Ella entra al baño a lavarse los dientes. Yo recojo las copas de vino (las nuestras y las que dejaron los otros, un par de hora antes) y las llevo a la cocina.

La conversación en el patio trasero de la cabaña, con el Pacífico ronroneando al fondo, se ha cortado sin un hora-de-irse-a domir, así que me acerco hasta la puerta entreabierta del baño y susurro un buenas noches. Está de espaldas al espejo, no me ve y no me escucha, y yo me siento ridículo e idiota así que no repito la frase y me voy con un “duerme conmigo” anudado a las tripas.

Por un gesto de determinación en la comisura de los labios cuando juega al billar. Porque sonríe mientras sueña. Porque en Sunset Boulevard estaba tan bonita que le hubiera partido la cara a cualquier productor que se hubiera acercado a ofrecerle un papel de estrella en su película.

Todo esto ocurre en una cabaña en Carmel, el último pueblo antes del Big Sur. Fur y yo hemos conducido una hora por una autopista de niebla hasta encontrar algo abierto donde comprar salmón ahumado y gorgonzola y crudités y tres botellas de pinot del Napa Valley para la cena.

Vuelvo a mi habitación. Me cambio. No quiero cerrar la puerta, apagar la luz o acostarme. Pasan cinco minutos en que merodeo en torno a la cama como un perro que da vueltas sobre el mismo sitio buscando la postura perfecta para descansar .

Aparece por un momento, apoyada en el quicio de la puerta. Dice “buenas noches” con una sonrisa y una promesa en la forma en que baja los ojos.

Yo solo respondo “descansa”.

Cuarenta y ocho horas más tarde estoy sentado en el aeropuerto de Los Ángeles. A mi lado, los demás duermen. Una locución desde la puerta de embarque chirría que ofrecen quinientos dólares y un vuelo cualquier otro día a quien rechace su plaza por overbooking. Me zumban los oídos: debería levantarme, aceptarlo en mi pésimo inglés, volver al hotel del downtown donde duerme para decir que quiero pasar un día más con ella.

Pero soy cobarde e idiota y cojo mi maleta y despierto a los otros y embarcamos.

Cualquiera que haya tenido la desgracia de tratarme más de tres veces lo ha oído. Soy un tío repetitivo: dadme sol que caliente mis párpados, una cerveza, un buen libro. Todo lo demás importará un carajo.

Si mi vida es un desastre. Si mi futuro es negro como los cojones de un grillo. Si parto un corazón o me lo parten. Si el mundo va a acabarse mañana, mi casa tiene goteras o la agencia se va a la mierda. Si mi enfermedad es incurable, me hago demasiado viejo o ayer se acabó el papel higiénico.

Violad a mi mujer, matad a mis hijos, sembrad mis campos con sal: me sentaré en cualquier terraza al mediodía y todo tendrá una importancia igual a cero.

A principios de verano compro un libro de alguien a quien nunca he leído. Otro suicida más (éste pertenece a la categoría de los que encuentran, comido por los gusanos, semanas después de haberse matado). Y durante los tres días que dura la lectura río a mandíbula batiente, a solas, sin vergüenza, en cualquier parte. El mundo está justificado y todo cobra sentido. La vida gira sobre ejes bien engrasados.

Washington Square Así que hoy hemos comido en Chinatown, cruzado Telegraph Hill, bajado por Columbus Ave hasta Washington Square, frente a la iglesia en que la Monroe y DiMaggio se casaron y que, según la Lonely Planet, debería parecer una tarta glaseada.

Irene duerme. Sara habla con un policía que la confunde con una italiana y le da permiso para fumar en el césped. Marta vigila recelosa a una china que corre en torno a nosotros.

Y yo arrastro a Fur hasta la estatua del centro. Porque en ese libro el muerto cuenta que, al pie de la estatua, en dirección a cada punto cardinal, está escrito “Bienvenidos”. Hace cincuenta años se emborrachaba con chianti en este mismo parque y miraba desafiante a las viejas beatas que salían de la iglesia.

Me acerco. Leo los “bienvenidos”. Y sonrío, de verdad, con franqueza, como nunca lo hago en el día a día.

Benjamin Franklin
Es mi forma de presentar respetos al suicida, de agradecerle que la vida sea más tolerable por leerle. A él, que está definitivamente muerto. Porque el sol queda demasiado lejos y los Hermanos Mahou son sólo una ficción publicitaria.

Hace cinco años abandoné, en la habitación de un motel de Massachusetts, un par de Adidas Gazelle blancas clásicas con las rayas en azul.

Estaban tan rotas y gastadas que mis dedos anunciaban orgullosos el color de mis calcetines asomando por la puntas.

Bridgeport
Hoy es domingo en Bridgeport, California, y todo brilla nuevo bajo el sol como si fuera la primera mañana del mundo. Las chicas compran fruta en la única tienda abierta en la calle principal. Mientras, Fur y yo entramos en el callejón lateral y nos paramos, solemnes, frente a un par de contenedores cromados.

Yo poso para una fotografía con mis Adidas Samba negras con las rayas en dorado apoyadas contra el corazón. El cuero tan deteriorado que parecen grises.

Nos llevamos las mano derecha extendida hacia la sien. Zumbo con los labios el toque de clarín de los funerales militares. Fingimos tres salvas al aire con nuestros rifles invisibles y después, balancéandolas un par de veces, encesto con una parábola las Adidas en uno de los contenedores.

Les di un buen último día. Ayer subí con ellas los cuatro mil pies del Mono Pass, al este de Yosemite. Mientras los demás dormían la siesta junto a un lago, caminé con ellas por un pedregal y sobre nieve y por una zona pantanosa esforzándome por rasparlas contra cada roca afilada, meterlas en cada charco.

Adidas
Fur toma otra fotografía en que finjo una melodramática cara de pérdida irremediable mirándolas en la basura. No sabe que bajo el histrionismo hay un pequeño poso de amargura por los cuatro años que me han acompañado y que se quedan, junto a ellas, en el contenedor.

Volvemos al coche, donde nos esperan con la fruta cargada en bolsas de papel.

 

La primera noche, en Los Ángeles, tras ver como dos negros destrozan la luna del coche delantero con un bate, duermo en una cama king size con Fur. En medio, el convenido metro de distancia entre dos amigos, esa tierra de nadie que seguirá sin una arruga la mañana siguiente.

La segunda noche, en las afueras de San Diego, comparto habitación con él y su chica en dos queen size gemelas. Me duermo antes de que termine la primera canción en el Ipod.

Hoy, después de comprar unas camisetas en el Urban Outfitters y jugar al billar en el Gasslamp District, volvemos a medianoche al YMCA donde tengo por fin una habitación solo para mí. Al llegar al hotel este mediodía las chicas han jurado que unas amish tímidas han mirado azoradas mi trasero mientras esperábamos el ascensor.

Entro en la habitación minúscula. Enciendo la televisión, puesta en un canal religioso y en silencio. Apago el ventilador del techo. Levanto los estores, abro la ventana, me apoyo mirando al patio interior.

En una ventana, al otro lado, alguien pelea o se revuelve sobre la cama. Hay mucha distancia y yo llevo con las lentillas demasiadas horas (no me las he quitado ni para hacer snorkel esta mañana en La Jolla, junto a las focas), así que tardo en ser consiente de que es una pareja follando, en la única violencia que se podría confundir con un combate. Solo me doy cuenta cuando cambian de postura: ella a cuatro patas sobre la cama, desnuda; él de pie, vistiendo solo una camiseta negra.

Están tan lejos que no podría decir cómo lleva ella el pelo del coño, o el tamaño de tus pechos, que son solo un borroso movimiento oscilatorio.

Acaban. Él se aparta violentamente. Ella se deja caer sobre la cama, de lado. Después estira una pierna y acaricia con su pie el estomago de él, que ha salido del plano que marca la ventana.

Entonces uno de los dos debe verme, una silueta negra recortada contra la luz naranja, porque bajan la persiana.

En ningún momento me ha excitado la escena. Solo me he puesto triste pensando cuándo fue la ultima vez que alguien ha podido verme follar sin que yo lo supiera. Y después, aun más triste intentando recordar inútilmente cuándo una chica estiró su pierna para acariciarme con los dedos de los pies.

Después, por un breve momento, pienso en una chica a la que acabo de conocer y que duerme tres pisos más abajo, inalcanzable.

Y apago la luz y apago la televisión y me meto en la cama y me duermo antes de que acabe la primera canción del Ipod.

La misma sensación al volver de un viaje largo, desde niño.

Después de noches enteras por la antigua Nacional IV, cruzando de madrugada mudos pueblos blancos que apestaban a alpechín, siempre esperaba encontrar una guerra nuclear declarada solo en esta parte del país, un enorme cráter humeante en lugar de mi edificio, a mis conocidos hablando otro idioma o una familia distinta ocupando nuestra casa, con un niño extraño usando mis pijamas y durmiendo en mi cama.

Y hoy, tras veinte horas de vuelo y cuarenta y tantas despierto, tras tres mil quinientos kilómetros de carretera y polvo por tres estados, con el sello del Viper Room de Sunset Boulevard fresco en la muñeca como un tatuaje, cruzo Atocha con el peso de la enorme mochila atándome al suelo y la premonición de que voy a encontrar mi casa desvalijada, mi calle inundada, todo vecinos nuevos en la escalera. La idea clara de que algo ha cambiado inevitablemente y para siempre.

Pero solo me reciben el olor a cerrado y las malas hierbas, salvajes y enormes, repiqueteando contra las ventanas.

Tampoco está mi viejo yo pre-viaje, sentado con un cigarro, esperando para reprocharme haber estado tanto tiempo fuera sin dar noticias. Creo que sospecha que he pasado estos veinte días conspirando en mi cabeza para acabar con él y ha decido esconderse. De momento.

Antes o después aparecerá, dispuesto a recordarme que todos los propósitos de cambio hechos al otro lado del charco no van a servir de nada.

 

Me despierto de un mal sueño como el anterior. Son las seis de la mañana. Doy vueltas en la cama (todo sudor y sábanas arrugadas y posturas absurdas) hasta que empieza a clarear en la terraza y me rindo. Bajo al salón desnudo, los testículos rebotando libres en cada escalón, y me sirvo el café que sobró de la tarde anterior.

Cruzo hasta los ventanales para acabar de ver salir el sol con la taza en la mano y descubro mirándome, al otro lado del cristal y como un reflejo de la mía, la no-demasiado-sorprendida cara de un obrero. Sentado en mi macetero de obra arregla algo en el andamio del edificio de al lado. Está tan cerca que, de estar abierta la ventana, podría extender ligeramente el brazo y sopesarme los cojones como un endocrino improvisado.

Él, con su calma eslava, sigue a lo suyo. Yo tardo en reaccionar. Doy dos pasos rápidos hacia atrás, me giro azorado, me golpeo contra la lámpara que cuelga sobre el piano. Lleva una polea mal anclada en el yeso que con el cabezazo se suelta y convierte la pantalla de metal tipo billar de la lámpara en una cuchilla que pendulea salvaje y furiosa chocando contra mi cuerpo y el espejo sobre el piano.

En el suelo se mezclan el café, el yeso y mi dignidad.

Salgo de casa, veinte minutos después, con el gesto punki de Sid Vicious en los labios, maldiciendo a cada niño en uniforme que me cruzo. Al llegar ante la estatua de Goya frente al Prado el viento hace que un aspersor desvíe toda su agua contra mí y me empape de pies a cabeza.

Y empiezo a reírme, claro, por protagonizar un mal principio de comedia norteamericana.

 

¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?

– Malcolm Lowry, Bajo el Volcán.

La estrangulo, con una sola mano, contra el mármol gris de un portal que da a una enorme y céntrica plaza. Mi brazo extendido, casi recto, poniendo nuestros cuerpos a un metro de distancia.

Tiene la oscura boca fruncida en un gesto de determinación. En los ojos hay miedo, pero también rabia.

La plaza, a pesar de ser tan grande, está vacía. La luz es de un amanecer de invierno, pero nadie cruza de camino al trabajo. A unos metros, la silueta de perfil de un policía que no nos ve o nos ignora.

Relajo la mano. De su mirada desaparece el miedo y solo queda odio y amenaza. Traga saliva, dolorida y aliviada. Intenta decir algo, hablarle al policía a mis espaldas.

Y yo vuelvo a apretar con más fuerza, los dedos clavándose en su cuello como garras, y empujo golpeando su nuca contra el mármol mientras grito “No puedes ni imaginar los sueños tan horribles que tengo por tu culpa”. Y en sus ojos entonces ya no hay pánico o enfado, sino un aire triste de comprensión.

Después me despierto con boca seca por las diezmil cervezas de anoche y el sol de primavera quemándome la cara.

Entras al metro escribiendo un mensaje: “Siento que estuvieras asocial. Lo hubieras pasado bien. Descansa.”

Levantas la vista, hacia tu derecha. Algo falla. Nadie te mira, el último en entrar. Nadie tiene la cabeza girada en tu dirección. Todos parecen tan falsamente interesados en sus manos, en el suelo, en sus bolsos. El tipo del corte de pelo a lo Morrisey concentrado en la punta de sus zapatos. La negra con pinta de no haber abierto un libro en su vida inclinada sobre la novela entre las piernas. Todos fingen. Ni un solo asiento libre, pero nadie con los ojos perdidos en el reflejo del cristal, nadie que cabecee adormilado, nadie que mire al frente.

Y lo sabes. Hay algo a tu izquierda, hacia donde no has mirado, que todos evitan. Hay un oso. Hay un pulpo gigante. Hay alguien que se desangra sobre el asiento. Hay cuatro skinheads con cadenas. El vagón cortado de tajo abierto solo a la oscuridad y las vías.

Frente a ti un adhesivo publicitario animando a la lectura. Nunca los lees, solo atiendes al nombre del autor y la fecha de nacimiento y muerte para calcular la edad a la que la diñó. Y esta vez lo haces tenso, asustado (64 años), incapaz de girar la cabeza, imitado a los demás en su falso ensimismamiento.

Tú no hubieras cogido el metro de no hacer tanto frío. Prefieres volver a casa caminando, por tarde que sea, respirando borracho la noche de Madrid.

Pero ahora eso horrible a tu izquierda que no quieres saber.

Llegaron al mes de que yo me quedase solo en la casa. Era mediodía y hacía calor y comí escuchando las felicitaciones de un grupo de amigas que veían el piso todavía vacío.

Eran menos jóvenes de lo que creí por sus amistades. Él con poco pelo y barba y un IMac enorme en la mesa del salón. Ella con flequillo popero y piernas largas. También debía haber un perro pequeño porque a los pies del sofá había una canasta.

Al contrario que los vecinos anteriores, estos no bajaban nunca las persianas.

Debían viajar bastante, porque a veces sí pasaban días con las contraventanas cerradas. Tenían un farol y un cenicero en el balcón, pero nunca les vi fumar. A él (algún día que me quedé a trabajar en casa le descubrí, como en un reflejo, concentrado ante su ordenador) le imaginé arquitecto o diseñador o guionista. Ella tenía que ser azafata, para estar tan poco en casa y tener las piernas tan largas.

(Déjenme explicarles. La calle es tan estrecha que podría haber extendido un tablón de mi ventana a la suya para pedir que me acercasen unos clavos.)

Una mañana, esperando para cruzar Atocha, una chica se me quedó mirando. Tardé en reconocer el flequillo y las piernas. Pensé: “ha debido verme desnudo mil veces. Bajar en pelotas las escaleras al salón, peludo y adormilado, entonando un Fi fa fo fum”. La compadecí.

A veces dormía un tío en su salón. Poco pelo e igual barba, gordo. Creo que solo dejaban a ese amigo quedarse como venganza, obligándome a contemplarlo dormido, sudado y en slips blancos, perniabierto sobre el sofá.

Les recuerdo una noche en el mismo sofá, viendo un película. Ella tumbada con un vestido de verano a rayas que dejaba sus larguísimas piernas al descubierto, la cabeza apoyada sobre la cadera de él. Les envidié tanto que me dolió.

Desde hace un mes las persianas venecianas han estado bajadas. Pensé que era otro viaje fuera de temporada.

Ayer volvían a estar medianamente levantadas, pero los muebles ya no son los mismos. Quién sea mantiene la casa en penumbra, como una cueva, protegido de mi mirada indiscreta. No sé si es él, sin ella. No sé si son otros.

Esta noche he soñado que estaba en la casa. Que allí vivían tres suecos. Que veía mi apartamento desde su ventana. Solo se distinguía el techo de mi salón. La lámpara de la cocina. Las vigas de madera. En el sueño he pensado: “bien, por lo menos nunca me han visto beber café solo, desnudo, un sábado por la mañana”.

Todo un consuelo, aunque ahora me siento menos acompañado.

A veces hablo con el hijo que no voy a tener.

Le digo cosas como: “Nada es tan jodido como para que no puedas soportarlo” o “Todo lo malo que pueda pasarte importa un carajo en comparación con las cosas buenas que vas a vivir.”

Lo que nadie me dijo a mí.

Y sigo hablándole mientras cruzo pasos de cebra o hago cola en el cajero, llenando su imaginada cabecita con cuentos y batallas y lecciones magistrales. Hasta idiota y necio todas esas historias formarían un mundo perfecto dentro de él. La vez que mi tío metió una cabra en el maletero de un coche de alquiler. El secreto del mojito de sandía. El azul del cielo en Lhasa.

Yo mismo sería un personaje mítico y gigante para él, con mi vida exagerada y falsa. Que no descubriera hasta ser adulto que lo contado no podía ser verdad. Como Miguel Bosé, que son los padres, o el ratón inexistente que una vez se comió mis golosinas.

Pero luego recuerdo la herencia genética. Las probabilidades matemáticas. Que mis gónadas engañan a mi cabeza, la trampa de la vida. Las veces que he jurado que no quiero tenerlo, que he prometido venderlo por órganos si llega. Mi proyecto de ganar al animal estudiando anatomía hasta poder practicarme una vasectomía casera.

Y, sobre todo, la idea intolerable de traer a alguien al mundo que pueda no ser feliz.

“Buenas noticias. Ni árboles / ni hijos / ni libros. / Lo que soy no permanece”. Eso es de Joan Massip.

Mentía, porque lo leí en su libro.

En el primer sueño he apostado una pierna y la he perdido. Sentado en boxers, con un cordón metálico de amputaciones en las manos, miro mi muslo y pienso (con ese encanto que tienen las cagadas de chulo o de borracho) que sólo yo soy tan idiota como para jugarme una parte del cuerpo en una apuesta tonta.

En el siguiente ya no hay pierna. De pie, alto y orgulloso, me sostengo sobre dos muletas mientras analizo el espacio donde debería estar la rodilla. Y en el sueño lo malo no es la falta de la pierna, las muletas, sino lo feo del muñón. En lugar de resplandeciente, redondo y perfecto, parece más un saco de arpillera mal atado, un nudo de piel muerta y retorcida, sin contenido.

Empiezo la semana pasada ahogándome en una barca en Venecia. Tengo que cruzar un canal amplio para ir con los que me esperan al otro lado, en un palacete con cúpula. Hay bruma, cae la noche, no veo hacia dónde remo. Por fin, en la ceguera luminosa de la niebla, sé que la barca ha volcado y voy a ahogarme. Toda mi preocupación es que el móvil se está mojando, y claro, cómo aviso a la gente de que no voy a llegar, muerto y con el teléfono estropeado.

El último, hace dos días. Me diagnostican un cáncer en un órgano inexistente en la garganta, mezcla de faringe y laringe y nódulos linfáticos. La enfermera llora al decirme que no merece la pena el tratamiento porque sufriré innecesariamente.

Y cómo le explico a esta mujer que se duele por un desconocido que me da igual diñarla, que es tranquilizador, qué qué bueno no tener que preocuparme de un futuro. No declaraciones de la renta, no limpiezas dentales, no pagar el alquiler.

Os compadezco a vosotros, que os retorcéis en sueños presos de vuestras cabezas, y me enorgullezco de ser tan listo como para no sufrir en sueños. De no tener ni querer pesadillas.

Puede pasar en cualquier sitio y en cualquier momento.

Sentado ante el ordenador en el trabajo, ahogado por la rutina. Tumbado sobre la cama, muerto de calor, concentrado solo en los ruidos de la calle. En un bar, con la copa en la mano y media broma en la lengua.

Una sensación repentina. Como un pinchazo o un destello. Como el despertador del teléfono por la mañana. Sin un pensamiento que la origine, nada que la dispare (“I got a trigger inside and I get the feeling I’ve been cheated.”):

La nausea de la mentira. El dolor de lo soñado. Todo lo podrido, lo falso y lo ridículo. Cómo ha terminado.

Y el universo se divide y en otra realidad lanzo la copa contra el espejo tras la barra o me levanto y tumbo el monitor de una patada. Después siempre pego y pego y pego (al aire, a la pared, a los que me rodean), y grito con los dientes apretados como un cepo y maldigo y me retuerzo y lloro. Los brazos agarrotados de hombro a puño. La rabia y el asco en todo el cuerpo.

Solo ocurre en mi cabeza. En otro universo, en una de estas miles de ramificaciones, está pasando de verdad. En otras realidades nunca existió esa vida y esa mentira. En otras fue el doble. En alguna me ahogué a los trece años en una piragua.

Pero aquí, a este lado, la única opción es forzar la calma. Y sigo sentado. Hablo. Sonrío. Bebo. Ignoro el hormigueo bajo la piel, el clavo en la cabeza. El cuerpo intencionalmente más relajado, aun más laxo.

Y todo va a seguir así mientras pueda mantener esa otra realidad ocurriendo sólo en mi cabeza.

El puto invierno se ha vuelto a comer a la primavera. Jodido de frío cruzo la plaza del Reina Sofía, donde a pesar de ser jueves noche no hay nadie haciendo botellón pre-Kapital, de vuelta a casa.

Subo los ocho tramos de escaleras sin encender la luz, como siempre. En el primero derecha (no sé quien vive ahí) hay una fiesta. Pasado el tercero me parece oír sonar la cisterna de mi baño. Llego hasta mi puerta, a oscuras todavía. Abro.

Hay algo raro. Tardo un segundo en darme cuenta que de la planta de arriba viene una luz tenue. Otro más en pensar que no es la luz ambarina de la lámpara de la mesa. Es azulada, fría, cambiante.

También hay un ruido indefinido. La televisión debe estar encendida.

(Pero es imposible. Hace dos semanas que no la veo. Esta mañana al salir estaba apagada.)

Mi primera reacción es dejar la puerta abierta. La segunda, dar dos pasos hasta el centro del salón. Una mirada a la derecha me confirma que el Macbook Pro sigue sobre el piano. Otra, a la izquierda, que la pasta en metálico de mis curros como freelance cobrados en negro también está donde la escondo. No hay nada más que puedan robarme: nadie va a bajar un piano de pared cuatro pisos por las minúsculas escaleras.

La televisión, arriba, sigue sonando. La puerta de la calle sigue abierta. Cojo del portaguitarras la Fender acústica por el mástil, como si fuera un bate. Me viene a la cabeza ese tema de Hayden en la que canta como se enfrenta a unos ladrones armado con su bajo.

Camino hacia las escaleras de madera que suben a la habitación.

Cada paso es una explicación. Uno: ella ha decidido volver. Pero entonces recuerdo que hace un mes me dio sus llaves. Dos: mi casera, la pianista hippie exiliada en Uruguay, ha decidido visitarme sin avisar. Tres: la casa es poco segura. Es tan fácil entrar desde el tejado, tan mala la cerradura. Alguien se ha colado. Quizá sigue arriba, tumbado en la cama, viendo la televisión.

Pongo el pie en el primer escalón y digo “¿Alguna vez te han zumbado un guitarrazo en la cabeza, hijo de puta?”. Subo.

Lo primero que veo es mi otra guitarra, la Stagg, en su pie. He elegido bien: la Fender es mucho más grande.

Después, la cama desecha y vacía, tal y como la dejé.

Enfrente, la televisión. En la pantalla un reportaje absurdo. Alguien que dice “esta silla es un diseño de Phillip Stark…”

La casa es diáfana en ambas plantas. No hay donde esconderse. Me niego a mirar tras la cortina de la ducha o debajo de la cama. No hay nadie, no falta nada, no hay nada extraño. Solo la televisión encendida.

La apago. El sonido de mi corazón latiendo a toda hostia llena la habitación.

No creo en lo sobrenatural. O ha sido una subida de la tensión eléctrica o alguien ha querido dejar su huella. Y eso, en lugar de preocuparme, me reconforta. Si tuviera la oportunidad de colarme en una casa ajena no cogería nada, pero dejaría una firma para que lo supieran. Cambiaría cuchillos por tenedores en sus respectivos huecos del cajón de la cocina. Barajaría los volúmenes de la enciclopedia Larousse del salón. Pintaría un bigote en la fotografía de la mujer sobre la mesilla.

Ya no me siento tan solo en la casa.

Me dice “¿vas a contar esto en tu blog?”

(A horcajadas sobre mí, desnudos, atravesados en la cama, sobre el edredón.)

Respondo: “¿tú quieres que lo cuente?”

Se ríe y se inclina hacia mí para abrazarme, pero no responde.

“¿Quieres que lo cuente? ¿Qué es lo que tengo que contar? ¿Describo el sexo? ¿los dos hoyuelos encima de tu trasero? ¿la tarde, los vinos, el concierto? ¿que no tenemos condones?”

Vuelve a reírse. Aun a oscuras sé que tiene siempre una sonrisa en la boca. Es curioso cómo todo lo seria que es fuera desaparece completamente en la intimidad.

Más risas. Más vueltas, enredados.

“Estamos siendo unos irresponsables.”

Después bajamos a fumar el último cigarro a medias, a oscuras, en los ventanales del salón. Hace demasiado frío para salir a la terraza.

Al terminar ella vuelve arriba mientras cierro la ventana. En el edificio de enfrente hay una mujer mayor mirándome. Yo estoy completamente desnudo. Esa casa es extraña. Siempre tienen el balcón abierto y con luz, pero una vieja manta colgada fuera a modo de cortina hacer imposible saber qué ocurre dentro. Por las tardes un hombre calvo en camiseta de tirantes pasa las horas allí, sacando solo medio cuerpo fuera de la manta, espiando la calle mientras yo clavo los ojos en su nuca. Me pregunto qué hace esa mujer en el balcón un domingo a las seis de la mañana.

Pienso: me quedan dos horas para estar en la agencia. Pienso: nunca creí que me pudiera gustar tanto el trazo desgastado del tatuaje en su espalda. Pienso: qué raro es conocer a alguien y no saber claramente, en el mismo momento de cruzar las primeras palabras, que en menos de una semana acabaréis compartiendo desnudos un cigarrillo.

Y pienso: ¿voy a escribirlo? Y si lo hago, ¿por qué?. ¿Por que debe ser contado o por demostrarle que esto significa algo? ¿Para que queden testigos (vosotros, convertidos en anciana asomada al balcón de madrugada)?

Sea por lo que sea, aquí está.

Cuando nos conocimos yo escuchaba con frecuencia ese tema de The Good Life que empieza diciendo

“La primera vez que nos vimos vomitaba en el lavabo del baño de señoras. Ella me preguntó si necesitaba ayuda y le dije: creo que he vertido mi copa. Y así empezó todo.”

Debió oírla conmigo alguna de las primeras veces que se quedó a dormir. No le gustaba por la voz de Tim Kasher. Decía que desafinaba. A mí la canción acabó por aburrirme.

 (“Y sé que entonces me quería, lo juro por Dios. Lo sé por la forma en que mordía mis labios y por cómo apretaba sus caderas contra las mías y por lo profundo que clavaba sus uñas en mi piel”)

Tras contar la típica historia de amor pop, la estrofa final:

“La última vez que la vi ella separaba sus discos de los míos. Su ropa ya estaba metida en la cajas, con sartenes y cacerolas y libros y una tostadora. Entonces un ratón pasó correteando entre los dos y empezamos a reír hasta que todo dejó de doler.”

Ayer cuando volví a casa ella estaba allí. Detrás de mí llegaron un par de ecuatorianos, asfixiados por los cuatro pisos sin ascensor. Fueron bajando las cajas que yo había llenado metódicamente la semana anterior con todo lo que todavía no se había llevado. Ropa, libros, partituras de piano, su ordenador, un cuadro. Los ecuatorianos cargaron todo en una furgoneta y se fueron.

Después fumamos. Dije que la quería. Que no podía perderla. Que no entendía nada.

Sentí las piernas sin fuerzas y me senté en el suelo de la cocina, la espalda contra una cajonera. Ella, de pie a mi lado, ya se había puesto el abrigo y el bolso. No pasó ningún ratón. Nadie se rió.

Salió por la puerta y yo me quedé mirando la explosión de plantas que estos días amenazan con romper la ventana e invadir mi salón. Esperé hasta que pensé que ya habría salido del portal.

Le di cuatro patadas al sofa. Grite una docena de furiosos “hija de puta”.

Nada dejó de doler.

Son las nueve y media de la mañana. Leo y bebo café de ayer en la terraza de un apartamento en Almuñecar. El mar, a cien metros, refleja con tanta intensidad el sol que mis ojos son dos ranuras para monedas de máquina tragaperras.

Hay ruidos en el interior. Kelly, la australiana, debe haberse levantado. Sospecho que me ha visto en la terraza pero no va a salir. Creo que piensa que tengo intenciones deshonestas hacia ella y evita que estemos a solas.

Es mejor que se quede dentro porque estoy ridículo con la camiseta remangada hasta los hombros y los pantalones cortos subidos hasta media pantorrilla. La piel al descubierto es de un blanco-barriga-de-pez que reluce casi tanto como la superficie del agua. Además tengo un cuerpo de mierda esta mañana. Una ligera resaca autóctona. Un constipado traído de Bilbao. Agujetas del buceo, más por embutirme en el neopreno que por cargar con los plomos y la botella.

Dan igual el malestar físico y la turista escondida en el salón. Es el primer momento de paz en un mes (anoche no soñé con ella, esta mañana no está en mi cabeza) y es gracias al libro que leo.

Porque es un libro bueno. Bueno porque te hace sentir bien. Hay una franqueza salvaje en cada línea. Hay un punto de desesperación. Hay alguien detrás de las palabras que hace recuperar la fe en el ser humano.

En las ramas de un árbol frente a mi cuelga enredado un bañador masculino como si fuera la bandera de una extraña república.

Cierro el libro. En la contraportada hay una fotografía del autor.

El cuerpo grande de ex-deportista profesional (lo fue) que se ha puesto fondón. La ropa y el pelo de un viejo rockero de esos que agrandan en lugar de convertirse en fibra y nervio. Una expresión de desvalidez total en su sonrisa.

Entonces llega la tristeza porque recuerdo que está muerto.

Hace dos años se ahorcó. Cuando me enteré me sentí muy mal. No porque no fuera a leer nunca nada nuevo suyo. No porque lo que escribiese me hiciera sentir bien. Me ahogó la pena porque era un tío que me despertaba ternura dentro de su enorme cuerpo, con ese aire triste y perdido. Porque sentía que de alguna manera era alguien a quien había que proteger del mundo.

La mañana ha vuelto a joderse. El sol me quema y ella ya no está y casi todo me sobrepasa.

La chica acaba de salir de la ducha. Se sienta en el borde de la cama, sobre la toalla, con los pies en el suelo. Toda la habitación es de madera vieja, el techo es bajo y oscuro, la cama amplia. Me arrodillo ante ella y le separo despacio los muslos frescos que huelen a jabón. En ningún momento veo su cara. Algo me impide mirarla por encima de los hombros, pero es el cuerpo de Tim, tan familiar, tan como estar en casa.

Se deja caer ligeramente hacia atrás, apoyando los codos en la cama, con las rodillas marcando las dos y cuarenta. De su coño, abierto ante mí, brota una flor. Un tallo largo y fino, de un verde transparente encendido por la luz de la tarde, sale de entre los labios menores. La flor es apenas un capullo a medio abrir, como de campanilla o de orquídea, blanco y perlado de rocío.

Beso la flor suavemente, con miedo a añarla. Paso despacio la lengua sobre su superficie. Ella acaricia un rizo tras mi oreja. Después agarra el pelo de mi nuca con las dos manos y acerca mi cabeza bruscamente hacia su sexo hasta que la flor se troncha, se aplasta y se rompe contra mis labios.

 

La dejaba porque había otra. Yo no podía decírselo. Era joven e incluso más cobarde que ahora. O más equivocado. Creía que hacía las cosas como debía para reducir el daño (pero I was wrong and graceless and sick, all the things I had learned had been wasted, there was no living creature as foul as I and all my poems were false.)

Trataba de explicarle que aquello no significaba que dejase de quererla, sino que ese amor se había transformado. No podía entender que ella no lo comprendiera. Era tan lógico. Yo la quería igual, solo que no podía dejar de pensar en las tetas de la otra, en el pelo de su coño encendido como el fuego.

Por supuesto todo acabó en desastre. No se salvó nada.

Y ahora, por fin, estoy al otro lado. Y ella insiste en que debo entenderlo. Y aunque ya he jugado su papel (“En el instante de prender un cigarrillo como tú lo hacías he visto el fuego en los dos lados, la distancia y los etcéteras”, Joan Masip) yo tampoco puedo comprenderlo o aceptarlo.

No es solo perderla. Es también esa frase de Wilde que dice: “siempre hay algo ridículo en las emociones de aquellas personas que hemos dejado de querer.” Es saberme, a sus ojos, tan grotesco, tan triste y tan roto.

Llevábamos un mes en la casa y yo todavía no me había atrevido a subir las escaleras de metal que había en la terraza de nuestra habitación para alcanzar el tejado. Aquel anochecer de marzo volvimos algo ebrios, exultantes. Ella entró en la ducha. Yo, que todavía fumaba, salí a la terraza y encendí un cigarro. Delante de mí el puñetero Madrid era perfecto bajo la última luz de la tarde.

Trepé las escaleras y subí al tejado que era directamente el techo de nuestra habitación.

Siempre me ha fascinado ese mundo formado por los tejados en las ciudades. Una segunda realidad por encima de todos, hecha de azoteas y terrazas, de palomares y antenas y que tan pocas veces intuimos o atisbamos. Invita a explorarla, cartografiarla y no bajar nunca.

Di una vuelta completa a la superficie de nuestra casa por el tejado limpiándome las manos del óxido de la escalera. Descubrí dónde estaba la máquina del aire acondicionado. Encontré un paraguas roto y una sección cubierta por baldosas que parecía un pequeño solarium. Y entonces me senté sobre las tejas junto a la claraboya que daba a nuestra habitación y miré. El encuadre parecía elegido con intención: abarcaba exactamente el espacio que ocupaba nuestra cama debajo.

Y entonces deseé con todas mis fuerzas que cada puta noche hubiera un ladrón de pisos, un voyeur, un fetichista que busca bragas por los tendederos, un loco fascinado por los tejados que mirase por esa ventana, como yo ahora, y envidiase la felicidad de lo que ocurría allí dentro en nuestra cama, donde nosotros dormiríamos o follaríamos o leeríamos y fumaríamos sin saber que éramos observados. Quise que eso no quedase sólo a la vista de las palomas, del ciego sol y del ojo envidioso de Dios.

Pensé en quedarme ahí sentado hasta que ella volviera de la ducha a la habitación y no me encontrase. Saludarla entonces repiqueteando con los nudillos en la claraboya.

No lo hice. Baje las escaleras para volver al Madrid de Abajo, a nuestra recién estrenada casa. Ella apareció después envuelta en una toalla. No recuerdo si le conté que había estado allí arriba.

Desde anoche, cualquier ladrón, voyeur, fetichista o loco de los tejados que se asome a esa ventana solo me verá a mi en una cama demasiado grande. Es una pena.

Hace veinticuatro horas exactas salíamos ebrios y tambaleantes de celebrar mi cumpleaños en un bar del Ghetto Vecchio y yo me empeñaba en que me hicieran una foto con los pies metidos en el agua que inundaba la acera del Cannaregio veneciano.

Ahora, en cambio, conducimos por los alrededores del aeropuerto de Orio al Serio, a trescientos kilómetros de Venecia. Buscamos una gasolinera abierta a las dos de la mañana para dejar lleno el depósito del coche de alquiler y poder coger nuestro avión cuando amanezca.

Llueve sin parar. No vemos un carajo. No sabemos dónde estamos. A la salida de un pueblo que parece muerto, como un oasis, aparece una gasolinera con luz.

Está cerrada, pero los surtidores funcionan con tarjeta como un cajero. En el de detrás hay un coche que no está repostando. Contra él se apoya un cincuentón delgado que podría ser panadero. Nos mira con curiosidad, pero ahora mismo mi vejiga piensa por mí. Le ignoro y busco una esquina donde mear. Fur, mientras tanto, se pelea con el surtidor italiano para entender cómo pagar.

Entonces entra en la gasolinera un tercer coche. Del asiento del conductor se baja un tío con pinta de surfero trasnochado (pelo sucio decolorado por el sol, vaqueros rotos, andar tambaleante), y le sigo con la vista mientras dirijo la meada hacia la pared.

Se acerca al cincuentón. Le saluda. Entran al coche donde se apoyaba. Y ahora todo está en orden, porque esto debe ser un asunto de maricas o un trapicheo de droga.

Me la sacudo y mientras me subo la cremallera empiezan los golpes y gritos que vienen del interior del coche donde hablan.

Y del vehículo del que bajó el surfero sale ahora un tipo grande, cincuentón también, barrigón y engominado. Éste podría ser carnicero. Lleva un chaleco de cazador y en la mano algo muy largo que brilla, un destornillador, un punzón, un cuchillo. Camina unos pasos, abre la puerta del conductor del coche donde los otros discuten y empieza a apuñalar rítmicamente.

Corro. Subo a nuestro coche. Las chicas en el asiento de atrás se despiertan, asustadas, y les digo vamonosvamonosvamonos mientras busco el botón del cierre centralizado. Fur, de pie junto al deposito, repite sorprendido “lo está acuchillando, lo está acuchillando”, pero no se mueve.

(Cuando después cuento esta historia delante de él y juro que de haber encontrado el cierre centralizado habría arrancado y huido de allí sin esperar a que se subiera, se ríe como si yo bromease.)

Por fin reacciona y monta, y yo arranco y salgo follado de la gasolinera para meterme de lleno en la lluvia, sin saber a dónde voy pero convencido de que nos siguen.

Sólo diez minutos más tarde, cuando estoy seguro de que no hay coches detrás, me tranquilizo. Sara, en el asiento trasero, va diciendo que no sabe por qué nos asustamos tanto. Que esto pasa en Madrid todos los días.

Encontramos el camino al aeropuerto. Aparcamos. Ellos se duermen rápido. Yo espero al amanecer en duermevela, la lluvia fuera, soñando a cada momento que alguien abre la puerta del coche.

 

Es domingo y por la ventana entra el sol salvaje y frío de diciembre. Ya nunca consigo dormir las noches de juerga hasta mediodía y amanezco a eso de las diez, incapaz de quedarme entre las sábanas. Doy un par de vueltas en la cama hasta localizar a ciegas su cuerpo caliente y beso su cuello y froto la nariz a lo largo de su espalda hasta despertarla. Después me levanto y voy al baño.

El olor de un cigarro rubio llega hasta mi nariz bajo el agua de la ducha. Ha debido rendirse, aceptar que hay que aprovechar la mañana y levantarse.

Cuando salgo la encuentro fumando de pie, semidesnuda, mirando con atención un papel en su mano. Por los colores y el tamaño parece la mitad de una tarjeta de embarque de Air Europa.

“¿Y esto?”

(pregunta como un disparo)

“Es una tarjeta de embarque”.

(En el vacíabolsillos del que la ha sacado hay de todo: entradas de conciertos, librillos de papel de fumar acabados, fotografías de carnet, multas de tráfico, estratos de papeles y papeles que esperan a ser clasificados o tirados un día de estos)

“Si, a Barcelona. Aquí pone 23JAN07”

Si, 23 de enero de 2007. Aprieto los dientes. No recuerdo haber volado a Barcelona este enero. En esas fechas ella estaba en Berlín. Sé lo que está imaginando: un viaje a sus espaldas, a escondidas, aprovechando los dos mil kilómetros que nos separaban, una escapada a Barcelona para ver a otra.

Miro la tarjeta de embarque, lo hago con tanta fuerza que va a empezar a arder entre mis dedos en cualquier momento. “Debe ser un error”, murmuro.

Vuelvo a entrar al baño. Me miro al espejo. Yo no he estado en Barna en enero. No he pisado esa ciudad en todo el año. Me lo prometo y me lo juro, no he podido olvidarlo. Es como si me hubiera parado la policía y al pedirme que abriera el maletero dentro hubiera un cadáver. Y yo sin saber cómo ha llegado hasta ahí pero con las manos manchadas de sangre y un cuchillo en la guantera, claro.

Salgo de nuevo dispuesto a explicarme, a gritar, a pelear inútilmente porque sé que nunca va a aceptar que es un error informático, un fallo. Miro la tarjeta de nuevo. En una sección gris junto a la fecha distingo dos tenues puntos que no habíamos visto.

No es 23JAN07.

Es 23JAN07:00. Las putas siete de la mañana.

Y grito exultante y se lo señalo y le explico que esa tarjeta debe ser de hace un par de años. Pero aun así, aunque ella asiente con la prueba en sus manos (esos dos puntos cero cero que lo lavan todo) veo un gesto de dureza en sus labios.

Los policías me habrán dejado seguir mi camino, pero sé que están vigilando.

La lluvia cae densa y malvada, constante. Desayunamos two eggs on a roll y café en la boca de metro de la 103 estorbando a la gente que va a trabajar. Faltan dos horas para las once y hasta entonces no podemos recoger el coche de alquiler, así que decido aprovechar el tiempo y bajar hasta Chelsea y comprar el catálogo de Sally Mann de la galería Gagosian.

Mi fobia a los paraguas hace que mis vaqueros agujereados y mi vieja cazadora Carhartt y yo caminemos veinte manzanas encogidos y aplastados por la lluvia cruel e indiferente. La galería ocupa un almacén reformado frente al Hudson. En la recepción me dirijo (mis suelas mojadas resuenan monstruosas en la alta sala vacía) hacia una chica con aire de joven cosmopolita intelectual judía de las películas.

A diez metros un cuadro de Warhol en venta.

A cinco metros (y acercándose recelosamente) un guardia de seguridad.

A mis pies un pequeño y personal charco con la forma del lago Michigan.

La chica trae el libro (mientras, avergonzado, mido el tiempo por el goteo de mi ropa contra el suelo) y parece decepcionada cuando saco un billete de cien dólares del bolsillo en lugar de una navaja automática. Pido una bolsa de plástico poniendo mi mejor mirada de cachorro extranjero abandonado pero no sirve de nada, así que abro la cazadora y meto el libro, enorme como la bandeja de un juego de café para doce, entre mi pecho y la camiseta.

La gente con la que me cruzo de vuelta al metro me mira con asombro bajo el falso cielo de sus paraguas. Llevo todo el agua del mundo en mi ropa y en mi pecho el libro marca una forma cuadrada que me convierte en un Darth Vader de pacotilla, en un forzudo de gimnasio cubista que recorre a enormes zancadas trescientos números de la calle veinticuatro. Podría subirme a una farola e imitar a Gene Kelly cantando bajo la lluvia y no llamaría más la atención.

El metro me traga de nuevo y me aparezco ante B (que espera sentado en el anden, las piernas sobre nuestras mochilas, leyendo “el Hombre que Inventó Manhattan”) como si fuese el Monstruo de la Laguna, dejando tras de mi un rastro de agua, rodeado del vapor resultado del calor de mi cuerpo contra la ropa mojada, el flequillo convertido en fétidas algas que cubren mi cara.

En la vida me había sentido tan empapado, pero el libro está intacto.

Recogemos el coche. Un golpe de suerte hace que solo les queden de gama alta, así que nos dan un carro impresionante por un precio ridículo. Para agradecérselo dejo en el suelo de la Hertz una burda imitacion de océano Atlántico.

La lluvia sigue cayendo tan fuerte que es imposible ver dos metros más allá del parachoques. Voy desnudándome en el asiento del copiloto mientras intento guiar a B a través de Manhattan para salir de la isla y enganchar la Interestatal 95. El asiento de atras se convierte en un improvisado tendedero donde extiendo lo que me voy quitando, y si miro por el retrovisor parece que alguien allí sentado se hubiese convertido en aire dejando detrás solo su ropa vacía.

Ciegos como murciélagos acertamos a coger la interestatal. La calefacción empieza a quitarme el frío de los huesos y a secar mi pelo y por fin soy consciente de la situación: voy casi desnudo en un coche a 7000 kilometros de mi casa, nos quedan cinco horas de carretera hasta Boston y esta cabina es lo más parecido a una casa que he tenido en los días que llevo aquí.

Entonces enciendo la radio y está sonando Interstate Love Song en la emisora sintonizada y de golpe todo es perfecto.

(Nunca suelo escribir sobre el pasado. Todo esto ocurrió el 8 de noviembre del 2006, hace hoy un año).

 

Si miro hacia el cielo veo esa extraña reverberación, como si el azul tuviera grano fotográfico en movimiento, que tienen algunas mañanas de verano. El sol me da en la cara y entrecierro los párpados y en mi retina solo hay una suave luz naranja tamizada por las pestañas. Saco un poco la lengua para notar el calor en la punta y apoyo la nuca en el reposacabezas levantado la barbilla todo lo que puedo hasta que me crujen agradablemente las vértebras en el cuello. En mi oído derecho vibra el aire con el zumbido de los coches a cientoveinte que pasan a menos de un metro.

“¿Sabe que este carril es sólo para vehículos con dos o más ocupantes?” y abro el ojo izquierdo con pereza para mirar al guardia civil que se inclina sobre la ventanilla. Tiene cara tío sencillo, de típo simple y con buen fondo. Siento más empatía con él que con el resto de los que estamos apartados en el arcén con las luces de emergencia. Todos tenemos ese aire de orgullo y suficiencia indignada de quien otras mañanas, cuando no hay controles, llevamos media sonrisa en la cara por ser más listos que los demás y no chuparnos el atasco infringiendo la ley a toda hostia por el carril central vacío.

Y le digo “lo sé, agente” en lugar de las excusas pensadas mil veces como “bajo todas las mañanas acompañado por aquí y hoy he entrado por despiste” o “¿es que no ve a mi amigo imaginario sentado en el asiento del copiloto?”, porque para qué contarle que anoche concierto y copas y tres de la mañana y que claro entonces suave resaca y sábanas que se pegan y que media hora tarde al trabajo, para que explicarle que carnet de conducir caído del bolsillo de la americana en bar de Malasaña, para que tanta palabra tan inútil y vacía si el sol brilla tanto y el cielo tiene ese temblor mágico y el final de la Cuesta de las Perdices, frente al Hipódromo, esa isla de calma en medio de los ocho carriles de la A6, parece el paraíso.

El ascensor, forrado de madera oscura, apenas está iluminado. Es tan estrecho que el ataúd a mi lado hace que tenga que apretarme contra las puertas dobles y que no quede espacio ni para girarme. El ataúd, construido en plástico gris, con las esquinas y los cantos redondeados, parece más una caja de herramientas que un contenedor apropiado para enterrar a alguien.

El cuerpo debe ser muy grande. Han cerrado la tapa a presión y por la pequeña ranura que aparece entre los cierres veo las yemas amarillas de unos dedos y la punta de una camisa a cuadros.

Pienso que al moverlo es posible que los cierres salten, y entonces el muerto se me vendrá encima como en una película de terror y tendré que pelearme torpemente enredado contra brazos que cuelgan y piernas que no se sostienen hasta volver a dejarlo dentro.

El ascensor se abre ante una cocina de luz anaranjada y densa, como si en el aire flotase el vapor de cien sopas cociéndose. A pesar de eso debe hacer frío, porque mi hermano, sentado en el centro, se encoge dentro de una chaqueta que le queda grande.

Le digo “mañana por la mañana tienes que ayudarme a cargarlo en el coche. Pesa como un muerto” (y en el sueño me río falsa y sonoramente de mi broma). Miramos los dos al ascensor abierto, al ataúd apoyado de pie que nos espera.

Entonces entra mi madre en la cocina: “vuestro padre acaba de llamarme”. (Pero no puede ser, porque mi padre está dentro del ataúd, infinitamente pesado, infinitamente muerto)

Mi hermano y yo nos miramos de reojo: “querrás decir que le has llamado pero no te responde.” (Ella sabe que mi padre ha muerto. Sabe que el móvil vibra en el bolsillo de una camisa a cuadros contra la piel fría.)

“No. Ha llamado, acabamos de hablar. Dice que os ha enviado un mensaje.”

Y sé que es verdad, sé que en la pantalla de mi teléfono móvil me esperan una docena de nuevos mensajes suyos, esos en los que se empeña en llamarme “hijo” y me da consejos inútiles, mensajes que nunca le respondo.

Lo crean o no en ese momento me despierta el teléfono de nuevo.

Me paso las semanas arrastrando sueño, con mis cinco horas de media por noche, y desde que hemos vuelto a saltarnos la norma pactada de no irnos de copas entre semana llego a casa de madrugada, ebrio y cansado, y al día siguiente cabeceo en el trabajo y repito torpe y obstinadamente las mismas cosas diez veces hasta conseguir que salgan bien.

Así que es normal que los viernes caiga como muerto a las cinco de la tarde y duerma siestas incomodas de sueños retorcidos y que luego ni una ducha ni unas copas me los quiten de encima y siga tarareándolos en la cabeza el resto de la semana.

Hace tiempo me escribió un chico.

Decía que llevaba años leyendo este blog. Que le conmovía lo que escribía y me admiraba. Que quería saber mas cosas sobre mi vida y envidiaba a la gente que me conocía personalmente.

El mail era tan afectado, tan rebuscado y ñoño (“siempre he querido permanecer leyendo sus palabras hasta la saciedad en la soledad de la noche“) que por un momento pensé que era una broma.

Contaba también que había grabado un disco y que había tenido cierto éxito. Estaba preparando el siguiente y había compuesto una canción sobre mi (“¿qué le parece? Me gustaría ver ahora mismo la cara de sorpresa que debe estar poniendo… En efecto: usted ha conseguir inspirarme para componer una canción sobre un señor al que putean constantemente…”). Me pedía permiso para utilizarla.

Se despedía “con el corazón en la mano” y esperando una respuesta. Hubiera apretado su corazoncito dentro del puño hasta reventarlo y se lo habría devuelto metido en una bolsa de papel.

Visité un par de páginas en que se le mencionaba. Vi un par de videos suyos colgados en otra web. Bajé su disco de un programa p2p. Después le respondí. Dije que gracias por los elogios, que su disco me parecía horrible, que tenía permiso para hacer lo que le diera la gana y que según mis cuentas yo había puteado a mucha más gente de la que me había puteado a mi.

Podía haber sido condescendiente con él, cuidadoso, compasivo, pero ser cruel es siempre demasiado fácil.

Dos semanas después, acompañando un mail dolido, me envió la canción y la letra. Y escucharla fue como comer cristal. Era tan mala, tan francamente detestable, que no sé si fue mayor la pena, el asco, la rabia o la vergüenza.

(decía cosas como:
“Como la Luna,
que se ve desde cualquier
parte del firmamento,
sus dedos
solían dejar viajar
hacia lo desconocido”

o
Creció de cara a la pared
con los brazos extendidos
por miedo a desfallecer…
Vivió deprisa sin aprender
a abrir el cuerpo encogido
por temor a no volar bien…”
)

Hace unos días, por casualidad, encontré el archivo y volví a escucharlo. Fue igual que tropezarse una fotografía donde se sale especialmente feo o una tarjeta de felicitación por el día de la madre que uno escribió con seis años. Como si la voz desentonada fuera la mía, como si yo la hubiera compuesto y grabado.

Mediodía. Me asomo al paso de cebra que corta Alcalá con las puntas de los pies en el límite de la acera, tan cerca que los autobuses que pasan amenazan con arrancarme el cigarro de los labios.

Miro al monigote rojo del semáforo de enfrente a través de las ranuras mínimas que dejan mis apretados párpados (los ojos achinados por el sol), ordenándole mentalmente que desaparezca.

Entonces alguien se para tras de mi, esperando también a cruzar. Se ha colocado tan cerca que por un momento pienso que debe ser un conocido que va a jugarme la típica broma (la broma pesada que gastaría yo) de empujarme hacia la carretera sujetándome a la vez del cinturón. Está tan pegado a mi espalda que puedo notar el calor de su cuerpo.

Haciéndome el despistado giro la cabeza hacia la derecha (los ojos todavía entrecerrados, la barbilla que casi toca la clavícula) y solo distingo por el rabillo del ojo un hombro cubierto por una americana negra. Después miro hacia la izquierda y consigo atisbar otro hombro a juego. Sea quien sea tiene unas espaldas enormes.

Me sube un calambre por la espalda que me obliga a encoger el cuello, incómodo. Esa persona debe saber que su presencia, tan próxima, me resulta amenazante (como esa madrugada que volviendo al coche borracho sincronicé mis pasos con los del hombre que caminaba por delante de mi en la calle vacía simplemente por interactuar con él, por hacerle sentir miedo)

Un autobús sube por Alcalá hacia nosotros. Aprovecho las ventanillas para hacerme una composición de lugar con el reflejo: por encima de mi coronilla (debe medir por lo menos dos metros) asoman unas gafas de ver que reflejan el sol ocultando los ojos y un flequillo rubio. Como si pudiera ver a través de mi propia frente, imagino detrás una sonrisa en uve de dientes apretados y labios finos.

El semáforo normalmente tarda un par de minutos en abrirse, pero en mi cabeza los segundos gotean lentos convirtiendo ese intervalo en horas mientras espero a que el gigante se decida por fin a darme un empujón lanzándome bajo las ruedas de un coche.

Pero entonces el semáforo se abre y yo cruzo a pasos largos y rápidos, poniendo distancia. Al otro lado, como en un espejo, me esperas fumando.

Podrían ser hermanos de tanto como se parecen. Barbas descuidadas, pelo estudiadamente revuelto, tan altos como yo pero lánguidamente delgados. Llevan unos trajes ceñidos de corte retro, elegantes y cómodos. Sólo se diferencian porque uno viste de azul oscuro y el otro de marron claro.

Me alcanzan en un camino de arena, junto a un bosque de pinos. Me gritan algo que no entiendo, agresivos, enfadados. Consigo tumbarles sin demasiada violencia: un par de empujones, una zancadilla, un tirón de la solapa. El sol brilla sin mostrarse, dándole a toda la escena una luz azulada.

Sigo caminando hasta que vuelvo a oir sus voces detrás de mi.

Esta vez tengo un trozo de madera en la mano, con forma de cuchara, largo y romo. El del traje claro carga contra mi corriendo, sacando un hombro. Yo solo tengo que mantenerme firme, con el brazo en ángulo recto pegado al costado, y él mismo se clava contra la madera al chocar conmigo. Se retuerce en el suelo, las manos en el estómago. La punta no ha llegado a travesar su camisa o su piel, pero le duele.

(Al fondo su compañero se sienta en un lado del camino y se sacude el traje oscuro manchado de polvo, abandonando.)

Cuando vuelvo a caminar sé que va a volver a intentarlo. Esta vez la madera se ha convertido en un pelacables, unas tenazas de media luna afiladas que brillan como si fuesen nuevas. Y tras derribarle, echado sobre él (mi rodilla aplastando su muñeca contra el suelo) utilizo el pelacables para hacerle un corte largo y feo en el espacio carnoso entre el índice y el pulgar, buscando cercenárselo. Él grita sin voz convirtiendo su cara en una mascara de musculos tensos. Y mientras corto con crueldad soy consciente de que esta vez es imperdonable, que ahora no va a rendirse hasta que haya conseguido devolverme el daño, vengarse por su dedo perdido, que va a seguir persiguiéndome por el linde del bosque hasta que le pare para siempre.

Entonces suena mi teléfono y me despierto y te digo “me has interrumpido cuando estaba a punto de cortar un dedo”, y me respondes que es hora de darse una ducha y arreglarse y salir a tomar una copa porque es viernes noche.

Y me quedo sin saber hasta que punto habría sido capaz de llegar si no me hubieras despertado. Qué habria estado dispuesto a hacer en sueños para conseguir, por fin, que me dejasen en paz.

 

Tomamos unas copas en un viejo piso de la Avenida de Ciudad de Barcelona. Al fondo nos observa atentamente un pato disecado y desde la pared nos bendice una Virgen de la Macarena en un retablo enrejado sobre el que cuelgan (in no particular order) un salakov, un trabuco y un cráneo de cabra montesa con su cornamenta oscura y retorcida.

Es la típica reunión de amigos donde se repiten las mismas anécdotas y conversaciones de siempre, con la lengua de trapo tropezando contra los dientes, así que primero es Raquel quien cuenta de nuevo la noche que conoció a Gonzalo (iba tan borracha que cuando volvimos a vernos no estaba segura de que fuera el mismo”) y después es Leticia la que le echa la culpa a una cama inclinada y a la fuerza de la gravedad de que ella y Darío acabasen durmiendo abrazados.

Y claro, tras todo eso es lógico que se giren hacia nosotros (sentado en el suelo apoyo la espalda en tus piernas, que cuelgan de un sofó rojo de skay) y nos pregunten cómo nos conocimos. Como voy considerablemente borracho respondo, casi sin pensarlo:
Ella hablaba con alguien por internet. El tipo propuso un encuentro en un acuario al que no pensaba acudir. Cuando ella llegó dio la casualidad de que yo estaba allí sentado, solo, mirando los peces. Me preguntó si era su cita y yo le dije que no, pero acabamos en la cama.

Entonces alguien apunta “pero si en Madrid no hay acuario”, y después de unos segundos de confusión despejan las nubes de alcohol y los cambios de género y empiezan las risas cuando reconocen la historia sacada de una película.

Igual que respondí eso podía haber contado que tu eras la heredera de una plantación sureña y yo un mujeriego de ridículo bigote, o que viniendo por la rue de Seine me asomaba al arco que da al Quai de Conti y tu silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, o que realmente somos hermanos mellizos pero nos separaron al nacer para ocultarnos de nuestro padre (un tipo alto y oscuro de respiración asmática), o que nuestras familias se odian y yo reniego de mi padre, reniego de mi nombre y etc etc.

Porque cuando se cuentan estas cosas todos esperan la dosis de romanticismo o de predestinación, lo novelesco, aquello que nos hace especiales y distintos de los otros millones de vanidosas parejas. Nadie se conoce nunca en una agencia matrimonial, nadie en una clínica de adelgazamiento, nadie en una cita trampa preparada por amigos.

Así que inventémonos el pasado común que queramos, pactemos una historia que contarle a los nietos, ambientada en una guerra o fruto de un extrañísimo azar. Démosle a nuestras vidas la capa de ficción que necesitan para brillar bajo el sol.

 

Jacques Rigaut se dio diez años de vida cuando cumplió los veinte. Fue fiel a lo prometido y a los treinta se metió una bala en el corazón, pulcramente vestido, rodeando su cuerpo con almohadones en la cama para no perder la dignidad por culpa de un brazo que cae en un ángulo absurdo o una torsión imposible de cuello. Coleccionaba botones que robaba a sus despistados propietarios y escribió “Agencia General del Suicidio”

No quiero dejar que esto se convierta en otro cementerio de palabras como los millares de páginas abandonadas que desbordan internet, olvidado para ser descubierto en absurdas búsquedas de google y visitado únicamente por fantasmagóricos bots que lo llenen de comentarios ofreciendo viagra y pornografía.

Este es mi propósito: de aquí a un mes tengo que escribir, por lo menos, dos entradas semanales y renovar el diseño de la página. Si fallo en cualquiera de estas dos premisas borraré el weblog con su contenido el 30 de junio.

Quedan ustedes (invisibles, escasos y a veces melancólicos visitantes) como testigos de mi propósito. Si no cumplo (hacia mi, hacia ustedes), arrodillaré a esta página en la cuneta del servidor y le descerrajaré un tiro en la nuca. Y aquí paz y después gloria.

Creo que en el fondo estoy deseando fallar y olvidarme para siempre de esto.

 

Apareció en la puerta de mi trabajo con una maleta. Dos días antes, por teléfono, le había dicho que no quería volver a verla.

Me compadecí de su aire cansado y lastimero, de su inútil resolución de volar hasta Madrid para convencerme de que no la dejase. En lugar de decirle que desapareciera la acogí en mi casa para que descansase, se cambiara y buscase un billete de vuelta.

Paso dos días llorando en la cama, sin querer levantarse.

(Cada tarde volvía del trabajo convencido de que la encontraría convertida en el destripado centro de atención de un círculo de curiosos en la acera que queda bajo la ventana de mi buhardilla)

El tercer día me levanté, me vestí, le di cuatro voces, la saqué de la cama a tirones y llené su maleta a patadas. Subrayando cada grito con un puñetazo en la pared o un espumarajo rabioso conseguí que se arreglara y aceptara marcharse. Por dentro no podía evitar reírme de mi ridícula actuación de chico malo, del asco por verme metido en una historia tan grotesca.

La acompañé hasta un cibercafé para que comprara un billete. Era un viernes de agosto: no había vuelos con un precio razonable, no quedaba ni una plaza en los autobuses y trenes que salían de Madrid.

En una estación a mitad de camino había un tren hacia su ciudad con asientos libres. Llamé al trabajo y avisé de que no iría.

Conduje trescientos kilómetros bajo sus insultos, sus lloros, sus amenazas con saltar del coche en marcha, sus fantasías donde yo volvía a buscarla para pedir que me perdonase. Un chaparrón de palabras tan repugnante como la lluvia de mosquitos que reventaban contra la luna delantera del Ibiza.

La dejé en el andén de una estación en obras.

No había llegado a alejarme diez kilómetros de allí cuando llamó para sisear con voz fría que era un maltratador y un hijo de puta y que la había utilizado. Grité como no lo había hecho nunca, di dos volantazos que casi me sacan de la carretera y colgué después de decirle que estaba enferma y saliera de mi vida de una puta vez.

Y me sentí libre. Tanto que conduje riéndome a carcajadas y cantando a voz en cuello durante los trescientos kilómetros de vuelta hasta quedarme ronco.

Todo esto ocurrió hace un año.

Este domingo me desperté con el hormigueo frío de la adrenalina y el cuerpo agarrotado por la tensión. Había soñado que ella volvía a estar en mi casa, que me perseguía por las calles maldiciéndome y acusándome como una terrorífica Medea a la que no podía dar esquinazo.

En cambio en mi cama solo estaba Tim, que dormía las dos botellas de vino y la pésima obra de teatro de la noche anterior, inconsciente de que a su lado me asfixiaba bajo la sensación de que es imposible escapar de los errores del pasado.

And she began to scream / “Bloody murderer! Let me rest in peace! / When I was yours, you fled the scene / Now you can’t wash your hands of me.”

– Bloody Murderer, Cursive.

Salgo del metro. Intento recordar que hice ayer domingo. Me doy cuenta de que en algún momento, a media tarde, cogí un coche para volver del centro hasta mi casa en las afueras.

Pero no recuerdo qué camino seguí. Qué grupo iba escuchando. Qué conductores me la jugaron y en cuál de sus familiares difuntos me cagué. Dónde aparqué. Cómo llené las horas hasta que llegó el sueño.

Solo sé que es lunes y que debí hacer todo eso, pero no lo sé con certeza. Ni una imagen. Ni un detalle. Esas horas no están en mi cabeza. No consigo recuperarlas por más que me froto teatralmente las sienes esperando en el paso de cebra.

La solución es obvia y me llega como un disparo. Ayer morí de vuelta a casa. Un accidente de tráfico, por ejemplo.

Esto es el infierno (o el cielo) y yo soy un fantasma.

Me han borrado la muerte y estoy condenado a seguir con mi vida cotidiana, día tras día, ignorando que estoy muerto, que es todo una ilusión, que es todo un sueño.

Perdiendo realidad hasta desaparecer, sin darme cuenta, fundido en el gris del suelo.

Salgo de la agencia y voy al bar donde espera y nos tomamos un par de copas y cenamos suavemente ebrios en un italiano. Le digo que quiero dormir con ella y nos vamos hacia mi casa.

Pasando los torniquetes del metro -distraído, no sé qué voy contándole- tengo esa sensación que avisa cuando alguien nos mira entre la multitud, ese sexto sentido animal que hace que nos pique el cuello intuyendo un par de ojos clavados en nuestra espalda.

Con el rabillo del ojo te distingo, cruzando a nuestro lado.

Y me giro hacia ti, sonriendo de oreja a oreja, lleno de dientes, y te llamo en voz muy alta por tu nombre (y trato de mantenerme todo lo erguido que puedo, las piernas ligeramente separadas como un pistolero, los hombros hacia atrás, el mentón hacia el cielo).

Pero tu representas ese papel tan malo de quien no se entera, de quien no ha visto nada, y te peleas torpemente con el billete y la maquina sin levantar la mirada, y ni siquiera los auriculares de atrezzo que llevas dan credibilidad a tu actuación

¿Qué podría decirte (mi hermano, mi asesino)?

Que esperaba mucho más de ti. Que quería que reunieras los redaños suficientes para volverte y decir hola y cumplieras con ese compromiso social en el que nunca creímos del quétaltodo y cómotevalavida (mientras, yo hubiera mantenido la postura firme, la sonrisa insultante)

Así me has dejado ganar.

Durante un tiempo afilabas mis nervios, eras mi antagonista y mi amigo, me definías. Esta noche en cambio ni siquiera me dejas la posibilidad de interpretar tu actitud como desprecio, porque me lo niegas con tus hombros humillados, con tu cabeza gacha, con tus dedos nerviosos, con tu huída miserable.

Mucho más tarde, ante otra copa, ella me dirá que todavía tengo un gesto de satisfacción en la boca. Y trataré de explicarle que en el fondo me entristece pensar que si hubiéramos hablado, por debajo del desafío, de la hipocresía, del escupirnos las vidas a la cara, habría quedado todavía un pequeño resto de cariño.

 

Te lo advertí: hasta las cuatro de la mañana me comportaría. Pero a esa hora llamas para decirme que finalmente no vamos a vernos, así que decido beber como un hijo de puta hasta caer redondo al suelo.

Y bebo y bebo y trago y me comporto como un auténtico idiota (como en todas las fiestas), y llamo maricón a un desconocido y molesto al tío que pincha y me limpio el tequila de la barbilla con mi corbata favorita.

Alrededor de las seis vuelves a llamar. Has cambiado de opinión. Cojo el coche y voy a buscarte.

Despierto en mi cama, contigo al lado. Son las once y sólo estamos vestidos de cintura para arriba (llevas una vieja camiseta mía). No consigo recordar cómo o cuándo llegamos a mi casa, dónde aparqué el coche, qué paso hasta que nos llevó el sueño.

Así que nos desperezamos y nos vestimos con la misma ropa que llevabamos anoche, y conduzco hasta tu barrio para desayunar en un Vips. Es tarde para el desayuno americano que quería meterme entre pecho y espalda y tu estás la hostia de guapa.

Y entonces, sobre mi café y tu agua con gas, me cuentas las cosas que no recuerdo: el espejo (besándote a ti misma en tu reflejo), el agua helada (yo asomado sobre tu hombro para ver como brilla tu piel mojada), la mampara del baño (que filtra una luz naranja y tiembla al soportar tu peso), mi pie (que busca a ciegas el botón de pedal de la lámpara porque te llevo cogida encima), tus labios (que me piden que te mire a los ojos).

Sé que todas esas imágenes, esas horas desaparecidas, están en algún sitio dentro de mi cabeza, bajo la nube de alcohol, y que no me son accesibles.

Pero la memoria de mis huesos lo recuerda. Lo sé porque conforme hablas la piel se me electrifica y se me contrae el estómago y el calor sube desde la entrepierna hasta encenderme las mejillas.

 

Primero fue el coche.

Quizá por el sol del verano sobre la chapa o porque el ambientador se terminaba, su olor empezó a aflorar suavemente por encima del de mi tabaco y el motor. Condujo este coche durante tres o cuatro años, así que era normal que los asientos se hubieran impregnado de él. Compré un nuevo ambientador.

Después fue una toalla.

Una toalla tan vieja que es casi papel de fumar y que me ha acompañado los últimos años, pero que había sido suya un par de veranos hace ya una década. Así que un día salgo de la piscina y me seco la cara y está ahí de nuevo. Su tufo a sudor, dulzón y penetrante, siempre tapado bajo after shave o colonia pero asomando como un cuerpo enterrado con prisas.

Por fin, hace una semana, dando vueltas en la cama sin poder dormir (una tonta sensación de angustia en las tripas), descubrí que su olor también estaba entre mis sábanas y en mi almohada, claro e inconfundible. Y esta vez no podía ser: las sabanas y la cama son nuevas y él no había puesto los pies en mi buhardilla en los últimos seis años.

Sólo entonces me he dado cuenta de que no es su olor. Es el mío. Como una serpiente que cambia de piel, estoy cambiando la forma en que huelo.

Ya he descubierto otros rastros en mi antes. Una manera de mirar ensimismado hacia la nada. Una curva de disgusto en los labios cuando camino entre gente. La caída en la forma de mis hombros.

Me aterroriza la idea de ir cambiando poco a poco hasta convertirme en él.

Esa es toda mi herencia.

 

Estoy en la ducha. Nos quedan diez minutos para dejar la habitación y todavía no he conseguido sacarla de la cama. El vapor convierte el espejo en una ventana de niebla.

Me seco la cabeza agitándola todo lo posible para sacarme por las orejas todo lo que me aturde (ella, la situación, las lámparas en forma de flor, los 150 kilómetros). Froto rápido y fuerte mi cuerpo como queriendo lijarme con la toalla. Me meto en la ropa interior y escribo con el índice un mensaje sobre el vaho en el espejo.

Después me pongo las lentillas utilizando el pequeño porcentaje de reflejo que asoma en la curva de una erre. Abro la ventana y dejo que el espejo se desempañe volviendo invisibles las tres líneas de texto en caja alta.

Vuelvo a la habitación y trato de desenredarla de las sábanas. Se queja y gruñe pero al final se incorpora y va hacia el baño (púdica, infantil, se ha puesto antes la camiseta y las bragas para que no la vea desnuda a plena luz)

Acabo de vestirme con la ropa de anoche y fumo de pie junto a la ventana, mirando como dos rumanas con el pelo de paja cambian las sábanas del bungalow de enfrente.

Sale del baño. No se ha duchado. Nos vamos.

El día está gris de cojones y ella nunca va a saber -no volveremos a vernos- qué le escribí sobre el espejo.

Mediodía de un sábado en julio. Conduzco un coche que fue de gama alta hace quince años y que con el tiempo se ha convertido en un ataúd gigante, lleno de gadgets que ya no funcionan.

Doy vueltas en un futuro parque comercial del que solo están puestas las calles. En cada finca vacía se levantan los cajetines de las tomas de luz. Cuatro o cinco manzanas donde solo estoy yo y el sol encima y contenedores de obra y algunas vallas.

No conozco mejor forma de superar la angustia de un sábado que conducir sin objetivo.

Suena el móvil. Al principio pienso en no cogerlo porque es ella y lo último que quiero es volver a pelear. A estas alturas he relacionado tanto el tono de llamada con esas idiotas discusiones locas con ella que cada vez que lo oigo me ahoga la ansiedad.

Por fin descuelgo.

“Qué quieres.” Sin interrogación. Tratando de que mi voz sea tan seca que le parezca arena en la boca.

“Nada, hablar contigo.” Su voz suena pastosa, adormilada.

“Yo no quiero hablar contigo y voy a colgar.” Pero la conversación sigue, absurda y vacía, y yo sigo dibujando ochos en las calles en medio de la nada.

Entonces me doy cuenta de que de fondo, tras ella, suena sin parar un teléfono fijo. Le pregunto.

“Es Jordi. Le llamé antes para despedirme”

“Despedirte. Ya.”

La última vez que estuve en su casa, a seiscientos kilómetros, revisé el botiquín. No me pareció que tuviera nada con lo que pudiera matarse. Mañana se levantará con la boca seca, un horrible dolor de cabeza, quizá vómito en la cama.

“Quería hablar contigo hasta quedarme dormida y morirme.” Dice que se ha tomado todas las pastillas que tenía y ha esnifado un gramo de heroína.

Le pregunto por qué y no sabe explicarme. Todo lo que deseo es que lo consiga, que acierte, que se muera de una vez. Que salga de mi vida.

Entonces llega el estallido.

Al sonido de su teléfono fijo se suma insistente el timbre de la puerta. Después golpes enormes, voces de hombres que gritan, cosas que se rompen. Oigo que alguien le dice “¿me oyes?, ¿me oyes?, ¿estás bien?”

Ella no responde. Hasta hace un minuto hablaba conmigo así que ahora debe fingir estar desmayada. Todo es ridículo: ella mintiendo, desnuda en la cama, su gato escapándose por la puerta reventada por los de emergencias, yo gritando al otro lado de la línea “COGED EL TELÉFONO, ESTOY AQUÍ, COGED EL TELÉFONO.”

Cuelgo cuando escucho que cuentan en voz alta para pasarla a la camilla.

Vuelvo a casa. No tengo a quién llamar. Sólo tengo su número de móvil. No sé el teléfono de ninguno de sus pocos amigos. No sé como localizar a su familia. No sé a qué hospital pueden llevarla.

Sólo queda esperar. No estoy nervioso. Sólo estoy fastidiado. Pienso que si no hubiera descolgado no me habría enterado de nada.

Al anochecer me llama Jordi desde el hospital. Me cuenta que él avisó a la ambulancia, que llegó a su casa cuando la estaban sacando en la camilla. Dice que le han lavado el estómago y que está bien. Que ella le ha pedido que me llamase para pedirme perdón. Que mañana le deberían dar el alta pero que hay asuntos legales que arreglar porque no tiene familia en la ciudad y al ser un intento de suicidio no la dejarán irse hasta que alguien se responsabilice. Que está pensando en hacerlo él.

Cuelgo.

Vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, que hubiera muerto.

 

Me dice que no sabe exactamente a cuantos se folló esa noche, la noche que organizó aquella fiesta en la playa, la noche en que acabó cayendo por un terraplen hasta la orilla y volvio descalza a casa por la mañana, con los pies cortados, llenos de pequeñas piedras metidas bajo la piel. Me dice que cree que fueron dos, pero que quizá fueron tres. Que ella sólo quería con el primero, que a los otros les dijo que no, pero que aun así se la follaron.

Y sé que adorna la historia, pero también sé que la mayor parte es verdad.

Y mientras me lo cuenta (es mi culpa, yo he preguntado, yo he pedido que siga) me sube un dolor sordo por la garganta. Una sensación angustiosa y horrible que se convierte en fuego que arde en medio del pecho, en el paladar y en la punta de los dedos.

Se lo digo. Le digo que me duele.

“Ya no soy así. Hace mucho de aquello. Lo odiaba, pero no sabía salir de ello. Ya no soy así.”

“Lo sé.” Pero miento: no lo sé.

El dolor sigue ahí.

Podría pensar que me duele por ella, por todo el daño que se ha hecho a lo largo de su vida. O podría pensar que me duele porque quizá conmigo también se abre de piernas de la misma manera, dejándose, con desgana.

No se está tan mal del lado de los ganadores.

La cosa va así. Ella tiene un pretendiente. Un tío constante, de la vieja escuela de la caballerosidad y el pico y pala. Un tío que se preocupa por ella, que la invita a cenar en sitios caros, que espera a la salida de su trabajo para llevarla a conciertos y exposiciones. Un tío que consigue al momento lo que ella quiere, plegándose a cada deseo y soportando sus desplantes.

Ella se acuesta conmigo.

Él sabe que existo. Sabe (porque ella se lo confía) que hay alguien por ahí que no la trata bien, que no se preocupa ni se esfuerza por ella, que no se merece tenerla en su cama.

No sé cuánto más sabe de mi.
(no sé si me imagina guapo o feo, interesante o idiota, seguro o apocado)

Yo en cambio sé que debe odiarme. Debe detestar al cabrón que se tira a la chica que le gusta sin tener, como él, que hacer nada. Sé que debe arderle dentro cuando llama y no tiene respuesta porque ella está conmigo.

Sienta bien saber que el azar me ha puesto en el lado bueno de la raya. Que esta vez no soy el que sale perdiendo. Y si eso supone tener que interpretar el papel de hijo de puta con suerte, estoy dispuesto.

No se está tan mal del lado de los ganadores.