Son días de calor asfixiante en Buenos Aires. Días de sol húmedo y cansancio pegajoso en que libramos una guerra secreta consistente solo en dos juegos de miradas.

En uno de ellos me dedico a atrapar, avezado y atento, a los que la miran. En cada esquina, cada café y cada acera busco el deseo en los ojos de los que nos cruzamos. Y les atravieso con un alfiler y clasifico. Viejos que la observan sin pasión, con sabiduría melancólica de connoisseur. Niños que lo hacen sorprendidos, con la intuición de algo que no aciertan a nombrar. La mayor parte: hombres que la ansían con ojos turbios y toda la sangre de su cuerpo.

Ella no parece darse cuenta. Yo, que no sé ser celoso, me recito mentalmente Lafayette Street, de Fonollosa, porque eso apacigua al monstruo de ojos verdes:

“Esta es la mujer mía. Pueden verla,
no tengan pena, de perfil, de frente.
Pueden acariciarla con los ojos.
Está desnuda bajo su vestido.

Es hermosa, ¿verdad? Todos lo dicen.
Ella también lo sabe. Es muy hermosa.
Mírenla de perfil, de frente. Desde
la uña del pie al cabello es muy hermosa.

Hasta los automóviles más caros
frenan para admirarla cuando pasa.

(…)
Es una lástima
que no encuentren ustedes otra igual.
Pueden acariciarla con los ojos.”

En el otro juego ella es la cazadora.

Porque yo, con mi trastorno de déficit de atención y mis ojos nerviosos, siempre bailo las pupilas sobre cualquier cosa que se mueva y tenga colores aunque realmente no la esté viendo y solo sea un estorbo entre el infinito y yo. Pero en estos días a veces un breve silencio me dice que ella ha seguido la dirección que marca mi mirada. Y, si por casualidad se ha posado en una cara o unas piernas o un escote, descubro (al principio divertido, más tarde con miedo) que frunce ligeramente el ceño, analíticamente, y observa y memoriza y compara.

(Ella, a las pocas horas de llegar a la ciudad: “las porteñas son muy guapas”.)

Son las ocho de la tarde del día treinta y uno. En el subte, de Plaza Italia a Catedral, comemos uvas porque en España ya es medianoche. Me atrapo a mí mismo mirándola en el reflejo del cristal. Y espero a que me sonría, como en ese cuento de Cortázar.