La acompañé hasta su casa muerto de frío, los dientes castañeando de una manera que nunca sé si es real o impostada. En mi recuerdo falso tengo que ayudarla a subir las escaleras aunque los dos vamos igual de borrachos.

La casa era muy pequeña, muy estrecha, muy oscura. Estaba todo desordenado y sucio. Había libros apilados por todas partes, mil más que en la mía.
(Pero cuando vivimos juntos ella no había leído ni un tercio de los libros que trajo. )

Dije que fumaba un cigarro y me iba. El frío todavía en los huesos hizo que por un momento quisiera que me ofreciera dormir en su sofá. Era el único motivo por el que me hubiera quedado.

Quiso regalarme un viejo juguete de madera alemán que había comprado en internet. “Por tu cumpleaños”, dijo. Y supe que se quedaría cogiendo polvo en algún rincón invisible para acabar en la basura en la próxima limpieza de temporada, y no lo acepté.

Acabé el cigarro. Quise irme y no pude. Me clavaba al suelo la angustia de dejarla allí, sola, rota, jodida, en esa casa triste y fría y sin luz, en una cama deshecha con sábanas sin cambiar en semanas.

Pero me obligué a recordar que ella nunca sintió compasión. Solo asco y rechazo y ganas de no ver ni saber y quitarse de en medio cuanto antes.

Y volví a mi casa. Se me hizo extraño descubrir que no había más de diez minutos andando de la una a la otra después de tanta distancia.

Al entrar vi las grandes ventanas al fondo. Todo tan despejado, tan tranquilizador, tan mío. Y me permití ser revanchista y pensar un exhultante “Púdrete en tu agujero, sin NADA a lo que agarrarte”. Fue solo por un momento. Después apareció la pena.

No tanto por ella, que nunca la mereció, como por mi viejo yo, ese que la quiso.