No me cree cuando le digo que cualquier país de la lista que envió es el destino perfecto. Piensa, seguro, que es esa estúpida y poco atractiva complacencia del “lo que tú quieras, cariño”.

Porque aunque por un momento me he enamorado de las playas de Zanzibar, en el fondo “Da lo mismo hacia dónde, / por qué motivos. / La dirección es la correcta / si me aleja de aquí” (J. Masip de nuevo).

Solo quiero quemar tiempo y dinero ahora que todavía los tengo.

Así que dentro de seis horas cojo a solas un avión al otro lado del charco. Y por culpa de la huelga de pilotos de mañana me pasearé, solo también, por un Buenos Aires del que no sé nada que no sea lo aprendido en relatos escritos hace cincuenta años y leídos hace quince. Una ciudad que ya no existe.

Y si las piezas aeroportuarias no encajan y los desencuentros continúan es posible que pase la Nochevieja en manga corta mirando el agua girar en sentido inverso en la taza del water del hotel en San Telmo.

Un par de días después pondré o pondremos los pies en la ciudad más austral el mundo. Después en la Patagonia, donde los calzaré o calzaremos con crampones para caminar sobre glaciares y subir el Fitz Roy.

Espero que todos los verbos se conjuguen en la primera persona del plural.

Así que no esperen nada por aquí hasta mediados de enero.