Me despierto como si hubiera sonado un disparo: tenso, alerta y desorientado. Nos hemos dormido y vamos a perder el autobús, el tren, el avión, el desayuno, la hora del check out.

Quiero avisarla pero no está. Solo encuentro el otro lado de la cama extraña completamente helado. No sé dónde puede haber ido. Cuarenta elefantes con la palabra peligro escrita en el lomo dejan caer su culo, a la vez, sobre mi pecho.

Me incorporo sobre los codos y afilo la vista, intentando distinguir algo. Todo está demasiado oscuro. No localizo el bulto de su maleta, abierta y en el suelo, siempre cerca de la cama.

Aprieto los dientes intentando concentrarme, ignorar la angustia, apartar la telaraña. No reconozco la habitación del hotel. No consigo recordar, ni siquiera, en qué ciudad estoy. Cuál es la urgencia que me ahoga.

Segundos que se hacen siglos, solo en medio algún punto entre la incertidumbre y la nada.

Pero el sueño resbala por fin de mis ojos y mi cabeza. Y las sombras alrededor empiezan a adoptar formas familiares. Estoy en mi cama, en mi casa. Llevo en Madrid más de una semana.

Mi yo onírico nunca coge el vuelo de vuelta y se queda en el otro país, atrapado. Y paso días soñando que sigo fuera. Tardé más de treinta noches en escapar de Beijin hace un par de años.

Y vuelvo a dormirme, envidiando al yo que sigue en otro lado.