La misma sensación al volver de un viaje largo, desde niño.

Después de noches enteras por la antigua Nacional IV, cruzando de madrugada mudos pueblos blancos que apestaban a alpechín, siempre esperaba encontrar una guerra nuclear declarada solo en esta parte del país, un enorme cráter humeante en lugar de mi edificio, a mis conocidos hablando otro idioma o una familia distinta ocupando nuestra casa, con un niño extraño usando mis pijamas y durmiendo en mi cama.

Y hoy, tras veinte horas de vuelo y cuarenta y tantas despierto, tras tres mil quinientos kilómetros de carretera y polvo por tres estados, con el sello del Viper Room de Sunset Boulevard fresco en la muñeca como un tatuaje, cruzo Atocha con el peso de la enorme mochila atándome al suelo y la premonición de que voy a encontrar mi casa desvalijada, mi calle inundada, todo vecinos nuevos en la escalera. La idea clara de que algo ha cambiado inevitablemente y para siempre.

Pero solo me reciben el olor a cerrado y las malas hierbas, salvajes y enormes, repiqueteando contra las ventanas.

Tampoco está mi viejo yo pre-viaje, sentado con un cigarro, esperando para reprocharme haber estado tanto tiempo fuera sin dar noticias. Creo que sospecha que he pasado estos veinte días conspirando en mi cabeza para acabar con él y ha decido esconderse. De momento.

Antes o después aparecerá, dispuesto a recordarme que todos los propósitos de cambio hechos al otro lado del charco no van a servir de nada.