben el olor a cerrado y las malas hierbas, salvajes y enormes, repiqueteando contra las ventanas.

Tampoco está mi viejo yo pre-viaje, sentado con un cigarro, esperando para reprocharme haber estado tanto tiempo fuera sin dar noticias. Creo que sospecha que he pasado estos veinte días conspirando en mi cabeza para acabar con él y ha decido esconderse. De momento.

Antes o después aparecerá, dispuesto a recordarme que todos los propósitos de cambio hechos al otro lado del charco no van a servir de nada.

 

Me despierto de un mal sueño como el anterior. Son las seis de la mañana. Doy vueltas en la cama (todo sudor y sábanas arrugadas y posturas absurdas) hasta que empieza a clarear en la terraza y me rindo. Bajo al salón desnudo, los testículos rebotando libres en cada escalón, y me sirvo el café que sobró de la tarde anterior.

Cruzo hasta los ventanales para acabar de ver salir el sol con la taza en la mano y descubro mirándome, al otro lado del cristal y como un reflejo de la mía, la no-demasiado-sorprendida cara de un obrero. Sentado en mi macetero de obra arregla algo en el andamio del edificio de al lado. Está tan cerca que, de estar abierta la ventana, podría extender ligeramente el brazo y sopesarme los cojones como un endocrino improvisado.

Él, con su calma eslava, sigue a lo suyo. Yo tardo en reaccionar. Doy dos pasos rápidos hacia atrás, me giro azorado, me golpeo contra la lámpara que cuelga sobre el piano. Lleva una polea mal anclada en el yeso que con el cabezazo se suelta y convierte la pantalla de metal tipo billar de la lámpara en una cuchilla que pendulea salvaje y furiosa chocando contra mi cuerpo y el espejo sobre el piano.

En el suelo se mezclan el café, el yeso y mi dignidad.

Salgo de casa, veinte minutos después, con el gesto punki de Sid Vicious en los labios, maldiciendo a cada niño en uniforme que me cruzo. Al llegar ante la estatua de Goya frente al Prado el viento hace que un aspersor desvíe toda su agua contra mí y me empape de pies a cabeza.

Y empiezo a reírme, claro, por protagonizar un mal principio de comedia norteamericana.

 

¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?

- Malcolm Lowry, Bajo el Volcán.

La estrangulo, con una sola mano, contra el mármol gris de un portal que da a una enorme y céntrica plaza. Mi brazo extendido, casi recto, poniendo nuestros cuerpos a un metro de distancia.

Tiene la oscura boca fruncida en un gesto de determinación. En los ojos hay miedo, pero también rabia.

La plaza, a pesar de ser tan grande, está vacía. La luz es de un amanecer de invierno, pero nadie cruza de camino al trabajo. A unos metros, la silueta de perfil de un policía que no nos ve o nos ignora.

Relajo la mano. De su mirada desaparece el miedo y solo queda odio y amenaza. Traga saliva, dolorida y aliviada. Intenta decir algo, hablarle al policía a mis espaldas.

Y yo vuelvo a apretar con más fuerza, los dedos clavándose en su cuello como garras, y empujo golpeando su nuca contra el mármol mientras grito “No puedes ni imaginar los sueños tan horribles que tengo por tu culpa”. Y en sus ojos entonces ya no hay pánico o enfado, sino un aire triste de comprensión.

Después me despierto con boca seca por las diezmil cervezas de anoche y el sol de primavera quemándome la cara.

Entras al metro escribiendo un mensaje: “Siento que estuvieras asocial. Lo hubieras pasado bien. Descansa.”

Levantas la vista, hacia tu derecha. Algo falla. Nadie te mira, el último en entrar. Nadie tiene la cabeza girada en tu dirección. Todos parecen tan falsamente interesados en sus manos, en el suelo, en sus bolsos. El tipo del corte de pelo a lo Morrisey concentrado en la punta de sus zapatos. La negra con pinta de no haber abierto un libro en su vida inclinada sobre la novela entre las piernas. Todos fingen. Ni un solo asiento libre, pero nadie con los ojos perdidos en el reflejo del cristal, nadie que cabecee adormilado, nadie que mire al frente.

Y lo sabes. Hay algo a tu izquierda, hacia donde no has mirado, que todos evitan. Hay un oso. Hay un pulpo gigante. Hay alguien que se desangra sobre el asiento. Hay cuatro skinheads con cadenas. El vagón cortado de tajo abierto solo a la oscuridad y las vías.

Frente a ti un adhesivo publicitario animando a la lectura. Nunca los lees, solo atiendes al nombre del autor y la fecha de nacimiento y muerte para calcular la edad a la que la diñó. Y esta vez lo haces tenso, asustado (64 años), incapaz de girar la cabeza, imitado a los demás en su falso ensimismamiento.

Tú no hubieras cogido el metro de no hacer tanto frío. Prefieres volver a casa caminando, por tarde que sea, respirando borracho la noche de Madrid.

Pero ahora eso horrible a tu izquierda que no quieres saber.

Llegaron al mes de que yo me quedase solo en la casa. Era mediodía y hacía calor y comí escuchando las felicitaciones de un grupo de amigas que veían el piso todavía vacío.

Eran menos jóvenes de lo que creí por sus amistades. Él con poco pelo y barba y un IMac enorme en la mesa del salón. Ella con flequillo popero y piernas largas. También debía haber un perro pequeño porque a los pies del sofá había una canasta.

Al contrario que los vecinos anteriores, estos no bajaban nunca las persianas.

Debían viajar bastante, porque a veces sí pasaban días con las contraventanas cerradas. Tenían un farol y un cenicero en el balcón, pero nunca les vi fumar. A él (algún día que me quedé a trabajar en casa le descubrí, como en un reflejo, concentrado ante su ordenador) le imaginé arquitecto o diseñador o guionista. Ella tenía que ser azafata, para estar tan poco en casa y tener las piernas tan largas.

(Déjenme explicarles. La calle es tan estrecha que podría haber extendido un tablón de mi ventana a la suya para pedir que me acercasen unos clavos.)

Una mañana, esperando para cruzar Atocha, una chica se me quedó mirando. Tardé en reconocer el flequillo y las piernas. Pensé: “ha debido verme desnudo mil veces. Bajar en pelotas las escaleras al salón, peludo y adormilado, entonando un Fi fa fo fum”. La compadecí.

A veces dormía un tío en su salón. Poco pelo e igual barba, gordo. Creo que solo dejaban a ese amigo quedarse como venganza, obligándome a contemplarlo dormido, sudado y en slips blancos, perniabierto sobre el sofá.

Les recuerdo una noche en el mismo sofá, viendo un película. Ella tumbada con un vestido de verano a rayas que dejaba sus larguísimas piernas al descubierto, la cabeza apoyada sobre la cadera de él. Les envidié tanto que me dolió.

Desde hace un mes las persianas venecianas han estado bajadas. Pensé que era otro viaje fuera de temporada.

Ayer volvían a estar medianamente levantadas, pero los muebles ya no son los mismos. Quién sea mantiene la casa en penumbra, como una cueva, protegido de mi mirada indiscreta. No sé si es él, sin ella. No sé si son otros.

Esta noche he soñado que estaba en la casa. Que allí vivían tres suecos. Que veía mi apartamento desde su ventana. Solo se distinguía el techo de mi salón. La lámpara de la cocina. Las vigas de madera. En el sueño he pensado: “bien, por lo menos nunca me han visto beber café solo, desnudo, un sábado por la mañana”.

Todo un consuelo, aunque ahora me siento menos acompañado.

A veces hablo con el hijo que no voy a tener.

Le digo cosas como: “Nada es tan jodido como para que no puedas soportarlo” o “Todo lo malo que pueda pasarte importa un carajo en comparación con las cosas buenas que vas a vivir.”

Lo que nadie me dijo a mí.

Y sigo hablándole mientras cruzo pasos de cebra o hago cola en el cajero, llenando su imaginada cabecita con cuentos y batallas y lecciones magistrales. Hasta idiota y necio todas esas historias formarían un mundo perfecto dentro de él. La vez que mi tío metió una cabra en el maletero de un coche de alquiler. El secreto del mojito de sandía. El azul del cielo en Lhasa.

Yo mismo sería un personaje mítico y gigante para él, con mi vida exagerada y falsa. Que no descubriera hasta ser adulto que lo contado no podía ser verdad. Como Miguel Bosé, que son los padres, o el ratón inexistente que una vez se comió mis golosinas.

Pero luego recuerdo la herencia genética. Las probabilidades matemáticas. Que mis gónadas engañan a mi cabeza, la trampa de la vida. Las veces que he jurado que no quiero tenerlo, que he prometido venderlo por órganos si llega. Mi proyecto de ganar al animal estudiando anatomía hasta poder practicarme una vasectomía casera.

Y, sobre todo, la idea intolerable de traer a alguien al mundo que pueda no ser feliz.

“Buenas noticias. Ni árboles / ni hijos / ni libros. / Lo que soy no permanece”. Eso es de Joan Massip.

Mentía, porque lo leí en su libro.

En el primer sueño he apostado una pierna y la he perdido. Sentado en boxers, con un cordón metálico de amputaciones en las manos, miro mi muslo y pienso (con ese encanto que tienen las cagadas de chulo o de borracho) que sólo yo soy tan idiota como para jugarme una parte del cuerpo en una apuesta tonta.

En el siguiente ya no hay pierna. De pie, alto y orgulloso, me sostengo sobre dos muletas mientras analizo el espacio donde debería estar la rodilla. Y en el sueño lo malo no es la falta de la pierna, las muletas, sino lo feo del muñón. En lugar de resplandeciente, redondo y perfecto, parece más un saco de arpillera mal atado, un nudo de piel muerta y retorcida, sin contenido.

Empiezo la semana pasada ahogándome en una barca en Venecia. Tengo que cruzar un canal amplio para ir con los que me esperan al otro lado, en un palacete con cúpula. Hay bruma, cae la noche, no veo hacia dónde remo. Por fin, en la ceguera luminosa de la niebla, sé que la barca ha volcado y voy a ahogarme. Toda mi preocupación es que el móvil se está mojando, y claro, cómo aviso a la gente de que no voy a llegar, muerto y con el teléfono estropeado.

El último, hace dos días. Me diagnostican un cáncer en un órgano inexistente en la garganta, mezcla de faringe y laringe y nódulos linfáticos. La enfermera llora al decirme que no merece la pena el tratamiento porque sufriré innecesariamente.

Y cómo le explico a esta mujer que se duele por un desconocido que me da igual diñarla, que es tranquilizador, qué qué bueno no tener que preocuparme de un futuro. No declaraciones de la renta, no limpiezas dentales, no pagar el alquiler.

Os compadezco a vosotros, que os retorcéis en sueños presos de vuestras cabezas, y me enorgullezco de ser tan listo como para no sufrir en sueños. De no tener ni querer pesadillas.

Puede pasar en cualquier sitio y en cualquier momento.

Sentado ante el ordenador en el trabajo, ahogado por la rutina. Tumbado sobre la cama, muerto de calor, concentrado solo en los ruidos de la calle. En un bar, con la copa en la mano y media broma en la lengua.

Una sensación repentina. Como un pinchazo o un destello. Como el despertador del teléfono por la mañana. Sin un pensamiento que la origine, nada que la dispare (“I got a trigger inside and I get the feeling I’ve been cheated.”):

La nausea de la mentira. El dolor de lo soñado. Todo lo podrido, lo falso y lo ridículo. Cómo ha terminado.

Y el universo se divide y en otra realidad lanzo la copa contra el espejo tras la barra o me levanto y tumbo el monitor de una patada. Después siempre pego y pego y pego (al aire, a la pared, a los que me rodean), y grito con los dientes apretados como un cepo y maldigo y me retuerzo y lloro. Los brazos agarrotados de hombro a puño. La rabia y el asco en todo el cuerpo.

Solo ocurre en mi cabeza. En otro universo, en una de estas miles de ramificaciones, está pasando de verdad. En otras realidades nunca existió esa vida y esa mentira. En otras fue el doble. En alguna me ahogué a los trece años en una piragua.

Pero aquí, a este lado, la única opción es forzar la calma. Y sigo sentado. Hablo. Sonrío. Bebo. Ignoro el hormigueo bajo la piel, el clavo en la cabeza. El cuerpo intencionalmente más relajado, aun más laxo.

Y todo va a seguir así mientras pueda mantener esa otra realidad ocurriendo sólo en mi cabeza.