Mediodía. Me asomo al paso de cebra que corta Alcalá con las puntas de los pies en el límite de la acera, tan cerca que los autobuses que pasan amenazan con arrancarme el cigarro de los labios.

Miro al monigote rojo del semáforo de enfrente a través de las ranuras mínimas que dejan mis apretados párpados (los ojos achinados por el sol), ordenándole mentalmente que desaparezca.

Entonces alguien se para tras de mi, esperando también a cruzar. Se ha colocado tan cerca que por un momento pienso que debe ser un conocido que va a jugarme la típica broma (la broma pesada que gastaría yo) de empujarme hacia la carretera sujetándome a la vez del cinturón. Está tan pegado a mi espalda que puedo notar el calor de su cuerpo.

Haciéndome el despistado giro la cabeza hacia la derecha (los ojos todavía entrecerrados, la barbilla que casi toca la clavícula) y solo distingo por el rabillo del ojo un hombro cubierto por una americana negra. Después miro hacia la izquierda y consigo atisbar otro hombro a juego. Sea quien sea tiene unas espaldas enormes.

Me sube un calambre por la espalda que me obliga a encoger el cuello, incómodo. Esa persona debe saber que su presencia, tan próxima, me resulta amenazante (como esa madrugada que volviendo al coche borracho sincronicé mis pasos con los del hombre que caminaba por delante de mi en la calle vacía simplemente por interactuar con él, por hacerle sentir miedo)

Un autobús sube por Alcalá hacia nosotros. Aprovecho las ventanillas para hacerme una composición de lugar con el reflejo: por encima de mi coronilla (debe medir por lo menos dos metros) asoman unas gafas de ver que reflejan el sol ocultando los ojos y un flequillo rubio. Como si pudiera ver a través de mi propia frente, imagino detrás una sonrisa en uve de dientes apretados y labios finos.

El semáforo normalmente tarda un par de minutos en abrirse, pero en mi cabeza los segundos gotean lentos convirtiendo ese intervalo en horas mientras espero a que el gigante se decida por fin a darme un empujón lanzándome bajo las ruedas de un coche.

Pero entonces el semáforo se abre y yo cruzo a pasos largos y rápidos, poniendo distancia. Al otro lado, como en un espejo, me esperas fumando.