Me dice “¿vas a contar esto en tu blog?”

(A horcajadas sobre mí, desnudos, atravesados en la cama, sobre el edredón.)

Respondo: “¿tú quieres que lo cuente?”

Se ríe y se inclina hacia mí para abrazarme, pero no responde.

“¿Quieres que lo cuente? ¿Qué es lo que tengo que contar? ¿Describo el sexo? ¿los dos hoyuelos encima de tu trasero? ¿la tarde, los vinos, el concierto? ¿que no tenemos condones?”

Vuelve a reírse. Aun a oscuras sé que tiene siempre una sonrisa en la boca. Es curioso cómo todo lo seria que es fuera desaparece completamente en la intimidad.

Más risas. Más vueltas, enredados.

“Estamos siendo unos irresponsables.”

Después bajamos a fumar el último cigarro a medias, a oscuras, en los ventanales del salón. Hace demasiado frío para salir a la terraza.

Al terminar ella vuelve arriba mientras cierro la ventana. En el edificio de enfrente hay una mujer mayor mirándome. Yo estoy completamente desnudo. Esa casa es extraña. Siempre tienen el balcón abierto y con luz, pero una vieja manta colgada fuera a modo de cortina hacer imposible saber qué ocurre dentro. Por las tardes un hombre calvo en camiseta de tirantes pasa las horas allí, sacando solo medio cuerpo fuera de la manta, espiando la calle mientras yo clavo los ojos en su nuca. Me pregunto qué hace esa mujer en el balcón un domingo a las seis de la mañana.

Pienso: me quedan dos horas para estar en la agencia. Pienso: nunca creí que me pudiera gustar tanto el trazo desgastado del tatuaje en su espalda. Pienso: qué raro es conocer a alguien y no saber claramente, en el mismo momento de cruzar las primeras palabras, que en menos de una semana acabaréis compartiendo desnudos un cigarrillo.

Y pienso: ¿voy a escribirlo? Y si lo hago, ¿por qué?. ¿Por que debe ser contado o por demostrarle que esto significa algo? ¿Para que queden testigos (vosotros, convertidos en anciana asomada al balcón de madrugada)?

Sea por lo que sea, aquí está.