Si miro hacia el cielo veo esa extraña reverberación, como si el azul tuviera grano fotográfico en movimiento, que tienen algunas mañanas de verano. El sol me da en la cara y entrecierro los párpados y en mi retina solo hay una suave luz naranja tamizada por las pestañas. Saco un poco la lengua para notar el calor en la punta y apoyo la nuca en el reposacabezas levantado la barbilla todo lo que puedo hasta que me crujen agradablemente las vértebras en el cuello. En mi oído derecho vibra el aire con el zumbido de los coches a cientoveinte que pasan a menos de un metro.

“¿Sabe que este carril es sólo para vehículos con dos o más ocupantes?” y abro el ojo izquierdo con pereza para mirar al guardia civil que se inclina sobre la ventanilla. Tiene cara tío sencillo, de típo simple y con buen fondo. Siento más empatía con él que con el resto de los que estamos apartados en el arcén con las luces de emergencia. Todos tenemos ese aire de orgullo y suficiencia indignada de quien otras mañanas, cuando no hay controles, llevamos media sonrisa en la cara por ser más listos que los demás y no chuparnos el atasco infringiendo la ley a toda hostia por el carril central vacío.

Y le digo “lo sé, agente” en lugar de las excusas pensadas mil veces como “bajo todas las mañanas acompañado por aquí y hoy he entrado por despiste” o “¿es que no ve a mi amigo imaginario sentado en el asiento del copiloto?”, porque para qué contarle que anoche concierto y copas y tres de la mañana y que claro entonces suave resaca y sábanas que se pegan y que media hora tarde al trabajo, para que explicarle que carnet de conducir caído del bolsillo de la americana en bar de Malasaña, para que tanta palabra tan inútil y vacía si el sol brilla tanto y el cielo tiene ese temblor mágico y el final de la Cuesta de las Perdices, frente al Hipódromo, esa isla de calma en medio de los ocho carriles de la A6, parece el paraíso.