Fuimos a un concierto en El Matadero. Ella tenía un nudo en el estómago que yo no le podía quitar. Después tomamos unas cervezas en una terraza, y todos estuvimos de acuerdo en que parecía viernes aunque fuera miércoles. Yo seguía pensando en ese nudo contra el que no podía hacer nada.

Dormimos en su casa. Nos despertamos a oscuras, porque ella baja del todo las persianas, y las campanas nos chivaron que era la una del mediodía. Sin salir de la cama le conté que había soñado con un hotel en Dublín y con pájaros redondos como extraños kiwis sobre grandes mesas de madera. Ella dijo que había leído sobre un estudio que demuestra que el mejor día de la semana para el sexo son los jueves, y decidimos comprobarlo.

Después cambiamos los papeles: fue ella la que preparó un desayuno para campeones mientras yo me duchaba. Lo comimos en su balcón, dándole envidia a los trabajadores del estudio de arquitectura de enfrente. Tomamos cada uno dos cafés, aunque ya eran las tres, y nos fuimos.

A media tarde me escribió: he visto lo que has escrito en el espejo.
(de su baño, sobre el vapor, escondido hasta la próxima la ducha).

Eso no desharía el nudo, pero quizá lo olvidase por un rato.

(¿Que no les mola el rollo, amables lectores? Pues dos tazas.)