El pasado vino a sentarse a mi lado.

No hay ficción en esto. No hay (apenas) exageración. Era tan coincidente y real que, por un breve momento en que mi cabeza fue tomada por los ejércitos de la paranoia, pensé que era una pantomima orquestada por un archienemigo y que la pareja que acababa de ocupar la mesa a mi derecha eran solo actores caracterizados. Busqué cámaras ocultas.

Ella el mismo corte pelo. Misma altura, mismo peso, igual repartido. Unos vaqueros conocidos, una camiseta blanca de cuello dado de sí y una cámara completando la similitud. Él misma barba, mismo sobrepeso, misma falta de percha. Igual postura tímido-encorvada al guardar un libro en el satchel.

Pero eran sobre todo los movimientos del sistema que formaban, su forma de caminar hasta la mesa, la proxémica al sentarse en las sillas, lo que lo hacía incómodamente familiar.

Había pequeñas diferencias que lo hacían verosímil: yo nunca hubiera llevado una camiseta con una referencia pop. Ella tenía acento del sur. Consultaban una guía de Madrid que los convertía en turistas provincianos.

Y también pequeños reflejos invertidos por esa manía caleidoscópica de la realidad. Ella quien fumaba de liar mientras él abría un paquete de rubio. Ella un par de años mayor. Al servirles la copa el whisky era para ella y para él el ron.

Mi yo de hoy, bebiendo ginebra, vigilaba al del pasado como si hubiera visto a un fantasma. A pesar de que se dio cuenta de las miradas furtivas no pareció sospechar que era su yo del futuro observándole con dureza.

Y esto no va a ser como ese cuento de Borges en que se encuentra consigo mismo, treinta años antes, en un parque en Ginebra, y no se cae bien.

Pensé en advertirle. Levantarme, acercarme y decirle: “Vas jodido, tío”.

Nada de consejos útiles. Nada de “no mandes a producción esa memoria de urgencia, porque palmarás toda la pasta” o “no cojas el coche de tu hermano volviendo de Cantabria, porque vas a estrellarlo” o “compra tabaco el día que decidas ir a urgencias por ese extraño hormigueo”.

Solo un “vas jodido, pero no a peor. Solo a distinto.”
(A ella no le hubiera dicho nada. Para qué.)

Valoré pedir otra copa, seguir espiando. Pero me recité mentalmente las diferencias y me fui a casa.