La primera vez que suena la canción estamos apoyados junto al fregadero, donde se acumulan los cacharros de un desayuno tardío de domingo. Pan de centeno con aguacate y salmón ahumado, huevos revueltos con queso y cebolla, fresas y kiwi y zumo y café que hemos DEVORADO en la terraza mientras cinco calles más allá, bajo el mismo sol de febrero, medio millón de personas se manifiestan sin echarnos en falta.

Yo tarareo con la boca cerrada, zumbando la melodía en el esternón. Ella debe sentirla más que escucharla, la cabeza apoyada contra mi pecho. Cuando la canción acaba dice que puede permitirse despegarse de mí unos minutos y dejar que me duche.

La segunda vez que suena la canción me doy cuenta de han pasado cuarenta minutos y que el disco se ha quedado en loop en la planta de abajo. Estamos tirados sobre la cama, en una digestión lenta y satisfecha donde la somnolencia todavía le gana la batalla a la voluptuosidad en la mirada.

Ella dice “esta canción me pone triste”. Podría preguntarle por qué, pero debe existir el acuerdo tácito de no saber de tristezas y pasados.

Y el disco seguirá sonando hasta que los Go-Betweens se queden roncos. Todo el tracklist se repetirá ad infinitum porque ninguno de los dos va a bajar para pararlo. Y antes o después llegará la canción, por tercera vez, y es posible que para entonces estemos desnudos y enredados.

Me da miedo que la tristeza le vuelva por sorpresa en ese momento.
(en que quizá esté sobre mí, mirándose a escondidas en el espejo junto a la cama).

Debería levantarme y evitarlo.