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¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?

– Malcolm Lowry, Bajo el Volcán.

La estrangulo, con una sola mano, contra el mármol gris de un portal que da a una enorme y céntrica plaza. Mi brazo extendido, casi recto, poniendo nuestros cuerpos a un metro de distancia.

Tiene la oscura boca fruncida en un gesto de determinación. En los ojos hay miedo, pero también rabia.

La plaza, a pesar de ser tan grande, está vacía. La luz es de un amanecer de invierno, pero nadie cruza de camino al trabajo. A unos metros, la silueta de perfil de un policía que no nos ve o nos ignora.

Relajo la mano. De su mirada desaparece el miedo y solo queda odio y amenaza. Traga saliva, dolorida y aliviada. Intenta decir algo, hablarle al policía a mis espaldas.

Y yo vuelvo a apretar con más fuerza, los dedos clavándose en su cuello como garras, y empujo golpeando su nuca contra el mármol mientras grito “No puedes ni imaginar los sueños tan horribles que tengo por tu culpa”. Y en sus ojos entonces ya no hay pánico o enfado, sino un aire triste de comprensión.

Después me despierto con boca seca por las diezmil cervezas de anoche y el sol de primavera quemándome la cara.

En el primer sueño he apostado una pierna y la he perdido. Sentado en boxers, con un cordón metálico de amputaciones en las manos, miro mi muslo y pienso (con ese encanto que tienen las cagadas de chulo o de borracho) que sólo yo soy tan idiota como para jugarme una parte del cuerpo en una apuesta tonta.

En el siguiente ya no hay pierna. De pie, alto y orgulloso, me sostengo sobre dos muletas mientras analizo el espacio donde debería estar la rodilla. Y en el sueño lo malo no es la falta de la pierna, las muletas, sino lo feo del muñón. En lugar de resplandeciente, redondo y perfecto, parece más un saco de arpillera mal atado, un nudo de piel muerta y retorcida, sin contenido.

Empiezo la semana pasada ahogándome en una barca en Venecia. Tengo que cruzar un canal amplio para ir con los que me esperan al otro lado, en un palacete con cúpula. Hay bruma, cae la noche, no veo hacia dónde remo. Por fin, en la ceguera luminosa de la niebla, sé que la barca ha volcado y voy a ahogarme. Toda mi preocupación es que el móvil se está mojando, y claro, cómo aviso a la gente de que no voy a llegar, muerto y con el teléfono estropeado.

El último, hace dos días. Me diagnostican un cáncer en un órgano inexistente en la garganta, mezcla de faringe y laringe y nódulos linfáticos. La enfermera llora al decirme que no merece la pena el tratamiento porque sufriré innecesariamente.

Y cómo le explico a esta mujer que se duele por un desconocido que me da igual diñarla, que es tranquilizador, qué qué bueno no tener que preocuparme de un futuro. No declaraciones de la renta, no limpiezas dentales, no pagar el alquiler.

Os compadezco a vosotros, que os retorcéis en sueños presos de vuestras cabezas, y me enorgullezco de ser tan listo como para no sufrir en sueños. De no tener ni querer pesadillas.

La chica acaba de salir de la ducha. Se sienta en el borde de la cama, sobre la toalla, con los pies en el suelo. Toda la habitación es de madera vieja, el techo es bajo y oscuro, la cama amplia. Me arrodillo ante ella y le separo despacio los muslos frescos que huelen a jabón. En ningún momento veo su cara. Algo me impide mirarla por encima de los hombros, pero es el cuerpo de Tim, tan familiar, tan como estar en casa.

Se deja caer ligeramente hacia atrás, apoyando los codos en la cama, con las rodillas marcando las dos y cuarenta. De su coño, abierto ante mí, brota una flor. Un tallo largo y fino, de un verde transparente encendido por la luz de la tarde, sale de entre los labios menores. La flor es apenas un capullo a medio abrir, como de campanilla o de orquídea, blanco y perlado de rocío.

Beso la flor suavemente, con miedo a añarla. Paso despacio la lengua sobre su superficie. Ella acaricia un rizo tras mi oreja. Después agarra el pelo de mi nuca con las dos manos y acerca mi cabeza bruscamente hacia su sexo hasta que la flor se troncha, se aplasta y se rompe contra mis labios.

 

El ascensor, forrado de madera oscura, apenas está iluminado. Es tan estrecho que el ataúd a mi lado hace que tenga que apretarme contra las puertas dobles y que no quede espacio ni para girarme. El ataúd, construido en plástico gris, con las esquinas y los cantos redondeados, parece más una caja de herramientas que un contenedor apropiado para enterrar a alguien.

El cuerpo debe ser muy grande. Han cerrado la tapa a presión y por la pequeña ranura que aparece entre los cierres veo las yemas amarillas de unos dedos y la punta de una camisa a cuadros.

Pienso que al moverlo es posible que los cierres salten, y entonces el muerto se me vendrá encima como en una película de terror y tendré que pelearme torpemente enredado contra brazos que cuelgan y piernas que no se sostienen hasta volver a dejarlo dentro.

El ascensor se abre ante una cocina de luz anaranjada y densa, como si en el aire flotase el vapor de cien sopas cociéndose. A pesar de eso debe hacer frío, porque mi hermano, sentado en el centro, se encoge dentro de una chaqueta que le queda grande.

Le digo “mañana por la mañana tienes que ayudarme a cargarlo en el coche. Pesa como un muerto” (y en el sueño me río falsa y sonoramente de mi broma). Miramos los dos al ascensor abierto, al ataúd apoyado de pie que nos espera.

Entonces entra mi madre en la cocina: “vuestro padre acaba de llamarme”. (Pero no puede ser, porque mi padre está dentro del ataúd, infinitamente pesado, infinitamente muerto)

Mi hermano y yo nos miramos de reojo: “querrás decir que le has llamado pero no te responde.” (Ella sabe que mi padre ha muerto. Sabe que el móvil vibra en el bolsillo de una camisa a cuadros contra la piel fría.)

“No. Ha llamado, acabamos de hablar. Dice que os ha enviado un mensaje.”

Y sé que es verdad, sé que en la pantalla de mi teléfono móvil me esperan una docena de nuevos mensajes suyos, esos en los que se empeña en llamarme “hijo” y me da consejos inútiles, mensajes que nunca le respondo.

Lo crean o no en ese momento me despierta el teléfono de nuevo.

Me paso las semanas arrastrando sueño, con mis cinco horas de media por noche, y desde que hemos vuelto a saltarnos la norma pactada de no irnos de copas entre semana llego a casa de madrugada, ebrio y cansado, y al día siguiente cabeceo en el trabajo y repito torpe y obstinadamente las mismas cosas diez veces hasta conseguir que salgan bien.

Así que es normal que los viernes caiga como muerto a las cinco de la tarde y duerma siestas incomodas de sueños retorcidos y que luego ni una ducha ni unas copas me los quiten de encima y siga tarareándolos en la cabeza el resto de la semana.

Podrían ser hermanos de tanto como se parecen. Barbas descuidadas, pelo estudiadamente revuelto, tan altos como yo pero lánguidamente delgados. Llevan unos trajes ceñidos de corte retro, elegantes y cómodos. Sólo se diferencian porque uno viste de azul oscuro y el otro de marron claro.

Me alcanzan en un camino de arena, junto a un bosque de pinos. Me gritan algo que no entiendo, agresivos, enfadados. Consigo tumbarles sin demasiada violencia: un par de empujones, una zancadilla, un tirón de la solapa. El sol brilla sin mostrarse, dándole a toda la escena una luz azulada.

Sigo caminando hasta que vuelvo a oir sus voces detrás de mi.

Esta vez tengo un trozo de madera en la mano, con forma de cuchara, largo y romo. El del traje claro carga contra mi corriendo, sacando un hombro. Yo solo tengo que mantenerme firme, con el brazo en ángulo recto pegado al costado, y él mismo se clava contra la madera al chocar conmigo. Se retuerce en el suelo, las manos en el estómago. La punta no ha llegado a travesar su camisa o su piel, pero le duele.

(Al fondo su compañero se sienta en un lado del camino y se sacude el traje oscuro manchado de polvo, abandonando.)

Cuando vuelvo a caminar sé que va a volver a intentarlo. Esta vez la madera se ha convertido en un pelacables, unas tenazas de media luna afiladas que brillan como si fuesen nuevas. Y tras derribarle, echado sobre él (mi rodilla aplastando su muñeca contra el suelo) utilizo el pelacables para hacerle un corte largo y feo en el espacio carnoso entre el índice y el pulgar, buscando cercenárselo. Él grita sin voz convirtiendo su cara en una mascara de musculos tensos. Y mientras corto con crueldad soy consciente de que esta vez es imperdonable, que ahora no va a rendirse hasta que haya conseguido devolverme el daño, vengarse por su dedo perdido, que va a seguir persiguiéndome por el linde del bosque hasta que le pare para siempre.

Entonces suena mi teléfono y me despierto y te digo “me has interrumpido cuando estaba a punto de cortar un dedo”, y me respondes que es hora de darse una ducha y arreglarse y salir a tomar una copa porque es viernes noche.

Y me quedo sin saber hasta que punto habría sido capaz de llegar si no me hubieras despertado. Qué habria estado dispuesto a hacer en sueños para conseguir, por fin, que me dejasen en paz.

 

En el sueño ocurren otras cosas, pero esto es lo más importante:

Bajo unas escaleras en penumbra. Voy guiando a un grupo de gente. Al pie de los escalones una figura a contraluz nos corta el paso (como cuando de madrugada al entrar en mi portal a oscuras la luz que entra de la calle recorta mi silueta gigante contra la pared).

Agarro su mano y se la retuerzo, tirando del brazo hacia el suelo, obligándole a arrodillarse. Con la mano que tiene libre me golpea sin hacerme daño. Sostiene algo con filo pero sin punta que relampaguea en la oscuridad. La gente detrás de mi va saliendo al aire de la noche.

Cuando la figura está en el suelo me reuno con ellos. Preguntan si estoy bien. Levanto la camiseta y enseño unos arañazos sin sangre, cortes poco profundos.

Tuercen los labios, bajan a cabeza: “La navaja debía estar envenenada. Sólo te queda una hora de vida”

Yo despreocupado, alegre, exultante: “Entonces vámonos a celebrarlo”

(Cuando al día siguiente cuente esto a tres amigos de resaca en un coche, dirán “se nota que es un sueño: en realidad a nosotros nos habría dado igual y tu serías el triste y preocupado”).

Asi que en el sueño arrastro a toda la gente hacia un bar, pero nadie parece animado. Empieza a ponerme nervioso que estén tan callados, fúnebres, que me miren de reojo con compasión.

“Demonios, es mi última hora de vida y no voy a dejar que me la amargueis”. Y me voy del garito dejándoles allí.

Amanece. Camino por una acera, los brazos extendidos, haciendo funambulismo de bordillo. Delante de mi se tambalean ebrios y despreocupados los dos o tres que han decidido acompañarme hasta el final.

Miro un reloj, pienso que debo estar a punto de morirme y realmente me importa un carajo. Estoy tranquilo.

 

Atardece.

Conduzco por la autopista absolutamente vacía, en medio de la meseta. Las ventanillas bajadas (la luz entra, la música sale) y todas las señales en el coche que indican un viaje largo: botellas de agua vacías, bolsas, ropa, cintas, todo desordenado.

Ella, a mi lado (pelo corto moreno, camiseta de tirantes blancos, piel naranja por el sol), consulta un mapa desplegado sobre sus rodillas. Yo voy explicando algo, apenas atento a la carretera, cualquier dato absurdo de esos que me llenan la cabeza y que no interesan a nadie.

Entonces levanta la vista del mapa, me mira, sonríe toda dientes e indulgencia y me besa.

Me despierto.

Aturdido por la siesta, pero sobre todo sorprendido porque ella esté conmigo. Y me siento absolutamente feliz, eufórico, por tener a una chica tan increíble que sabe mirarme y besar así.

Entonces intento recordar su nombre y no lo consigo. Caigo en la cuenta de que no es real, no existe. La he soñado, con su familiaridad y su sonrisa y su camiseta de tirantes blanca.

Y la felicidad me anuda las tripas y se vuelve amargura. Convertido en ogro malhumorado me levanto de la cama sin deshacer y voy hacia la ducha dispuesto a matar al primero que me cruce esta noche de viernes por haber perdido a alguien que no existe.

 

En el sueño, el taxista que me ha sacado de aquel barrio decadente y ruinoso detiene el coche desesperado porque no sabe salir del laberinto de autopistas y puentes que se eleva en el cielo Madrid.

En el último giro el vehículo ha frenado de golpe en el límite de una carretera sin terminar que se abre ante el vacío (la ciudad, muy abajo, parece un hormiguero). Así que salimos del taxi y nos apoyamos en el capot, codo con codo, sin saber qué estamos esperando y mirando hacia la carretera interrumpida.

“Podría dejarle aquí, pero tendría que descolgarse desde esta vía hasta la que está debajo, y así hasta el suelo, y no creo que sobreviviese a la caída de doscientos metros”, me dice. Y no tengo más remedio que darle la razón, porque yo en los sueños no sé volar.

Entonces escucho unos golpes amortiguados que vienen del maletero y recuerdo a la chica que encerré allí. Hago cuentas: lleva día y medio atrapada por mi culpa. Tengo suerte de que no haya muerto por calor o asfixia.

El taxista me pregunta: “¿no oye nada?”

Y yo, como en una película mala, carraspeo un “no, será la radio”.
(la chica golpea más fuerte, trata de gritar, pero sé que está amordazada.)

El tipo me mira de nuevo y se dirige a la parte trasera del coche.

“No lo abra, por favor”

Pero ya es tarde. Ella, vestida con un traje de fiesta roto y sucio, maniatada, ha salido del maletero y corre por la autopista aérea, alejándose.

Murmuro mierda y me dispongo a correr detrás y entonces me despierto.

 

Voy a empezar a trabajar en unas cocinas. Unas cocinas en el fondo de unas escaleras de edificio antiguo, escalones de madera desgastados, escaleras grandes y oscuras con barandillas de hierro rematadas en bolas deslustradas. Las cocinas son más oscuras aun, estrechas, con luz de candiles. De metal, viejas, enormes, como en las casas gallegas.

Sé que va a ser duro, que acabaré agotado y que debería estar preparado. Alguien que no consigo ver y que me explica mis funciones también me lo advierte. En la cocina hay una extraña pareja trabajando, negros de piel o de suciedad. No me hablan ni me miran.

Entro a un pequeño baño para ponerme un delantal que más parece de soldador que de cocinero. De paso, escondo tras la cisterna algo que llevo encima, cierto documento con información que no conozco pero que me implica en algo turbio que no le gustaría a los dueños de la casa.

Cuando salgo, todo está absolutamente vacío y a oscuras. Ni luz de candil ni extraña pareja. Tanteo sobre fogones y superficies de metal intentando encontrar la salida. La cocina cada vez parece más estrecha y por un momento dudo si las cosas que me rozan son esquinas o manos. Oigo voces que me dicen que qué me he creído, que quién creo que soy. Voy quedándome arrinconado por las voces y las esquinas/manos, agachándome hasta acabar en el suelo.

Pasan días y sigo trabajando allí, pero nunca recuerdo qué hago exactamente.

No sé quienes son los dueños de la casa/mansión. Sé que a veces, en las escaleras de camino a la cocina, veo entradas a grandes salones oscuros donde se distinguen muebles cubiertos de telas. En la puerta siempre hay altos sirvientes de librea vigilando que me miran con desprecio por ser solo un cocinero. Intuyo que tras esos salones están los dueños de la casa, viviendo entre polvo y luces tenues. Les imagino hablando entre susurros.

Veo a una niña que intenta entrar en uno de esos salones. Fea, larga, harapienta. Tocándole un hombro le digo que se confunde, que tiene que bajar conmigo a las cocinas. Entonces resuena en las escaleras una voz chillona y aparece la dueña de la casa caminando enfurecida hacia nosotros. Minúscula y pálida, parece sacada de una litografía de cuento infantil. Cuando grita unas pequeñas alas alargadas se agitan en su espalda, zumbando muy rápido, como las de un mosquito golpeándose contra una bombilla.

No sé que dice, no sé qué amenazas escupe, pero su boca de líneas finas se retuerce con crueldad. Me apresuro escaleras abajo, sé que no debo plantarle cara.

Me despierto.