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Recuérdate esto cuando ya nada importe.

Con crampones y fingida rabia pateas los bordes de una poza en el glaciar, de agua tan azul como liquido anticongelante. Hundes los dedos en las esquirlas de hielo hasta atrapar el trozo más grande, tan transparente que parece soñado. Te acercas y lo guardas en su bolsillo, forrado con una bolsa de plástico y alevosía. Antes o después no cabrán más. Entonces extenderás el brazo y ocultarás el sol y dejarás que caliente tu mano.

En la mochila habéis escondido dos vasos del café para llevar que tomasteis ayer y una botella de ron (Martinique Superior, Light Dry Rhum, 250 cc. 40% vol, Hnos CCisa, Industria Argentina). Y aunque hubieras preferido whisky cómo no va a saberte el ron puñeteramente bien si lo acompañas con hielo cincuenta mil años más viejo que la sangre que corre por tu cuerpo.

En el último sorbo queda un poso fino y oscuro, como polvo de carbón. Piedra molida por medio kilometro de hielo encima y milenios. El mismo polvo que satura el agua del lago Viedma  y la convierte en leche entre verde y blanquecina, irreal.

Recuérdate esto cuando ya nada importe:
El sabor del ron en la lengua. La cubierta del barco vacía. El sol castigando tu cuello. La ligera somnolencia, el cansancio tranquilizador. Ella recostada contra ti, la piel desnuda de su hombro oliendo a puto cielo. El ruido del motor que se mezcla con el (hoy tolerable) reggae que sale de la cabina. El balanceo del agua, acunándoos.

Y cuando ya nada importe (viejo, solo o enfermo), recuérdate esto.

Llego a las seis de la mañana. Paseo sin sentido, confiado, por el centro de la ciudad. Llevo treinta pesos encima que le sobraron a alguien en una visita anterior. Gasto quince en desayunar (pocito de café y tostado). Leo en el parque de Lezama hasta que tres tíos me rodean. Huyo andando, la camiseta convertida en lija por el sudor seco. A mediodía me siento en una terraza y aprendo que si no pides un porrón consigues un litro entero de cerveza. Ebrio, cansado, tambaleante, busco el hotel.

En la habitación hay un hombre que arregla algo en el baño. Todo huele a silicona. Le doy los últimos tres pesos al chico que sube mi maleta, avergonzado porque no tengo más y porque pese tanto. Me tumbo en el suelo, sobre la moqueta, y me quedo dormido escuchando a Coltrane. Me despierta el chapuzas cuando que se va. La cama es gigante, tres veces más ancha que larga. Todavía no sé si ella va a llegar.
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Aeropuerto de Ezeiza, última hora de la noche. Me enfado con tres críos que juegan porque con sus carreras me ocultan intermitentemente la salida de los vuelos internacionales. Aparece a mi lado mientras les miro con odio. Sus rizos rubios se han convertido en pelo liso y castaño. Bromeo, digo que que no es la misma, que ha enviado a una sustituta. Pero está rabiosamente guapa y la cama sigue siendo enorme aunque ahora la ocupemos dos.

Nos arreglamos a toda hostia para ir a la cena de Nochevieja de la Casa de Cataluña, en Chacabuco, con dos chicas a las que no conocemos (descubriré, después, que una es amiga de una pelirroja que fue mi novia hace una década). Empiezan a llegar fotos al teléfono. Igor desde Nueva York con una chistera. Javier con un falso bigote rubio a lo Hulk Hogan. Borja, María, Ana, Fernando, todos con árboles de navidad detrás.

Ella se está duchando, así que aprovecho para responder con mi fotografía en manga corta y la boca llena de todas las uvas (seis o siete) que consigo meter.

Son las seis de la mañana, uno de enero. Amanece. Lanzan fuegos artificiales desde el centro de una plaza en Palermo, a espaldas de la azotea donde tomamos la última copa, los dos ebrios, yo eufórico. El taxista que nos devuelve a San Telmo me pregunta, orgulloso, si he visto al patrullero apostado junto al semáforo que acaba de saltarse en el cruce de Corrientes con Callao. Después explica que cada cuadra abarca una cantidad de números que no son sucesivos de manzana a manzana, y de golpe comprendo la ciudad.

Siete de enero. En cada ciudad que piso elijo un sitio en que me siento como en casa, al que vuelvo por pocos días que pase allí. En Buenos Aires es el la Poesía, en Chile con Bolívar. Anochece mientras bebemos una botella de malbec y ella fotografía los colectivos que pasan. Le cuento lo que es un piantado y tarareo como ejemplo la Balada para un Loco de Piazzolla. Me siento ridículo.
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Bajo el sol de plomo del mediodía peleo por teléfono con Aerolíneas Argentinas. Tras veinte minutos de tensión, acentos incomprensibles y música de librería consigo cambiar mi billete para pasar dos días más en la ciudad, con ella, condenada a quedarse por la huega de pilotos. Vuelvo al bar donde espera y se lo digo. Brindamos.

Los dos nos hemos puesto la hostia de guapos aunque sea una noche de martes. Por Piedras vamos tan elegantes que deberíamos ser el blanco de cualquier atracador. De madrugada volvemos al hostal y subimos a la azotea. Nos tumbamos juntos en la misma hamaca, acabamos el vino que sobró de la cena en copas que robamos del bar cerrado. Nos tocamos hasta que al amanecer aparece un chico y se tumba a leer en otra hamaca a nuestro lado.

Vigilo su sueño en un césped, fumando, junto al cementerio de la Recoleta. Pienso que hace seis meses espié como dormía la siesta en otro parque, en San Francisco, sin saber apenas quién era o imaginar que algo así iba a ocurrir.

El comandante del avión sale para decirle que quizá pueda hacerle un hueco en los transportines, con las azafatas. Parece decepcionado por verme acompañándola porque debía creerla sola y desamparada.

Vuelvo a estar solo en Buenos Aires. Me voy esta noche. No siento la ciudad como ajena.

Son días de calor asfixiante en Buenos Aires. Días de sol húmedo y cansancio pegajoso en que libramos una guerra secreta consistente solo en dos juegos de miradas.

En uno de ellos me dedico a atrapar, avezado y atento, a los que la miran. En cada esquina, cada café y cada acera busco el deseo en los ojos de los que nos cruzamos. Y les atravieso con un alfiler y clasifico. Viejos que la observan sin pasión, con sabiduría melancólica de connoisseur. Niños que lo hacen sorprendidos, con la intuición de algo que no aciertan a nombrar. La mayor parte: hombres que la ansían con ojos turbios y toda la sangre de su cuerpo.

Ella no parece darse cuenta. Yo, que no sé ser celoso, me recito mentalmente Lafayette Street, de Fonollosa, porque eso apacigua al monstruo de ojos verdes:

“Esta es la mujer mía. Pueden verla,
no tengan pena, de perfil, de frente.
Pueden acariciarla con los ojos.
Está desnuda bajo su vestido.

Es hermosa, ¿verdad? Todos lo dicen.
Ella también lo sabe. Es muy hermosa.
Mírenla de perfil, de frente. Desde
la uña del pie al cabello es muy hermosa.

Hasta los automóviles más caros
frenan para admirarla cuando pasa.

(…)
Es una lástima
que no encuentren ustedes otra igual.
Pueden acariciarla con los ojos.”

En el otro juego ella es la cazadora.

Porque yo, con mi trastorno de déficit de atención y mis ojos nerviosos, siempre bailo las pupilas sobre cualquier cosa que se mueva y tenga colores aunque realmente no la esté viendo y solo sea un estorbo entre el infinito y yo. Pero en estos días a veces un breve silencio me dice que ella ha seguido la dirección que marca mi mirada. Y, si por casualidad se ha posado en una cara o unas piernas o un escote, descubro (al principio divertido, más tarde con miedo) que frunce ligeramente el ceño, analíticamente, y observa y memoriza y compara.

(Ella, a las pocas horas de llegar a la ciudad: “las porteñas son muy guapas”.)

Son las ocho de la tarde del día treinta y uno. En el subte, de Plaza Italia a Catedral, comemos uvas porque en España ya es medianoche. Me atrapo a mí mismo mirándola en el reflejo del cristal. Y espero a que me sonría, como en ese cuento de Cortázar.

No me cree cuando le digo que cualquier país de la lista que envió es el destino perfecto. Piensa, seguro, que es esa estúpida y poco atractiva complacencia del “lo que tú quieras, cariño”.

Porque aunque por un momento me he enamorado de las playas de Zanzibar, en el fondo “Da lo mismo hacia dónde, / por qué motivos. / La dirección es la correcta / si me aleja de aquí” (J. Masip de nuevo).

Solo quiero quemar tiempo y dinero ahora que todavía los tengo.

Así que dentro de seis horas cojo a solas un avión al otro lado del charco. Y por culpa de la huelga de pilotos de mañana me pasearé, solo también, por un Buenos Aires del que no sé nada que no sea lo aprendido en relatos escritos hace cincuenta años y leídos hace quince. Una ciudad que ya no existe.

Y si las piezas aeroportuarias no encajan y los desencuentros continúan es posible que pase la Nochevieja en manga corta mirando el agua girar en sentido inverso en la taza del water del hotel en San Telmo.

Un par de días después pondré o pondremos los pies en la ciudad más austral el mundo. Después en la Patagonia, donde los calzaré o calzaremos con crampones para caminar sobre glaciares y subir el Fitz Roy.

Espero que todos los verbos se conjuguen en la primera persona del plural.

Así que no esperen nada por aquí hasta mediados de enero.