Me dieron el visado a pesar de los antecedentes penales y de que no estuviera vacunado contra la fiebre amarilla, imprescindible para entrar en el país.

La médico que me atendió en el centro de vacunaciones me cayó extrañamente bien: dijo que era “guay” que fuera creativo publicitario pero que yo no podía vacunarme.

Le pregunté qué hacer entonces. Dijo: “no viajes”. Respondí que iba a irme de todas maneras.

Entonces me recomendó que solo usase ropa clara, que evitase amaneceres y atardeceres, que durmiera con mosquitera, que llevase siempre manga larga. Que nunca me picase un mosquito y no dejase que me mordiera un mono.

Nada de monos. Eso esta hecho.

Que si sangraba y tenía fiebre volviera inmediatamente.

Salí del hospital. Estudié las estadísticas de fallecidos por la enfermedad. Calculé probabilidades. Memoricé la sintomatología. Me imaginé en una cabaña, sudado y enfermo, meando sangre, muriendo delirante como un Kurtz, Ah, el horror, el horror. Pensé que sería divertido.

Después leí sobre la permetrina: convertía la ropa en un chaleco antibalas para mosquitos. Pero en todas las droguerías y farmacias dijeron que no podían vendérmela. Acabé encontrándola en Internet, camuflada bajo otro nombre, en un negocio de Murcia.

Y entonces llegó el día antes del viaje:

Montamos una ducha portátil en la terraza. Robé del curro unos guantes de látex y mascarillas y ella trajo del suyo unas batas blancas. Ella se puso el bikini y yo el bañador. Y pasamos la tarde midiendo permetrina con una jeringa, mezclando la cantidad exacta con agua, llenando barreños con la disolución ilegal, empapando toda nuestra ropa en ella hasta cargar el tendedero dos veces, saliendo a ducharnos bajo el sol para quitarnos el calor y el olor químico de la piel.

Dos científicos locos reanimando cadáveres o cocineros de cristal en una autocaravana en mitad del desierto. Y ella estaba TAN sexy con su bikini y su mascarilla y su bata blanca.
(Yo no tanto, claro, con este cuerpo huesudo y grotesco.)

Cuando acabamos tiré mi mascarilla a la papelera: estaba manchada de sangre. Después nos duchamos desnudos una vez más en la terraza. Follamos. Fue una tarde perfecta.

Porque la magia de la química iba a protegerme de la fiebre amarilla, de la escena de la cabaña. Ella cogería el avión más tranquila por los dos, confiada.

Pero yo no creo en la química o en los dioses, y sé que todo es cuestión de suerte.