La chica me mira desde el fondo del bar. Reacciono como cada vez que sé que he llamado la atención de alguien, girando la cabeza y rehuyendo los ojos. Cuando pasa a mi lado siento que titubea. Se para, se inclina hacia mí y pregunta: “¿tú no eres el que tocó la semana pasada?”

Yo explico, sin restablecer el contacto visual, que es difícil dejarse crecer esta barba de naufrago en siete días y que me confunde con mi hermano.

“Sois muy parecidos. Tengo buen ojo”. Sabe perfectamente que yo no era él. Tontea. Pero, como siempre, soy fríamente cortes, elegantemente tímido, nerviosamente correcto, encantador. Y se marcha.

Porque estos días tengo dos dopplegänger.

Uno es mi hermano. Tras dos décadas y media de ser opuestos nos hemos vuelto casi idénticos, tan parecidos que todos los que nos ven juntos se sorprenden. Yo, para aumentar la similitud, visto con ropa que le he robado y hasta he encogido un par de centímetros.

El otro es intangible. Es el que llama por teléfono cuando ella está conmigo. En la pantalla del Iphone, involuntariamente, siempre leo “Pablo”. Nunca lo coge.

(No sé cómo figuro yo en su agenda. Quizá como “El Otro Pablo”. Poco importa.)

Apenas conozco un par de datos de mi gemelo telefónico. Pero sé que me imita burlonamente, llamando tantas veces como yo no me atrevo a hacerlo, solo cuando estoy con ella. Demostrando que existe. Haciéndome pensar que a lo mejor no es mi reflejo y que soy yo la imitación, el falso doble que ocupa un lugar que no le corresponde.