Nos tiró un cigarro encendido al grito de “¡Lárgate con esa a la que te vas a follar!” cuando salíamos. Una centella giratoria de fuerza y trayectoria perfectas que cruzó la oscuridad del bar de Toni de una punta a la otra pero no dio en el blanco.

Nadie la había invitado a la mesa. Se sentó con nosotros después de que el tío que la acompañaba desapareciese y todos supimos, al momento, que iba borracha, que estaba loca y que era peligrosa, alternando sin motivo ataques rabiosos y tristes intentos de seducirnos.

Una semana más tarde me la crucé en la plaza del Reina Sofía. Mi pésima memoria para las caras hizo que solo la reconociera cuando escupió a mis pies al pasar a su lado.

Después se convirtió en una presencia constante en el barrio, como un fantasma cotidiano que lo hubiera encantado y del que no se podía escapar. Mirándome con desprecio tras el cristal del bar de pinchos dos calles más arriba. Con los cascos puestos, en la terraza del Jazz, la boca fruncida en un gesto tan duro que sus labios apenas eran una cicatriz rosa. En el Gato Verde, comprando tabaco y levantando la voz mucho más de lo necesario para pedir que activasen la máquina.

Y me acostumbré. Cada vez que salía de casa y notaba un odio tangible clavándose en mi cuerpo levantaba la vista y allí estaba, pálida, pequeña, loca, por suerte ya no más armada con un cigarro casi acabado.

Hoy es falso domingo y salgo temprano y leo en una terraza y paseo por el mercado y compro en la frutería. Recorro cada calle en un kilómetro a la redonda y marco cada esquina. Todo está como siempre, pero algo falla. Entonces la recuerdo y pienso que hace meses que no me la tropiezo y la echo de menos. Ni siquiera llegué a saber cómo se llamaba.

Se habrá mudado o habrá muerto o habrá elegido a otros a quien atormentar, apareciéndoseles en todas partes.
(También me faltan el mendigo marica que robaba contenedores y el camarero rumano que nos maltrataba a Darío y a mí en A Cañada.)

Incluso yo debo ser una constante de estas calles, tras tres años de habitarlas. Formo parte de la decoración en la vida de otros, un personaje de aspecto extraño y fantasmagórico presente allá donde miren, comprando en cada chino, acodado en todas las barras. Y quizá me echen de menos el día que desaparezca.