Archives for category: Uncategorized

Resbalo a oscuras en el primer escalón y protagonizo un espectáculo involuntario de malabarismo cargando con dos botellines y tres litronas vacías. No se ve un carajo y voy en calcetines a rayas y quizá, solo quizá, estoy un poco mareado por el par de canutos y las diez mil cervezas y el ibuprofeno.

Mientras, arriba y a la luz, en la terraza, los demás hacen rimas adolescentes y ríen grotescamente en el descanso de un partido de fútbol.

Resbalo a oscuras en el primer escalón y la gravedad hace que caiga hacia adelante, y que por magia o milagro salte los doce escalones de tres en tres en una sincronía perfecta calcetín-peldaño hasta acabar de pie en el suelo con invisibles jueces eslavos enarbolando cada uno un invisible cartel de diez.

Pasa un latido arrítmico de corazón. Baja la adrenalina. Resoplo aliviado, muy erguido sobre la tarima. Y entonces pienso que si me hubiera ido de bruces las botellas habrían estallado, como un bebe mina, abrazadas contra mi pecho. Y yo hubiera acabado ensartado en sus cristales, una mejilla contra la madera, las bolas de polvo rodando contra mi cara.

Y todo estaría tan bien.

La escena sería cómica. Estos desgraciados riendo a carcajadas al escuchar el golpe y los cristales rotos, bajando después para encontrarme, insalvable, sobre el suelo. Y todavía reirían por unos segundos antes de que tanta sangre les asustase. Imaginadles, ebrios en casa ajena, con el viejo conocido al que solo ven dos veces al año muerto a sus pies

(Menos mal que el Modi ahora es madero, detective en un grupo especializado en asaltos violentos, y sabría a quién llamar.)

Sería una forma de que me recordasen. De que tuvieran algo que contar a sus nietos: “Aquella vez que un viejo colega de la facultad se destripó contra el suelo”.

Luego pienso en mi vida. Qué tranquilizador. No tener que planear vacaciones de verano. No preocuparme de si tendré trabajo en invierno. De, algún día, tener que irme de esta casa. De que mañana debería currar con Amaya y estoy bloqueado. De cumplir el propósito de comprar una bicicleta.

Luego pienso en ella, y eso también sería perfecto. Muerto ahora, trágicamente, para que pasase años de luto creyendo haber perdido al hombre de su vida (ahora que todavía no lo soy). Y hay una mezcla de tristeza y alivio porque todo acabase así, tan cerrado y perfecto, y no en dolor y traición y desamor y volver a ser desconocidos.

Morir joven, en mi mejor momento (diría alguien), por un motivo ridículo como la conjunción calcetines-litrona. Sin trascendencia, sin sentido, sin esperarlo.

Pero aquí estoy, y nadie me ha visto, y no me he matado. Dejo las botellas en la encimera. Saco otra cerveza de la nevera y vuelvo arriba. Quizá la próxima vez.

 

Podría llevar el coche directamente hacia un precipicio, caer por él, convertirnos en una bola de fuego, carne y metal retorcidos y ni siquiera enterarme. Tengo la mirada fija al frente pero no soy capaz de ver lo que hay delante.

Todos mis sentidos se han reducido (los ojos sobre el firme de la A5, los oídos que se quejan por el sonido feo de la radio, la lengua con el sabor del último cigarro: nada llega hasta el cerebro) al tacto. Y en concreto solo a las terminaciones nerviosas de la punta de mis dedos índice y corazón, que se apoyan en su muslo desnudo en lugar de descansar en la palanca de cambios.

Qué importan la distancia de seguridad, la señal de aviso de radar, el piloto del aceite encendido, ese irritante chirrido en la rueda delantera izquierda. Todo lo que cuenta es la cadencia de la caricia por su pierna, arriba y abajo. Ejercer la presión exacta. Conseguir la mínima fricción en el roce.

Estar atento solo a la suavidad de su piel, a los músculos que se dibujan por debajo, a la temperatura que sube un grado por centímetro mientras me alejo de su rodilla, hacia la ingle, por debajo del vestido. Estar TAN atento que casi puedo olerla con las yemas de los dedos, ver con las huellas dactilares los restos del moreno de este verano.

Y cuando llego a esos milímetros donde acaba la piel y empieza el elástico con encaje de la ropa interior no puedo imaginar otro sitio en el mundo en el que estaría mejor que ahí, ahora. En esa suavidad extrema. En el calor que desprende. En cierta humedad que se intuye en un nudillo que roza sin querer sobre las bragas.

Entonces solo queda sacudir la cabeza para salir del trance, suplicarle al animal que se calme, ordenar a la sangre que abandone los cuerpos cavernosos, respirar profundo y despacio, agarrarme a mi (proverbialmente escaso) autocontrol para evitar apartar el elástico a un lado y acariciarla por completo y acabar empotrados contra el camión (“veiculo longo” consigo leer, los sentidos ya recobrados) que va delante.

 

Como en esas comedias en las que al protagonista le dicen que su corazón no aguantará un susto más y luego todo son ciento veinte minutos de situaciones absurdas, tensas e inesperadas. Como ese último cañonazo a la barriga de un Homer que por fin ha encontrado su lugar.
(- Soy Billy Corgan, de los Smashing Pumpkins,
– Homer Simpson, Machacapunkis.)

Una mujer con bata blanca y ojeras y muchos años de carrera me dice, tras mirar unos folios llenos de números, que no debo estresarme. Que haga una vida absolutamente normal, pero que evite las tensiones.
(Y las saunas. Y los desiertos. Y un año después lo recordaré, a cincuenta grados, rigurosamente de negro, mientras trepo una duna en Mojave.)

Gruño un “cojonudo” y le explico, bailando las manos nerviosamente, que soy el tío más tranquilo al este del Manzanares. Más frío que el puto hielo, nena. Más cool que Vanilla Ice.
(No creo que pillara la referencia.)

Porque fumo nervioso. Y bebo nervioso. Y camino nervioso. Pero por dentro suena siempre el recopilatorio de “La Mejor Música Clásica Chill Out” y hay cuadros tejidos a ganchillo de ciervos bebiendo en arroyos de Orfidal.

Así que hoy son las ocho y media de la mañana y estoy terriblemente guapo aunque lleve despierto veinte minutos. Y mi jefe me grita (veo la cicatriz rosa de su operación de tiroides asomando por el cuello de su camisa, también rosa) a treinta centímetros de mi cara, todo aliento a café, pero no sé preocuparme por la gravedad de la situación.

Le miro con pena porque lo esté pasando mal. Le miro con condescendencia porque me utilice para descargar la angustia de que su empresa se vaya a la mierda. Le miro con compasión pensando que lleva razón, que soy un hijo de puta y me lo merezco.

Firmo la carta de amonestación que extiende ante mí como quien firma al pagar una cena sin mirar la cuenta y salgo de la sala de reuniones con mi futuro pendiendo de un hilo.

Pero asquerosamente tranquilo por prescripción médica.

 

 

Fuimos a un concierto en El Matadero. Ella tenía un nudo en el estómago que yo no le podía quitar. Después tomamos unas cervezas en una terraza, y todos estuvimos de acuerdo en que parecía viernes aunque fuera miércoles. Yo seguía pensando en ese nudo contra el que no podía hacer nada.

Dormimos en su casa. Nos despertamos a oscuras, porque ella baja del todo las persianas, y las campanas nos chivaron que era la una del mediodía. Sin salir de la cama le conté que había soñado con un hotel en Dublín y con pájaros redondos como extraños kiwis sobre grandes mesas de madera. Ella dijo que había leído sobre un estudio que demuestra que el mejor día de la semana para el sexo son los jueves, y decidimos comprobarlo.

Después cambiamos los papeles: fue ella la que preparó un desayuno para campeones mientras yo me duchaba. Lo comimos en su balcón, dándole envidia a los trabajadores del estudio de arquitectura de enfrente. Tomamos cada uno dos cafés, aunque ya eran las tres, y nos fuimos.

A media tarde me escribió: he visto lo que has escrito en el espejo.
(de su baño, sobre el vapor, escondido hasta la próxima la ducha).

Eso no desharía el nudo, pero quizá lo olvidase por un rato.

(¿Que no les mola el rollo, amables lectores? Pues dos tazas.)

 

 

Me despierto en el sofá, jodido de frío y con la espalda convertida en una partida de Tetris donde la pieza recta no llegó a tiempo. Son las cuatro de la mañana y debí quedarme dormido mientras trabajaba, porque el salvapantallas tentaculea psicotrópico para mí desde el Macbook, sobre la mesa baja.

Guardo los documentos, recojo el portátil, me lavo los dientes y para cuando subo a la habitación el sueño ha desaparecido. Pero estoy tan infinitamente cansado como si hubiera vivido mil vidas, así que alcanzo el mando sobre la mesilla con la esperanza de que en ese canal de dibujos sigan reponiendo Cow & Chicken a lo largo de la madrugada.

La televisión no se enciende. Ya era hora de que ese trasto se muriese, como todo lo que hay en esta casa y que acaba por pudrirse, romperse, estallar o batirse en retirada.

Entonces recuerdo el amanecer pasado, a veinte horas de distancia. Despertar porque ella busca entre las sabanas esa camiseta de tirantes de tacto casi tan delicado como su cuerpo. Y sentir que se levanta y no saber si es para cerrar la ventana o bajar al baño o a beber agua.

Y también que, en la oscuridad, antes de rendirnos al sueño tras el sexo, me preguntó si el piloto rojo de la televisión se quedaba siempre encendido. Dije que sí, pero ahora no lo está.

Podría levantarme a comprobar si es eso lo que falla. Si fue ella la que lo apagó en su pequeña fuga. Y prefiero esa explicación. Pensar que, en cierta manera, ha dejado un rastro en mi casa que no son solo largos pelos rubios brillando en la tarima por la mañana. Que ha modificado impunemente mis rutinas de tío-que-vive-solo-al-borde-del-trastorno-obsesivo-compulsivo, tan acostumbrado a su espacio invariable, a que nadie toque nada.

Y sin darme cuenta me duermo, supongo que con una estúpida sonrisa en la cara.

 

No hay un pensamiento concreto mientras echo la silla hacia atrás y me levanto. Solo una sensación de pereza y de hastío aplastantes, de no querer hacer lo que voy a hacer porque será inútil.

El primer pensamiento, cuando doy la primera zancada que va a convertirse en carrera, es: “Gilipollas. ¿Has comprobado que no está en los bolsillos de la americana?”. Pero si es así sentiré los ciento cincuenta gramos de peso chocando contra mí mientras corro y podré pararme y jadear y mirar al suelo avergonzado.

El segundo pensamiento, intentando no perder de vista el brillo de plástico de la chupa negra que se aleja entre la gente cien metros más allá, es un repaso los que se han acercado a la mesa: “Un vendedor de cosméticos. Un acordeonista. El tío de las flores que desde hace años usa la broma de ¿y para él? en los bares de Huertas. Una adolescente gitana. Estos dos del final.”

El tercero es que SÍ, soy gilipollas, porque cuando han llegado a la mesa, uno preguntando algo por la derecha y el otro extendiendo un plano por la izquierda, les he despachado con la sonrisa de suficiencia de “mi cartera está en mi culo agarrada por una cadena, el bolso de ella está entre sus piernas y sólo podríais robarnos el tabaco.”

En el cuarto pensamiento se solapan dos voces. Una es la voz fría del fondo de mi cabeza, el hijoputa, que dice que todos los turistas de la terraza del Ginger están mirando cómo corro ridículo entre sus mesas. La otra, con repelente tono educativo, reflexiona sobre como el cerebro va a toda hostia y el tiempo se ralentiza en momentos así.

Las dos se callan cuando alcanzo al tío a punto de salir de la plaza por Espoz y Mina. Le agarro todo lo fuerte que puedo cerca del cuello, apretando el trapecio con una mano, y le grito “¿dónde está tu colega?”.

Quinto pensamiento: “¿Y ahora qué vas a hacer, desgraciado? ¿Vas a atreverte a zumbarle? ¿Vas a rebuscar en sus bolsillos? ¿Cómo crees que puede acabar esto?”

Sexto: siempre hay maderos en la esquina con Benavente, donde las putas viejas. Si grito alto y consigo mantenerle agarrado alguno se acercará. Y no servirá de nada porque el Iphone me lo picó el otro, el del plano, y no sé hacia dónde ha ido.

Pero quienes llegan son otros dos marroquies a los que no había visto. El más grande dice “Tranquilo. Toma.” Y me pone el teléfono, que está vibrando en silencio, en la mano.

Le miro incrédulo. Suelto al otro. Me doy la vuelta. Levanto el brazo con el móvil y lo agito hacia la mesa donde está ella, que entonces deja de llamar.

La edad me ha traído esto (y nada más):

Tres canas, inquietantemente simétricas. Una a cada lado de la sien y otra en la barbilla, justo en el centro del mentón, haciendo de vértice en una trigonometría perfecta.

La forma de hablar de quien está (aun más, falsamente) de vuelta. Un tono que me haría, de escucharlo en otro, odiarle con toda mi alma.

Dos marcas de expresión a cada lado de la boca. Desde la comisura del labio hasta la aleta de la nariz, claramente visibles hasta con el gesto relajado.

No sé con qué os vestís vosotros. Yo me cubro con un cigarro, con la ebriedad de tres copas, con un libro en la mano. Y con la sonrisa de quien sabe un secreto que le sobrepasa.
(También patentada).

La sonrisa de que sé de que va todo este tinglado. De que nada  puede sorprenderme y nada se me escapa. Que conozco el final de cada chiste y que hasta el más mínimo daño no me cogerá desarmado.

La sonrisa del que he entendido algo que al resto se os escapa. Aunque no sea cierto.

Y funciona. Pero pago la deuda por usar esta sonrisa en la forma de esas dos arrugas, cada vez mas evidentes y traicioneras, en la cara.

 

 

Ahora que los viernes mis amigos están cansados o casados y tienen másteres y trabajo acumulado e hipotecas que no les permiten salir. Ahora que ha dejado de importar quedarse en casa una noche así, aunque hasta la ventana lleguen las voces del bar de lesbianas de abajo.

Anochece y me afeito meticulosamente y me ducho lavándome las pelotas como si fueran a besármelas, y me pongo hecho un brazo de mar, perfumado y con ropa recién planchada, incluso más guapo que si quisiera conquistar a alguien.

Y cuando estoy impecable ante el espejo pongo una selección de música PERFECTA, porque es elegante pero no decadente y es melancólica pero no triste, y me sirvo la primera copa (siempre me digo que para abrir el apetito) y enciendo un cigarro y empiezo chasqueando los dedos en el primer tema hasta acabar aventurando un par de pasos de baile como si interpretara en solitario la escena de A Bande Apart. Y en el reflejo que me devuelve la ventana lo hago increíblemente bien.

La copa dura poco porque tengo una sed que no se acaba. Abro una Sapporo y ceno de pie el sushi que he traído, y cada bocado sabe a puñetera gloria en mi cabeza aunque mis quemadas papilas gustativas no sean capaces de apreciarlo.

(Me siento grabado por mil cámaras, vigilado por mil ojos que no pierden detalle de mi estilo y mi elegancia, y sé que cualquier mujer que me viera se enamoraría de mí y cualquier hombre me envidiaría hasta querer matarme.)

Y llegan la segunda y la tercera copas y la cuarta y la quinta mientras avanza el tracklist. Y cantan Stuart y Tom y Joe y Bill, todos con sus voces graves y cada línea escrita solo para mí. Y digo en voz alta  “qué carajo” y empiezo a servirme el whisky a palo seco esperando a que la música acabe. Y no necesito a nadie.

Después, en algún momento, tiene más sentido tirarse en el sofá mientras acabo una copa que marcará el cristal de la mesa con su huella circular por días, y a veces pasa que me duermo allí (y entonces todo será subir a la habitación a la cinco de la mañana, desorientado y muerto de frío ) y otras veces os maldigo a todos y me voy a la cama, donde pongo una televisión que no veré y seguirá encendida por la mañana.

El sábado despertaré temprano. No tendré resaca. Tomaré café frío. Bajaré al gimnasio a las diez en punto y el monitor -que es mc en un grupo de rap guarro- me dirá que qué madrugador soy y a mí me dará igual la sonrisa malévola con que acompaña el comentario.

La primera vez que suena la canción estamos apoyados junto al fregadero, donde se acumulan los cacharros de un desayuno tardío de domingo. Pan de centeno con aguacate y salmón ahumado, huevos revueltos con queso y cebolla, fresas y kiwi y zumo y café que hemos DEVORADO en la terraza mientras cinco calles más allá, bajo el mismo sol de febrero, medio millón de personas se manifiestan sin echarnos en falta.

Yo tarareo con la boca cerrada, zumbando la melodía en el esternón. Ella debe sentirla más que escucharla, la cabeza apoyada contra mi pecho. Cuando la canción acaba dice que puede permitirse despegarse de mí unos minutos y dejar que me duche.

La segunda vez que suena la canción me doy cuenta de han pasado cuarenta minutos y que el disco se ha quedado en loop en la planta de abajo. Estamos tirados sobre la cama, en una digestión lenta y satisfecha donde la somnolencia todavía le gana la batalla a la voluptuosidad en la mirada.

Ella dice “esta canción me pone triste”. Podría preguntarle por qué, pero debe existir el acuerdo tácito de no saber de tristezas y pasados.

Y el disco seguirá sonando hasta que los Go-Betweens se queden roncos. Todo el tracklist se repetirá ad infinitum porque ninguno de los dos va a bajar para pararlo. Y antes o después llegará la canción, por tercera vez, y es posible que para entonces estemos desnudos y enredados.

Me da miedo que la tristeza le vuelva por sorpresa en ese momento.
(en que quizá esté sobre mí, mirándose a escondidas en el espejo junto a la cama).

Debería levantarme y evitarlo.

La chica me mira desde el fondo del bar. Reacciono como cada vez que sé que he llamado la atención de alguien, girando la cabeza y rehuyendo los ojos. Cuando pasa a mi lado siento que titubea. Se para, se inclina hacia mí y pregunta: “¿tú no eres el que tocó la semana pasada?”

Yo explico, sin restablecer el contacto visual, que es difícil dejarse crecer esta barba de naufrago en siete días y que me confunde con mi hermano.

“Sois muy parecidos. Tengo buen ojo”. Sabe perfectamente que yo no era él. Tontea. Pero, como siempre, soy fríamente cortes, elegantemente tímido, nerviosamente correcto, encantador. Y se marcha.

Porque estos días tengo dos dopplegänger.

Uno es mi hermano. Tras dos décadas y media de ser opuestos nos hemos vuelto casi idénticos, tan parecidos que todos los que nos ven juntos se sorprenden. Yo, para aumentar la similitud, visto con ropa que le he robado y hasta he encogido un par de centímetros.

El otro es intangible. Es el que llama por teléfono cuando ella está conmigo. En la pantalla del Iphone, involuntariamente, siempre leo “Pablo”. Nunca lo coge.

(No sé cómo figuro yo en su agenda. Quizá como “El Otro Pablo”. Poco importa.)

Apenas conozco un par de datos de mi gemelo telefónico. Pero sé que me imita burlonamente, llamando tantas veces como yo no me atrevo a hacerlo, solo cuando estoy con ella. Demostrando que existe. Haciéndome pensar que a lo mejor no es mi reflejo y que soy yo la imitación, el falso doble que ocupa un lugar que no le corresponde.

La acompañé hasta su casa muerto de frío, los dientes castañeando de una manera que nunca sé si es real o impostada. En mi recuerdo falso tengo que ayudarla a subir las escaleras aunque los dos vamos igual de borrachos.

La casa era muy pequeña, muy estrecha, muy oscura. Estaba todo desordenado y sucio. Había libros apilados por todas partes, mil más que en la mía.
(Pero cuando vivimos juntos ella no había leído ni un tercio de los libros que trajo. )

Dije que fumaba un cigarro y me iba. El frío todavía en los huesos hizo que por un momento quisiera que me ofreciera dormir en su sofá. Era el único motivo por el que me hubiera quedado.

Quiso regalarme un viejo juguete de madera alemán que había comprado en internet. “Por tu cumpleaños”, dijo. Y supe que se quedaría cogiendo polvo en algún rincón invisible para acabar en la basura en la próxima limpieza de temporada, y no lo acepté.

Acabé el cigarro. Quise irme y no pude. Me clavaba al suelo la angustia de dejarla allí, sola, rota, jodida, en esa casa triste y fría y sin luz, en una cama deshecha con sábanas sin cambiar en semanas.

Pero me obligué a recordar que ella nunca sintió compasión. Solo asco y rechazo y ganas de no ver ni saber y quitarse de en medio cuanto antes.

Y volví a mi casa. Se me hizo extraño descubrir que no había más de diez minutos andando de la una a la otra después de tanta distancia.

Al entrar vi las grandes ventanas al fondo. Todo tan despejado, tan tranquilizador, tan mío. Y me permití ser revanchista y pensar un exhultante “Púdrete en tu agujero, sin NADA a lo que agarrarte”. Fue solo por un momento. Después apareció la pena.

No tanto por ella, que nunca la mereció, como por mi viejo yo, ese que la quiso.

 

Desde la tercera planta de la Joy Eslava la calva de Bonnie Prince Billy parece falsa, casi de látex, con su enorme cabeza de cráneo imposible. Cuando entramos está cantado:

¿Qué hiciste cuando viste que me había ido?
¿Te quedaste paralizada y lloraste?

Ella le responde:

¿Eso es lo que quieres imaginar, cariño?
¿A mí hundida, ahogada por las lágrimas?
Es verdad que lloré
Pero después salí fuera
y miré al cielo, muy quieta en la noche,
y supe que algún día iba a morir
y que entonces todo estaría bien.

Me irrita la gente hablando en la barra. Me molesta la mujer a la izquierda que con su perfume demasiado fuerte no me deja oler el de ella, a mi lado. Pero Oldham sigue diciendo cosas puñeteramente bonitas:

Sabes que amo todo lo que me rodea
y que siento la necesidad de vivir, y de no desaprovecharlo.
Pero a veces notarás que lo contrario me invade,
que esa detestable oposición nubla mi mente
y todo lo que puedo ver es oscuridad.

Todo eso no hace que olvide que abajo, en la pista, anda el chico con el que ella vivió tantos años. Que vamos a encontrarle al salir.

(El bueno de Bonnie sigue:

Oh, fóllame, fóllame,
fóllame bien.
Hazlo, hazlo,
arrodíllame, compláceme.
Chico, demuestra cuánto me deseas
y hazlo tan bien que todos lo puedan ver.)

Sé que todos los ex son siempre mejores que yo. Más guapos. Más listos. Más interesantes. Que la tienen más gorda y conseguían que gritasen como yo nunca podré hacerlo.

Bonnie Prince Billy se despide sin un bis. Se encienden las luces de sala. Descubro entre la multitud, mirándome con insistencia y ridículo desafío, a una chica que debe odiarme. Y da absolutamente igual.

Porque sé que fuera nos espera él, y son sus ojos los que me dan miedo.
(¿Y si leo en su mirada que piensa que soy yo quién la tiene mas gorda y consigo que ella grite como él nunca pudo hacerlo?)

También el pánico de que ella nos verá, lado a lado, y comparará y recordará y entonces todo lo que soy o lo que pueda hacer no servirá de nada.

 

Me despierto como si hubiera sonado un disparo: tenso, alerta y desorientado. Nos hemos dormido y vamos a perder el autobús, el tren, el avión, el desayuno, la hora del check out.

Quiero avisarla pero no está. Solo encuentro el otro lado de la cama extraña completamente helado. No sé dónde puede haber ido. Cuarenta elefantes con la palabra peligro escrita en el lomo dejan caer su culo, a la vez, sobre mi pecho.

Me incorporo sobre los codos y afilo la vista, intentando distinguir algo. Todo está demasiado oscuro. No localizo el bulto de su maleta, abierta y en el suelo, siempre cerca de la cama.

Aprieto los dientes intentando concentrarme, ignorar la angustia, apartar la telaraña. No reconozco la habitación del hotel. No consigo recordar, ni siquiera, en qué ciudad estoy. Cuál es la urgencia que me ahoga.

Segundos que se hacen siglos, solo en medio algún punto entre la incertidumbre y la nada.

Pero el sueño resbala por fin de mis ojos y mi cabeza. Y las sombras alrededor empiezan a adoptar formas familiares. Estoy en mi cama, en mi casa. Llevo en Madrid más de una semana.

Mi yo onírico nunca coge el vuelo de vuelta y se queda en el otro país, atrapado. Y paso días soñando que sigo fuera. Tardé más de treinta noches en escapar de Beijin hace un par de años.

Y vuelvo a dormirme, envidiando al yo que sigue en otro lado.

El pasado vino a sentarse a mi lado.

No hay ficción en esto. No hay (apenas) exageración. Era tan coincidente y real que, por un breve momento en que mi cabeza fue tomada por los ejércitos de la paranoia, pensé que era una pantomima orquestada por un archienemigo y que la pareja que acababa de ocupar la mesa a mi derecha eran solo actores caracterizados. Busqué cámaras ocultas.

Ella el mismo corte pelo. Misma altura, mismo peso, igual repartido. Unos vaqueros conocidos, una camiseta blanca de cuello dado de sí y una cámara completando la similitud. Él misma barba, mismo sobrepeso, misma falta de percha. Igual postura tímido-encorvada al guardar un libro en el satchel.

Pero eran sobre todo los movimientos del sistema que formaban, su forma de caminar hasta la mesa, la proxémica al sentarse en las sillas, lo que lo hacía incómodamente familiar.

Había pequeñas diferencias que lo hacían verosímil: yo nunca hubiera llevado una camiseta con una referencia pop. Ella tenía acento del sur. Consultaban una guía de Madrid que los convertía en turistas provincianos.

Y también pequeños reflejos invertidos por esa manía caleidoscópica de la realidad. Ella quien fumaba de liar mientras él abría un paquete de rubio. Ella un par de años mayor. Al servirles la copa el whisky era para ella y para él el ron.

Mi yo de hoy, bebiendo ginebra, vigilaba al del pasado como si hubiera visto a un fantasma. A pesar de que se dio cuenta de las miradas furtivas no pareció sospechar que era su yo del futuro observándole con dureza.

Y esto no va a ser como ese cuento de Borges en que se encuentra consigo mismo, treinta años antes, en un parque en Ginebra, y no se cae bien.

Pensé en advertirle. Levantarme, acercarme y decirle: “Vas jodido, tío”.

Nada de consejos útiles. Nada de “no mandes a producción esa memoria de urgencia, porque palmarás toda la pasta” o “no cojas el coche de tu hermano volviendo de Cantabria, porque vas a estrellarlo” o “compra tabaco el día que decidas ir a urgencias por ese extraño hormigueo”.

Solo un “vas jodido, pero no a peor. Solo a distinto.”
(A ella no le hubiera dicho nada. Para qué.)

Valoré pedir otra copa, seguir espiando. Pero me recité mentalmente las diferencias y me fui a casa.

Lo sabes. Estás siendo un suicida. Jugando con fuego. Bebiendo dos copas más de las que te sientan bien. Pasando a cientochenta ante la señal de radar.

Lo sabes desde el primer momento, desde ese correo con la foto de Carmel en que escribió “por lo que podría haber sido y no fue” y al que respondiste “tu mail duele como una puñalada”.

Lo sabes y lo sientes en cada llamada, en cada mensaje que envías, cada noche que se queda dormir, cada mañana que la despides. Todas son la última. Aplazamientos temporales de una ejecución.

Van a darte por culo, y te lo mereces. Porque tú solo te has metido en el atolladero. Le has dado todas las ventajas y llegas a cada encuentro desarmado. Tú, siempre tan orgulloso de jugar solo a lo que ganas.

Pero no puedes culparla. Estás advertido. Entiendes las circunstancias. Sabes lo que hay y a lo que puedes aspirar. Y no te quedará ni el consuelo indignado del que se siente estafado, del “qué zorra”.

No tienes qué ofrecerle. De ti solo saca que hueles bien y eres grande y alto y cuando la abrazas la abarcas completamente.

Hasta entonces, hasta el palo, te dejarás llevar. Vas a entregarte entero, acudir a cada cita con las manos vacías, dispuesto. Con la cabeza prematuramente cortada, Holofernes.

¿El consuelo? Un que-me-quiten-lo-bailado. El recuerdo del orgullo cuando la ves llegar por la acera y sabes que camina hacia ti. Cierta satisfacción por ser capaz, todavía, de arriesgarte. Y piensa la de textos amargos que podrás escribir después.

Pero hubiera estado bien poder contar algo como:
“Conocí a vuestra madre, a una de la madrugada, en un motel de Los Ángeles. Ella abrió la puerta de la habitación recién levantada, tibia, sonriente, y en ese mismo momento supe que me iba a gustar.”

 

Me enseña un libro que compró en Portland el verano pasado. Listography, de Chronicle Books. En cada página, rayada como un cuaderno, hay un título de lista para que el lector la complete. Nombres de las mascotas que has tenido. Actores favoritos. Cosas que quieres hacer antes de morir. Así hasta cien.

Dice que se ha dado un plazo para completarlo. Que quiere que sea un registro de su vida en este periodo. Y después pasa las páginas para mí, abriéndolo apenas, dejándolas resbalar contra el pulgar. Algunas destacan en el rápido aleteo por la tinta azul casi fluorescente que ha utilizado para rellenarlas.

Pregunto cuáles. No quiero saber el contenido, solo las que ha empezado.

Mis fantasías sexuales. Lugares raros donde he follado. Gente a la que hubiera querido tirarme (y aclara que algunos son solo apodos: “ese tío que me cruzaba cada mañana en el metro camino de la facultad”). Personas a las que más quiero.

“El libro es peligroso. No puedes tenerlo ahí, al alcance de cualquiera. Es más íntimo que un diario.”

Y después: “Pero podrías dejárselo a tus hijos en herencia. Que descubran cosas que nunca sospecharon de ti. O a la persona con la que compartas tu vida.”

Ella rápida, casi como una defensa: “A él no le hará falta porque ya lo sabrá todo.”

La culpa no es de quien esconde algo. Es de quien busca y lo encuentra. Para qué descubrir cosas que quizá no puedas soportar. No abras los cajones del baño en casa de tus amigos. No mires el móvil de tu pareja. No leas los efectos secundarios del tratamiento que sigues.

A pesar de eso, mientras pasaba las hojas, he leído involuntariamente: “Nombra tus mayores miedos.
1. Los toros.
2. La soledad.”

(Y recuerdo: los cinco en el coche, hablando del vértigo que no deja dormir algunas noches cuando se piensa en la idea de morir. Y yo diciendo que no me asustan la soledad o la muerte. Y ella preguntando que cómo era posible.)

Dos: La soledad. Pienso en cómo de grande será ese miedo, cómo de fuerte esa angustia. Si eso explica que yo este aquí ahora, en su casa, esta noche. Y si es consciente.

Por la mañana el libro sigue sobre la mesa. Ella se lava los dientes. Yo recojo mis cosas-de-dormir-fuera. Podría abrirlo un breve momento. Leer.

Elijo no hacerlo.

Otra de lo mismo. Ya saben: mañana, ducha, mujer, luz, blablá. Qué coñazo.

He descubierto que tengo la sonrisa de un chimpancé. Esa sonrisa amplia de MIEDO de los monos pequeños cuando están frente a una amenaza, algo más grande que les sobrepasa.

Tensa. Una sonrisa de poner el culo si me lo pidieran. Un gesto de cordialidad todo dientes que dice “no malgastes energías prestándome atención”. Tan diferente de mis otras muecas patentadas, como la “Media Sonrisa Amarga de Dos Copas de Más” o la estupefaciente “Sonrisa Afilada con Dientes como Cuchillas”.

Así que aquí estoy, por la mañana, recién duchado, vestido, impecable. En la encimera hay dos tazas, dos sobres de azúcar para ella, la cafetera italiana, un brick de zumo en teoría recién exprimido, la sandía cortada en gajos y emplatada con estilo. Radio 3 de fondo. La casa oliendo a esa mezcla perfecta de café recién hecho, Lactovit tibio que sale del baño y CK One que emano yo.

De pie, una mano en el bolsillo, la otra en el cigarro, apoyado contra la cocina, mirando la luz que entra por la ventana, espero a que baje las escaleras hacia la ducha.

Lleva unas bragas brasileñas de cadera baja que hacen su culo aun más espectacular. Da un encantador-pequeño-salto al ver el desayuno y dos pasos de semipuntillas herencia clara de unas clases de ballet en la infancia. Se gira hacia mí.

Y yo
(Yo que debería resultar gigante, inaccesible. Que sintiera que me debe la noche, la perfección de mi puesta en escena. Una figura insultantemente segura de la que enamorarse)
sonrío como un chimpancé.

Como a mi jefe el borracho. Como al monitor del gimnasio. Como a los camareros de los bares que más frecuento. Sonrío como diciendo “soy inofensivo” y “no me hagas daño”.

Y se va a la ducha y yo bajo la cabeza y mudo la Sonrisa de Chimpancé en la del Perdedor con Encanto. También patentada.

Nos tiró un cigarro encendido al grito de “¡Lárgate con esa a la que te vas a follar!” cuando salíamos. Una centella giratoria de fuerza y trayectoria perfectas que cruzó la oscuridad del bar de Toni de una punta a la otra pero no dio en el blanco.

Nadie la había invitado a la mesa. Se sentó con nosotros después de que el tío que la acompañaba desapareciese y todos supimos, al momento, que iba borracha, que estaba loca y que era peligrosa, alternando sin motivo ataques rabiosos y tristes intentos de seducirnos.

Una semana más tarde me la crucé en la plaza del Reina Sofía. Mi pésima memoria para las caras hizo que solo la reconociera cuando escupió a mis pies al pasar a su lado.

Después se convirtió en una presencia constante en el barrio, como un fantasma cotidiano que lo hubiera encantado y del que no se podía escapar. Mirándome con desprecio tras el cristal del bar de pinchos dos calles más arriba. Con los cascos puestos, en la terraza del Jazz, la boca fruncida en un gesto tan duro que sus labios apenas eran una cicatriz rosa. En el Gato Verde, comprando tabaco y levantando la voz mucho más de lo necesario para pedir que activasen la máquina.

Y me acostumbré. Cada vez que salía de casa y notaba un odio tangible clavándose en mi cuerpo levantaba la vista y allí estaba, pálida, pequeña, loca, por suerte ya no más armada con un cigarro casi acabado.

Hoy es falso domingo y salgo temprano y leo en una terraza y paseo por el mercado y compro en la frutería. Recorro cada calle en un kilómetro a la redonda y marco cada esquina. Todo está como siempre, pero algo falla. Entonces la recuerdo y pienso que hace meses que no me la tropiezo y la echo de menos. Ni siquiera llegué a saber cómo se llamaba.

Se habrá mudado o habrá muerto o habrá elegido a otros a quien atormentar, apareciéndoseles en todas partes.
(También me faltan el mendigo marica que robaba contenedores y el camarero rumano que nos maltrataba a Darío y a mí en A Cañada.)

Incluso yo debo ser una constante de estas calles, tras tres años de habitarlas. Formo parte de la decoración en la vida de otros, un personaje de aspecto extraño y fantasmagórico presente allá donde miren, comprando en cada chino, acodado en todas las barras. Y quizá me echen de menos el día que desaparezca.

Envuelta en la toalla, recién salida de la ducha, se sienta en la butaca junto a los ventanales. Al otro lado espera un domingo demasiado brillante para tan pocas horas de sueño. Una pierna sobre la rodilla de la otra, el pelo mojado recogido de una manera que ya he memorizado, mira con atención la planta de su pie. Yo no puedo evitar pensar en las mujeres de Hopper, solas y en sí mismas en habitaciones llenas de luz, y tampoco la necesidad de cargar con ella escaleras arriba, tirar la toalla y no dejar centímetro de piel sin explorar.

Me reclino a su lado, rodilla en tierra, como si fuera a pedirle matrimonio. En lugar de anillo, unas pequeñas pinzas plateadas.

Señala una línea oscura en la piel, de unos dos milímetros, justo bajo el meñique. Dice que sintió el dolor antes de entrar en la ducha, que lo aguantó, que luego vio una pequeña gota de sangre en su huella húmeda al salir.

Sapporo (Tenía que ocurrir. La semana pasada, después de pintar una pared de la cocina, una estantería se venció. Treinta botellas vacías de Sapporo fueron, una a una y por orden, como soldados que caminan hacia la batalla, resbalando por la pendiente y cayendo hasta reventar contra el fregadero, la encimera, el suelo.

Yo, en medio de esa extraña lluvia, no recibí ni un rasguño. Tampoco hice un gesto por evitarlo. Me quedé viendo como estallaban, metralla de cristal en todas direcciones, como a quien le ha tocado el premio gordo en una tragaperras y observa incrédulo las monedas llenando el cajetín.

Después maldije. Barrí. Pasé el aspirador concienzudamente. Calculé cuánta cerveza japonesa tendría que volver a beber.)

Paso la yema del dedo por el corte, apenas perceptible. Acaricio. Tanteo con la pinza. Aprieto. Por dos veces se duele.

En la punta de las pinzas brilla una pequeña esquirla de cristal. Tan fina que de canto apenas se aprecia. Pero perfecta y afilada, malévola, convertida por el azar de la fractura en un puñal. Tan insignificante y tan dispuesta a hacer daño que da miedo, reluciendo verde hielo botella bajo el sol.

Y miro mis manos, llenas de cicatrices. Y pienso en las heridas. En si habrá otras cosas por ahí dentro, clavadas en ella, que yo no pueda sacar.

Mientras acabamos de vestirnos es Buckley quien, de fondo, canta que el tiempo se encarga de la herida, o que eso querría creer.

Ignoro al hombre que muere de cáncer de colon en la cama de al lado. Ignoro a la enfermera andaluza que me come con la mirada mientras cambia el gotero. Ignoro el horrible pijama de mangas ridículas, la evidente quemadura de cigarro en la manta bordada con el nombre del hospital.

Al pie de su cama me concentro, solo, en buscar todas las similitudes para encontrar todas las diferencias. En repasar mentalmente, para no olvidar nunca, la lista de lo que nos separa.

Sus brazos son tan delgados como los míos, pero el pelo que los cubre es distinto. Sus dientes son casi perfectos (no importa que sean falsos, lo que cuenta es que no son los mismos). Sus labios son más finos. Sus ojos más pequeños. Llevamos, estos días, el pelo castaño igual de corto. Pero atiendo a la forma en que le clarea y pienso en que la genética dicta que me pasará lo mismo. Y en que debe teñirse, porque no tiene una sola cana mientras que yo ya cargo con tres.

Parece borracho. Sonríe como un niño. Tiene la lengua de trapo. Será el efecto de la anestesia general, abandonándole, o el chute de Nolotil intravenoso. O solo sentirse libre de la angustia de los días pasados.

Le digo: “Te veo bien. De ésta no vas a cascarla”
(otra diferencia: nunca hemos compartido sentido del humor).
Y quizá de ésta no, pero a lo mejor sí de la siguiente. Justifico no darle un beso por no contagiar mi constipado, aprieto su hombro y me voy.

De camino al ascensor me cruzo con los enfermos que pasean arriba y abajo y me ASFIXIA la poca dignidad que veo en ellos. Solo un par parecen no haberse rendido. Y el pasillo se prolonga eternamente.

Hasta hace no tanto los hospitales me eran neutros, feos pero no agresivos, como un supermercado chino o una estación de autobuses. Pero ahora no quiero tener que frecuentarlos, en previsión de todo lo que me tocará hacerlo antes o después, por otros o por mí.

Tampoco quiero llegar a viejo y descubrir que me parezco a él.

Me despierto de un mal sueño como el anterior. Son las seis de la mañana. Doy vueltas en la cama (todo sudor y sábanas arrugadas y posturas absurdas) hasta que empieza a clarear en la terraza y me rindo. Bajo al salón desnudo, los testículos rebotando libres en cada escalón, y me sirvo el café que sobró de la tarde anterior.

Cruzo hasta los ventanales para acabar de ver salir el sol con la taza en la mano y descubro mirándome, al otro lado del cristal y como un reflejo de la mía, la no-demasiado-sorprendida cara de un obrero. Sentado en mi macetero de obra arregla algo en el andamio del edificio de al lado. Está tan cerca que, de estar abierta la ventana, podría extender ligeramente el brazo y sopesarme los cojones como un endocrino improvisado.

Él, con su calma eslava, sigue a lo suyo. Yo tardo en reaccionar. Doy dos pasos rápidos hacia atrás, me giro azorado, me golpeo contra la lámpara que cuelga sobre el piano. Lleva una polea mal anclada en el yeso que con el cabezazo se suelta y convierte la pantalla de metal tipo billar de la lámpara en una cuchilla que pendulea salvaje y furiosa chocando contra mi cuerpo y el espejo sobre el piano.

En el suelo se mezclan el café, el yeso y mi dignidad.

Salgo de casa, veinte minutos después, con el gesto punki de Sid Vicious en los labios, maldiciendo a cada niño en uniforme que me cruzo. Al llegar ante la estatua de Goya frente al Prado el viento hace que un aspersor desvíe toda su agua contra mí y me empape de pies a cabeza.

Y empiezo a reírme, claro, por protagonizar un mal principio de comedia norteamericana.

 

¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?

– Malcolm Lowry, Bajo el Volcán.

La estrangulo, con una sola mano, contra el mármol gris de un portal que da a una enorme y céntrica plaza. Mi brazo extendido, casi recto, poniendo nuestros cuerpos a un metro de distancia.

Tiene la oscura boca fruncida en un gesto de determinación. En los ojos hay miedo, pero también rabia.

La plaza, a pesar de ser tan grande, está vacía. La luz es de un amanecer de invierno, pero nadie cruza de camino al trabajo. A unos metros, la silueta de perfil de un policía que no nos ve o nos ignora.

Relajo la mano. De su mirada desaparece el miedo y solo queda odio y amenaza. Traga saliva, dolorida y aliviada. Intenta decir algo, hablarle al policía a mis espaldas.

Y yo vuelvo a apretar con más fuerza, los dedos clavándose en su cuello como garras, y empujo golpeando su nuca contra el mármol mientras grito “No puedes ni imaginar los sueños tan horribles que tengo por tu culpa”. Y en sus ojos entonces ya no hay pánico o enfado, sino un aire triste de comprensión.

Después me despierto con boca seca por las diezmil cervezas de anoche y el sol de primavera quemándome la cara.

Entras al metro escribiendo un mensaje: “Siento que estuvieras asocial. Lo hubieras pasado bien. Descansa.”

Levantas la vista, hacia tu derecha. Algo falla. Nadie te mira, el último en entrar. Nadie tiene la cabeza girada en tu dirección. Todos parecen tan falsamente interesados en sus manos, en el suelo, en sus bolsos. El tipo del corte de pelo a lo Morrisey concentrado en la punta de sus zapatos. La negra con pinta de no haber abierto un libro en su vida inclinada sobre la novela entre las piernas. Todos fingen. Ni un solo asiento libre, pero nadie con los ojos perdidos en el reflejo del cristal, nadie que cabecee adormilado, nadie que mire al frente.

Y lo sabes. Hay algo a tu izquierda, hacia donde no has mirado, que todos evitan. Hay un oso. Hay un pulpo gigante. Hay alguien que se desangra sobre el asiento. Hay cuatro skinheads con cadenas. El vagón cortado de tajo abierto solo a la oscuridad y las vías.

Frente a ti un adhesivo publicitario animando a la lectura. Nunca los lees, solo atiendes al nombre del autor y la fecha de nacimiento y muerte para calcular la edad a la que la diñó. Y esta vez lo haces tenso, asustado (64 años), incapaz de girar la cabeza, imitado a los demás en su falso ensimismamiento.

Tú no hubieras cogido el metro de no hacer tanto frío. Prefieres volver a casa caminando, por tarde que sea, respirando borracho la noche de Madrid.

Pero ahora eso horrible a tu izquierda que no quieres saber.

Llegaron al mes de que yo me quedase solo en la casa. Era mediodía y hacía calor y comí escuchando las felicitaciones de un grupo de amigas que veían el piso todavía vacío.

Eran menos jóvenes de lo que creí por sus amistades. Él con poco pelo y barba y un IMac enorme en la mesa del salón. Ella con flequillo popero y piernas largas. También debía haber un perro pequeño porque a los pies del sofá había una canasta.

Al contrario que los vecinos anteriores, estos no bajaban nunca las persianas.

Debían viajar bastante, porque a veces sí pasaban días con las contraventanas cerradas. Tenían un farol y un cenicero en el balcón, pero nunca les vi fumar. A él (algún día que me quedé a trabajar en casa le descubrí, como en un reflejo, concentrado ante su ordenador) le imaginé arquitecto o diseñador o guionista. Ella tenía que ser azafata, para estar tan poco en casa y tener las piernas tan largas.

(Déjenme explicarles. La calle es tan estrecha que podría haber extendido un tablón de mi ventana a la suya para pedir que me acercasen unos clavos.)

Una mañana, esperando para cruzar Atocha, una chica se me quedó mirando. Tardé en reconocer el flequillo y las piernas. Pensé: “ha debido verme desnudo mil veces. Bajar en pelotas las escaleras al salón, peludo y adormilado, entonando un Fi fa fo fum”. La compadecí.

A veces dormía un tío en su salón. Poco pelo e igual barba, gordo. Creo que solo dejaban a ese amigo quedarse como venganza, obligándome a contemplarlo dormido, sudado y en slips blancos, perniabierto sobre el sofá.

Les recuerdo una noche en el mismo sofá, viendo un película. Ella tumbada con un vestido de verano a rayas que dejaba sus larguísimas piernas al descubierto, la cabeza apoyada sobre la cadera de él. Les envidié tanto que me dolió.

Desde hace un mes las persianas venecianas han estado bajadas. Pensé que era otro viaje fuera de temporada.

Ayer volvían a estar medianamente levantadas, pero los muebles ya no son los mismos. Quién sea mantiene la casa en penumbra, como una cueva, protegido de mi mirada indiscreta. No sé si es él, sin ella. No sé si son otros.

Esta noche he soñado que estaba en la casa. Que allí vivían tres suecos. Que veía mi apartamento desde su ventana. Solo se distinguía el techo de mi salón. La lámpara de la cocina. Las vigas de madera. En el sueño he pensado: “bien, por lo menos nunca me han visto beber café solo, desnudo, un sábado por la mañana”.

Todo un consuelo, aunque ahora me siento menos acompañado.

A veces hablo con el hijo que no voy a tener.

Le digo cosas como: “Nada es tan jodido como para que no puedas soportarlo” o “Todo lo malo que pueda pasarte importa un carajo en comparación con las cosas buenas que vas a vivir.”

Lo que nadie me dijo a mí.

Y sigo hablándole mientras cruzo pasos de cebra o hago cola en el cajero, llenando su imaginada cabecita con cuentos y batallas y lecciones magistrales. Hasta idiota y necio todas esas historias formarían un mundo perfecto dentro de él. La vez que mi tío metió una cabra en el maletero de un coche de alquiler. El secreto del mojito de sandía. El azul del cielo en Lhasa.

Yo mismo sería un personaje mítico y gigante para él, con mi vida exagerada y falsa. Que no descubriera hasta ser adulto que lo contado no podía ser verdad. Como Miguel Bosé, que son los padres, o el ratón inexistente que una vez se comió mis golosinas.

Pero luego recuerdo la herencia genética. Las probabilidades matemáticas. Que mis gónadas engañan a mi cabeza, la trampa de la vida. Las veces que he jurado que no quiero tenerlo, que he prometido venderlo por órganos si llega. Mi proyecto de ganar al animal estudiando anatomía hasta poder practicarme una vasectomía casera.

Y, sobre todo, la idea intolerable de traer a alguien al mundo que pueda no ser feliz.

“Buenas noticias. Ni árboles / ni hijos / ni libros. / Lo que soy no permanece”. Eso es de Joan Massip.

Mentía, porque lo leí en su libro.

En el primer sueño he apostado una pierna y la he perdido. Sentado en boxers, con un cordón metálico de amputaciones en las manos, miro mi muslo y pienso (con ese encanto que tienen las cagadas de chulo o de borracho) que sólo yo soy tan idiota como para jugarme una parte del cuerpo en una apuesta tonta.

En el siguiente ya no hay pierna. De pie, alto y orgulloso, me sostengo sobre dos muletas mientras analizo el espacio donde debería estar la rodilla. Y en el sueño lo malo no es la falta de la pierna, las muletas, sino lo feo del muñón. En lugar de resplandeciente, redondo y perfecto, parece más un saco de arpillera mal atado, un nudo de piel muerta y retorcida, sin contenido.

Empiezo la semana pasada ahogándome en una barca en Venecia. Tengo que cruzar un canal amplio para ir con los que me esperan al otro lado, en un palacete con cúpula. Hay bruma, cae la noche, no veo hacia dónde remo. Por fin, en la ceguera luminosa de la niebla, sé que la barca ha volcado y voy a ahogarme. Toda mi preocupación es que el móvil se está mojando, y claro, cómo aviso a la gente de que no voy a llegar, muerto y con el teléfono estropeado.

El último, hace dos días. Me diagnostican un cáncer en un órgano inexistente en la garganta, mezcla de faringe y laringe y nódulos linfáticos. La enfermera llora al decirme que no merece la pena el tratamiento porque sufriré innecesariamente.

Y cómo le explico a esta mujer que se duele por un desconocido que me da igual diñarla, que es tranquilizador, qué qué bueno no tener que preocuparme de un futuro. No declaraciones de la renta, no limpiezas dentales, no pagar el alquiler.

Os compadezco a vosotros, que os retorcéis en sueños presos de vuestras cabezas, y me enorgullezco de ser tan listo como para no sufrir en sueños. De no tener ni querer pesadillas.

Puede pasar en cualquier sitio y en cualquier momento.

Sentado ante el ordenador en el trabajo, ahogado por la rutina. Tumbado sobre la cama, muerto de calor, concentrado solo en los ruidos de la calle. En un bar, con la copa en la mano y media broma en la lengua.

Una sensación repentina. Como un pinchazo o un destello. Como el despertador del teléfono por la mañana. Sin un pensamiento que la origine, nada que la dispare (“I got a trigger inside and I get the feeling I’ve been cheated.”):

La nausea de la mentira. El dolor de lo soñado. Todo lo podrido, lo falso y lo ridículo. Cómo ha terminado.

Y el universo se divide y en otra realidad lanzo la copa contra el espejo tras la barra o me levanto y tumbo el monitor de una patada. Después siempre pego y pego y pego (al aire, a la pared, a los que me rodean), y grito con los dientes apretados como un cepo y maldigo y me retuerzo y lloro. Los brazos agarrotados de hombro a puño. La rabia y el asco en todo el cuerpo.

Solo ocurre en mi cabeza. En otro universo, en una de estas miles de ramificaciones, está pasando de verdad. En otras realidades nunca existió esa vida y esa mentira. En otras fue el doble. En alguna me ahogué a los trece años en una piragua.

Pero aquí, a este lado, la única opción es forzar la calma. Y sigo sentado. Hablo. Sonrío. Bebo. Ignoro el hormigueo bajo la piel, el clavo en la cabeza. El cuerpo intencionalmente más relajado, aun más laxo.

Y todo va a seguir así mientras pueda mantener esa otra realidad ocurriendo sólo en mi cabeza.

El puto invierno se ha vuelto a comer a la primavera. Jodido de frío cruzo la plaza del Reina Sofía, donde a pesar de ser jueves noche no hay nadie haciendo botellón pre-Kapital, de vuelta a casa.

Subo los ocho tramos de escaleras sin encender la luz, como siempre. En el primero derecha (no sé quien vive ahí) hay una fiesta. Pasado el tercero me parece oír sonar la cisterna de mi baño. Llego hasta mi puerta, a oscuras todavía. Abro.

Hay algo raro. Tardo un segundo en darme cuenta que de la planta de arriba viene una luz tenue. Otro más en pensar que no es la luz ambarina de la lámpara de la mesa. Es azulada, fría, cambiante.

También hay un ruido indefinido. La televisión debe estar encendida.

(Pero es imposible. Hace dos semanas que no la veo. Esta mañana al salir estaba apagada.)

Mi primera reacción es dejar la puerta abierta. La segunda, dar dos pasos hasta el centro del salón. Una mirada a la derecha me confirma que el Macbook Pro sigue sobre el piano. Otra, a la izquierda, que la pasta en metálico de mis curros como freelance cobrados en negro también está donde la escondo. No hay nada más que puedan robarme: nadie va a bajar un piano de pared cuatro pisos por las minúsculas escaleras.

La televisión, arriba, sigue sonando. La puerta de la calle sigue abierta. Cojo del portaguitarras la Fender acústica por el mástil, como si fuera un bate. Me viene a la cabeza ese tema de Hayden en la que canta como se enfrenta a unos ladrones armado con su bajo.

Camino hacia las escaleras de madera que suben a la habitación.

Cada paso es una explicación. Uno: ella ha decidido volver. Pero entonces recuerdo que hace un mes me dio sus llaves. Dos: mi casera, la pianista hippie exiliada en Uruguay, ha decidido visitarme sin avisar. Tres: la casa es poco segura. Es tan fácil entrar desde el tejado, tan mala la cerradura. Alguien se ha colado. Quizá sigue arriba, tumbado en la cama, viendo la televisión.

Pongo el pie en el primer escalón y digo “¿Alguna vez te han zumbado un guitarrazo en la cabeza, hijo de puta?”. Subo.

Lo primero que veo es mi otra guitarra, la Stagg, en su pie. He elegido bien: la Fender es mucho más grande.

Después, la cama desecha y vacía, tal y como la dejé.

Enfrente, la televisión. En la pantalla un reportaje absurdo. Alguien que dice “esta silla es un diseño de Phillip Stark…”

La casa es diáfana en ambas plantas. No hay donde esconderse. Me niego a mirar tras la cortina de la ducha o debajo de la cama. No hay nadie, no falta nada, no hay nada extraño. Solo la televisión encendida.

La apago. El sonido de mi corazón latiendo a toda hostia llena la habitación.

No creo en lo sobrenatural. O ha sido una subida de la tensión eléctrica o alguien ha querido dejar su huella. Y eso, en lugar de preocuparme, me reconforta. Si tuviera la oportunidad de colarme en una casa ajena no cogería nada, pero dejaría una firma para que lo supieran. Cambiaría cuchillos por tenedores en sus respectivos huecos del cajón de la cocina. Barajaría los volúmenes de la enciclopedia Larousse del salón. Pintaría un bigote en la fotografía de la mujer sobre la mesilla.

Ya no me siento tan solo en la casa.

Me dice “¿vas a contar esto en tu blog?”

(A horcajadas sobre mí, desnudos, atravesados en la cama, sobre el edredón.)

Respondo: “¿tú quieres que lo cuente?”

Se ríe y se inclina hacia mí para abrazarme, pero no responde.

“¿Quieres que lo cuente? ¿Qué es lo que tengo que contar? ¿Describo el sexo? ¿los dos hoyuelos encima de tu trasero? ¿la tarde, los vinos, el concierto? ¿que no tenemos condones?”

Vuelve a reírse. Aun a oscuras sé que tiene siempre una sonrisa en la boca. Es curioso cómo todo lo seria que es fuera desaparece completamente en la intimidad.

Más risas. Más vueltas, enredados.

“Estamos siendo unos irresponsables.”

Después bajamos a fumar el último cigarro a medias, a oscuras, en los ventanales del salón. Hace demasiado frío para salir a la terraza.

Al terminar ella vuelve arriba mientras cierro la ventana. En el edificio de enfrente hay una mujer mayor mirándome. Yo estoy completamente desnudo. Esa casa es extraña. Siempre tienen el balcón abierto y con luz, pero una vieja manta colgada fuera a modo de cortina hacer imposible saber qué ocurre dentro. Por las tardes un hombre calvo en camiseta de tirantes pasa las horas allí, sacando solo medio cuerpo fuera de la manta, espiando la calle mientras yo clavo los ojos en su nuca. Me pregunto qué hace esa mujer en el balcón un domingo a las seis de la mañana.

Pienso: me quedan dos horas para estar en la agencia. Pienso: nunca creí que me pudiera gustar tanto el trazo desgastado del tatuaje en su espalda. Pienso: qué raro es conocer a alguien y no saber claramente, en el mismo momento de cruzar las primeras palabras, que en menos de una semana acabaréis compartiendo desnudos un cigarrillo.

Y pienso: ¿voy a escribirlo? Y si lo hago, ¿por qué?. ¿Por que debe ser contado o por demostrarle que esto significa algo? ¿Para que queden testigos (vosotros, convertidos en anciana asomada al balcón de madrugada)?

Sea por lo que sea, aquí está.

Cuando nos conocimos yo escuchaba con frecuencia ese tema de The Good Life que empieza diciendo

“La primera vez que nos vimos vomitaba en el lavabo del baño de señoras. Ella me preguntó si necesitaba ayuda y le dije: creo que he vertido mi copa. Y así empezó todo.”

Debió oírla conmigo alguna de las primeras veces que se quedó a dormir. No le gustaba por la voz de Tim Kasher. Decía que desafinaba. A mí la canción acabó por aburrirme.

 (“Y sé que entonces me quería, lo juro por Dios. Lo sé por la forma en que mordía mis labios y por cómo apretaba sus caderas contra las mías y por lo profundo que clavaba sus uñas en mi piel”)

Tras contar la típica historia de amor pop, la estrofa final:

“La última vez que la vi ella separaba sus discos de los míos. Su ropa ya estaba metida en la cajas, con sartenes y cacerolas y libros y una tostadora. Entonces un ratón pasó correteando entre los dos y empezamos a reír hasta que todo dejó de doler.”

Ayer cuando volví a casa ella estaba allí. Detrás de mí llegaron un par de ecuatorianos, asfixiados por los cuatro pisos sin ascensor. Fueron bajando las cajas que yo había llenado metódicamente la semana anterior con todo lo que todavía no se había llevado. Ropa, libros, partituras de piano, su ordenador, un cuadro. Los ecuatorianos cargaron todo en una furgoneta y se fueron.

Después fumamos. Dije que la quería. Que no podía perderla. Que no entendía nada.

Sentí las piernas sin fuerzas y me senté en el suelo de la cocina, la espalda contra una cajonera. Ella, de pie a mi lado, ya se había puesto el abrigo y el bolso. No pasó ningún ratón. Nadie se rió.

Salió por la puerta y yo me quedé mirando la explosión de plantas que estos días amenazan con romper la ventana e invadir mi salón. Esperé hasta que pensé que ya habría salido del portal.

Le di cuatro patadas al sofa. Grite una docena de furiosos “hija de puta”.

Nada dejó de doler.

Son las nueve y media de la mañana. Leo y bebo café de ayer en la terraza de un apartamento en Almuñecar. El mar, a cien metros, refleja con tanta intensidad el sol que mis ojos son dos ranuras para monedas de máquina tragaperras.

Hay ruidos en el interior. Kelly, la australiana, debe haberse levantado. Sospecho que me ha visto en la terraza pero no va a salir. Creo que piensa que tengo intenciones deshonestas hacia ella y evita que estemos a solas.

Es mejor que se quede dentro porque estoy ridículo con la camiseta remangada hasta los hombros y los pantalones cortos subidos hasta media pantorrilla. La piel al descubierto es de un blanco-barriga-de-pez que reluce casi tanto como la superficie del agua. Además tengo un cuerpo de mierda esta mañana. Una ligera resaca autóctona. Un constipado traído de Bilbao. Agujetas del buceo, más por embutirme en el neopreno que por cargar con los plomos y la botella.

Dan igual el malestar físico y la turista escondida en el salón. Es el primer momento de paz en un mes (anoche no soñé con ella, esta mañana no está en mi cabeza) y es gracias al libro que leo.

Porque es un libro bueno. Bueno porque te hace sentir bien. Hay una franqueza salvaje en cada línea. Hay un punto de desesperación. Hay alguien detrás de las palabras que hace recuperar la fe en el ser humano.

En las ramas de un árbol frente a mi cuelga enredado un bañador masculino como si fuera la bandera de una extraña república.

Cierro el libro. En la contraportada hay una fotografía del autor.

El cuerpo grande de ex-deportista profesional (lo fue) que se ha puesto fondón. La ropa y el pelo de un viejo rockero de esos que agrandan en lugar de convertirse en fibra y nervio. Una expresión de desvalidez total en su sonrisa.

Entonces llega la tristeza porque recuerdo que está muerto.

Hace dos años se ahorcó. Cuando me enteré me sentí muy mal. No porque no fuera a leer nunca nada nuevo suyo. No porque lo que escribiese me hiciera sentir bien. Me ahogó la pena porque era un tío que me despertaba ternura dentro de su enorme cuerpo, con ese aire triste y perdido. Porque sentía que de alguna manera era alguien a quien había que proteger del mundo.

La mañana ha vuelto a joderse. El sol me quema y ella ya no está y casi todo me sobrepasa.

La chica acaba de salir de la ducha. Se sienta en el borde de la cama, sobre la toalla, con los pies en el suelo. Toda la habitación es de madera vieja, el techo es bajo y oscuro, la cama amplia. Me arrodillo ante ella y le separo despacio los muslos frescos que huelen a jabón. En ningún momento veo su cara. Algo me impide mirarla por encima de los hombros, pero es el cuerpo de Tim, tan familiar, tan como estar en casa.

Se deja caer ligeramente hacia atrás, apoyando los codos en la cama, con las rodillas marcando las dos y cuarenta. De su coño, abierto ante mí, brota una flor. Un tallo largo y fino, de un verde transparente encendido por la luz de la tarde, sale de entre los labios menores. La flor es apenas un capullo a medio abrir, como de campanilla o de orquídea, blanco y perlado de rocío.

Beso la flor suavemente, con miedo a añarla. Paso despacio la lengua sobre su superficie. Ella acaricia un rizo tras mi oreja. Después agarra el pelo de mi nuca con las dos manos y acerca mi cabeza bruscamente hacia su sexo hasta que la flor se troncha, se aplasta y se rompe contra mis labios.

 

La dejaba porque había otra. Yo no podía decírselo. Era joven e incluso más cobarde que ahora. O más equivocado. Creía que hacía las cosas como debía para reducir el daño (pero I was wrong and graceless and sick, all the things I had learned had been wasted, there was no living creature as foul as I and all my poems were false.)

Trataba de explicarle que aquello no significaba que dejase de quererla, sino que ese amor se había transformado. No podía entender que ella no lo comprendiera. Era tan lógico. Yo la quería igual, solo que no podía dejar de pensar en las tetas de la otra, en el pelo de su coño encendido como el fuego.

Por supuesto todo acabó en desastre. No se salvó nada.

Y ahora, por fin, estoy al otro lado. Y ella insiste en que debo entenderlo. Y aunque ya he jugado su papel (“En el instante de prender un cigarrillo como tú lo hacías he visto el fuego en los dos lados, la distancia y los etcéteras”, Joan Masip) yo tampoco puedo comprenderlo o aceptarlo.

No es solo perderla. Es también esa frase de Wilde que dice: “siempre hay algo ridículo en las emociones de aquellas personas que hemos dejado de querer.” Es saberme, a sus ojos, tan grotesco, tan triste y tan roto.

Llevábamos un mes en la casa y yo todavía no me había atrevido a subir las escaleras de metal que había en la terraza de nuestra habitación para alcanzar el tejado. Aquel anochecer de marzo volvimos algo ebrios, exultantes. Ella entró en la ducha. Yo, que todavía fumaba, salí a la terraza y encendí un cigarro. Delante de mí el puñetero Madrid era perfecto bajo la última luz de la tarde.

Trepé las escaleras y subí al tejado que era directamente el techo de nuestra habitación.

Siempre me ha fascinado ese mundo formado por los tejados en las ciudades. Una segunda realidad por encima de todos, hecha de azoteas y terrazas, de palomares y antenas y que tan pocas veces intuimos o atisbamos. Invita a explorarla, cartografiarla y no bajar nunca.

Di una vuelta completa a la superficie de nuestra casa por el tejado limpiándome las manos del óxido de la escalera. Descubrí dónde estaba la máquina del aire acondicionado. Encontré un paraguas roto y una sección cubierta por baldosas que parecía un pequeño solarium. Y entonces me senté sobre las tejas junto a la claraboya que daba a nuestra habitación y miré. El encuadre parecía elegido con intención: abarcaba exactamente el espacio que ocupaba nuestra cama debajo.

Y entonces deseé con todas mis fuerzas que cada puta noche hubiera un ladrón de pisos, un voyeur, un fetichista que busca bragas por los tendederos, un loco fascinado por los tejados que mirase por esa ventana, como yo ahora, y envidiase la felicidad de lo que ocurría allí dentro en nuestra cama, donde nosotros dormiríamos o follaríamos o leeríamos y fumaríamos sin saber que éramos observados. Quise que eso no quedase sólo a la vista de las palomas, del ciego sol y del ojo envidioso de Dios.

Pensé en quedarme ahí sentado hasta que ella volviera de la ducha a la habitación y no me encontrase. Saludarla entonces repiqueteando con los nudillos en la claraboya.

No lo hice. Baje las escaleras para volver al Madrid de Abajo, a nuestra recién estrenada casa. Ella apareció después envuelta en una toalla. No recuerdo si le conté que había estado allí arriba.

Desde anoche, cualquier ladrón, voyeur, fetichista o loco de los tejados que se asome a esa ventana solo me verá a mi en una cama demasiado grande. Es una pena.

Hace veinticuatro horas exactas salíamos ebrios y tambaleantes de celebrar mi cumpleaños en un bar del Ghetto Vecchio y yo me empeñaba en que me hicieran una foto con los pies metidos en el agua que inundaba la acera del Cannaregio veneciano.

Ahora, en cambio, conducimos por los alrededores del aeropuerto de Orio al Serio, a trescientos kilómetros de Venecia. Buscamos una gasolinera abierta a las dos de la mañana para dejar lleno el depósito del coche de alquiler y poder coger nuestro avión cuando amanezca.

Llueve sin parar. No vemos un carajo. No sabemos dónde estamos. A la salida de un pueblo que parece muerto, como un oasis, aparece una gasolinera con luz.

Está cerrada, pero los surtidores funcionan con tarjeta como un cajero. En el de detrás hay un coche que no está repostando. Contra él se apoya un cincuentón delgado que podría ser panadero. Nos mira con curiosidad, pero ahora mismo mi vejiga piensa por mí. Le ignoro y busco una esquina donde mear. Fur, mientras tanto, se pelea con el surtidor italiano para entender cómo pagar.

Entonces entra en la gasolinera un tercer coche. Del asiento del conductor se baja un tío con pinta de surfero trasnochado (pelo sucio decolorado por el sol, vaqueros rotos, andar tambaleante), y le sigo con la vista mientras dirijo la meada hacia la pared.

Se acerca al cincuentón. Le saluda. Entran al coche donde se apoyaba. Y ahora todo está en orden, porque esto debe ser un asunto de maricas o un trapicheo de droga.

Me la sacudo y mientras me subo la cremallera empiezan los golpes y gritos que vienen del interior del coche donde hablan.

Y del vehículo del que bajó el surfero sale ahora un tipo grande, cincuentón también, barrigón y engominado. Éste podría ser carnicero. Lleva un chaleco de cazador y en la mano algo muy largo que brilla, un destornillador, un punzón, un cuchillo. Camina unos pasos, abre la puerta del conductor del coche donde los otros discuten y empieza a apuñalar rítmicamente.

Corro. Subo a nuestro coche. Las chicas en el asiento de atrás se despiertan, asustadas, y les digo vamonosvamonosvamonos mientras busco el botón del cierre centralizado. Fur, de pie junto al deposito, repite sorprendido “lo está acuchillando, lo está acuchillando”, pero no se mueve.

(Cuando después cuento esta historia delante de él y juro que de haber encontrado el cierre centralizado habría arrancado y huido de allí sin esperar a que se subiera, se ríe como si yo bromease.)

Por fin reacciona y monta, y yo arranco y salgo follado de la gasolinera para meterme de lleno en la lluvia, sin saber a dónde voy pero convencido de que nos siguen.

Sólo diez minutos más tarde, cuando estoy seguro de que no hay coches detrás, me tranquilizo. Sara, en el asiento trasero, va diciendo que no sabe por qué nos asustamos tanto. Que esto pasa en Madrid todos los días.

Encontramos el camino al aeropuerto. Aparcamos. Ellos se duermen rápido. Yo espero al amanecer en duermevela, la lluvia fuera, soñando a cada momento que alguien abre la puerta del coche.

 

Es domingo y por la ventana entra el sol salvaje y frío de diciembre. Ya nunca consigo dormir las noches de juerga hasta mediodía y amanezco a eso de las diez, incapaz de quedarme entre las sábanas. Doy un par de vueltas en la cama hasta localizar a ciegas su cuerpo caliente y beso su cuello y froto la nariz a lo largo de su espalda hasta despertarla. Después me levanto y voy al baño.

El olor de un cigarro rubio llega hasta mi nariz bajo el agua de la ducha. Ha debido rendirse, aceptar que hay que aprovechar la mañana y levantarse.

Cuando salgo la encuentro fumando de pie, semidesnuda, mirando con atención un papel en su mano. Por los colores y el tamaño parece la mitad de una tarjeta de embarque de Air Europa.

“¿Y esto?”

(pregunta como un disparo)

“Es una tarjeta de embarque”.

(En el vacíabolsillos del que la ha sacado hay de todo: entradas de conciertos, librillos de papel de fumar acabados, fotografías de carnet, multas de tráfico, estratos de papeles y papeles que esperan a ser clasificados o tirados un día de estos)

“Si, a Barcelona. Aquí pone 23JAN07”

Si, 23 de enero de 2007. Aprieto los dientes. No recuerdo haber volado a Barcelona este enero. En esas fechas ella estaba en Berlín. Sé lo que está imaginando: un viaje a sus espaldas, a escondidas, aprovechando los dos mil kilómetros que nos separaban, una escapada a Barcelona para ver a otra.

Miro la tarjeta de embarque, lo hago con tanta fuerza que va a empezar a arder entre mis dedos en cualquier momento. “Debe ser un error”, murmuro.

Vuelvo a entrar al baño. Me miro al espejo. Yo no he estado en Barna en enero. No he pisado esa ciudad en todo el año. Me lo prometo y me lo juro, no he podido olvidarlo. Es como si me hubiera parado la policía y al pedirme que abriera el maletero dentro hubiera un cadáver. Y yo sin saber cómo ha llegado hasta ahí pero con las manos manchadas de sangre y un cuchillo en la guantera, claro.

Salgo de nuevo dispuesto a explicarme, a gritar, a pelear inútilmente porque sé que nunca va a aceptar que es un error informático, un fallo. Miro la tarjeta de nuevo. En una sección gris junto a la fecha distingo dos tenues puntos que no habíamos visto.

No es 23JAN07.

Es 23JAN07:00. Las putas siete de la mañana.

Y grito exultante y se lo señalo y le explico que esa tarjeta debe ser de hace un par de años. Pero aun así, aunque ella asiente con la prueba en sus manos (esos dos puntos cero cero que lo lavan todo) veo un gesto de dureza en sus labios.

Los policías me habrán dejado seguir mi camino, pero sé que están vigilando.

La lluvia cae densa y malvada, constante. Desayunamos two eggs on a roll y café en la boca de metro de la 103 estorbando a la gente que va a trabajar. Faltan dos horas para las once y hasta entonces no podemos recoger el coche de alquiler, así que decido aprovechar el tiempo y bajar hasta Chelsea y comprar el catálogo de Sally Mann de la galería Gagosian.

Mi fobia a los paraguas hace que mis vaqueros agujereados y mi vieja cazadora Carhartt y yo caminemos veinte manzanas encogidos y aplastados por la lluvia cruel e indiferente. La galería ocupa un almacén reformado frente al Hudson. En la recepción me dirijo (mis suelas mojadas resuenan monstruosas en la alta sala vacía) hacia una chica con aire de joven cosmopolita intelectual judía de las películas.

A diez metros un cuadro de Warhol en venta.

A cinco metros (y acercándose recelosamente) un guardia de seguridad.

A mis pies un pequeño y personal charco con la forma del lago Michigan.

La chica trae el libro (mientras, avergonzado, mido el tiempo por el goteo de mi ropa contra el suelo) y parece decepcionada cuando saco un billete de cien dólares del bolsillo en lugar de una navaja automática. Pido una bolsa de plástico poniendo mi mejor mirada de cachorro extranjero abandonado pero no sirve de nada, así que abro la cazadora y meto el libro, enorme como la bandeja de un juego de café para doce, entre mi pecho y la camiseta.

La gente con la que me cruzo de vuelta al metro me mira con asombro bajo el falso cielo de sus paraguas. Llevo todo el agua del mundo en mi ropa y en mi pecho el libro marca una forma cuadrada que me convierte en un Darth Vader de pacotilla, en un forzudo de gimnasio cubista que recorre a enormes zancadas trescientos números de la calle veinticuatro. Podría subirme a una farola e imitar a Gene Kelly cantando bajo la lluvia y no llamaría más la atención.

El metro me traga de nuevo y me aparezco ante B (que espera sentado en el anden, las piernas sobre nuestras mochilas, leyendo “el Hombre que Inventó Manhattan”) como si fuese el Monstruo de la Laguna, dejando tras de mi un rastro de agua, rodeado del vapor resultado del calor de mi cuerpo contra la ropa mojada, el flequillo convertido en fétidas algas que cubren mi cara.

En la vida me había sentido tan empapado, pero el libro está intacto.

Recogemos el coche. Un golpe de suerte hace que solo les queden de gama alta, así que nos dan un carro impresionante por un precio ridículo. Para agradecérselo dejo en el suelo de la Hertz una burda imitacion de océano Atlántico.

La lluvia sigue cayendo tan fuerte que es imposible ver dos metros más allá del parachoques. Voy desnudándome en el asiento del copiloto mientras intento guiar a B a través de Manhattan para salir de la isla y enganchar la Interestatal 95. El asiento de atras se convierte en un improvisado tendedero donde extiendo lo que me voy quitando, y si miro por el retrovisor parece que alguien allí sentado se hubiese convertido en aire dejando detrás solo su ropa vacía.

Ciegos como murciélagos acertamos a coger la interestatal. La calefacción empieza a quitarme el frío de los huesos y a secar mi pelo y por fin soy consciente de la situación: voy casi desnudo en un coche a 7000 kilometros de mi casa, nos quedan cinco horas de carretera hasta Boston y esta cabina es lo más parecido a una casa que he tenido en los días que llevo aquí.

Entonces enciendo la radio y está sonando Interstate Love Song en la emisora sintonizada y de golpe todo es perfecto.

(Nunca suelo escribir sobre el pasado. Todo esto ocurrió el 8 de noviembre del 2006, hace hoy un año).

 

Si miro hacia el cielo veo esa extraña reverberación, como si el azul tuviera grano fotográfico en movimiento, que tienen algunas mañanas de verano. El sol me da en la cara y entrecierro los párpados y en mi retina solo hay una suave luz naranja tamizada por las pestañas. Saco un poco la lengua para notar el calor en la punta y apoyo la nuca en el reposacabezas levantado la barbilla todo lo que puedo hasta que me crujen agradablemente las vértebras en el cuello. En mi oído derecho vibra el aire con el zumbido de los coches a cientoveinte que pasan a menos de un metro.

“¿Sabe que este carril es sólo para vehículos con dos o más ocupantes?” y abro el ojo izquierdo con pereza para mirar al guardia civil que se inclina sobre la ventanilla. Tiene cara tío sencillo, de típo simple y con buen fondo. Siento más empatía con él que con el resto de los que estamos apartados en el arcén con las luces de emergencia. Todos tenemos ese aire de orgullo y suficiencia indignada de quien otras mañanas, cuando no hay controles, llevamos media sonrisa en la cara por ser más listos que los demás y no chuparnos el atasco infringiendo la ley a toda hostia por el carril central vacío.

Y le digo “lo sé, agente” en lugar de las excusas pensadas mil veces como “bajo todas las mañanas acompañado por aquí y hoy he entrado por despiste” o “¿es que no ve a mi amigo imaginario sentado en el asiento del copiloto?”, porque para qué contarle que anoche concierto y copas y tres de la mañana y que claro entonces suave resaca y sábanas que se pegan y que media hora tarde al trabajo, para que explicarle que carnet de conducir caído del bolsillo de la americana en bar de Malasaña, para que tanta palabra tan inútil y vacía si el sol brilla tanto y el cielo tiene ese temblor mágico y el final de la Cuesta de las Perdices, frente al Hipódromo, esa isla de calma en medio de los ocho carriles de la A6, parece el paraíso.

El ascensor, forrado de madera oscura, apenas está iluminado. Es tan estrecho que el ataúd a mi lado hace que tenga que apretarme contra las puertas dobles y que no quede espacio ni para girarme. El ataúd, construido en plástico gris, con las esquinas y los cantos redondeados, parece más una caja de herramientas que un contenedor apropiado para enterrar a alguien.

El cuerpo debe ser muy grande. Han cerrado la tapa a presión y por la pequeña ranura que aparece entre los cierres veo las yemas amarillas de unos dedos y la punta de una camisa a cuadros.

Pienso que al moverlo es posible que los cierres salten, y entonces el muerto se me vendrá encima como en una película de terror y tendré que pelearme torpemente enredado contra brazos que cuelgan y piernas que no se sostienen hasta volver a dejarlo dentro.

El ascensor se abre ante una cocina de luz anaranjada y densa, como si en el aire flotase el vapor de cien sopas cociéndose. A pesar de eso debe hacer frío, porque mi hermano, sentado en el centro, se encoge dentro de una chaqueta que le queda grande.

Le digo “mañana por la mañana tienes que ayudarme a cargarlo en el coche. Pesa como un muerto” (y en el sueño me río falsa y sonoramente de mi broma). Miramos los dos al ascensor abierto, al ataúd apoyado de pie que nos espera.

Entonces entra mi madre en la cocina: “vuestro padre acaba de llamarme”. (Pero no puede ser, porque mi padre está dentro del ataúd, infinitamente pesado, infinitamente muerto)

Mi hermano y yo nos miramos de reojo: “querrás decir que le has llamado pero no te responde.” (Ella sabe que mi padre ha muerto. Sabe que el móvil vibra en el bolsillo de una camisa a cuadros contra la piel fría.)

“No. Ha llamado, acabamos de hablar. Dice que os ha enviado un mensaje.”

Y sé que es verdad, sé que en la pantalla de mi teléfono móvil me esperan una docena de nuevos mensajes suyos, esos en los que se empeña en llamarme “hijo” y me da consejos inútiles, mensajes que nunca le respondo.

Lo crean o no en ese momento me despierta el teléfono de nuevo.

Me paso las semanas arrastrando sueño, con mis cinco horas de media por noche, y desde que hemos vuelto a saltarnos la norma pactada de no irnos de copas entre semana llego a casa de madrugada, ebrio y cansado, y al día siguiente cabeceo en el trabajo y repito torpe y obstinadamente las mismas cosas diez veces hasta conseguir que salgan bien.

Así que es normal que los viernes caiga como muerto a las cinco de la tarde y duerma siestas incomodas de sueños retorcidos y que luego ni una ducha ni unas copas me los quiten de encima y siga tarareándolos en la cabeza el resto de la semana.