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En la mesa hay un nuevo testamento en ingles y en alemán. Las mosquiteras están agujereadas. Hay manchas de sangre en la cama. Cada pieza de la habitación, menos la Biblia, está marcada con spray y stencil: “Melody Hotel Takoradi”.

Lo hemos elegido porque está frente a la plaza de la que salen los autobuses. Es la tercera vez que pasamos por esta ciudad sin pretenderlo por culpa de las absurdas conexiones de transporte en este país.

En el restaurante nos han intentando engañar. En la recepción, hostiles, vaguean dos chicas y sus novios. En la escalera hay un cartel que dice que el sexo es igual de divertido con condón, pero en la foto (dos pies de plantas sucias bocarriba, y entre ellas dos bocabajo) parecen cuerpos apilados sobre la mesa de una funeraria.

Por la tarde hemos caminado hasta Monkey Hill, en las afueras de la ciudad, porque tú quieres ver monos. Hemos subido por una vieja carretera en la selva hasta un gran hotel abandonado. Desde las ventanas rotas dos hombres nos vigilan. Otro, sentado en la escalinata, se ha acercado para ofrecerse como guía y le hemos rechazado.

Hay algo omnioso y feo en toda la colina. Ni siquiera los tres niños que juegan al fútbol parecen amistosos.

Empezamos a bajar de vuelta a la ciudad cuando escuchamos ruido entre los árboles. Distinguimos, recortadas contra el atardecer encapotado, las siluetas de pequeños primates que cruzan de rama en rama. Se detienen al sentirse observados y nos encaran.  Pasan dos negros con una vaca huesuda de camino al hotel. Me acerco para que te sientas segura porque en tus pesadillas siempre hay animales con cuernos.

El hombre al que hemos rechazado, y que nos sigue a distancia, empieza a tirar piedras para espantar a los monos. Empieza a llover. Todo es como en un sueño.

Al pie de la colina paramos un taxi. Intento explicarle al conductor que queremos ir a un circo que vimos el otro día en las afueras. No sé cómo puede ser un circo en África: no piso uno desde la infancia, y por entonces me parecían los sitios más tristes del mundo y siempre salía con ganas de llorar.

Cuando llegamos el circo se ha ido y solo queda barro. El taxi nos devuelve al hotel. Nos quiere cobrar más de lo negociado.

Nos dormimos.

Alguien llama con insistencia a la puerta. Saliendo confuso del sueño grito “not now!” desde la cama. Siguen llamando. Me levanto y veo que son las cinco de la mañana. Me acerco muy despacio hacia la puerta. Por la mirilla veo a un chaval encogido, escondido a un lado. Está empapado. Tose. Espero en silencio. Llama una vez más y después se aleja y baja las escaleras. Vuelvo a la cama.

Por la mañana nos despierta el cotorreo de mujeres en el pasillo. Faltan dos horas para que salga el autobús, así que nos quedamos en la cama y acabamos enredados. Cuando nos corremos las voces al otro lado del muro se callan.

Nos duchamos, pero en esta ciudad es imposible sentirse limpio. Recogemos y nos vamos con las mochilas a la plaza.

 

Las dos alemanas lentas y grandes como elefantes están ahora a trescientos kilómetros de aquí, con las costillas rotas en un hospital que debe ser muy parecido al infierno, porque su conductor se salió ayer de la pista en uno de esos jeeps que parecen cuchillas de afeitar rodantes y dieron mil vueltas de campana.

Así que le digo “take it slow, I dont need to die on this bumpy road” mientras subo colocando mi paquete contra su espalda y mi culo contra la mochila, cubierta de polvo rojo y atada con unas tiras de goma al trasportín.

La moto tiene por lo menos tantos años como yo. El chico en cambio no me llega a la mitad. Sabe inglés porque sonríe exageradamente y responde “I want to be back safe too”. Pero quiere impresionar al obruni cobarde que lleva de paquete, así que arranca a toda hostia. Ni el indicador de velocidad ni el del depósito marcan más allá del cero.

Vamos tan rápido que cuando giro la cabeza veo que hemos perdido a la otra moto. E imagino escenas terribles en que el conductor, que debía tener veintipocos, se deja llevar por sus bajos y poco evolucionados instintos y decide aprovecharse de la chica rubia y exótica que carga.

Así que grito en la oreja del mío “Stop at the gates” cuando llegamos a la barrera que marca el fin del parque nacional. “I want you to stay ALWAYS behind your friend”. Y esperamos en un silencio incómodo hasta que un minuto después nos adelantan.

Nos desviamos por un sendero estrecho. Atajamos por una mínima pista de aterrizaje comida por la maleza. Volvemos a salir a un camino amplio. Y entonces, detrás de ellos, empiezan los celos.

Porque van hablando. Se ríen. Él no mira al frente y a veces suelta el manillar para señalar algo en la selva, conduciendo despacio, con calma. Ella le agarra por la cintura. Y yo veo sus gemelos torneados  y pienso en todas las noches que cruzamos Madrid en su vespa roja para cenar una hamburguesa por Malasaña. Vuelvo a ser el chaval pálido y feo que se sienta a la puerta del instituto mientras la chica que le gusta se sube en la moto trucada del repetidor chungo y se marchan exultantes, ella empapando las bragas.

Y en esos pensamientos oscuros estoy cuando mi bebemi acelera y les adelanta. Le grito enfadado “I told you to stay behind them”. Y responde “But he don’t know the way”, y yo me callo avergonzado y no le corrijo el doesn’t.

Llegamos a la aldea. Bajamos de las motos y empezamos a soltar las mochilas. Un hombre sale corriendo desde un sembrado para recibirnos.

Entones veo que el conductor de ella no pasa de los dieciséis. Que es un crío de mirada limpia y no el negro enorme y vicioso que yo recordaba.

Ella me contará por la noche, en la casa de adobe, que el chico le dijo que un día sería un gran jugador de fútbol y viviría en Madrid, y que le haría muy feliz que fuera a verle a los entrenamientos. Que ella se inventó que yo era primo de un futbolista famoso. Y yo me sentiré ridículo e idiota y nos dormiremos en medio de la nada.

 

Me dieron el visado a pesar de los antecedentes penales y de que no estuviera vacunado contra la fiebre amarilla, imprescindible para entrar en el país.

La médico que me atendió en el centro de vacunaciones me cayó extrañamente bien: dijo que era “guay” que fuera creativo publicitario pero que yo no podía vacunarme.

Le pregunté qué hacer entonces. Dijo: “no viajes”. Respondí que iba a irme de todas maneras.

Entonces me recomendó que solo usase ropa clara, que evitase amaneceres y atardeceres, que durmiera con mosquitera, que llevase siempre manga larga. Que nunca me picase un mosquito y no dejase que me mordiera un mono.

Nada de monos. Eso esta hecho.

Que si sangraba y tenía fiebre volviera inmediatamente.

Salí del hospital. Estudié las estadísticas de fallecidos por la enfermedad. Calculé probabilidades. Memoricé la sintomatología. Me imaginé en una cabaña, sudado y enfermo, meando sangre, muriendo delirante como un Kurtz, Ah, el horror, el horror. Pensé que sería divertido.

Después leí sobre la permetrina: convertía la ropa en un chaleco antibalas para mosquitos. Pero en todas las droguerías y farmacias dijeron que no podían vendérmela. Acabé encontrándola en Internet, camuflada bajo otro nombre, en un negocio de Murcia.

Y entonces llegó el día antes del viaje:

Montamos una ducha portátil en la terraza. Robé del curro unos guantes de látex y mascarillas y ella trajo del suyo unas batas blancas. Ella se puso el bikini y yo el bañador. Y pasamos la tarde midiendo permetrina con una jeringa, mezclando la cantidad exacta con agua, llenando barreños con la disolución ilegal, empapando toda nuestra ropa en ella hasta cargar el tendedero dos veces, saliendo a ducharnos bajo el sol para quitarnos el calor y el olor químico de la piel.

Dos científicos locos reanimando cadáveres o cocineros de cristal en una autocaravana en mitad del desierto. Y ella estaba TAN sexy con su bikini y su mascarilla y su bata blanca.
(Yo no tanto, claro, con este cuerpo huesudo y grotesco.)

Cuando acabamos tiré mi mascarilla a la papelera: estaba manchada de sangre. Después nos duchamos desnudos una vez más en la terraza. Follamos. Fue una tarde perfecta.

Porque la magia de la química iba a protegerme de la fiebre amarilla, de la escena de la cabaña. Ella cogería el avión más tranquila por los dos, confiada.

Pero yo no creo en la química o en los dioses, y sé que todo es cuestión de suerte.

 

 

 

“¡Pero qué has hecho!”,

dice con un acento mezcla de mil sangres y la voz como si le hubieran criado con un biberón de cristales triturados.

Hasta este momento el tío ha sido un palo, pero ahora levanta las cejas exageradamente y saca los ojos de sus cuencas como si fuera Satchmo y gira teatral hacia mí la copia compulsada de mis antecedentes penales.

Respondo con el discurso esperado: era joven y salvaje, necesitaba el dinero, cumplí mi condena, pagué mi deuda con la sociedad. Soy un hombre limpio, renovado. (Mentalmente añado: “But that was in another country. And besides, the wench is dead”, porque no creo que haya leído a Eliot o a Marlow.)

Mantiene la expresión cómica en la cara pero no dice nada, así que le alcanzo el otro pasaporte con los folios dentro, doblados: “Estos son los de ella.”

“¿Y quién es ella?”

“La chica con la que viajo.”
(Aunque yo también podría haber levantado mucho las cejas, mirarle fijamente y responder dramático: “La chica de la que estoy idiotamente enamorado”.)

Se baja las gafas. Revisa los papeles sin leerlos. Solo se detiene por unos segundos ante su fotografía, grapada a la solicitud del visado. Después sigue buscando hasta extender hacía mí, triunfal, el certificado de antecedentes:

“¡Ah! ¡Pero ella es buena!”,
con la extraña pero precisa sintaxis de quien habla una lengua que no es la suya.

“Lo sé. Yo soy el malo.”

“Nosotros siempre somos malos”. Subraya el siempre con su voz arañada y la falsa gravedad de quien lee un epitafio.

Y vuelve a ser un funcionario de embajada, seco y negro como el carbón. Lanza nuestros pasaportes sobre una pila donde reposan otros treinta. Yo deduzco que debo irme porque ya no me mira o dice nada, y salgo del despacho.