La lluvia cae densa y malvada, constante. Desayunamos two eggs on a roll y café en la boca de metro de la 103 estorbando a la gente que va a trabajar. Faltan dos horas para las once y hasta entonces no podemos recoger el coche de alquiler, así que decido aprovechar el tiempo y bajar hasta Chelsea y comprar el catálogo de Sally Mann de la galería Gagosian.

Mi fobia a los paraguas hace que mis vaqueros agujereados y mi vieja cazadora Carhartt y yo caminemos veinte manzanas encogidos y aplastados por la lluvia cruel e indiferente. La galería ocupa un almacén reformado frente al Hudson. En la recepción me dirijo (mis suelas mojadas resuenan monstruosas en la alta sala vacía) hacia una chica con aire de joven cosmopolita intelectual judía de las películas.

A diez metros un cuadro de Warhol en venta.

A cinco metros (y acercándose recelosamente) un guardia de seguridad.

A mis pies un pequeño y personal charco con la forma del lago Michigan.

La chica trae el libro (mientras, avergonzado, mido el tiempo por el goteo de mi ropa contra el suelo) y parece decepcionada cuando saco un billete de cien dólares del bolsillo en lugar de una navaja automática. Pido una bolsa de plástico poniendo mi mejor mirada de cachorro extranjero abandonado pero no sirve de nada, así que abro la cazadora y meto el libro, enorme como la bandeja de un juego de café para doce, entre mi pecho y la camiseta.

La gente con la que me cruzo de vuelta al metro me mira con asombro bajo el falso cielo de sus paraguas. Llevo todo el agua del mundo en mi ropa y en mi pecho el libro marca una forma cuadrada que me convierte en un Darth Vader de pacotilla, en un forzudo de gimnasio cubista que recorre a enormes zancadas trescientos números de la calle veinticuatro. Podría subirme a una farola e imitar a Gene Kelly cantando bajo la lluvia y no llamaría más la atención.

El metro me traga de nuevo y me aparezco ante B (que espera sentado en el anden, las piernas sobre nuestras mochilas, leyendo “el Hombre que Inventó Manhattan”) como si fuese el Monstruo de la Laguna, dejando tras de mi un rastro de agua, rodeado del vapor resultado del calor de mi cuerpo contra la ropa mojada, el flequillo convertido en fétidas algas que cubren mi cara.

En la vida me había sentido tan empapado, pero el libro está intacto.

Recogemos el coche. Un golpe de suerte hace que solo les queden de gama alta, así que nos dan un carro impresionante por un precio ridículo. Para agradecérselo dejo en el suelo de la Hertz una burda imitacion de océano Atlántico.

La lluvia sigue cayendo tan fuerte que es imposible ver dos metros más allá del parachoques. Voy desnudándome en el asiento del copiloto mientras intento guiar a B a través de Manhattan para salir de la isla y enganchar la Interestatal 95. El asiento de atras se convierte en un improvisado tendedero donde extiendo lo que me voy quitando, y si miro por el retrovisor parece que alguien allí sentado se hubiese convertido en aire dejando detrás solo su ropa vacía.

Ciegos como murciélagos acertamos a coger la interestatal. La calefacción empieza a quitarme el frío de los huesos y a secar mi pelo y por fin soy consciente de la situación: voy casi desnudo en un coche a 7000 kilometros de mi casa, nos quedan cinco horas de carretera hasta Boston y esta cabina es lo más parecido a una casa que he tenido en los días que llevo aquí.

Entonces enciendo la radio y está sonando Interstate Love Song en la emisora sintonizada y de golpe todo es perfecto.

(Nunca suelo escribir sobre el pasado. Todo esto ocurrió el 8 de noviembre del 2006, hace hoy un año).