A veces hablo con el hijo que no voy a tener.

Le digo cosas como: “Nada es tan jodido como para que no puedas soportarlo” o “Todo lo malo que pueda pasarte importa un carajo en comparación con las cosas buenas que vas a vivir.”

Lo que nadie me dijo a mí.

Y sigo hablándole mientras cruzo pasos de cebra o hago cola en el cajero, llenando su imaginada cabecita con cuentos y batallas y lecciones magistrales. Hasta idiota y necio todas esas historias formarían un mundo perfecto dentro de él. La vez que mi tío metió una cabra en el maletero de un coche de alquiler. El secreto del mojito de sandía. El azul del cielo en Lhasa.

Yo mismo sería un personaje mítico y gigante para él, con mi vida exagerada y falsa. Que no descubriera hasta ser adulto que lo contado no podía ser verdad. Como Miguel Bosé, que son los padres, o el ratón inexistente que una vez se comió mis golosinas.

Pero luego recuerdo la herencia genética. Las probabilidades matemáticas. Que mis gónadas engañan a mi cabeza, la trampa de la vida. Las veces que he jurado que no quiero tenerlo, que he prometido venderlo por órganos si llega. Mi proyecto de ganar al animal estudiando anatomía hasta poder practicarme una vasectomía casera.

Y, sobre todo, la idea intolerable de traer a alguien al mundo que pueda no ser feliz.

“Buenas noticias. Ni árboles / ni hijos / ni libros. / Lo que soy no permanece”. Eso es de Joan Massip.

Mentía, porque lo leí en su libro.