Me despierto en el sofá, jodido de frío y con la espalda convertida en una partida de Tetris donde la pieza recta no llegó a tiempo. Son las cuatro de la mañana y debí quedarme dormido mientras trabajaba, porque el salvapantallas tentaculea psicotrópico para mí desde el Macbook, sobre la mesa baja.

Guardo los documentos, recojo el portátil, me lavo los dientes y para cuando subo a la habitación el sueño ha desaparecido. Pero estoy tan infinitamente cansado como si hubiera vivido mil vidas, así que alcanzo el mando sobre la mesilla con la esperanza de que en ese canal de dibujos sigan reponiendo Cow & Chicken a lo largo de la madrugada.

La televisión no se enciende. Ya era hora de que ese trasto se muriese, como todo lo que hay en esta casa y que acaba por pudrirse, romperse, estallar o batirse en retirada.

Entonces recuerdo el amanecer pasado, a veinte horas de distancia. Despertar porque ella busca entre las sabanas esa camiseta de tirantes de tacto casi tan delicado como su cuerpo. Y sentir que se levanta y no saber si es para cerrar la ventana o bajar al baño o a beber agua.

Y también que, en la oscuridad, antes de rendirnos al sueño tras el sexo, me preguntó si el piloto rojo de la televisión se quedaba siempre encendido. Dije que sí, pero ahora no lo está.

Podría levantarme a comprobar si es eso lo que falla. Si fue ella la que lo apagó en su pequeña fuga. Y prefiero esa explicación. Pensar que, en cierta manera, ha dejado un rastro en mi casa que no son solo largos pelos rubios brillando en la tarima por la mañana. Que ha modificado impunemente mis rutinas de tío-que-vive-solo-al-borde-del-trastorno-obsesivo-compulsivo, tan acostumbrado a su espacio invariable, a que nadie toque nada.

Y sin darme cuenta me duermo, supongo que con una estúpida sonrisa en la cara.