La chica acaba de salir de la ducha. Se sienta en el borde de la cama, sobre la toalla, con los pies en el suelo. Toda la habitación es de madera vieja, el techo es bajo y oscuro, la cama amplia. Me arrodillo ante ella y le separo despacio los muslos frescos que huelen a jabón. En ningún momento veo su cara. Algo me impide mirarla por encima de los hombros, pero es el cuerpo de Tim, tan familiar, tan como estar en casa.

Se deja caer ligeramente hacia atrás, apoyando los codos en la cama, con las rodillas marcando las dos y cuarenta. De su coño, abierto ante mí, brota una flor. Un tallo largo y fino, de un verde transparente encendido por la luz de la tarde, sale de entre los labios menores. La flor es apenas un capullo a medio abrir, como de campanilla o de orquídea, blanco y perlado de rocío.

Beso la flor suavemente, con miedo a añarla. Paso despacio la lengua sobre su superficie. Ella acaricia un rizo tras mi oreja. Después agarra el pelo de mi nuca con las dos manos y acerca mi cabeza bruscamente hacia su sexo hasta que la flor se troncha, se aplasta y se rompe contra mis labios.