La edad me ha traído esto (y nada más):

Tres canas, inquietantemente simétricas. Una a cada lado de la sien y otra en la barbilla, justo en el centro del mentón, haciendo de vértice en una trigonometría perfecta.

La forma de hablar de quien está (aun más, falsamente) de vuelta. Un tono que me haría, de escucharlo en otro, odiarle con toda mi alma.

Dos marcas de expresión a cada lado de la boca. Desde la comisura del labio hasta la aleta de la nariz, claramente visibles hasta con el gesto relajado.

No sé con qué os vestís vosotros. Yo me cubro con un cigarro, con la ebriedad de tres copas, con un libro en la mano. Y con la sonrisa de quien sabe un secreto que le sobrepasa.
(También patentada).

La sonrisa de que sé de que va todo este tinglado. De que nada  puede sorprenderme y nada se me escapa. Que conozco el final de cada chiste y que hasta el más mínimo daño no me cogerá desarmado.

La sonrisa del que he entendido algo que al resto se os escapa. Aunque no sea cierto.

Y funciona. Pero pago la deuda por usar esta sonrisa en la forma de esas dos arrugas, cada vez mas evidentes y traicioneras, en la cara.