Ahora que los viernes mis amigos están cansados o casados y tienen másteres y trabajo acumulado e hipotecas que no les permiten salir. Ahora que ha dejado de importar quedarse en casa una noche así, aunque hasta la ventana lleguen las voces del bar de lesbianas de abajo.

Anochece y me afeito meticulosamente y me ducho lavándome las pelotas como si fueran a besármelas, y me pongo hecho un brazo de mar, perfumado y con ropa recién planchada, incluso más guapo que si quisiera conquistar a alguien.

Y cuando estoy impecable ante el espejo pongo una selección de música PERFECTA, porque es elegante pero no decadente y es melancólica pero no triste, y me sirvo la primera copa (siempre me digo que para abrir el apetito) y enciendo un cigarro y empiezo chasqueando los dedos en el primer tema hasta acabar aventurando un par de pasos de baile como si interpretara en solitario la escena de A Bande Apart. Y en el reflejo que me devuelve la ventana lo hago increíblemente bien.

La copa dura poco porque tengo una sed que no se acaba. Abro una Sapporo y ceno de pie el sushi que he traído, y cada bocado sabe a puñetera gloria en mi cabeza aunque mis quemadas papilas gustativas no sean capaces de apreciarlo.

(Me siento grabado por mil cámaras, vigilado por mil ojos que no pierden detalle de mi estilo y mi elegancia, y sé que cualquier mujer que me viera se enamoraría de mí y cualquier hombre me envidiaría hasta querer matarme.)

Y llegan la segunda y la tercera copas y la cuarta y la quinta mientras avanza el tracklist. Y cantan Stuart y Tom y Joe y Bill, todos con sus voces graves y cada línea escrita solo para mí. Y digo en voz alta  “qué carajo” y empiezo a servirme el whisky a palo seco esperando a que la música acabe. Y no necesito a nadie.

Después, en algún momento, tiene más sentido tirarse en el sofá mientras acabo una copa que marcará el cristal de la mesa con su huella circular por días, y a veces pasa que me duermo allí (y entonces todo será subir a la habitación a la cinco de la mañana, desorientado y muerto de frío ) y otras veces os maldigo a todos y me voy a la cama, donde pongo una televisión que no veré y seguirá encendida por la mañana.

El sábado despertaré temprano. No tendré resaca. Tomaré café frío. Bajaré al gimnasio a las diez en punto y el monitor -que es mc en un grupo de rap guarro- me dirá que qué madrugador soy y a mí me dará igual la sonrisa malévola con que acompaña el comentario.