En el primer sueño he apostado una pierna y la he perdido. Sentado en boxers, con un cordón metálico de amputaciones en las manos, miro mi muslo y pienso (con ese encanto que tienen las cagadas de chulo o de borracho) que sólo yo soy tan idiota como para jugarme una parte del cuerpo en una apuesta tonta.

En el siguiente ya no hay pierna. De pie, alto y orgulloso, me sostengo sobre dos muletas mientras analizo el espacio donde debería estar la rodilla. Y en el sueño lo malo no es la falta de la pierna, las muletas, sino lo feo del muñón. En lugar de resplandeciente, redondo y perfecto, parece más un saco de arpillera mal atado, un nudo de piel muerta y retorcida, sin contenido.

Empiezo la semana pasada ahogándome en una barca en Venecia. Tengo que cruzar un canal amplio para ir con los que me esperan al otro lado, en un palacete con cúpula. Hay bruma, cae la noche, no veo hacia dónde remo. Por fin, en la ceguera luminosa de la niebla, sé que la barca ha volcado y voy a ahogarme. Toda mi preocupación es que el móvil se está mojando, y claro, cómo aviso a la gente de que no voy a llegar, muerto y con el teléfono estropeado.

El último, hace dos días. Me diagnostican un cáncer en un órgano inexistente en la garganta, mezcla de faringe y laringe y nódulos linfáticos. La enfermera llora al decirme que no merece la pena el tratamiento porque sufriré innecesariamente.

Y cómo le explico a esta mujer que se duele por un desconocido que me da igual diñarla, que es tranquilizador, qué qué bueno no tener que preocuparme de un futuro. No declaraciones de la renta, no limpiezas dentales, no pagar el alquiler.

Os compadezco a vosotros, que os retorcéis en sueños presos de vuestras cabezas, y me enorgullezco de ser tan listo como para no sufrir en sueños. De no tener ni querer pesadillas.