Las dos alemanas lentas y grandes como elefantes están ahora a trescientos kilómetros de aquí, con las costillas rotas en un hospital que debe ser muy parecido al infierno, porque su conductor se salió ayer de la pista en uno de esos jeeps que parecen cuchillas de afeitar rodantes y dieron mil vueltas de campana.

Así que le digo “take it slow, I dont need to die on this bumpy road” mientras subo colocando mi paquete contra su espalda y mi culo contra la mochila, cubierta de polvo rojo y atada con unas tiras de goma al trasportín.

La moto tiene por lo menos tantos años como yo. El chico en cambio no me llega a la mitad. Sabe inglés porque sonríe exageradamente y responde “I want to be back safe too”. Pero quiere impresionar al obruni cobarde que lleva de paquete, así que arranca a toda hostia. Ni el indicador de velocidad ni el del depósito marcan más allá del cero.

Vamos tan rápido que cuando giro la cabeza veo que hemos perdido a la otra moto. E imagino escenas terribles en que el conductor, que debía tener veintipocos, se deja llevar por sus bajos y poco evolucionados instintos y decide aprovecharse de la chica rubia y exótica que carga.

Así que grito en la oreja del mío “Stop at the gates” cuando llegamos a la barrera que marca el fin del parque nacional. “I want you to stay ALWAYS behind your friend”. Y esperamos en un silencio incómodo hasta que un minuto después nos adelantan.

Nos desviamos por un sendero estrecho. Atajamos por una mínima pista de aterrizaje comida por la maleza. Volvemos a salir a un camino amplio. Y entonces, detrás de ellos, empiezan los celos.

Porque van hablando. Se ríen. Él no mira al frente y a veces suelta el manillar para señalar algo en la selva, conduciendo despacio, con calma. Ella le agarra por la cintura. Y yo veo sus gemelos torneados  y pienso en todas las noches que cruzamos Madrid en su vespa roja para cenar una hamburguesa por Malasaña. Vuelvo a ser el chaval pálido y feo que se sienta a la puerta del instituto mientras la chica que le gusta se sube en la moto trucada del repetidor chungo y se marchan exultantes, ella empapando las bragas.

Y en esos pensamientos oscuros estoy cuando mi bebemi acelera y les adelanta. Le grito enfadado “I told you to stay behind them”. Y responde “But he don’t know the way”, y yo me callo avergonzado y no le corrijo el doesn’t.

Llegamos a la aldea. Bajamos de las motos y empezamos a soltar las mochilas. Un hombre sale corriendo desde un sembrado para recibirnos.

Entones veo que el conductor de ella no pasa de los dieciséis. Que es un crío de mirada limpia y no el negro enorme y vicioso que yo recordaba.

Ella me contará por la noche, en la casa de adobe, que el chico le dijo que un día sería un gran jugador de fútbol y viviría en Madrid, y que le haría muy feliz que fuera a verle a los entrenamientos. Que ella se inventó que yo era primo de un futbolista famoso. Y yo me sentiré ridículo e idiota y nos dormiremos en medio de la nada.