Envuelta en la toalla, recién salida de la ducha, se sienta en la butaca junto a los ventanales. Al otro lado espera un domingo demasiado brillante para tan pocas horas de sueño. Una pierna sobre la rodilla de la otra, el pelo mojado recogido de una manera que ya he memorizado, mira con atención la planta de su pie. Yo no puedo evitar pensar en las mujeres de Hopper, solas y en sí mismas en habitaciones llenas de luz, y tampoco la necesidad de cargar con ella escaleras arriba, tirar la toalla y no dejar centímetro de piel sin explorar.

Me reclino a su lado, rodilla en tierra, como si fuera a pedirle matrimonio. En lugar de anillo, unas pequeñas pinzas plateadas.

Señala una línea oscura en la piel, de unos dos milímetros, justo bajo el meñique. Dice que sintió el dolor antes de entrar en la ducha, que lo aguantó, que luego vio una pequeña gota de sangre en su huella húmeda al salir.

Sapporo (Tenía que ocurrir. La semana pasada, después de pintar una pared de la cocina, una estantería se venció. Treinta botellas vacías de Sapporo fueron, una a una y por orden, como soldados que caminan hacia la batalla, resbalando por la pendiente y cayendo hasta reventar contra el fregadero, la encimera, el suelo.

Yo, en medio de esa extraña lluvia, no recibí ni un rasguño. Tampoco hice un gesto por evitarlo. Me quedé viendo como estallaban, metralla de cristal en todas direcciones, como a quien le ha tocado el premio gordo en una tragaperras y observa incrédulo las monedas llenando el cajetín.

Después maldije. Barrí. Pasé el aspirador concienzudamente. Calculé cuánta cerveza japonesa tendría que volver a beber.)

Paso la yema del dedo por el corte, apenas perceptible. Acaricio. Tanteo con la pinza. Aprieto. Por dos veces se duele.

En la punta de las pinzas brilla una pequeña esquirla de cristal. Tan fina que de canto apenas se aprecia. Pero perfecta y afilada, malévola, convertida por el azar de la fractura en un puñal. Tan insignificante y tan dispuesta a hacer daño que da miedo, reluciendo verde hielo botella bajo el sol.

Y miro mis manos, llenas de cicatrices. Y pienso en las heridas. En si habrá otras cosas por ahí dentro, clavadas en ella, que yo no pueda sacar.

Mientras acabamos de vestirnos es Buckley quien, de fondo, canta que el tiempo se encarga de la herida, o que eso querría creer.