Podría llevar el coche directamente hacia un precipicio, caer por él, convertirnos en una bola de fuego, carne y metal retorcidos y ni siquiera enterarme. Tengo la mirada fija al frente pero no soy capaz de ver lo que hay delante.

Todos mis sentidos se han reducido (los ojos sobre el firme de la A5, los oídos que se quejan por el sonido feo de la radio, la lengua con el sabor del último cigarro: nada llega hasta el cerebro) al tacto. Y en concreto solo a las terminaciones nerviosas de la punta de mis dedos índice y corazón, que se apoyan en su muslo desnudo en lugar de descansar en la palanca de cambios.

Qué importan la distancia de seguridad, la señal de aviso de radar, el piloto del aceite encendido, ese irritante chirrido en la rueda delantera izquierda. Todo lo que cuenta es la cadencia de la caricia por su pierna, arriba y abajo. Ejercer la presión exacta. Conseguir la mínima fricción en el roce.

Estar atento solo a la suavidad de su piel, a los músculos que se dibujan por debajo, a la temperatura que sube un grado por centímetro mientras me alejo de su rodilla, hacia la ingle, por debajo del vestido. Estar TAN atento que casi puedo olerla con las yemas de los dedos, ver con las huellas dactilares los restos del moreno de este verano.

Y cuando llego a esos milímetros donde acaba la piel y empieza el elástico con encaje de la ropa interior no puedo imaginar otro sitio en el mundo en el que estaría mejor que ahí, ahora. En esa suavidad extrema. En el calor que desprende. En cierta humedad que se intuye en un nudillo que roza sin querer sobre las bragas.

Entonces solo queda sacudir la cabeza para salir del trance, suplicarle al animal que se calme, ordenar a la sangre que abandone los cuerpos cavernosos, respirar profundo y despacio, agarrarme a mi (proverbialmente escaso) autocontrol para evitar apartar el elástico a un lado y acariciarla por completo y acabar empotrados contra el camión (“veiculo longo” consigo leer, los sentidos ya recobrados) que va delante.