El puto invierno se ha vuelto a comer a la primavera. Jodido de frío cruzo la plaza del Reina Sofía, donde a pesar de ser jueves noche no hay nadie haciendo botellón pre-Kapital, de vuelta a casa.

Subo los ocho tramos de escaleras sin encender la luz, como siempre. En el primero derecha (no sé quien vive ahí) hay una fiesta. Pasado el tercero me parece oír sonar la cisterna de mi baño. Llego hasta mi puerta, a oscuras todavía. Abro.

Hay algo raro. Tardo un segundo en darme cuenta que de la planta de arriba viene una luz tenue. Otro más en pensar que no es la luz ambarina de la lámpara de la mesa. Es azulada, fría, cambiante.

También hay un ruido indefinido. La televisión debe estar encendida.

(Pero es imposible. Hace dos semanas que no la veo. Esta mañana al salir estaba apagada.)

Mi primera reacción es dejar la puerta abierta. La segunda, dar dos pasos hasta el centro del salón. Una mirada a la derecha me confirma que el Macbook Pro sigue sobre el piano. Otra, a la izquierda, que la pasta en metálico de mis curros como freelance cobrados en negro también está donde la escondo. No hay nada más que puedan robarme: nadie va a bajar un piano de pared cuatro pisos por las minúsculas escaleras.

La televisión, arriba, sigue sonando. La puerta de la calle sigue abierta. Cojo del portaguitarras la Fender acústica por el mástil, como si fuera un bate. Me viene a la cabeza ese tema de Hayden en la que canta como se enfrenta a unos ladrones armado con su bajo.

Camino hacia las escaleras de madera que suben a la habitación.

Cada paso es una explicación. Uno: ella ha decidido volver. Pero entonces recuerdo que hace un mes me dio sus llaves. Dos: mi casera, la pianista hippie exiliada en Uruguay, ha decidido visitarme sin avisar. Tres: la casa es poco segura. Es tan fácil entrar desde el tejado, tan mala la cerradura. Alguien se ha colado. Quizá sigue arriba, tumbado en la cama, viendo la televisión.

Pongo el pie en el primer escalón y digo “¿Alguna vez te han zumbado un guitarrazo en la cabeza, hijo de puta?”. Subo.

Lo primero que veo es mi otra guitarra, la Stagg, en su pie. He elegido bien: la Fender es mucho más grande.

Después, la cama desecha y vacía, tal y como la dejé.

Enfrente, la televisión. En la pantalla un reportaje absurdo. Alguien que dice “esta silla es un diseño de Phillip Stark…”

La casa es diáfana en ambas plantas. No hay donde esconderse. Me niego a mirar tras la cortina de la ducha o debajo de la cama. No hay nadie, no falta nada, no hay nada extraño. Solo la televisión encendida.

La apago. El sonido de mi corazón latiendo a toda hostia llena la habitación.

No creo en lo sobrenatural. O ha sido una subida de la tensión eléctrica o alguien ha querido dejar su huella. Y eso, en lugar de preocuparme, me reconforta. Si tuviera la oportunidad de colarme en una casa ajena no cogería nada, pero dejaría una firma para que lo supieran. Cambiaría cuchillos por tenedores en sus respectivos huecos del cajón de la cocina. Barajaría los volúmenes de la enciclopedia Larousse del salón. Pintaría un bigote en la fotografía de la mujer sobre la mesilla.

Ya no me siento tan solo en la casa.