Desde la tercera planta de la Joy Eslava la calva de Bonnie Prince Billy parece falsa, casi de látex, con su enorme cabeza de cráneo imposible. Cuando entramos está cantado:

¿Qué hiciste cuando viste que me había ido?
¿Te quedaste paralizada y lloraste?

Ella le responde:

¿Eso es lo que quieres imaginar, cariño?
¿A mí hundida, ahogada por las lágrimas?
Es verdad que lloré
Pero después salí fuera
y miré al cielo, muy quieta en la noche,
y supe que algún día iba a morir
y que entonces todo estaría bien.

Me irrita la gente hablando en la barra. Me molesta la mujer a la izquierda que con su perfume demasiado fuerte no me deja oler el de ella, a mi lado. Pero Oldham sigue diciendo cosas puñeteramente bonitas:

Sabes que amo todo lo que me rodea
y que siento la necesidad de vivir, y de no desaprovecharlo.
Pero a veces notarás que lo contrario me invade,
que esa detestable oposición nubla mi mente
y todo lo que puedo ver es oscuridad.

Todo eso no hace que olvide que abajo, en la pista, anda el chico con el que ella vivió tantos años. Que vamos a encontrarle al salir.

(El bueno de Bonnie sigue:

Oh, fóllame, fóllame,
fóllame bien.
Hazlo, hazlo,
arrodíllame, compláceme.
Chico, demuestra cuánto me deseas
y hazlo tan bien que todos lo puedan ver.)

Sé que todos los ex son siempre mejores que yo. Más guapos. Más listos. Más interesantes. Que la tienen más gorda y conseguían que gritasen como yo nunca podré hacerlo.

Bonnie Prince Billy se despide sin un bis. Se encienden las luces de sala. Descubro entre la multitud, mirándome con insistencia y ridículo desafío, a una chica que debe odiarme. Y da absolutamente igual.

Porque sé que fuera nos espera él, y son sus ojos los que me dan miedo.
(¿Y si leo en su mirada que piensa que soy yo quién la tiene mas gorda y consigo que ella grite como él nunca pudo hacerlo?)

También el pánico de que ella nos verá, lado a lado, y comparará y recordará y entonces todo lo que soy o lo que pueda hacer no servirá de nada.