La dejaba porque había otra. Yo no podía decírselo. Era joven e incluso más cobarde que ahora. O más equivocado. Creía que hacía las cosas como debía para reducir el daño (pero I was wrong and graceless and sick, all the things I had learned had been wasted, there was no living creature as foul as I and all my poems were false.)

Trataba de explicarle que aquello no significaba que dejase de quererla, sino que ese amor se había transformado. No podía entender que ella no lo comprendiera. Era tan lógico. Yo la quería igual, solo que no podía dejar de pensar en las tetas de la otra, en el pelo de su coño encendido como el fuego.

Por supuesto todo acabó en desastre. No se salvó nada.

Y ahora, por fin, estoy al otro lado. Y ella insiste en que debo entenderlo. Y aunque ya he jugado su papel (“En el instante de prender un cigarrillo como tú lo hacías he visto el fuego en los dos lados, la distancia y los etcéteras”, Joan Masip) yo tampoco puedo comprenderlo o aceptarlo.

No es solo perderla. Es también esa frase de Wilde que dice: “siempre hay algo ridículo en las emociones de aquellas personas que hemos dejado de querer.” Es saberme, a sus ojos, tan grotesco, tan triste y tan roto.