No hay un pensamiento concreto mientras echo la silla hacia atrás y me levanto. Solo una sensación de pereza y de hastío aplastantes, de no querer hacer lo que voy a hacer porque será inútil.

El primer pensamiento, cuando doy la primera zancada que va a convertirse en carrera, es: “Gilipollas. ¿Has comprobado que no está en los bolsillos de la americana?”. Pero si es así sentiré los ciento cincuenta gramos de peso chocando contra mí mientras corro y podré pararme y jadear y mirar al suelo avergonzado.

El segundo pensamiento, intentando no perder de vista el brillo de plástico de la chupa negra que se aleja entre la gente cien metros más allá, es un repaso los que se han acercado a la mesa: “Un vendedor de cosméticos. Un acordeonista. El tío de las flores que desde hace años usa la broma de ¿y para él? en los bares de Huertas. Una adolescente gitana. Estos dos del final.”

El tercero es que SÍ, soy gilipollas, porque cuando han llegado a la mesa, uno preguntando algo por la derecha y el otro extendiendo un plano por la izquierda, les he despachado con la sonrisa de suficiencia de “mi cartera está en mi culo agarrada por una cadena, el bolso de ella está entre sus piernas y sólo podríais robarnos el tabaco.”

En el cuarto pensamiento se solapan dos voces. Una es la voz fría del fondo de mi cabeza, el hijoputa, que dice que todos los turistas de la terraza del Ginger están mirando cómo corro ridículo entre sus mesas. La otra, con repelente tono educativo, reflexiona sobre como el cerebro va a toda hostia y el tiempo se ralentiza en momentos así.

Las dos se callan cuando alcanzo al tío a punto de salir de la plaza por Espoz y Mina. Le agarro todo lo fuerte que puedo cerca del cuello, apretando el trapecio con una mano, y le grito “¿dónde está tu colega?”.

Quinto pensamiento: “¿Y ahora qué vas a hacer, desgraciado? ¿Vas a atreverte a zumbarle? ¿Vas a rebuscar en sus bolsillos? ¿Cómo crees que puede acabar esto?”

Sexto: siempre hay maderos en la esquina con Benavente, donde las putas viejas. Si grito alto y consigo mantenerle agarrado alguno se acercará. Y no servirá de nada porque el Iphone me lo picó el otro, el del plano, y no sé hacia dónde ha ido.

Pero quienes llegan son otros dos marroquies a los que no había visto. El más grande dice “Tranquilo. Toma.” Y me pone el teléfono, que está vibrando en silencio, en la mano.

Le miro incrédulo. Suelto al otro. Me doy la vuelta. Levanto el brazo con el móvil y lo agito hacia la mesa donde está ella, que entonces deja de llamar.