Entras al metro escribiendo un mensaje: “Siento que estuvieras asocial. Lo hubieras pasado bien. Descansa.”

Levantas la vista, hacia tu derecha. Algo falla. Nadie te mira, el último en entrar. Nadie tiene la cabeza girada en tu dirección. Todos parecen tan falsamente interesados en sus manos, en el suelo, en sus bolsos. El tipo del corte de pelo a lo Morrisey concentrado en la punta de sus zapatos. La negra con pinta de no haber abierto un libro en su vida inclinada sobre la novela entre las piernas. Todos fingen. Ni un solo asiento libre, pero nadie con los ojos perdidos en el reflejo del cristal, nadie que cabecee adormilado, nadie que mire al frente.

Y lo sabes. Hay algo a tu izquierda, hacia donde no has mirado, que todos evitan. Hay un oso. Hay un pulpo gigante. Hay alguien que se desangra sobre el asiento. Hay cuatro skinheads con cadenas. El vagón cortado de tajo abierto solo a la oscuridad y las vías.

Frente a ti un adhesivo publicitario animando a la lectura. Nunca los lees, solo atiendes al nombre del autor y la fecha de nacimiento y muerte para calcular la edad a la que la diñó. Y esta vez lo haces tenso, asustado (64 años), incapaz de girar la cabeza, imitado a los demás en su falso ensimismamiento.

Tú no hubieras cogido el metro de no hacer tanto frío. Prefieres volver a casa caminando, por tarde que sea, respirando borracho la noche de Madrid.

Pero ahora eso horrible a tu izquierda que no quieres saber.