Llevábamos un mes en la casa y yo todavía no me había atrevido a subir las escaleras de metal que había en la terraza de nuestra habitación para alcanzar el tejado. Aquel anochecer de marzo volvimos algo ebrios, exultantes. Ella entró en la ducha. Yo, que todavía fumaba, salí a la terraza y encendí un cigarro. Delante de mí el puñetero Madrid era perfecto bajo la última luz de la tarde.

Trepé las escaleras y subí al tejado que era directamente el techo de nuestra habitación.

Siempre me ha fascinado ese mundo formado por los tejados en las ciudades. Una segunda realidad por encima de todos, hecha de azoteas y terrazas, de palomares y antenas y que tan pocas veces intuimos o atisbamos. Invita a explorarla, cartografiarla y no bajar nunca.

Di una vuelta completa a la superficie de nuestra casa por el tejado limpiándome las manos del óxido de la escalera. Descubrí dónde estaba la máquina del aire acondicionado. Encontré un paraguas roto y una sección cubierta por baldosas que parecía un pequeño solarium. Y entonces me senté sobre las tejas junto a la claraboya que daba a nuestra habitación y miré. El encuadre parecía elegido con intención: abarcaba exactamente el espacio que ocupaba nuestra cama debajo.

Y entonces deseé con todas mis fuerzas que cada puta noche hubiera un ladrón de pisos, un voyeur, un fetichista que busca bragas por los tendederos, un loco fascinado por los tejados que mirase por esa ventana, como yo ahora, y envidiase la felicidad de lo que ocurría allí dentro en nuestra cama, donde nosotros dormiríamos o follaríamos o leeríamos y fumaríamos sin saber que éramos observados. Quise que eso no quedase sólo a la vista de las palomas, del ciego sol y del ojo envidioso de Dios.

Pensé en quedarme ahí sentado hasta que ella volviera de la ducha a la habitación y no me encontrase. Saludarla entonces repiqueteando con los nudillos en la claraboya.

No lo hice. Baje las escaleras para volver al Madrid de Abajo, a nuestra recién estrenada casa. Ella apareció después envuelta en una toalla. No recuerdo si le conté que había estado allí arriba.

Desde anoche, cualquier ladrón, voyeur, fetichista o loco de los tejados que se asome a esa ventana solo me verá a mi en una cama demasiado grande. Es una pena.