Cuando nos conocimos yo escuchaba con frecuencia ese tema de The Good Life que empieza diciendo

“La primera vez que nos vimos vomitaba en el lavabo del baño de señoras. Ella me preguntó si necesitaba ayuda y le dije: creo que he vertido mi copa. Y así empezó todo.”

Debió oírla conmigo alguna de las primeras veces que se quedó a dormir. No le gustaba por la voz de Tim Kasher. Decía que desafinaba. A mí la canción acabó por aburrirme.

 (“Y sé que entonces me quería, lo juro por Dios. Lo sé por la forma en que mordía mis labios y por cómo apretaba sus caderas contra las mías y por lo profundo que clavaba sus uñas en mi piel”)

Tras contar la típica historia de amor pop, la estrofa final:

“La última vez que la vi ella separaba sus discos de los míos. Su ropa ya estaba metida en la cajas, con sartenes y cacerolas y libros y una tostadora. Entonces un ratón pasó correteando entre los dos y empezamos a reír hasta que todo dejó de doler.”

Ayer cuando volví a casa ella estaba allí. Detrás de mí llegaron un par de ecuatorianos, asfixiados por los cuatro pisos sin ascensor. Fueron bajando las cajas que yo había llenado metódicamente la semana anterior con todo lo que todavía no se había llevado. Ropa, libros, partituras de piano, su ordenador, un cuadro. Los ecuatorianos cargaron todo en una furgoneta y se fueron.

Después fumamos. Dije que la quería. Que no podía perderla. Que no entendía nada.

Sentí las piernas sin fuerzas y me senté en el suelo de la cocina, la espalda contra una cajonera. Ella, de pie a mi lado, ya se había puesto el abrigo y el bolso. No pasó ningún ratón. Nadie se rió.

Salió por la puerta y yo me quedé mirando la explosión de plantas que estos días amenazan con romper la ventana e invadir mi salón. Esperé hasta que pensé que ya habría salido del portal.

Le di cuatro patadas al sofa. Grite una docena de furiosos “hija de puta”.

Nada dejó de doler.