Me despierto de un mal sueño como el anterior. Son las seis de la mañana. Doy vueltas en la cama (todo sudor y sábanas arrugadas y posturas absurdas) hasta que empieza a clarear en la terraza y me rindo. Bajo al salón desnudo, los testículos rebotando libres en cada escalón, y me sirvo el café que sobró de la tarde anterior.

Cruzo hasta los ventanales para acabar de ver salir el sol con la taza en la mano y descubro mirándome, al otro lado del cristal y como un reflejo de la mía, la no-demasiado-sorprendida cara de un obrero. Sentado en mi macetero de obra arregla algo en el andamio del edificio de al lado. Está tan cerca que, de estar abierta la ventana, podría extender ligeramente el brazo y sopesarme los cojones como un endocrino improvisado.

Él, con su calma eslava, sigue a lo suyo. Yo tardo en reaccionar. Doy dos pasos rápidos hacia atrás, me giro azorado, me golpeo contra la lámpara que cuelga sobre el piano. Lleva una polea mal anclada en el yeso que con el cabezazo se suelta y convierte la pantalla de metal tipo billar de la lámpara en una cuchilla que pendulea salvaje y furiosa chocando contra mi cuerpo y el espejo sobre el piano.

En el suelo se mezclan el café, el yeso y mi dignidad.

Salgo de casa, veinte minutos después, con el gesto punki de Sid Vicious en los labios, maldiciendo a cada niño en uniforme que me cruzo. Al llegar ante la estatua de Goya frente al Prado el viento hace que un aspersor desvíe toda su agua contra mí y me empape de pies a cabeza.

Y empiezo a reírme, claro, por protagonizar un mal principio de comedia norteamericana.