Recuérdate esto cuando ya nada importe.

Con crampones y fingida rabia pateas los bordes de una poza en el glaciar, de agua tan azul como liquido anticongelante. Hundes los dedos en las esquirlas de hielo hasta atrapar el trozo más grande, tan transparente que parece soñado. Te acercas y lo guardas en su bolsillo, forrado con una bolsa de plástico y alevosía. Antes o después no cabrán más. Entonces extenderás el brazo y ocultarás el sol y dejarás que caliente tu mano.

En la mochila habéis escondido dos vasos del café para llevar que tomasteis ayer y una botella de ron (Martinique Superior, Light Dry Rhum, 250 cc. 40% vol, Hnos CCisa, Industria Argentina). Y aunque hubieras preferido whisky cómo no va a saberte el ron puñeteramente bien si lo acompañas con hielo cincuenta mil años más viejo que la sangre que corre por tu cuerpo.

En el último sorbo queda un poso fino y oscuro, como polvo de carbón. Piedra molida por medio kilometro de hielo encima y milenios. El mismo polvo que satura el agua del lago Viedma  y la convierte en leche entre verde y blanquecina, irreal.

Recuérdate esto cuando ya nada importe:
El sabor del ron en la lengua. La cubierta del barco vacía. El sol castigando tu cuello. La ligera somnolencia, el cansancio tranquilizador. Ella recostada contra ti, la piel desnuda de su hombro oliendo a puto cielo. El ruido del motor que se mezcla con el (hoy tolerable) reggae que sale de la cabina. El balanceo del agua, acunándoos.

Y cuando ya nada importe (viejo, solo o enfermo), recuérdate esto.