Otra de lo mismo. Ya saben: mañana, ducha, mujer, luz, blablá. Qué coñazo.

He descubierto que tengo la sonrisa de un chimpancé. Esa sonrisa amplia de MIEDO de los monos pequeños cuando están frente a una amenaza, algo más grande que les sobrepasa.

Tensa. Una sonrisa de poner el culo si me lo pidieran. Un gesto de cordialidad todo dientes que dice “no malgastes energías prestándome atención”. Tan diferente de mis otras muecas patentadas, como la “Media Sonrisa Amarga de Dos Copas de Más” o la estupefaciente “Sonrisa Afilada con Dientes como Cuchillas”.

Así que aquí estoy, por la mañana, recién duchado, vestido, impecable. En la encimera hay dos tazas, dos sobres de azúcar para ella, la cafetera italiana, un brick de zumo en teoría recién exprimido, la sandía cortada en gajos y emplatada con estilo. Radio 3 de fondo. La casa oliendo a esa mezcla perfecta de café recién hecho, Lactovit tibio que sale del baño y CK One que emano yo.

De pie, una mano en el bolsillo, la otra en el cigarro, apoyado contra la cocina, mirando la luz que entra por la ventana, espero a que baje las escaleras hacia la ducha.

Lleva unas bragas brasileñas de cadera baja que hacen su culo aun más espectacular. Da un encantador-pequeño-salto al ver el desayuno y dos pasos de semipuntillas herencia clara de unas clases de ballet en la infancia. Se gira hacia mí.

Y yo
(Yo que debería resultar gigante, inaccesible. Que sintiera que me debe la noche, la perfección de mi puesta en escena. Una figura insultantemente segura de la que enamorarse)
sonrío como un chimpancé.

Como a mi jefe el borracho. Como al monitor del gimnasio. Como a los camareros de los bares que más frecuento. Sonrío como diciendo “soy inofensivo” y “no me hagas daño”.

Y se va a la ducha y yo bajo la cabeza y mudo la Sonrisa de Chimpancé en la del Perdedor con Encanto. También patentada.