Lo sabes. Estás siendo un suicida. Jugando con fuego. Bebiendo dos copas más de las que te sientan bien. Pasando a cientochenta ante la señal de radar.

Lo sabes desde el primer momento, desde ese correo con la foto de Carmel en que escribió “por lo que podría haber sido y no fue” y al que respondiste “tu mail duele como una puñalada”.

Lo sabes y lo sientes en cada llamada, en cada mensaje que envías, cada noche que se queda dormir, cada mañana que la despides. Todas son la última. Aplazamientos temporales de una ejecución.

Van a darte por culo, y te lo mereces. Porque tú solo te has metido en el atolladero. Le has dado todas las ventajas y llegas a cada encuentro desarmado. Tú, siempre tan orgulloso de jugar solo a lo que ganas.

Pero no puedes culparla. Estás advertido. Entiendes las circunstancias. Sabes lo que hay y a lo que puedes aspirar. Y no te quedará ni el consuelo indignado del que se siente estafado, del “qué zorra”.

No tienes qué ofrecerle. De ti solo saca que hueles bien y eres grande y alto y cuando la abrazas la abarcas completamente.

Hasta entonces, hasta el palo, te dejarás llevar. Vas a entregarte entero, acudir a cada cita con las manos vacías, dispuesto. Con la cabeza prematuramente cortada, Holofernes.

¿El consuelo? Un que-me-quiten-lo-bailado. El recuerdo del orgullo cuando la ves llegar por la acera y sabes que camina hacia ti. Cierta satisfacción por ser capaz, todavía, de arriesgarte. Y piensa la de textos amargos que podrás escribir después.

Pero hubiera estado bien poder contar algo como:
“Conocí a vuestra madre, a una de la madrugada, en un motel de Los Ángeles. Ella abrió la puerta de la habitación recién levantada, tibia, sonriente, y en ese mismo momento supe que me iba a gustar.”