Son las nueve y media de la mañana. Leo y bebo café de ayer en la terraza de un apartamento en Almuñecar. El mar, a cien metros, refleja con tanta intensidad el sol que mis ojos son dos ranuras para monedas de máquina tragaperras.

Hay ruidos en el interior. Kelly, la australiana, debe haberse levantado. Sospecho que me ha visto en la terraza pero no va a salir. Creo que piensa que tengo intenciones deshonestas hacia ella y evita que estemos a solas.

Es mejor que se quede dentro porque estoy ridículo con la camiseta remangada hasta los hombros y los pantalones cortos subidos hasta media pantorrilla. La piel al descubierto es de un blanco-barriga-de-pez que reluce casi tanto como la superficie del agua. Además tengo un cuerpo de mierda esta mañana. Una ligera resaca autóctona. Un constipado traído de Bilbao. Agujetas del buceo, más por embutirme en el neopreno que por cargar con los plomos y la botella.

Dan igual el malestar físico y la turista escondida en el salón. Es el primer momento de paz en un mes (anoche no soñé con ella, esta mañana no está en mi cabeza) y es gracias al libro que leo.

Porque es un libro bueno. Bueno porque te hace sentir bien. Hay una franqueza salvaje en cada línea. Hay un punto de desesperación. Hay alguien detrás de las palabras que hace recuperar la fe en el ser humano.

En las ramas de un árbol frente a mi cuelga enredado un bañador masculino como si fuera la bandera de una extraña república.

Cierro el libro. En la contraportada hay una fotografía del autor.

El cuerpo grande de ex-deportista profesional (lo fue) que se ha puesto fondón. La ropa y el pelo de un viejo rockero de esos que agrandan en lugar de convertirse en fibra y nervio. Una expresión de desvalidez total en su sonrisa.

Entonces llega la tristeza porque recuerdo que está muerto.

Hace dos años se ahorcó. Cuando me enteré me sentí muy mal. No porque no fuera a leer nunca nada nuevo suyo. No porque lo que escribiese me hiciera sentir bien. Me ahogó la pena porque era un tío que me despertaba ternura dentro de su enorme cuerpo, con ese aire triste y perdido. Porque sentía que de alguna manera era alguien a quien había que proteger del mundo.

La mañana ha vuelto a joderse. El sol me quema y ella ya no está y casi todo me sobrepasa.