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Hace tiempo me escribió un chico.

Decía que llevaba años leyendo este blog. Que le conmovía lo que escribía y me admiraba. Que quería saber mas cosas sobre mi vida y envidiaba a la gente que me conocía personalmente.

El mail era tan afectado, tan rebuscado y ñoño (“siempre he querido permanecer leyendo sus palabras hasta la saciedad en la soledad de la noche“) que por un momento pensé que era una broma.

Contaba también que había grabado un disco y que había tenido cierto éxito. Estaba preparando el siguiente y había compuesto una canción sobre mi (“¿qué le parece? Me gustaría ver ahora mismo la cara de sorpresa que debe estar poniendo… En efecto: usted ha conseguir inspirarme para componer una canción sobre un señor al que putean constantemente…”). Me pedía permiso para utilizarla.

Se despedía “con el corazón en la mano” y esperando una respuesta. Hubiera apretado su corazoncito dentro del puño hasta reventarlo y se lo habría devuelto metido en una bolsa de papel.

Visité un par de páginas en que se le mencionaba. Vi un par de videos suyos colgados en otra web. Bajé su disco de un programa p2p. Después le respondí. Dije que gracias por los elogios, que su disco me parecía horrible, que tenía permiso para hacer lo que le diera la gana y que según mis cuentas yo había puteado a mucha más gente de la que me había puteado a mi.

Podía haber sido condescendiente con él, cuidadoso, compasivo, pero ser cruel es siempre demasiado fácil.

Dos semanas después, acompañando un mail dolido, me envió la canción y la letra. Y escucharla fue como comer cristal. Era tan mala, tan francamente detestable, que no sé si fue mayor la pena, el asco, la rabia o la vergüenza.

(decía cosas como:
“Como la Luna,
que se ve desde cualquier
parte del firmamento,
sus dedos
solían dejar viajar
hacia lo desconocido”

o
Creció de cara a la pared
con los brazos extendidos
por miedo a desfallecer…
Vivió deprisa sin aprender
a abrir el cuerpo encogido
por temor a no volar bien…”
)

Hace unos días, por casualidad, encontré el archivo y volví a escucharlo. Fue igual que tropezarse una fotografía donde se sale especialmente feo o una tarjeta de felicitación por el día de la madre que uno escribió con seis años. Como si la voz desentonada fuera la mía, como si yo la hubiera compuesto y grabado.

Mediodía. Me asomo al paso de cebra que corta Alcalá con las puntas de los pies en el límite de la acera, tan cerca que los autobuses que pasan amenazan con arrancarme el cigarro de los labios.

Miro al monigote rojo del semáforo de enfrente a través de las ranuras mínimas que dejan mis apretados párpados (los ojos achinados por el sol), ordenándole mentalmente que desaparezca.

Entonces alguien se para tras de mi, esperando también a cruzar. Se ha colocado tan cerca que por un momento pienso que debe ser un conocido que va a jugarme la típica broma (la broma pesada que gastaría yo) de empujarme hacia la carretera sujetándome a la vez del cinturón. Está tan pegado a mi espalda que puedo notar el calor de su cuerpo.

Haciéndome el despistado giro la cabeza hacia la derecha (los ojos todavía entrecerrados, la barbilla que casi toca la clavícula) y solo distingo por el rabillo del ojo un hombro cubierto por una americana negra. Después miro hacia la izquierda y consigo atisbar otro hombro a juego. Sea quien sea tiene unas espaldas enormes.

Me sube un calambre por la espalda que me obliga a encoger el cuello, incómodo. Esa persona debe saber que su presencia, tan próxima, me resulta amenazante (como esa madrugada que volviendo al coche borracho sincronicé mis pasos con los del hombre que caminaba por delante de mi en la calle vacía simplemente por interactuar con él, por hacerle sentir miedo)

Un autobús sube por Alcalá hacia nosotros. Aprovecho las ventanillas para hacerme una composición de lugar con el reflejo: por encima de mi coronilla (debe medir por lo menos dos metros) asoman unas gafas de ver que reflejan el sol ocultando los ojos y un flequillo rubio. Como si pudiera ver a través de mi propia frente, imagino detrás una sonrisa en uve de dientes apretados y labios finos.

El semáforo normalmente tarda un par de minutos en abrirse, pero en mi cabeza los segundos gotean lentos convirtiendo ese intervalo en horas mientras espero a que el gigante se decida por fin a darme un empujón lanzándome bajo las ruedas de un coche.

Pero entonces el semáforo se abre y yo cruzo a pasos largos y rápidos, poniendo distancia. Al otro lado, como en un espejo, me esperas fumando.

Podrían ser hermanos de tanto como se parecen. Barbas descuidadas, pelo estudiadamente revuelto, tan altos como yo pero lánguidamente delgados. Llevan unos trajes ceñidos de corte retro, elegantes y cómodos. Sólo se diferencian porque uno viste de azul oscuro y el otro de marron claro.

Me alcanzan en un camino de arena, junto a un bosque de pinos. Me gritan algo que no entiendo, agresivos, enfadados. Consigo tumbarles sin demasiada violencia: un par de empujones, una zancadilla, un tirón de la solapa. El sol brilla sin mostrarse, dándole a toda la escena una luz azulada.

Sigo caminando hasta que vuelvo a oir sus voces detrás de mi.

Esta vez tengo un trozo de madera en la mano, con forma de cuchara, largo y romo. El del traje claro carga contra mi corriendo, sacando un hombro. Yo solo tengo que mantenerme firme, con el brazo en ángulo recto pegado al costado, y él mismo se clava contra la madera al chocar conmigo. Se retuerce en el suelo, las manos en el estómago. La punta no ha llegado a travesar su camisa o su piel, pero le duele.

(Al fondo su compañero se sienta en un lado del camino y se sacude el traje oscuro manchado de polvo, abandonando.)

Cuando vuelvo a caminar sé que va a volver a intentarlo. Esta vez la madera se ha convertido en un pelacables, unas tenazas de media luna afiladas que brillan como si fuesen nuevas. Y tras derribarle, echado sobre él (mi rodilla aplastando su muñeca contra el suelo) utilizo el pelacables para hacerle un corte largo y feo en el espacio carnoso entre el índice y el pulgar, buscando cercenárselo. Él grita sin voz convirtiendo su cara en una mascara de musculos tensos. Y mientras corto con crueldad soy consciente de que esta vez es imperdonable, que ahora no va a rendirse hasta que haya conseguido devolverme el daño, vengarse por su dedo perdido, que va a seguir persiguiéndome por el linde del bosque hasta que le pare para siempre.

Entonces suena mi teléfono y me despierto y te digo “me has interrumpido cuando estaba a punto de cortar un dedo”, y me respondes que es hora de darse una ducha y arreglarse y salir a tomar una copa porque es viernes noche.

Y me quedo sin saber hasta que punto habría sido capaz de llegar si no me hubieras despertado. Qué habria estado dispuesto a hacer en sueños para conseguir, por fin, que me dejasen en paz.

 

Tomamos unas copas en un viejo piso de la Avenida de Ciudad de Barcelona. Al fondo nos observa atentamente un pato disecado y desde la pared nos bendice una Virgen de la Macarena en un retablo enrejado sobre el que cuelgan (in no particular order) un salakov, un trabuco y un cráneo de cabra montesa con su cornamenta oscura y retorcida.

Es la típica reunión de amigos donde se repiten las mismas anécdotas y conversaciones de siempre, con la lengua de trapo tropezando contra los dientes, así que primero es Raquel quien cuenta de nuevo la noche que conoció a Gonzalo (iba tan borracha que cuando volvimos a vernos no estaba segura de que fuera el mismo”) y después es Leticia la que le echa la culpa a una cama inclinada y a la fuerza de la gravedad de que ella y Darío acabasen durmiendo abrazados.

Y claro, tras todo eso es lógico que se giren hacia nosotros (sentado en el suelo apoyo la espalda en tus piernas, que cuelgan de un sofó rojo de skay) y nos pregunten cómo nos conocimos. Como voy considerablemente borracho respondo, casi sin pensarlo:
Ella hablaba con alguien por internet. El tipo propuso un encuentro en un acuario al que no pensaba acudir. Cuando ella llegó dio la casualidad de que yo estaba allí sentado, solo, mirando los peces. Me preguntó si era su cita y yo le dije que no, pero acabamos en la cama.

Entonces alguien apunta “pero si en Madrid no hay acuario”, y después de unos segundos de confusión despejan las nubes de alcohol y los cambios de género y empiezan las risas cuando reconocen la historia sacada de una película.

Igual que respondí eso podía haber contado que tu eras la heredera de una plantación sureña y yo un mujeriego de ridículo bigote, o que viniendo por la rue de Seine me asomaba al arco que da al Quai de Conti y tu silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, o que realmente somos hermanos mellizos pero nos separaron al nacer para ocultarnos de nuestro padre (un tipo alto y oscuro de respiración asmática), o que nuestras familias se odian y yo reniego de mi padre, reniego de mi nombre y etc etc.

Porque cuando se cuentan estas cosas todos esperan la dosis de romanticismo o de predestinación, lo novelesco, aquello que nos hace especiales y distintos de los otros millones de vanidosas parejas. Nadie se conoce nunca en una agencia matrimonial, nadie en una clínica de adelgazamiento, nadie en una cita trampa preparada por amigos.

Así que inventémonos el pasado común que queramos, pactemos una historia que contarle a los nietos, ambientada en una guerra o fruto de un extrañísimo azar. Démosle a nuestras vidas la capa de ficción que necesitan para brillar bajo el sol.

 

Jacques Rigaut se dio diez años de vida cuando cumplió los veinte. Fue fiel a lo prometido y a los treinta se metió una bala en el corazón, pulcramente vestido, rodeando su cuerpo con almohadones en la cama para no perder la dignidad por culpa de un brazo que cae en un ángulo absurdo o una torsión imposible de cuello. Coleccionaba botones que robaba a sus despistados propietarios y escribió “Agencia General del Suicidio”

No quiero dejar que esto se convierta en otro cementerio de palabras como los millares de páginas abandonadas que desbordan internet, olvidado para ser descubierto en absurdas búsquedas de google y visitado únicamente por fantasmagóricos bots que lo llenen de comentarios ofreciendo viagra y pornografía.

Este es mi propósito: de aquí a un mes tengo que escribir, por lo menos, dos entradas semanales y renovar el diseño de la página. Si fallo en cualquiera de estas dos premisas borraré el weblog con su contenido el 30 de junio.

Quedan ustedes (invisibles, escasos y a veces melancólicos visitantes) como testigos de mi propósito. Si no cumplo (hacia mi, hacia ustedes), arrodillaré a esta página en la cuneta del servidor y le descerrajaré un tiro en la nuca. Y aquí paz y después gloria.

Creo que en el fondo estoy deseando fallar y olvidarme para siempre de esto.

 

Apareció en la puerta de mi trabajo con una maleta. Dos días antes, por teléfono, le había dicho que no quería volver a verla.

Me compadecí de su aire cansado y lastimero, de su inútil resolución de volar hasta Madrid para convencerme de que no la dejase. En lugar de decirle que desapareciera la acogí en mi casa para que descansase, se cambiara y buscase un billete de vuelta.

Paso dos días llorando en la cama, sin querer levantarse.

(Cada tarde volvía del trabajo convencido de que la encontraría convertida en el destripado centro de atención de un círculo de curiosos en la acera que queda bajo la ventana de mi buhardilla)

El tercer día me levanté, me vestí, le di cuatro voces, la saqué de la cama a tirones y llené su maleta a patadas. Subrayando cada grito con un puñetazo en la pared o un espumarajo rabioso conseguí que se arreglara y aceptara marcharse. Por dentro no podía evitar reírme de mi ridícula actuación de chico malo, del asco por verme metido en una historia tan grotesca.

La acompañé hasta un cibercafé para que comprara un billete. Era un viernes de agosto: no había vuelos con un precio razonable, no quedaba ni una plaza en los autobuses y trenes que salían de Madrid.

En una estación a mitad de camino había un tren hacia su ciudad con asientos libres. Llamé al trabajo y avisé de que no iría.

Conduje trescientos kilómetros bajo sus insultos, sus lloros, sus amenazas con saltar del coche en marcha, sus fantasías donde yo volvía a buscarla para pedir que me perdonase. Un chaparrón de palabras tan repugnante como la lluvia de mosquitos que reventaban contra la luna delantera del Ibiza.

La dejé en el andén de una estación en obras.

No había llegado a alejarme diez kilómetros de allí cuando llamó para sisear con voz fría que era un maltratador y un hijo de puta y que la había utilizado. Grité como no lo había hecho nunca, di dos volantazos que casi me sacan de la carretera y colgué después de decirle que estaba enferma y saliera de mi vida de una puta vez.

Y me sentí libre. Tanto que conduje riéndome a carcajadas y cantando a voz en cuello durante los trescientos kilómetros de vuelta hasta quedarme ronco.

Todo esto ocurrió hace un año.

Este domingo me desperté con el hormigueo frío de la adrenalina y el cuerpo agarrotado por la tensión. Había soñado que ella volvía a estar en mi casa, que me perseguía por las calles maldiciéndome y acusándome como una terrorífica Medea a la que no podía dar esquinazo.

En cambio en mi cama solo estaba Tim, que dormía las dos botellas de vino y la pésima obra de teatro de la noche anterior, inconsciente de que a su lado me asfixiaba bajo la sensación de que es imposible escapar de los errores del pasado.

And she began to scream / “Bloody murderer! Let me rest in peace! / When I was yours, you fled the scene / Now you can’t wash your hands of me.”

– Bloody Murderer, Cursive.

Salgo del metro. Intento recordar que hice ayer domingo. Me doy cuenta de que en algún momento, a media tarde, cogí un coche para volver del centro hasta mi casa en las afueras.

Pero no recuerdo qué camino seguí. Qué grupo iba escuchando. Qué conductores me la jugaron y en cuál de sus familiares difuntos me cagué. Dónde aparqué. Cómo llené las horas hasta que llegó el sueño.

Solo sé que es lunes y que debí hacer todo eso, pero no lo sé con certeza. Ni una imagen. Ni un detalle. Esas horas no están en mi cabeza. No consigo recuperarlas por más que me froto teatralmente las sienes esperando en el paso de cebra.

La solución es obvia y me llega como un disparo. Ayer morí de vuelta a casa. Un accidente de tráfico, por ejemplo.

Esto es el infierno (o el cielo) y yo soy un fantasma.

Me han borrado la muerte y estoy condenado a seguir con mi vida cotidiana, día tras día, ignorando que estoy muerto, que es todo una ilusión, que es todo un sueño.

Perdiendo realidad hasta desaparecer, sin darme cuenta, fundido en el gris del suelo.

Salgo de la agencia y voy al bar donde espera y nos tomamos un par de copas y cenamos suavemente ebrios en un italiano. Le digo que quiero dormir con ella y nos vamos hacia mi casa.

Pasando los torniquetes del metro -distraído, no sé qué voy contándole- tengo esa sensación que avisa cuando alguien nos mira entre la multitud, ese sexto sentido animal que hace que nos pique el cuello intuyendo un par de ojos clavados en nuestra espalda.

Con el rabillo del ojo te distingo, cruzando a nuestro lado.

Y me giro hacia ti, sonriendo de oreja a oreja, lleno de dientes, y te llamo en voz muy alta por tu nombre (y trato de mantenerme todo lo erguido que puedo, las piernas ligeramente separadas como un pistolero, los hombros hacia atrás, el mentón hacia el cielo).

Pero tu representas ese papel tan malo de quien no se entera, de quien no ha visto nada, y te peleas torpemente con el billete y la maquina sin levantar la mirada, y ni siquiera los auriculares de atrezzo que llevas dan credibilidad a tu actuación

¿Qué podría decirte (mi hermano, mi asesino)?

Que esperaba mucho más de ti. Que quería que reunieras los redaños suficientes para volverte y decir hola y cumplieras con ese compromiso social en el que nunca creímos del quétaltodo y cómotevalavida (mientras, yo hubiera mantenido la postura firme, la sonrisa insultante)

Así me has dejado ganar.

Durante un tiempo afilabas mis nervios, eras mi antagonista y mi amigo, me definías. Esta noche en cambio ni siquiera me dejas la posibilidad de interpretar tu actitud como desprecio, porque me lo niegas con tus hombros humillados, con tu cabeza gacha, con tus dedos nerviosos, con tu huída miserable.

Mucho más tarde, ante otra copa, ella me dirá que todavía tengo un gesto de satisfacción en la boca. Y trataré de explicarle que en el fondo me entristece pensar que si hubiéramos hablado, por debajo del desafío, de la hipocresía, del escupirnos las vidas a la cara, habría quedado todavía un pequeño resto de cariño.

 

Te lo advertí: hasta las cuatro de la mañana me comportaría. Pero a esa hora llamas para decirme que finalmente no vamos a vernos, así que decido beber como un hijo de puta hasta caer redondo al suelo.

Y bebo y bebo y trago y me comporto como un auténtico idiota (como en todas las fiestas), y llamo maricón a un desconocido y molesto al tío que pincha y me limpio el tequila de la barbilla con mi corbata favorita.

Alrededor de las seis vuelves a llamar. Has cambiado de opinión. Cojo el coche y voy a buscarte.

Despierto en mi cama, contigo al lado. Son las once y sólo estamos vestidos de cintura para arriba (llevas una vieja camiseta mía). No consigo recordar cómo o cuándo llegamos a mi casa, dónde aparqué el coche, qué paso hasta que nos llevó el sueño.

Así que nos desperezamos y nos vestimos con la misma ropa que llevabamos anoche, y conduzco hasta tu barrio para desayunar en un Vips. Es tarde para el desayuno americano que quería meterme entre pecho y espalda y tu estás la hostia de guapa.

Y entonces, sobre mi café y tu agua con gas, me cuentas las cosas que no recuerdo: el espejo (besándote a ti misma en tu reflejo), el agua helada (yo asomado sobre tu hombro para ver como brilla tu piel mojada), la mampara del baño (que filtra una luz naranja y tiembla al soportar tu peso), mi pie (que busca a ciegas el botón de pedal de la lámpara porque te llevo cogida encima), tus labios (que me piden que te mire a los ojos).

Sé que todas esas imágenes, esas horas desaparecidas, están en algún sitio dentro de mi cabeza, bajo la nube de alcohol, y que no me son accesibles.

Pero la memoria de mis huesos lo recuerda. Lo sé porque conforme hablas la piel se me electrifica y se me contrae el estómago y el calor sube desde la entrepierna hasta encenderme las mejillas.

 

Primero fue el coche.

Quizá por el sol del verano sobre la chapa o porque el ambientador se terminaba, su olor empezó a aflorar suavemente por encima del de mi tabaco y el motor. Condujo este coche durante tres o cuatro años, así que era normal que los asientos se hubieran impregnado de él. Compré un nuevo ambientador.

Después fue una toalla.

Una toalla tan vieja que es casi papel de fumar y que me ha acompañado los últimos años, pero que había sido suya un par de veranos hace ya una década. Así que un día salgo de la piscina y me seco la cara y está ahí de nuevo. Su tufo a sudor, dulzón y penetrante, siempre tapado bajo after shave o colonia pero asomando como un cuerpo enterrado con prisas.

Por fin, hace una semana, dando vueltas en la cama sin poder dormir (una tonta sensación de angustia en las tripas), descubrí que su olor también estaba entre mis sábanas y en mi almohada, claro e inconfundible. Y esta vez no podía ser: las sabanas y la cama son nuevas y él no había puesto los pies en mi buhardilla en los últimos seis años.

Sólo entonces me he dado cuenta de que no es su olor. Es el mío. Como una serpiente que cambia de piel, estoy cambiando la forma en que huelo.

Ya he descubierto otros rastros en mi antes. Una manera de mirar ensimismado hacia la nada. Una curva de disgusto en los labios cuando camino entre gente. La caída en la forma de mis hombros.

Me aterroriza la idea de ir cambiando poco a poco hasta convertirme en él.

Esa es toda mi herencia.

 

Estoy en la ducha. Nos quedan diez minutos para dejar la habitación y todavía no he conseguido sacarla de la cama. El vapor convierte el espejo en una ventana de niebla.

Me seco la cabeza agitándola todo lo posible para sacarme por las orejas todo lo que me aturde (ella, la situación, las lámparas en forma de flor, los 150 kilómetros). Froto rápido y fuerte mi cuerpo como queriendo lijarme con la toalla. Me meto en la ropa interior y escribo con el índice un mensaje sobre el vaho en el espejo.

Después me pongo las lentillas utilizando el pequeño porcentaje de reflejo que asoma en la curva de una erre. Abro la ventana y dejo que el espejo se desempañe volviendo invisibles las tres líneas de texto en caja alta.

Vuelvo a la habitación y trato de desenredarla de las sábanas. Se queja y gruñe pero al final se incorpora y va hacia el baño (púdica, infantil, se ha puesto antes la camiseta y las bragas para que no la vea desnuda a plena luz)

Acabo de vestirme con la ropa de anoche y fumo de pie junto a la ventana, mirando como dos rumanas con el pelo de paja cambian las sábanas del bungalow de enfrente.

Sale del baño. No se ha duchado. Nos vamos.

El día está gris de cojones y ella nunca va a saber -no volveremos a vernos- qué le escribí sobre el espejo.

Mediodía de un sábado en julio. Conduzco un coche que fue de gama alta hace quince años y que con el tiempo se ha convertido en un ataúd gigante, lleno de gadgets que ya no funcionan.

Doy vueltas en un futuro parque comercial del que solo están puestas las calles. En cada finca vacía se levantan los cajetines de las tomas de luz. Cuatro o cinco manzanas donde solo estoy yo y el sol encima y contenedores de obra y algunas vallas.

No conozco mejor forma de superar la angustia de un sábado que conducir sin objetivo.

Suena el móvil. Al principio pienso en no cogerlo porque es ella y lo último que quiero es volver a pelear. A estas alturas he relacionado tanto el tono de llamada con esas idiotas discusiones locas con ella que cada vez que lo oigo me ahoga la ansiedad.

Por fin descuelgo.

“Qué quieres.” Sin interrogación. Tratando de que mi voz sea tan seca que le parezca arena en la boca.

“Nada, hablar contigo.” Su voz suena pastosa, adormilada.

“Yo no quiero hablar contigo y voy a colgar.” Pero la conversación sigue, absurda y vacía, y yo sigo dibujando ochos en las calles en medio de la nada.

Entonces me doy cuenta de que de fondo, tras ella, suena sin parar un teléfono fijo. Le pregunto.

“Es Jordi. Le llamé antes para despedirme”

“Despedirte. Ya.”

La última vez que estuve en su casa, a seiscientos kilómetros, revisé el botiquín. No me pareció que tuviera nada con lo que pudiera matarse. Mañana se levantará con la boca seca, un horrible dolor de cabeza, quizá vómito en la cama.

“Quería hablar contigo hasta quedarme dormida y morirme.” Dice que se ha tomado todas las pastillas que tenía y ha esnifado un gramo de heroína.

Le pregunto por qué y no sabe explicarme. Todo lo que deseo es que lo consiga, que acierte, que se muera de una vez. Que salga de mi vida.

Entonces llega el estallido.

Al sonido de su teléfono fijo se suma insistente el timbre de la puerta. Después golpes enormes, voces de hombres que gritan, cosas que se rompen. Oigo que alguien le dice “¿me oyes?, ¿me oyes?, ¿estás bien?”

Ella no responde. Hasta hace un minuto hablaba conmigo así que ahora debe fingir estar desmayada. Todo es ridículo: ella mintiendo, desnuda en la cama, su gato escapándose por la puerta reventada por los de emergencias, yo gritando al otro lado de la línea “COGED EL TELÉFONO, ESTOY AQUÍ, COGED EL TELÉFONO.”

Cuelgo cuando escucho que cuentan en voz alta para pasarla a la camilla.

Vuelvo a casa. No tengo a quién llamar. Sólo tengo su número de móvil. No sé el teléfono de ninguno de sus pocos amigos. No sé como localizar a su familia. No sé a qué hospital pueden llevarla.

Sólo queda esperar. No estoy nervioso. Sólo estoy fastidiado. Pienso que si no hubiera descolgado no me habría enterado de nada.

Al anochecer me llama Jordi desde el hospital. Me cuenta que él avisó a la ambulancia, que llegó a su casa cuando la estaban sacando en la camilla. Dice que le han lavado el estómago y que está bien. Que ella le ha pedido que me llamase para pedirme perdón. Que mañana le deberían dar el alta pero que hay asuntos legales que arreglar porque no tiene familia en la ciudad y al ser un intento de suicidio no la dejarán irse hasta que alguien se responsabilice. Que está pensando en hacerlo él.

Cuelgo.

Vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, que hubiera muerto.

 

Me dice que no sabe exactamente a cuantos se folló esa noche, la noche que organizó aquella fiesta en la playa, la noche en que acabó cayendo por un terraplen hasta la orilla y volvio descalza a casa por la mañana, con los pies cortados, llenos de pequeñas piedras metidas bajo la piel. Me dice que cree que fueron dos, pero que quizá fueron tres. Que ella sólo quería con el primero, que a los otros les dijo que no, pero que aun así se la follaron.

Y sé que adorna la historia, pero también sé que la mayor parte es verdad.

Y mientras me lo cuenta (es mi culpa, yo he preguntado, yo he pedido que siga) me sube un dolor sordo por la garganta. Una sensación angustiosa y horrible que se convierte en fuego que arde en medio del pecho, en el paladar y en la punta de los dedos.

Se lo digo. Le digo que me duele.

“Ya no soy así. Hace mucho de aquello. Lo odiaba, pero no sabía salir de ello. Ya no soy así.”

“Lo sé.” Pero miento: no lo sé.

El dolor sigue ahí.

Podría pensar que me duele por ella, por todo el daño que se ha hecho a lo largo de su vida. O podría pensar que me duele porque quizá conmigo también se abre de piernas de la misma manera, dejándose, con desgana.

No se está tan mal del lado de los ganadores.

La cosa va así. Ella tiene un pretendiente. Un tío constante, de la vieja escuela de la caballerosidad y el pico y pala. Un tío que se preocupa por ella, que la invita a cenar en sitios caros, que espera a la salida de su trabajo para llevarla a conciertos y exposiciones. Un tío que consigue al momento lo que ella quiere, plegándose a cada deseo y soportando sus desplantes.

Ella se acuesta conmigo.

Él sabe que existo. Sabe (porque ella se lo confía) que hay alguien por ahí que no la trata bien, que no se preocupa ni se esfuerza por ella, que no se merece tenerla en su cama.

No sé cuánto más sabe de mi.
(no sé si me imagina guapo o feo, interesante o idiota, seguro o apocado)

Yo en cambio sé que debe odiarme. Debe detestar al cabrón que se tira a la chica que le gusta sin tener, como él, que hacer nada. Sé que debe arderle dentro cuando llama y no tiene respuesta porque ella está conmigo.

Sienta bien saber que el azar me ha puesto en el lado bueno de la raya. Que esta vez no soy el que sale perdiendo. Y si eso supone tener que interpretar el papel de hijo de puta con suerte, estoy dispuesto.

No se está tan mal del lado de los ganadores.

 

Sale del baño y camina hacia mi apartando a la gente. Sigo su imagen sobre el espejo tras la barra sin girarme.

”Se me está subiendo. Tengo las pupilas gigantes.”

Suena ansiosa, tensa, alterada.

Yo todavía no noto nada. ¿Quieres que nos vayamos?

Pero conforme agarro su antebrazo y la llevo hacia la puerta, el rumor de las voces alrededor se convierte en un oleaje furioso, un rugido de mar ensordecedor.

Vale, se me acaba de subir

Andamos deprisa, durante horas, hablando sin parar (anécdota tras anécdota, recuerdo tras recuerdo, historias y anhelos que necesitan ser contadas en ese preciso momento) o callados y ensimismados, atentos solo al contacto de nuestras manos enredadas, al aire tan puro que entra por la nariz y nos arde en todo el cuerpo, a la sensación de levedad y de euforia, a nuestros pasos que restallan como rayos contra el suelo.

Camino completamente erguido, dejando que la americana aletee con el viento, y sé que tengo dos estrellas por ojos y cuchillas por dientes en mi sonrisa, y que todos los que nos cruzan intuyen que somos pequeños dioses que ni siquiera pisan la tierra, los dos terribles y perfectos, que deberían apartarse a nuestro paso, ella con sus labios tan rojos, yo tan alto y orgulloso.

Hemos salido del Raval y cruzado la Rambla y el Gótico para llegar al Borne, y de allí bajamos hasta el mar. Nos detenemos. Se descubre una carrera en la media y se agacha para quitársela. “Deberías quitarte también la otra”, digo mientras lamo sus perfectas piernas con la mirada, como hacen todos los que pasan a su lado.

Conforme la sangre se limpia aparece el frío y somos conscientes de que todo va a acabar. Damos vueltas sin sentido hasta su barrio, como hormigas a las que les han arrancado las antenas, pensando si entrar en algún antro para conseguir más (pero ninguno de los dos toleraría ruido o gente) o si buscar un pakistaní que nos venda una botella de algo duro, porque mis tripas y mi cabeza me piden más ebriedad, más intensidad, más noche.

Pero los pies cansados nos dejan ante su casa.

Cogemos una manta, una botella de vodka, un refresco, subimos a la azotea. Bebemos. Ella se aprieta contra mi (presa de un frío que seguirá en su cuerpo todo el día siguiente) y yo miro (los ojos ya no arden) el bosque de viejas antenas de televisión que apuntan hacia el cielo despejado.

 

Primero es una plaza con estatua de poeta, después un par de cócteles para abrir el estómago a la cena japonesa y a la extrañeza de que su mano se extienda sobre el mantel para coger la mía bajo la mirada atenta de las treintañeras de la mesa de al lado.

De ahí al jazz en directo, a dos copas más en la barra, a que ella se apoye de espaldas contra mi y mueva su trasero al ritmo del contrabajo contra mis caderas, y entonces un giro de cabeza entre el humo y la música y los labios que se tocan para volver después a la copa acompañados de unas cejas con forma de sorpresa y de mi mano que se cierra como un cepo en su cintura.

Después más jazz, ya no en directo, en otro bar donde al camarero no parece gustarle que nos besemos tan descaradamente, que yo haya liberado el cepo para atrapar esta vez un muslo con medias de rejilla. Y yo que propongo opciones y ella que elige la que incluye mi cama.

Conducir ligeramente ebrio de camino a casa, y su miedo y mi mano que se juntan para guiarse por el pasillo sin luz que lleva a mi buhardilla, ella tumbada en la cama mientras yo leo la historia de un tipo que tiene dolor de estómago estampada sobre su vestido, y el vestido que se levanta y dos pechos que asoman libres.

Ella sólo con las medias de rejilla.

(En este paréntesis ocurren otras cosas que no voy a contar)

Más tarde llegan las pesadillas. Pegada a mi, tiembla en sueños y se despierta sobresaltada y me cuenta de un horror de gente que roba su energía, de caras alargadas que se repiten noche tras noche. Después el amanecer sin que yo haya dormido pensando que hace una chica así pegando su culo a mí, esta vez sin jazz que lo mueva.

Me pregunta si puede bañarse. Le digo que por qué no.

Ella desde la bañera, yo en la cama encendiendo el primer cigarro en horas, y me cuenta de dos intentos de suicidio y yo pienso que quizá no esté muy bien de la cabeza, y no he cambiado de opinión para cuando vuelve a la cama envuelta en una tolla. Para entonces ya deben ser las nueve de la mañana y la buhardilla está llena de luz gris.

Duermo un par de horas.

El final será llevarla a casa antes del mediodía, volver yo a la mía, aparcar en un arcén para liar un cigarro y pensar (como un presentimiento, mirando al cielo que sigue tan gris que duele) que no estoy muy seguro de que haya sido una noche afortunada.

Normalmente me vale con que brille el sol, pero hoy ni siquiera eso sirve, así que bajo por el Paseo del Prado camino de la agencia con el día torcido, el ánimo funesto, y es difícil que cualquier cosa que mire (las uñas en mis manos, la punta de mis zapatillas, las hojas en el suelo) no parezca absurda y triste.

Giro delante de la Bolsa. Una pareja me corta el paso en la acera. Él, en sus treinta bien llevados dentro de un traje feo, medianamente atractivo, medianamente deseable.

Ella en cambio es de esas mujeres que desde los treinta ya anticipan los cincuenta, vestida horriblemente con unos vaqueros que retienen su disparatado trasero, sin ningún encanto o gracia, medianamente nada.

Colgada de su brazo, se despide besándole en la mejilla pero buscando su boca. Él se deja.

Y es fácil saber con un golpe de vista cuando se separan que él está escapando, que se arrepiente de habérsela tirado este fin de semana, que se avergüenza de que le besé en público, pero que reúne todavía el mínimo de compasión o de cobardía como para no hacerle el feo en mitad de la calle.

Seguramente va jurándose que la próxima vez dirá que no quiere volver a verla.

Y es tan evidente todo, tan obvio e injusto, tan desagradable, y todos hemos estado tantas veces en un lado o en el otro de la situación que se quitan las ganas de pensar, de respirar, de buscar bocas o mejillas.

Después sigo por la acera procurando no mirar las uñas en mis manos, la punta de mis zapatillas, las hojas en el suelo.

 

Me dice que ha soñado lo mismo tres noches seguidas: que está en un bar, que va a los baños, que me descubre allí liándome con otra.

Unos días antes es mi madre la que sueña: un grupo de gente rodea algo que está en el suelo. Alguien le impide que se acerque y le explica que me he suicidado (y yo levanto una ceja sin quitar la vista del café y respondo “vaya, madre, muchas gracias por matarme en tus sueños”.)

Hace un par de semanas me soñaban completamente puesto de alguna sustancia ilegal, acelerado y fuera de control recorriendo las calles de Madrid.

Y es siempre así. Cuando aparezco de estrella invitada en los sueños de otros actúo de manera extraña, salvaje, como figura amenazadora o elemento perturbador. Golpeo o me golpean o grito o meto en problemas. Inestable y extraño, a veces soy incluso una especie de omnioso y terrible Domingo chestertoniano que maneja oscuras tramas jugando con el soñador. Mis miles de gemelos malvados oníricos siembran el terror en las noches ajenas provocando despertares repentinos, sudores fríos y retorcimiento de sábanas.

Todo esto me hace preguntarme qué clase de imagen doy en la vigilia, qué concepto tiene de mi la gente que me rodea para que sus subconscientes me elijan siempre como símbolo de problemas y malestares.
(mientras, en mis propios sueños, muchas veces soy otro)

Por eso me despierto cada mañana más cansado, con el cuerpo dolorido: porque soy un Freddy Krueger sin camisa a rayas, condenado a vagar por las noches de otros, jugando ese papel de malo de película que en el fondo no sé interpretar.

 

Una de las facciones del estudio donde trabajo desayuna en la misma cafetería desde hace años. Un par de días a la semana voy con ellos a por mi dosis matinal de cafeína. En el bar se sigue siempre el mismo ritual.

Se baja una escalera, se camina a lo largo de la barra, se cruza con confianza una minúscula puerta al fondo (bajo la mirada atónita de los clientes no habituales) para recorrer un oscuro pasillo que pasa por las cocinas, donde saludamos a los blanquidelantaleados cocineros y a los uniformados camareros con familiaridad casi de propietario, todos nosotros en fila, normalmente de negro, para llegar finalmente a un salon privado de ambiente denso, entre cutre y acogedor, y sentarnos en nuestra mesa con mantel a cuadros.

Y basta que ese día haya decidido ponerme una americana oscura para que con cada paso que doy hacia la mesa note el bamboleante peso de una pistola en el sobaco, y en lugar de pedir un café solo parezca más adecuado un plato de spaghetti o un escalope a la milanesa acompañado de vino de Marsala.

El desayuno transcurre entre risas pero sin quitar los ojos de la puerta, esperando que aparezcan Vito y Fredo (de la agencia de publicidad dos portales más arriba) y nos cosan a balazos con las Thompson para redondear la secuencia con cuerpos que se derrumban sobre las sillas, pelos mojándose en el café y paredes llenas de gotas color pantone 032 C.

 

De pie sobre mi cama, desnudo, miro por la ventana que da al tejado inclinado. Debe ser todavía efecto de las setas alucinógenas, pero el cielo anocheciente de fondo es espectacular, increíble, todo teñido de luces amarillas y azules y rojas.

Esa ventana da a una pendiente. A unos trescientos metros se levanta una urbanización. En el cuarto piso veo que alguien prepara la cena en una cocina de luz ambarina. En la ventana de la lado, algo negro y redondo se agita y se mueve detrás de las cortinas.

Entrecierro los ojos intentando distinguir qué es, tratando de sobreponerme a los restos del psicotrópico (mis ojos hace una hora en el espejo eran solo dos pupilas enormes y negras). Llego a la conclusión de que debe ser la cabeza de un niño corriendo de un lado a otro de la habitación.

Digo: “veo a un crío jugar. No para de moverse. En la cocina, su madre hace la cena.”

Acompaño la frase de un movimiento del pie para acariciar el cuerpo de ella bajo las sábanas. Está tumbada en la cama, entre mis piernas. La distancia entre mi cabeza y ella parece eterna, insalvable.

“Deberías mirar. El aire huele increíble por la tormenta.”

Se levanta, desnuda también, y se asoma conmigo al tejado.

Las nubes de la tormenta se mueven rápido sobre nosotros, como si fuera a acabarse el mundo. Reflejan las luces de la ciudad con una fosforescencia fantasmagórica. Quizá sea también efecto de las setas.

Digo: “mira esa ventana gris en el cuarto piso de ese bloque. ¿Ves esa cosa negra? Es una cabeza de niño. No sé qué hace. Baila, o juega, no para de moverse. En la ventana de al lado su madre cocina”.

“¿Crees que nos ve?”

Agitamos los brazos y gritamos “¡Eh, estamos aqui!”. No nos oyen, hay demasiada distancia.

Seguimos mirando en silencio hacia esa vida entre cuatro muros que no sospecha que está siendo observada. El niño sale de la habitación.

Sin quitar la vista de su ventana, dice muy concentrada: “he perdido al niño”.

“No sufras. Intentaremos tener otro”, mientras pellizco su cadera.

Y caemos toda esa eternidad que nos separada de la cama dejando una estela de carcajadas.

 

En el espejo del baño no consigo reconocerme. El pelo rizado, revuelto, castaño aclarado por el sol. La cara con un ligero moreno, ni rastro de ojeras, la barbilla sin un solo pelo, marcada, angulosa. Hacia años que no me veía así. Vuelvo a la mesa donde me esperan el emperador a la plancha, una botella de Mateus Rosé y mi acompañante.

Comemos y al acabar ella dice que le ha encantado el vino, así que propongo pedir otra botella y llevárnosla de vuelta a las toallas.

El camarero nos da la botella metida en una bolsa con hielos y volvemos a la orilla.

Matamos el vino a sorbos largos, fumamos un par de canutos, nos acariciamos y nos juramos entre risas que está siendo el mejor día del verano, pero eso es porque vamos borrachos y el sol brilla sobre nuestra piel y nada importa.

Aparece un policía montado en quad que para tras nosotros, intuyendo nuestro calentón en la playa vacía, así que nos tumbamos bocabajo, separados, y tomamos el sol bajo la mirada atenta del agente. Juego a ser malo y me dedico a susurrar hacia ella (la voz deformada por la mejilla que se apoya contra la toalla, incapaz de mover nada que no sean los labios por la indolencia) todas las cosas que pienso hacerle cuando ya no haya espectadores, entre los cuatro muros del hotel.

Me pide que me calle porque si no no responderá de sus actos y no quiere antecedentes por escándalo público.

Modorra, borrachera, voluptuosidad, el viento empujando la arena contra nosotros, desdibujando nuestros límites. Un par de horas más así y acabaríamos borrados, convertidos en una duna más, así que nos damos un último chapuzón para despejarnos y volvemos al coche.

Estoy lejos de Madrid, de mi vida, de mi trabajo, en compañía de alguien con quien apenas me une nada pero con quien me siento cómodo, y quizá odie la playa pero me gusta el sol y el vino y la piel ajena.

Conduzco, miro sus pies desnudos sobre el salpicadero, quito la mano del cambio de marchas y la pongo en sus muslos morenos y me siento bien.

 

“Matadme”

Ese soy yo. Agonizo en el suelo del portal del hostal donde nos hemos alojado, encogido sobre mi estómago, la cabeza sobre el petate, sufriendo una de las peores resacas de mi vida.

“Por favor, matadme”

Ellos se reconstruyen la noche unos a otros: “entonces Peni empezó a intercambiar guiños con aquella tipa fea que a lo mejor debía tener 40 años…”

Insisto. “No me dejeis sufrir. Matadme”

“No me extraña que estés así de jodido. Empezaste a pedirte los whiskis con agua y luego a palo seco. Y cuando fuiste incapaz de distinguir tu copa de entre otras abandonadas por sus dueños sobre la barra, mezclaste todos los culos en una sola y te la bebiste de un trago.”

Ese es Furfur.

“Agh”

Ese yo.

Este es Rubén: “Luego desapareciste. Eran las siete, iban a cerrar el garito y te esfumaste. No teníamos ni idea de dónde te habías metido.” No consigo recordar cómo volví hasta el hostal.

Y al dolor físico va sumándose el dolor moral, la vergüenza, especialmente cuando me cuentan que me acerqué a un tío que bailaba con gafas de sol dentro del bar para pedirle que se las quitase, alegando que era un atentado contra la estética, el buen gusto y porque además le quedaban como el culo.

“Aaagh”

Así que una vez más hago propósito de enmienda y prometo no volver a beber sin mesura y ser buen chico y amar a mi prójimo, por lo menos hasta la próxima borrachera.

 

“Here’s my new address
6 1 5
oh…I forget.”

– Street Carp
, Deftones

Cada vez que ha venido a pasar la noche conmigo he conseguido llevarla a casa por un camino distinto.

Entrando por el garaje, el jardín o el portal, aparcando en la calle delantera o en la trasera o un par más allá, dando rodeos de una, dos y tres manzanas, cogiendo direcciones prohibidas, llegando desde norte, sur, este y oeste (Normalmente borrachos, normalmente amaneciendo, con la urgencia del calentón o sólo con cansancio, en su coche o en el mío y cualquiera de los dos al volante.)

He quemado el mapa de mi cabeza trazando todas las rutas posibles para llegar hasta mi cama sin repetir caminos, confiado en su pésima orientación y su mala memoria (y ya en el ascensor, los ojos empequeñecidos por la luz, siempre la misma broma: “No sé como lo haces. He estado aquí siete u ocho veces y todavía no sé llegar”).

Así que cuando este viernes de madrugada le digo que no me siento cómodo en esa terraza llena de críos pijos y decidimos ir a mi casa y cogemos su coche y esquivamos un control de alcoholemia, descubro consternado que llega hasta mi puerta sin necesitar una sola indicación y por el camino más corto.

Ese pequeño detalle lo cambia todo.

 

Por teléfono, como a través de estas letras, suelo sentirme seguro. Juego con la ventaja de ser una voz bonita, de no cargar con una cara o un cuerpo.

Llamada de larga distancia de alguien a 1260 kilómetros de aquí. Cada vez que termino una frase un fallo en la línea hace que me escuche repetido medio segundo después, como un eco, como un traductor simultáneo.

De acuerdo, nadie reconoce su voz cuando viene de fuera, siempre nos resulta extraña, ajena. Ese no es el problema. En este caso no es el timbre lo que falla, sino la entonación.

Porque el cabrón que me hace de eco está jugándomela. Cambia el sentido de cada una de mis frases, le da a cada palabra un tono opuesto al que yo pretendía ponerle. Dónde quiero sonar encantadoramente cínico él resulta dócil, anodino; dónde quiero mostrarme cercano, el se muestra ácido, intratable; río de verdad y su carcajada metálica resuena enlatada como en una mala comedia de situación.

Desesperado, intento meter el brazo hasta el hombro en el auricular y sacar de un tirón al tergiversador de tonos (al que imagino igual que yo pero con la mirada ladina, una rara especie de cangrejo ermitaño telefónico) para partirle el alma en dos, pero no lo consigo.

Y al final todo lo que digo suena tan falso en mi eco que tengo que acabar colgando, incapaz de atender a lo que me responde una voz a 1260 kilómetros de aquí.

 

No hay nadie en recepción esta tarde, así que abro yo la puerta.

Es ella. Más alta, vestida con sobriedad (siempre supo ser elegante), pelo recogido en coleta (ella que lo llevó decolorado y rojo y rapado y de punta). Hace dos años que no la veía.

Cruzamos los dos besos de rigor. Lleva la colonia de siempre, la misma que utilizo yo. No sé muy bien qué decir, así que la llevo hasta la sala de reuniones y aviso a Sergio para que la entreviste.

Vuelvo a mi equipo, hago como que trabajo. Pienso en los cambios en su aspecto, en que empieza a tener esos rasgos desconocidos que se descubren en aquellas personas con las que se tuvo confianza pero se perdió el contacto hace tiempo. Pienso en cómo habré cambiado yo para ella, en qué facciones y en qué gestos soy otro.
(nosotros, que aprendimos de memoria cada centímetro de piel)

Salen. La entrevista ha sido rápida y no es buena señal. Con otros candidatos han estado más de media hora. La acompaño hasta el ascensor:

“Acabo a las siete. Si esperas un poco tomamos un café”.
“Vale. Estamos en la terraza que hay enfrente”.
“Si para las siete no he bajado, marchaos”.

Y a las siete el ritual de siempre: resoplar, apagar el mac, soltar un “que os sea leve”, ponerme los pendientes en el ascensor, liar un cigarro y salir al sol de plomo de la calle. Pero en lugar de ir hacia la terraza tomo la dirección opuesta, hacia el metro.

No tiene sentido que vaya a tomar un café con ellos.

Supongo que tampoco lo tiene el que la nombrase cuando en el estudio me pidieron que recomendara a alguien para el puesto de diseñador junior.

Una de las pocas cosas que importa en este tinglado de existir es saber ser agradeido, saber ser justo. Creo que toda la historia se ha reducido a eso.

 

En el sueño ocurren otras cosas, pero esto es lo más importante:

Bajo unas escaleras en penumbra. Voy guiando a un grupo de gente. Al pie de los escalones una figura a contraluz nos corta el paso (como cuando de madrugada al entrar en mi portal a oscuras la luz que entra de la calle recorta mi silueta gigante contra la pared).

Agarro su mano y se la retuerzo, tirando del brazo hacia el suelo, obligándole a arrodillarse. Con la mano que tiene libre me golpea sin hacerme daño. Sostiene algo con filo pero sin punta que relampaguea en la oscuridad. La gente detrás de mi va saliendo al aire de la noche.

Cuando la figura está en el suelo me reuno con ellos. Preguntan si estoy bien. Levanto la camiseta y enseño unos arañazos sin sangre, cortes poco profundos.

Tuercen los labios, bajan a cabeza: “La navaja debía estar envenenada. Sólo te queda una hora de vida”

Yo despreocupado, alegre, exultante: “Entonces vámonos a celebrarlo”

(Cuando al día siguiente cuente esto a tres amigos de resaca en un coche, dirán “se nota que es un sueño: en realidad a nosotros nos habría dado igual y tu serías el triste y preocupado”).

Asi que en el sueño arrastro a toda la gente hacia un bar, pero nadie parece animado. Empieza a ponerme nervioso que estén tan callados, fúnebres, que me miren de reojo con compasión.

“Demonios, es mi última hora de vida y no voy a dejar que me la amargueis”. Y me voy del garito dejándoles allí.

Amanece. Camino por una acera, los brazos extendidos, haciendo funambulismo de bordillo. Delante de mi se tambalean ebrios y despreocupados los dos o tres que han decidido acompañarme hasta el final.

Miro un reloj, pienso que debo estar a punto de morirme y realmente me importa un carajo. Estoy tranquilo.

 

Atardece.

Conduzco por la autopista absolutamente vacía, en medio de la meseta. Las ventanillas bajadas (la luz entra, la música sale) y todas las señales en el coche que indican un viaje largo: botellas de agua vacías, bolsas, ropa, cintas, todo desordenado.

Ella, a mi lado (pelo corto moreno, camiseta de tirantes blancos, piel naranja por el sol), consulta un mapa desplegado sobre sus rodillas. Yo voy explicando algo, apenas atento a la carretera, cualquier dato absurdo de esos que me llenan la cabeza y que no interesan a nadie.

Entonces levanta la vista del mapa, me mira, sonríe toda dientes e indulgencia y me besa.

Me despierto.

Aturdido por la siesta, pero sobre todo sorprendido porque ella esté conmigo. Y me siento absolutamente feliz, eufórico, por tener a una chica tan increíble que sabe mirarme y besar así.

Entonces intento recordar su nombre y no lo consigo. Caigo en la cuenta de que no es real, no existe. La he soñado, con su familiaridad y su sonrisa y su camiseta de tirantes blanca.

Y la felicidad me anuda las tripas y se vuelve amargura. Convertido en ogro malhumorado me levanto de la cama sin deshacer y voy hacia la ducha dispuesto a matar al primero que me cruce esta noche de viernes por haber perdido a alguien que no existe.

 

Y la conversación sigue el guión de siempre, vacío y gastado desde hace años:

Él- No sabes que bien estoy con ella. Qué pillado.
Yo- Me alegro, pero no te fíes.

Él- Tío, me mato a trabajar.
Yo- Yo estoy cansado de no hacer nada.
Él- Deberías organizar un poco tu vida.
Yo- Pse.

Él- Bueno, ¿y de niñas?
Yo- Paso de mujeres. Estoy harto.
Él- Bah, siempre dices eso.
Yo- Esta vez es en serio.

Yo – ¿Y estos qué tal?
El – Bien, por ahí.
Yo- ¿Y Nosequién?
Él- Ni idea, hace meses que no hablo con él.
Yo- Deberíamos llamarle.

Él- Fumas demasiado.
Yo- Un día de estos lo dejo.

Repetimos este rito desde hace años, como dos personajes de Beckett, recitando siempre las mismas frases con ligeras variaciones y la mirada perdida en el infinito.

Al principio me desesperaba. Intentaba improvisar, romper lo establecido (“¿Sabes? Voy a irme de misionero a Tombuctú”). Buscaba un sentido a verle, una justificación para esta comedia de bar, arañaba la etiqueta de la cerveza intentando encontrar cosas verdaderas que decirnos sin querer aceptar que todo lo que nos une son veinte años de pasado común.

Ahora me vale con saber que el otro está ahí y que jugamos a decir cosas, a fingir que nos comunicamos. Que es suficiente con que la cerveza este fría y con la pelea por ver quien paga, con que yo llene el cenicero de colillas y con que sincronicemos el giro de cabezas cuando pasa alguna chica junto a la mesa para mirarle el culo.

 

Nunca he estado en el bar, pero me enamoro de su mobiliario viejo y gastado, casi de postguerra, de su olor oscuro y humedo, de sus enormes espejos cubriendo las paredes, marcados como de escarcha en los bordes, rayados por la limpieza de mil trapos, espejos que convierten cada reflejo en una fotografía antigua color sepia, arañada y sucia.

Bebo cerveza. Hablamos. Yo pongo mi voz grave de tipo interesante más para la chica que lee en la mesa de al lado que para ella.

Le digo: “Bueno, ¿Qué tal tu recién descubierta bisexualidad?” (una mañana me desperté y tenía un mensaje suyo diciendo cuánto me echaba de menos a veces y que ahora estaba liada con una amiga.)

Me cuenta que ella es delgada, con rastas rubias y tetas pequeñas y redondas, que se corre con mucha facilidad. Que se le agarra a la pierna, que a veces se pone muy triste sin motivos, que no sabe si la utiliza o si se siente utilizada. Que es curioso y dulce.

Dice “Le he hablado de ti, tiene ganas de conocerte.

Y entonces yo sólo asiento y murmuro “uhm”, cuando lo que querría explicarle (si tuviera algún sentido hacerlo) es que ha pasado tanto tiempo desde que hubo algo entre ella y yo que nosotros, los de entocnes, ya no somos los mismos, que si compartiéramos unos minutos más de los necesarios para tomar la cerveza se daría cuenta de que soy un extraño para ella, que cualquier imagen mía que haya podido transmitirle a esa chica es la de un tipo que ahora no soy, adornado por su cabecita novelera.

(Tampoco le digo que estoy viendo mi cara reflejada en el espejo tras ella y que no puedo sostenerme la mirada de lo horrible que me siento.)

Me pregunta: “¿Y tu? ¿Qué haces?

Trabajo. Duermo poco. Callejeo por Madrid en mis horas de comida. Leo en el Retiro y en el autobus. A veces busco excusas para ver a gente, como hoy contigo, y tomar una cerveza.

“No está mal. Suena tranquilo.”

Apuro mi cerveza y dice que se tiene que ir y a mi me parece perfecto porque posiblemente no hubiéramos encontrado más cosas que contarnos.

 

Uno.

Parado ante un Modigliani en el Pompidú. A mi lado, una chica (rizos castaños, ojos y gafas azules) frente al mismo cuadro. Miro mi teléfono y ella se gira y me pregunta: “¿Qué hora es?”. Sin pensarlo, respondo: “la una y media”.

Nos observamos entrecerrando los ojos y nos reímos a la vez porque nos damos cuenta de que hemos hablado directamente en castellano, sin conocernos. “¿Eres español?”. Asiento. Y cuando parece que vamos a empezar una conversación recuerdo que he quedado en la cafetería del museo a la una y media, digo “disfruta de la visita” y salgo corriendo de allí pensando en que tenía una sonrisa preciosa.

Dos.
Pont Neuf, anochece. La ciudad parece un parque de atracciones o un colocón de alucinógenos gracias a la iluminación multicolor que le han dado para recibir al Comité Olímpico. Apoyado en la barandilla, miro los bateaux turísticos pasar bajo el puente y recuerdo que ayer le comenté a mi acompañante en este mismo sitio que era una pena estar en París y no estar enamorados de nadie.

Entonces veo a una chica sentada en el puente, de cara al norte. De perfil es preciosa.

Pero es todo demasiado tópico, ya saben: chica sola pensativa y con aire melancólico contempla el anochecer desde el Pont Neuf. Y claro, si esto fuera una novela yo me acercaría para decirle “Oiga, señorita, ¿miramos juntos un rato el río y nos enamoramos?” Pero no lo es y yo no me atrevería nunca a hacer algo así.

Tres.
Ile St-Louis, Ile de la Cite, rive droite hasta el Louvre y entonces Pont des Arts para cruzar al Musee d’Orsay.

El museo está cerrado. Hay una fiesta de inauguración de una exposición, todo el mundo muy elegante hablando en corros en la plaza esperando para entrar. Cruzo entre ellos y se me acerca una chica con una interrogación en los ojos. Pregunta algo que no entiendo y niego con la cabeza. Debe estar esperando a alguien a quien no conoce porque después habla con otros tipos solos en la plaza.

Me quedo fumando y mirándola hasta que por fin un chico rubio y feo le responde afirmativamente. Se saludan, ella le da una invitación y entran juntos en el museo.

Parecía simpática. Tenía que haber fingido ser la persona a la que buscaba.

 

“¿A dónde viaja?”
“Orly”
“Lo siento, han cancelado su vuelo.”

Voy al mostrador de mi compañía. Hay huelga general en Francia, así que me ofrecen devolverme el dinero o volar con ellos el lunes. No hay billetes antes. Yo el lunes debería estar trabajando.

La última vez que pisé este aeropuerto se podía fumar. Ahora ya no, así que salgo a la zona de los taxis cargando con la maleta y enciendo un cigarro. Se me acerca un tío. Lleva un sombrero ridículo, una funda de trompeta, una maleta enorme. Me ofrece fuego a pesar de que tengo encendido el cigarro y aprovecha para preguntarme que qué voy a hacer. Me ha visto en la cola, el también viajaba a Paris.

Respondo que posiblemente coja un tren cama esta tarde que me deje en Saint Lazare por la mañana.

“Oh, podría ir contigo. Llevo vino en la maleta. Nos podemos emborrachar. Seguro que hay chicas en el tren y ligamos.”

Mientras fumamos y hablamos de tonterías (de que es actor, de globiflexia, de que para tocar la trompeta no hace falta respiración circular) preparo la frase que voy a decirle: “Lo siento. No se me da bien relacionarme con desconocidos. Llevo libros, llevo música, prefiero hacer el viaje a solas.” Dudo si redondearla con un: “Y antes me amputaría el bazo a mordiscos que pasar contigo trece horas en un tren”.

Los dos esperamos una llamada. Yo, a que me confirmen que hay billetes para el tren. Él, a un amigo que le busca vuelos por internet. Suena su teléfono: mañana sale un avión a primera hora con otra compañía, no es muy caro y hay plazas. Así que me trago mi frase tan pensada y vamos a comprar los billetes.

Ahora hacemos cola ante el mostrador. Intento ser amable:

“Así que eres actor… ¿Dónde estudiaste? ¿Resad? ¿Cristina Rota?”
“En la escuela de Torrelodones”
“Una amiga estudió allí. Se llama Isabel. Salía en el último anuncio de Ikea”,
comento (Isabel estaba loca. Cuando yo estaba en la compañía representamos juntos Esperando a Godot. Ella interpretaba a Vladimir y yo a Estragón. Tuve que enseñarle a escupir por exigencias del texto.)

“¡No jodas! ¡Conozco a Isabel! ¡Su novio es hermano de mi cuñada!”

Cojonudo. Madrid es enorme. Un puto agujero con cuatro putos millones de habitantes, pero por supuesto el loco que se me engancha en el aeropuerto tiene que tener algún lazo conmigo.

Conseguimos los billetes y me despido. Cuando se aleja pienso que tiene cara de Pierrot melancólico y ojos de borracho. Mañana vuelo a París con él.

 

Cansado de la rutina curro-cama cama-curro, tan terriblemente domingo, sin ni siquiera una resaca que justifique este tonto malestar en las tripas, esta sensación de no tener a nadie a quien recurrir, me echo encima de mi aspecto tan de domingo (ropa arrugada, sucia, yo sin duchar) una cazadora y salgo de camino al cine para ver cualquier cosa.

En la cola distingo, cincuenta personas por delante, a un grupo de gente que me suena. Pijos majaderos de mi generación, conocidos de vista por coincidir en bares y autobuses. Puedo imaginarles sin mucho esfuerzo vestidos de verano, sus náuticos sin calcetines, pantalón caqui corto, flequillo y polo de rugby. En especial hay uno al que detesto por su mirada idiota y su papada.

Y como en cada ocasión que voy solo, el taquillero me pregunta varias veces si quiero una única entrada. Me doy cuenta de que no lo hace porque le extrañe, sino porque la pido casi susurrando, avergonzado.

Arrugo la entrada en la mano, entro en la sala con diez minutos de retraso, la película ya empezada hace rato. Cuarta fila, butaca veintiuno.

Llego hasta la fila pero no distingo los números en los respaldos. Pregunto al tipo sentado en la butaca que da al pasillo si ese es el lado par o impar. Sorpresa, es el pijo gordo que me mira con cara bovina y duda. No espero la respuesta: junto a la pared hay un sitio libre y hago levantarse a toda la fila (un muro de cuerpos y abrigos, de palomitas y cocacolas recortadas contra la pantalla, un pequeño tsunami que impide la visión de toda la sala) para llegar hasta allí.

Cuando me siento, noto que todos los pijos me miran. El de mi lado dice “esa es la butaca de un amigo al que esperamos”. Cojonudo. Así que me levanto y de nuevo provoco una ola, esta vez en sentido contrario, para llegar a la última puta butaca del otro lado del pasillo, en el extremo opuesto, peleando contra rodillas y reposavasos. Por detrás de mi escucho una marejadilla de quejas.

Creo que he pasado media vida intentando no sentirme un bicho raro, convencido de que no consigo hacer las cosas más cotidianas con normalidad, sin torpezas o complicaciones. Ya les he hablado de eso.

Pues la sensación ha sido tan grande que apenas he podido atender a la película, empeñado en arrugar mi metro noventa en la butaca, imaginando a toda una sala de espectadores acordándose de mis difuntos, gritándome idiota en silencio, clavando sus quinientos ojos en mi nuca en lugar de en la pantalla.

 

Les contaré un secreto: entre las ocho y media y las nueve y diez de la mañana me convierto en un monstruo.

Es el periodo que transcurre entre el momento exacto en que todavía dormido subo al autobús y el momento en que enciendo el primer cigarro del día al salir del metro camino del estudio. En ese intervalo pierdo la poca capacidad de compasión, de solidaridad y de buenos sentimientos que albergan mis ochentaymuchos kilos de cuerpo.

Porque les juro solemnemente (si es que se pueden fiar de un tipo tan sin palabra como yo) que sería capaz, por ejemplo, de reducir a pulpa la cabeza de la ancianita que camina delante de mi con el libro que llevo en la mano porque avanza demasiado despacio, o de estrangular con la bandolera al caballero con pinta de despistado que duda ante los torniquetes bloqueándome el paso. Que me cuesta mucho rechinar de dientes y acidez de estómago contenerme para no empujar rodando escaleras mecánicas abajo al que va delante o sujetarme mentalmente para no emprenderla a codazos, mordiscos y patadas con los que me rodean en el vagón.

Y hoy me descubro pensando “Joder, zorra, si es que además de fea y gorda llevas una cara de asco y estupidez que me dan ganas de acabar con tu patética existencia de la manera más dolorosa posible” acerca de una mujer cuyo único delito ha sido sentarse frente a mi en el metro.

Un día de estos encenderé el cigarro al salir con las manos manchadas de sangre y sesos y me dirigiré a la comisaría más próxima en lugar de al trabajo.

 

En el sueño, el taxista que me ha sacado de aquel barrio decadente y ruinoso detiene el coche desesperado porque no sabe salir del laberinto de autopistas y puentes que se eleva en el cielo Madrid.

En el último giro el vehículo ha frenado de golpe en el límite de una carretera sin terminar que se abre ante el vacío (la ciudad, muy abajo, parece un hormiguero). Así que salimos del taxi y nos apoyamos en el capot, codo con codo, sin saber qué estamos esperando y mirando hacia la carretera interrumpida.

“Podría dejarle aquí, pero tendría que descolgarse desde esta vía hasta la que está debajo, y así hasta el suelo, y no creo que sobreviviese a la caída de doscientos metros”, me dice. Y no tengo más remedio que darle la razón, porque yo en los sueños no sé volar.

Entonces escucho unos golpes amortiguados que vienen del maletero y recuerdo a la chica que encerré allí. Hago cuentas: lleva día y medio atrapada por mi culpa. Tengo suerte de que no haya muerto por calor o asfixia.

El taxista me pregunta: “¿no oye nada?”

Y yo, como en una película mala, carraspeo un “no, será la radio”.
(la chica golpea más fuerte, trata de gritar, pero sé que está amordazada.)

El tipo me mira de nuevo y se dirige a la parte trasera del coche.

“No lo abra, por favor”

Pero ya es tarde. Ella, vestida con un traje de fiesta roto y sucio, maniatada, ha salido del maletero y corre por la autopista aérea, alejándose.

Murmuro mierda y me dispongo a correr detrás y entonces me despierto.

 

“Nothing can be better than a swan dive into the asphalt…”
Swan Dive , (HED) p.e.

En el estudio hay una sala de corte.

En la sala de corte hay una mesa para ver negativos, hay cutters y reglas, tijeras, hay miles de tipos de papel, hay pinturas, pegamentos y sprays. El paraíso de un sádico o de un nostálgico de la clase de plástica.

También hay una ventana que da a un patio interior.

Algunas tardes voy a esa habitación, abro la ventana y fumo mirando al patio. Si quisiera suicidarme (teniendo en cuenta que nunca lo haré, porque como dice Cioran “autosuprimirse es perderse la oportunidad de seguir riéndose de la vida”) sería arrojándome por la ventana en algún sitio así.

Es perfecto, y demuestra que si hay un Dios por ahí arriba tiene estilo como director de arte. Un patio sacado de una película, de un sueño, suficientemente estrecho y medianamente oscuro, de paredes y marcos desconchados, con enormes tuberías antediluvianas recorriéndolo de arriba abajo, mastodónticas máquinas de aire aconodicionado. Al fondo, como un pequeño pixel gris, el suelo.

Y es hermoso sacar medio cuerpo de la ventana y mirar hacia abajo, y pensar que no quedaría tan mal un pequeño asterisco negro sobre el cuadro gris con esa luz de anochecer.

Después, todo lo que cae al vacío es la colilla del cigarro.

Cierro la ventana y vuelvo al estudio.

 

Como ya he dicho, ahora trabajo en un estudio de diseño.
(Lo que no deja de ser curioso, porque no me considero diseñador gráfico. Si alguien me preguntase qué creo ser sólo podría afirmar categoricamente que soy fumador y mala persona.)

Esto de trabajar supone que cada mañana el metro me escupa a eso de las nueve en Cibeles, orilla izquierda, y yo tenga que llegar a la orilla derecha por un paso subterráneo que cruza la Castellana. Tras dos meses de repetir esa rutina, me he dado cuenta de algo.

Cada día me cuesta un par de pasos más recorrer ese tunel. Cada día me lleva un par de segundos más y salgo más cansado del otro lado, con menos resuello para encender el primer cigarro de la mañana. Y la conclusión es evidente: el tunel crece, se prolonga.

Así que imagino a una suerte de obreros conspiradores enanos que cada noche ensanchan la Castellana imperceptiblemente, sólo un par de centimetros, y estiran también el paso subterraneo con un par de baldosines. Con su trabajo constante acabarán dividiendo Madrid en dos mitades, separadas por una insalvable Castellana enorme como un desierto de asfalto, y ya no volveremos a encontrarnos con las caras que queden del otro lado.

También puede ser sencillamente que cada día me cueste más ir a trabajar y que el tunel sólo se prolongue en mi cabeza. Pero eso, desde luego, no es creible.

 

Convertir la tristeza en asco es fácil. Basta con fruncir los labios y sentir una ligera nausea y pensar que nada merece la pena, dejarse volver a la adolescencia.

Convertir la tristeza en rabia es aún más sencillo. Sólo hay apretar los dientes y odiar un poco todo y un mucho lo que nos pone tristes, y querer hacerlo pedazos.

A veces la tristeza se me aparece como unas ganas horribles de follar.

Así que el viernes salgo del trabajo (oh, si, olvidé que no lo sabían: ahora curro en un estudio de diseño) cachondo y triste, y caminó por Madrid durante dos horas pensando tonterías como que ser yo no funciona, o que todo este tinglado de vivir está mal diseñado, mientras tarareo las penas de Tom Traubert con la polla dura, gorda, frotándose contra las costuras del pantalón.

Y pienso que esa sensación estúpida sólo podría quitárseme pasando un día entero en la cama con alguien, un día de sexo y risa y conversación, un día de vacío postcoitum y levedad de pieles, un día de estar acompañado.

En momentos así sería capaz de perder mi timidez y soltarle indecencias a la primera que me sonriese por la calle.

Por supuesto, no consigo el sexo. Y la pena debe seguir por ahí al fondo, en algún lado.

Sábado, mediodía, viejo chalet en la sierra. Estamos sentados en el jardín, en torno a una mesa (humo, sangría y olor a sol), con la típica conversación de barbacoa y viejos tiempos. Hago un chiste tonto, de parvulario, que desata un coro de risas. Varios comentarios siguen la broma y las risas van creciendo y no puedo evitar carcajearme yo también.

No me gusta reír en público. Me siento grotesco, ridículo. Y me refiero a reír de verdad, no a esbozar una ligera sonrisa social y soltar un “je” mal ensayado

Y con cada comentario que se va sumando al chiste río cada vez más, con al boca más abierta, la cara más congestionada, río tanto que empiezan a saltárseme las lágrimas, sigo riendo sin control, a enormes carcajadas, hasta darme cuenta de que estoy llorando. Llorando de verdad.

No puedo recordar hace cuánto no lloraba.

Por suerte el estúpido flequillo sobre el ojo izquierdo, la mano sosteniendo el vaso ante la boca y la ligera ebriedad general impiden que la gente se de cuenta y puedo secarme disimuladamente las lágrimas.

Así que este es mi otoño: inestable y al borde de algo que no sé identificar.

 

Nueva oportunidad de demostrar lo ocurrente y gracioso que soy ofrecida esta vez por el Sr Fernando.

Sr Fer. – Para romper el hielo, ¿sexo, drogas o rock’n’roll?

P. – Para romper el hielo prefiero un picahielos tradicional o un mazo. He probado con el sexo, pero se me pone morado al cuarto golpe. Read the rest of this entry »

Últimamente he tenido la ocasión de tropezarme con gente que lee esto y después de hablar con ellos veo necesaria hacer una pequeña declaración: nada de lo que escribo en este weblog es mentira. Nunca. Tampoco es ficción, invención o como quieran llamarlo.

Sólo sigo tres normas para contar algo aquí: que sea real, que haya ocurrido en los últimos días y que pueda escribirlo de una forma relativamente amena. Nada de cuentos. Nada de vidas ajenas que no me impliquen. Nada de cosas por las que me gustaría haber pasado. Nada (a ser posible) de recuerdos caducados. Ni soy escritor ni pretendo serlo.

Podré exagerar pequeños detalles, novelizar ligeramente las tramas o añadirles cicatrices a los personajes, pero nunca sacármelos de la chistera. Si hablo de una espalda con lunares, la he besado. Si cuento una noche de juerga es posible que esté sufriendo la resaca consiguiente. Si digo qué aspecto tiene Madrid desde dentro de un coche patrulla es porque lo he visto.

Como con las estúpidas fotografías: elijo la perspectiva y sección de mi cara que me conviene y varío el contraste, pero sigue siendo la jeta que la genética me ha dado.

Otra cosa distinta es lo que diga sobre mis emociones. En ese punto si me permito mentir lo que me viene en gana, porque al fin y al cabo soy el único que puede saber de su veracidad. Y a veces lo interesante es calcular qué sentimientos fingir para determinadas situaciones.

Y todo lo anterior no es mentira.