Ella entra al baño a lavarse los dientes. Yo recojo las copas de vino (las nuestras y las que dejaron los otros, un par de hora antes) y las llevo a la cocina.

La conversación en el patio trasero de la cabaña, con el Pacífico ronroneando al fondo, se ha cortado sin un hora-de-irse-a domir, así que me acerco hasta la puerta entreabierta del baño y susurro un buenas noches. Está de espaldas al espejo, no me ve y no me escucha, y yo me siento ridículo e idiota así que no repito la frase y me voy con un “duerme conmigo” anudado a las tripas.

Por un gesto de determinación en la comisura de los labios cuando juega al billar. Porque sonríe mientras sueña. Porque en Sunset Boulevard estaba tan bonita que le hubiera partido la cara a cualquier productor que se hubiera acercado a ofrecerle un papel de estrella en su película.

Todo esto ocurre en una cabaña en Carmel, el último pueblo antes del Big Sur. Fur y yo hemos conducido una hora por una autopista de niebla hasta encontrar algo abierto donde comprar salmón ahumado y gorgonzola y crudités y tres botellas de pinot del Napa Valley para la cena.

Vuelvo a mi habitación. Me cambio. No quiero cerrar la puerta, apagar la luz o acostarme. Pasan cinco minutos en que merodeo en torno a la cama como un perro que da vueltas sobre el mismo sitio buscando la postura perfecta para descansar .

Aparece por un momento, apoyada en el quicio de la puerta. Dice “buenas noches” con una sonrisa y una promesa en la forma en que baja los ojos.

Yo solo respondo “descansa”.

Cuarenta y ocho horas más tarde estoy sentado en el aeropuerto de Los Ángeles. A mi lado, los demás duermen. Una locución desde la puerta de embarque chirría que ofrecen quinientos dólares y un vuelo cualquier otro día a quien rechace su plaza por overbooking. Me zumban los oídos: debería levantarme, aceptarlo en mi pésimo inglés, volver al hotel del downtown donde duerme para decir que quiero pasar un día más con ella.

Pero soy cobarde e idiota y cojo mi maleta y despierto a los otros y embarcamos.