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Obsérvala minuciosamente, hasta que duela.

Vela dormir sobre una tumbona en la piscina de un motel de Las Vegas. Desea la piel dorada de sus hombros, la curva de su espalda, la suavidad de su culo, la firmeza de sus piernas. Atiende, sobre todo, a cómo sonríe y piensa en qué estará soñando y que no eres tú.

Contempla cómo se gira en su sueño y recréate en la dureza del vientre perfecto, en la tensión del cuello, en el espacio de sombra que proyectan los huesos de sus caderas.

(Espía cómo duerme sonriendo de nuevo en el césped de un parque en San Francisco y vuelve a desear esa boca de labios plenos.)

Mírala tanto (que anheles tanto, que queme tanto, que duela tanto) que la sensación se haga tan insoportable y tan intensa que acabe por desaparecer. Y sólo quede la neutralidad de quien mira la estática en una televisión. La calma despegada del esteta.

Acaba con lo que quede de deseo diciéndote que no está a tu alcance, que nunca tendrás algo así en la punta de los dedos, de la lengua, contra tu piel. Que mejor aprender a no ansiar que dolerse.

Y de golpe, sin saber cómo, tenla en tu cama. Lame la distancia infinita bajo su ombligo. Hunde la nariz en el hueco de las caderas. Acaricia esa suavidad, atrapa cada curva, moldea su cuerpo. Besa esa boca. Todo como en un sueño, apenas excitado porque no crees que sea cierto.

Despiértate por la mañana. Dúchate y vuelve a la habitación. Mírala dormir, como la mirabas hace dos semanas a nueve mil kilómetros de aquí. Piensa que la luz que enciende su piel es TU luz, porque entra por tu ventana y se filtra en tus cristales sucios y esquiva tus sábanas para acariciar sus hombros. Que la sonrisa en su boca quizá siga sin ser por ti, pero que solo tú la contemplas.

Después acompáñala hasta su moto. Mira cómo asoman sus muslos cuando sube. Deséala entonces con todo el dolor que quieras, con rabia, con urgencia, y siente que ahora es tuya (AHORA, en este momento, qué más da si ya no lo es mañana) aunque sigas sin merecerlo.

Ella entra al baño a lavarse los dientes. Yo recojo las copas de vino (las nuestras y las que dejaron los otros, un par de hora antes) y las llevo a la cocina.

La conversación en el patio trasero de la cabaña, con el Pacífico ronroneando al fondo, se ha cortado sin un hora-de-irse-a domir, así que me acerco hasta la puerta entreabierta del baño y susurro un buenas noches. Está de espaldas al espejo, no me ve y no me escucha, y yo me siento ridículo e idiota así que no repito la frase y me voy con un “duerme conmigo” anudado a las tripas.

Por un gesto de determinación en la comisura de los labios cuando juega al billar. Porque sonríe mientras sueña. Porque en Sunset Boulevard estaba tan bonita que le hubiera partido la cara a cualquier productor que se hubiera acercado a ofrecerle un papel de estrella en su película.

Todo esto ocurre en una cabaña en Carmel, el último pueblo antes del Big Sur. Fur y yo hemos conducido una hora por una autopista de niebla hasta encontrar algo abierto donde comprar salmón ahumado y gorgonzola y crudités y tres botellas de pinot del Napa Valley para la cena.

Vuelvo a mi habitación. Me cambio. No quiero cerrar la puerta, apagar la luz o acostarme. Pasan cinco minutos en que merodeo en torno a la cama como un perro que da vueltas sobre el mismo sitio buscando la postura perfecta para descansar .

Aparece por un momento, apoyada en el quicio de la puerta. Dice “buenas noches” con una sonrisa y una promesa en la forma en que baja los ojos.

Yo solo respondo “descansa”.

Cuarenta y ocho horas más tarde estoy sentado en el aeropuerto de Los Ángeles. A mi lado, los demás duermen. Una locución desde la puerta de embarque chirría que ofrecen quinientos dólares y un vuelo cualquier otro día a quien rechace su plaza por overbooking. Me zumban los oídos: debería levantarme, aceptarlo en mi pésimo inglés, volver al hotel del downtown donde duerme para decir que quiero pasar un día más con ella.

Pero soy cobarde e idiota y cojo mi maleta y despierto a los otros y embarcamos.

Cualquiera que haya tenido la desgracia de tratarme más de tres veces lo ha oído. Soy un tío repetitivo: dadme sol que caliente mis párpados, una cerveza, un buen libro. Todo lo demás importará un carajo.

Si mi vida es un desastre. Si mi futuro es negro como los cojones de un grillo. Si parto un corazón o me lo parten. Si el mundo va a acabarse mañana, mi casa tiene goteras o la agencia se va a la mierda. Si mi enfermedad es incurable, me hago demasiado viejo o ayer se acabó el papel higiénico.

Violad a mi mujer, matad a mis hijos, sembrad mis campos con sal: me sentaré en cualquier terraza al mediodía y todo tendrá una importancia igual a cero.

A principios de verano compro un libro de alguien a quien nunca he leído. Otro suicida más (éste pertenece a la categoría de los que encuentran, comido por los gusanos, semanas después de haberse matado). Y durante los tres días que dura la lectura río a mandíbula batiente, a solas, sin vergüenza, en cualquier parte. El mundo está justificado y todo cobra sentido. La vida gira sobre ejes bien engrasados.

Washington Square Así que hoy hemos comido en Chinatown, cruzado Telegraph Hill, bajado por Columbus Ave hasta Washington Square, frente a la iglesia en que la Monroe y DiMaggio se casaron y que, según la Lonely Planet, debería parecer una tarta glaseada.

Irene duerme. Sara habla con un policía que la confunde con una italiana y le da permiso para fumar en el césped. Marta vigila recelosa a una china que corre en torno a nosotros.

Y yo arrastro a Fur hasta la estatua del centro. Porque en ese libro el muerto cuenta que, al pie de la estatua, en dirección a cada punto cardinal, está escrito “Bienvenidos”. Hace cincuenta años se emborrachaba con chianti en este mismo parque y miraba desafiante a las viejas beatas que salían de la iglesia.

Me acerco. Leo los “bienvenidos”. Y sonrío, de verdad, con franqueza, como nunca lo hago en el día a día.

Benjamin Franklin
Es mi forma de presentar respetos al suicida, de agradecerle que la vida sea más tolerable por leerle. A él, que está definitivamente muerto. Porque el sol queda demasiado lejos y los Hermanos Mahou son sólo una ficción publicitaria.

Hace cinco años abandoné, en la habitación de un motel de Massachusetts, un par de Adidas Gazelle blancas clásicas con las rayas en azul.

Estaban tan rotas y gastadas que mis dedos anunciaban orgullosos el color de mis calcetines asomando por la puntas.

Bridgeport
Hoy es domingo en Bridgeport, California, y todo brilla nuevo bajo el sol como si fuera la primera mañana del mundo. Las chicas compran fruta en la única tienda abierta en la calle principal. Mientras, Fur y yo entramos en el callejón lateral y nos paramos, solemnes, frente a un par de contenedores cromados.

Yo poso para una fotografía con mis Adidas Samba negras con las rayas en dorado apoyadas contra el corazón. El cuero tan deteriorado que parecen grises.

Nos llevamos las mano derecha extendida hacia la sien. Zumbo con los labios el toque de clarín de los funerales militares. Fingimos tres salvas al aire con nuestros rifles invisibles y después, balancéandolas un par de veces, encesto con una parábola las Adidas en uno de los contenedores.

Les di un buen último día. Ayer subí con ellas los cuatro mil pies del Mono Pass, al este de Yosemite. Mientras los demás dormían la siesta junto a un lago, caminé con ellas por un pedregal y sobre nieve y por una zona pantanosa esforzándome por rasparlas contra cada roca afilada, meterlas en cada charco.

Adidas
Fur toma otra fotografía en que finjo una melodramática cara de pérdida irremediable mirándolas en la basura. No sabe que bajo el histrionismo hay un pequeño poso de amargura por los cuatro años que me han acompañado y que se quedan, junto a ellas, en el contenedor.

Volvemos al coche, donde nos esperan con la fruta cargada en bolsas de papel.

 

La primera noche, en Los Ángeles, tras ver como dos negros destrozan la luna del coche delantero con un bate, duermo en una cama king size con Fur. En medio, el convenido metro de distancia entre dos amigos, esa tierra de nadie que seguirá sin una arruga la mañana siguiente.

La segunda noche, en las afueras de San Diego, comparto habitación con él y su chica en dos queen size gemelas. Me duermo antes de que termine la primera canción en el Ipod.

Hoy, después de comprar unas camisetas en el Urban Outfitters y jugar al billar en el Gasslamp District, volvemos a medianoche al YMCA donde tengo por fin una habitación solo para mí. Al llegar al hotel este mediodía las chicas han jurado que unas amish tímidas han mirado azoradas mi trasero mientras esperábamos el ascensor.

Entro en la habitación minúscula. Enciendo la televisión, puesta en un canal religioso y en silencio. Apago el ventilador del techo. Levanto los estores, abro la ventana, me apoyo mirando al patio interior.

En una ventana, al otro lado, alguien pelea o se revuelve sobre la cama. Hay mucha distancia y yo llevo con las lentillas demasiadas horas (no me las he quitado ni para hacer snorkel esta mañana en La Jolla, junto a las focas), así que tardo en ser consiente de que es una pareja follando, en la única violencia que se podría confundir con un combate. Solo me doy cuenta cuando cambian de postura: ella a cuatro patas sobre la cama, desnuda; él de pie, vistiendo solo una camiseta negra.

Están tan lejos que no podría decir cómo lleva ella el pelo del coño, o el tamaño de tus pechos, que son solo un borroso movimiento oscilatorio.

Acaban. Él se aparta violentamente. Ella se deja caer sobre la cama, de lado. Después estira una pierna y acaricia con su pie el estomago de él, que ha salido del plano que marca la ventana.

Entonces uno de los dos debe verme, una silueta negra recortada contra la luz naranja, porque bajan la persiana.

En ningún momento me ha excitado la escena. Solo me he puesto triste pensando cuándo fue la ultima vez que alguien ha podido verme follar sin que yo lo supiera. Y después, aun más triste intentando recordar inútilmente cuándo una chica estiró su pierna para acariciarme con los dedos de los pies.

Después, por un breve momento, pienso en una chica a la que acabo de conocer y que duerme tres pisos más abajo, inalcanzable.

Y apago la luz y apago la televisión y me meto en la cama y me duermo antes de que acabe la primera canción del Ipod.

La misma sensación al volver de un viaje largo, desde niño.

Después de noches enteras por la antigua Nacional IV, cruzando de madrugada mudos pueblos blancos que apestaban a alpechín, siempre esperaba encontrar una guerra nuclear declarada solo en esta parte del país, un enorme cráter humeante en lugar de mi edificio, a mis conocidos hablando otro idioma o una familia distinta ocupando nuestra casa, con un niño extraño usando mis pijamas y durmiendo en mi cama.

Y hoy, tras veinte horas de vuelo y cuarenta y tantas despierto, tras tres mil quinientos kilómetros de carretera y polvo por tres estados, con el sello del Viper Room de Sunset Boulevard fresco en la muñeca como un tatuaje, cruzo Atocha con el peso de la enorme mochila atándome al suelo y la premonición de que voy a encontrar mi casa desvalijada, mi calle inundada, todo vecinos nuevos en la escalera. La idea clara de que algo ha cambiado inevitablemente y para siempre.

Pero solo me reciben el olor a cerrado y las malas hierbas, salvajes y enormes, repiqueteando contra las ventanas.

Tampoco está mi viejo yo pre-viaje, sentado con un cigarro, esperando para reprocharme haber estado tanto tiempo fuera sin dar noticias. Creo que sospecha que he pasado estos veinte días conspirando en mi cabeza para acabar con él y ha decido esconderse. De momento.

Antes o después aparecerá, dispuesto a recordarme que todos los propósitos de cambio hechos al otro lado del charco no van a servir de nada.