Como en esas comedias en las que al protagonista le dicen que su corazón no aguantará un susto más y luego todo son ciento veinte minutos de situaciones absurdas, tensas e inesperadas. Como ese último cañonazo a la barriga de un Homer que por fin ha encontrado su lugar.
(- Soy Billy Corgan, de los Smashing Pumpkins,
– Homer Simpson, Machacapunkis.)

Una mujer con bata blanca y ojeras y muchos años de carrera me dice, tras mirar unos folios llenos de números, que no debo estresarme. Que haga una vida absolutamente normal, pero que evite las tensiones.
(Y las saunas. Y los desiertos. Y un año después lo recordaré, a cincuenta grados, rigurosamente de negro, mientras trepo una duna en Mojave.)

Gruño un “cojonudo” y le explico, bailando las manos nerviosamente, que soy el tío más tranquilo al este del Manzanares. Más frío que el puto hielo, nena. Más cool que Vanilla Ice.
(No creo que pillara la referencia.)

Porque fumo nervioso. Y bebo nervioso. Y camino nervioso. Pero por dentro suena siempre el recopilatorio de “La Mejor Música Clásica Chill Out” y hay cuadros tejidos a ganchillo de ciervos bebiendo en arroyos de Orfidal.

Así que hoy son las ocho y media de la mañana y estoy terriblemente guapo aunque lleve despierto veinte minutos. Y mi jefe me grita (veo la cicatriz rosa de su operación de tiroides asomando por el cuello de su camisa, también rosa) a treinta centímetros de mi cara, todo aliento a café, pero no sé preocuparme por la gravedad de la situación.

Le miro con pena porque lo esté pasando mal. Le miro con condescendencia porque me utilice para descargar la angustia de que su empresa se vaya a la mierda. Le miro con compasión pensando que lleva razón, que soy un hijo de puta y me lo merezco.

Firmo la carta de amonestación que extiende ante mí como quien firma al pagar una cena sin mirar la cuenta y salgo de la sala de reuniones con mi futuro pendiendo de un hilo.

Pero asquerosamente tranquilo por prescripción médica.