Ignoro al hombre que muere de cáncer de colon en la cama de al lado. Ignoro a la enfermera andaluza que me come con la mirada mientras cambia el gotero. Ignoro el horrible pijama de mangas ridículas, la evidente quemadura de cigarro en la manta bordada con el nombre del hospital.

Al pie de su cama me concentro, solo, en buscar todas las similitudes para encontrar todas las diferencias. En repasar mentalmente, para no olvidar nunca, la lista de lo que nos separa.

Sus brazos son tan delgados como los míos, pero el pelo que los cubre es distinto. Sus dientes son casi perfectos (no importa que sean falsos, lo que cuenta es que no son los mismos). Sus labios son más finos. Sus ojos más pequeños. Llevamos, estos días, el pelo castaño igual de corto. Pero atiendo a la forma en que le clarea y pienso en que la genética dicta que me pasará lo mismo. Y en que debe teñirse, porque no tiene una sola cana mientras que yo ya cargo con tres.

Parece borracho. Sonríe como un niño. Tiene la lengua de trapo. Será el efecto de la anestesia general, abandonándole, o el chute de Nolotil intravenoso. O solo sentirse libre de la angustia de los días pasados.

Le digo: “Te veo bien. De ésta no vas a cascarla”
(otra diferencia: nunca hemos compartido sentido del humor).
Y quizá de ésta no, pero a lo mejor sí de la siguiente. Justifico no darle un beso por no contagiar mi constipado, aprieto su hombro y me voy.

De camino al ascensor me cruzo con los enfermos que pasean arriba y abajo y me ASFIXIA la poca dignidad que veo en ellos. Solo un par parecen no haberse rendido. Y el pasillo se prolonga eternamente.

Hasta hace no tanto los hospitales me eran neutros, feos pero no agresivos, como un supermercado chino o una estación de autobuses. Pero ahora no quiero tener que frecuentarlos, en previsión de todo lo que me tocará hacerlo antes o después, por otros o por mí.

Tampoco quiero llegar a viejo y descubrir que me parezco a él.