Resbalo a oscuras en el primer escalón y protagonizo un espectáculo involuntario de malabarismo cargando con dos botellines y tres litronas vacías. No se ve un carajo y voy en calcetines a rayas y quizá, solo quizá, estoy un poco mareado por el par de canutos y las diez mil cervezas y el ibuprofeno.

Mientras, arriba y a la luz, en la terraza, los demás hacen rimas adolescentes y ríen grotescamente en el descanso de un partido de fútbol.

Resbalo a oscuras en el primer escalón y la gravedad hace que caiga hacia adelante, y que por magia o milagro salte los doce escalones de tres en tres en una sincronía perfecta calcetín-peldaño hasta acabar de pie en el suelo con invisibles jueces eslavos enarbolando cada uno un invisible cartel de diez.

Pasa un latido arrítmico de corazón. Baja la adrenalina. Resoplo aliviado, muy erguido sobre la tarima. Y entonces pienso que si me hubiera ido de bruces las botellas habrían estallado, como un bebe mina, abrazadas contra mi pecho. Y yo hubiera acabado ensartado en sus cristales, una mejilla contra la madera, las bolas de polvo rodando contra mi cara.

Y todo estaría tan bien.

La escena sería cómica. Estos desgraciados riendo a carcajadas al escuchar el golpe y los cristales rotos, bajando después para encontrarme, insalvable, sobre el suelo. Y todavía reirían por unos segundos antes de que tanta sangre les asustase. Imaginadles, ebrios en casa ajena, con el viejo conocido al que solo ven dos veces al año muerto a sus pies

(Menos mal que el Modi ahora es madero, detective en un grupo especializado en asaltos violentos, y sabría a quién llamar.)

Sería una forma de que me recordasen. De que tuvieran algo que contar a sus nietos: “Aquella vez que un viejo colega de la facultad se destripó contra el suelo”.

Luego pienso en mi vida. Qué tranquilizador. No tener que planear vacaciones de verano. No preocuparme de si tendré trabajo en invierno. De, algún día, tener que irme de esta casa. De que mañana debería currar con Amaya y estoy bloqueado. De cumplir el propósito de comprar una bicicleta.

Luego pienso en ella, y eso también sería perfecto. Muerto ahora, trágicamente, para que pasase años de luto creyendo haber perdido al hombre de su vida (ahora que todavía no lo soy). Y hay una mezcla de tristeza y alivio porque todo acabase así, tan cerrado y perfecto, y no en dolor y traición y desamor y volver a ser desconocidos.

Morir joven, en mi mejor momento (diría alguien), por un motivo ridículo como la conjunción calcetines-litrona. Sin trascendencia, sin sentido, sin esperarlo.

Pero aquí estoy, y nadie me ha visto, y no me he matado. Dejo las botellas en la encimera. Saco otra cerveza de la nevera y vuelvo arriba. Quizá la próxima vez.