Llego a las seis de la mañana. Paseo sin sentido, confiado, por el centro de la ciudad. Llevo treinta pesos encima que le sobraron a alguien en una visita anterior. Gasto quince en desayunar (pocito de café y tostado). Leo en el parque de Lezama hasta que tres tíos me rodean. Huyo andando, la camiseta convertida en lija por el sudor seco. A mediodía me siento en una terraza y aprendo que si no pides un porrón consigues un litro entero de cerveza. Ebrio, cansado, tambaleante, busco el hotel.

En la habitación hay un hombre que arregla algo en el baño. Todo huele a silicona. Le doy los últimos tres pesos al chico que sube mi maleta, avergonzado porque no tengo más y porque pese tanto. Me tumbo en el suelo, sobre la moqueta, y me quedo dormido escuchando a Coltrane. Me despierta el chapuzas cuando que se va. La cama es gigante, tres veces más ancha que larga. Todavía no sé si ella va a llegar.
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Aeropuerto de Ezeiza, última hora de la noche. Me enfado con tres críos que juegan porque con sus carreras me ocultan intermitentemente la salida de los vuelos internacionales. Aparece a mi lado mientras les miro con odio. Sus rizos rubios se han convertido en pelo liso y castaño. Bromeo, digo que que no es la misma, que ha enviado a una sustituta. Pero está rabiosamente guapa y la cama sigue siendo enorme aunque ahora la ocupemos dos.

Nos arreglamos a toda hostia para ir a la cena de Nochevieja de la Casa de Cataluña, en Chacabuco, con dos chicas a las que no conocemos (descubriré, después, que una es amiga de una pelirroja que fue mi novia hace una década). Empiezan a llegar fotos al teléfono. Igor desde Nueva York con una chistera. Javier con un falso bigote rubio a lo Hulk Hogan. Borja, María, Ana, Fernando, todos con árboles de navidad detrás.

Ella se está duchando, así que aprovecho para responder con mi fotografía en manga corta y la boca llena de todas las uvas (seis o siete) que consigo meter.

Son las seis de la mañana, uno de enero. Amanece. Lanzan fuegos artificiales desde el centro de una plaza en Palermo, a espaldas de la azotea donde tomamos la última copa, los dos ebrios, yo eufórico. El taxista que nos devuelve a San Telmo me pregunta, orgulloso, si he visto al patrullero apostado junto al semáforo que acaba de saltarse en el cruce de Corrientes con Callao. Después explica que cada cuadra abarca una cantidad de números que no son sucesivos de manzana a manzana, y de golpe comprendo la ciudad.

Siete de enero. En cada ciudad que piso elijo un sitio en que me siento como en casa, al que vuelvo por pocos días que pase allí. En Buenos Aires es el la Poesía, en Chile con Bolívar. Anochece mientras bebemos una botella de malbec y ella fotografía los colectivos que pasan. Le cuento lo que es un piantado y tarareo como ejemplo la Balada para un Loco de Piazzolla. Me siento ridículo.
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Bajo el sol de plomo del mediodía peleo por teléfono con Aerolíneas Argentinas. Tras veinte minutos de tensión, acentos incomprensibles y música de librería consigo cambiar mi billete para pasar dos días más en la ciudad, con ella, condenada a quedarse por la huega de pilotos. Vuelvo al bar donde espera y se lo digo. Brindamos.

Los dos nos hemos puesto la hostia de guapos aunque sea una noche de martes. Por Piedras vamos tan elegantes que deberíamos ser el blanco de cualquier atracador. De madrugada volvemos al hostal y subimos a la azotea. Nos tumbamos juntos en la misma hamaca, acabamos el vino que sobró de la cena en copas que robamos del bar cerrado. Nos tocamos hasta que al amanecer aparece un chico y se tumba a leer en otra hamaca a nuestro lado.

Vigilo su sueño en un césped, fumando, junto al cementerio de la Recoleta. Pienso que hace seis meses espié como dormía la siesta en otro parque, en San Francisco, sin saber apenas quién era o imaginar que algo así iba a ocurrir.

El comandante del avión sale para decirle que quizá pueda hacerle un hueco en los transportines, con las azafatas. Parece decepcionado por verme acompañándola porque debía creerla sola y desamparada.

Vuelvo a estar solo en Buenos Aires. Me voy esta noche. No siento la ciudad como ajena.