“¡Pero qué has hecho!”,

dice con un acento mezcla de mil sangres y la voz como si le hubieran criado con un biberón de cristales triturados.

Hasta este momento el tío ha sido un palo, pero ahora levanta las cejas exageradamente y saca los ojos de sus cuencas como si fuera Satchmo y gira teatral hacia mí la copia compulsada de mis antecedentes penales.

Respondo con el discurso esperado: era joven y salvaje, necesitaba el dinero, cumplí mi condena, pagué mi deuda con la sociedad. Soy un hombre limpio, renovado. (Mentalmente añado: “But that was in another country. And besides, the wench is dead”, porque no creo que haya leído a Eliot o a Marlow.)

Mantiene la expresión cómica en la cara pero no dice nada, así que le alcanzo el otro pasaporte con los folios dentro, doblados: “Estos son los de ella.”

“¿Y quién es ella?”

“La chica con la que viajo.”
(Aunque yo también podría haber levantado mucho las cejas, mirarle fijamente y responder dramático: “La chica de la que estoy idiotamente enamorado”.)

Se baja las gafas. Revisa los papeles sin leerlos. Solo se detiene por unos segundos ante su fotografía, grapada a la solicitud del visado. Después sigue buscando hasta extender hacía mí, triunfal, el certificado de antecedentes:

“¡Ah! ¡Pero ella es buena!”,
con la extraña pero precisa sintaxis de quien habla una lengua que no es la suya.

“Lo sé. Yo soy el malo.”

“Nosotros siempre somos malos”. Subraya el siempre con su voz arañada y la falsa gravedad de quien lee un epitafio.

Y vuelve a ser un funcionario de embajada, seco y negro como el carbón. Lanza nuestros pasaportes sobre una pila donde reposan otros treinta. Yo deduzco que debo irme porque ya no me mira o dice nada, y salgo del despacho.